|
Plaf y
casi
Doy mi palabra
Miguel Iriarte
Fundación Simón y Lola Guberek,
Bogotá, 1985, 56 págs.
|
|
|
|
|
De Rolando Laserie a
Andre Breton, de Jorge Artel a Rafael Maya, de Walt Whitman a Pablo Neruda, de Vinicius de
Moraes a José Lezama Lima, los espígrafes de este primer libro de Miguel Iriarte (Sucre,
1957) denuncian, por decir lo menos, un gusto ecléctico, En todo caso, lo heterogéneo de
sus lecturas le ha permitido escribir textos breves y rápidos que parecen cerrarse en la
afanosa búsqueda final de un buen lema publicitario.
Así, por ejemplo, Zona de deseo, un poema, como su título lo indica,
explícitamente erótico, termina con esta frase sorprendente: "Ahora podré salir y
entrar de ti / como Pedro por su casa" (pág. 26). La frase puede hacer sonreír pero
también puede llevar a preguntarnos:
¿Cuándo el coloquialismo se vuelve bajamente prosaico y cuando se carga de fuerza y
asciende a poesía?
En otras frases, que oscilan entre la provocación retórica "la obscena inquietud de
ser feliz" (pág. 35), o el acierto, más mesurado: "el pasatiempo /
tan de moda, siempre / de la nostalgia" (pág. 21), vamos palpando mejor
las configuraciones expresivas con que Iriarte arma su mundo. Un mundo, la verdad sea
dicha, un tanto esquemático. El mundo de la pasión adolescente, tan brusca como
cinematográfica. Esa misma pasión, luego frustrada en el llanto autoconmiserativo del
bolero; y el mundo, más costumbrista, sin ninguna intención peyorativa en el término,
de los vastos patios de las casas próximas al mar Caribe, con su ya inevitable olor (y
sabor) de la guayaba. El mundo, entonces, de la infancia. De la madre que trata de
alcanzar "estrellas frescas / para mi desayuno / con esa misma vara de tumbar
limones" (pág. 52).
Un mundo que paga su óbolo a esa "vegetación nerviosa de los cuerpos" (pág. 25)
confiriéndole a su poesía una vibración demasiado tensa, que prefiere descargarse
en frases rotundas como golpes y no internarse, dubitativa, premonitoria, en su propia
exploración interior. En su intransferible búsqueda personal. No. Aquí todos los juegos
ya están dados y hasta los difuntos resultan demasiado "exteriorizados", para
emplear un término propio de Ernesto Cardenal, referente a poemas de este tipo. Véase
este ejemplo:
Se reventaron mis
abarcas
en el mitín.
Estoy de pelea con mis metáforas
y enredado hasta la zona de la
angustia
con la madeja horrible del desvelo.
Y sucio de miedo
hasta las uñas
porque en el patio otra vez está
mi madre
con la sagrada bata blanca
de los muertos. (pág. 51)
Aquí es donde el
poema debería comenzar. Aquí, lamentablemente, es donde el poema termina. El poeta,
perdido entre tentaciones demasiado atrayentes la obviedad, el desparpajo verbal, la
estructura que lo obliga a concluir, con un puñetazo impactante relega, a un
segundo plano, otra dimensión, quizás más secreta pero sin lugar a dudas mucho más
fecunda de su trabajo. Algunos rasguños de compasiva ironía como cuando dice: "Ese
ángulo triste entre tu seno izquierdo y mi desgracia" (pág. 47). Algunas
definiciones frescas y alegres: "el mar: ese hablador de espumas" (pág. 15). Y
quizás, como en el poema Erótica, la viñeta de un juego, en el cual la
descripción de la escena es también un guiño de ojos al lector vuelto cómplice.
El giro de la puerta
aclaró
con un pase de magia del zócalo y el quicio
tu desnudez aduraznada
de mujer tendida
entre el norte
y el sur
de un lecho con sábanas venidas de imposibles orillas
de lo blanco.
Era el final
Tú estabas en las jurisdicciones de mis manos,
en mi zona de fuego,
a un paso
demasiado corto
de mi aliento
y feliz por la inminencia del
peligro (pág. 23).
Como se ve, la
primera parte resulta convencional, y harto previsible. Es en los seis versos últimos
donde el poema se abre, en la cariñosa dualidad con que toda poesía se mira a sí misma
a través de su espejeo reflexivo. Pero estos hallazgos no deben hacernos olvidar aquel
poema, Dos esquemas para una biografía de la noche (págs. 17-20) donde, a mi
parecer, se vislumbran mejor los auténticos acentos de su poesía.
Escrito con una fluidez mayor, y una entonación más ancha, en él Iriarte deja atrás
las postales playeras o los boleros lacrimógenos, y se propone, con mayor seriedad
creativa, afrontar un tema propio. Esto no quiere decir que lo alcance plenamente. Sí que
aquí es factible percibir el peso de una palabra renovándose al contacto con un motivo
secular. Algo de un Lezama, muy válido, parece asomar en fragmentos como estos:
La noche sin embargo
tiene un enorme parentesco con
los ríos,
nace
en cualquier luna húmeda de
espejo,
crece silenciosa por entre las
rendijas
que le deja cómplice la tarde,
como un líquido triste, y asume luego su
destino por
si sola (pag. 18)
Ese clima logrado se
frustra luego, cuando queriendo apresarla en una definición, la llama filosóficamente,
"Un absoluto religioso que no requiere fe", pero aún allí hay esa aura de
sacralidad vacía y sin embargo perceptible que ha logrado comunicarla a este texto,
recordándonos como "todos tenemos nuestra carga de noche a las espaldas". Son,
por cierto, estas verdades, elementales y cotidianas, las que podrían adensar una poesía
todavía contagiada por los brillos del fácil inmediatismos pero también consciente del
largo camino que es necesario recorrer para obtener no una luz sino una oscuridad propia.
Es al leer textos como esos cuando la poesía cambia y el lector no sigue siendo el mismo.
Los otros son, apenas, ejercicios para librarse de las inevitables y malas lecturas y
aprender, por sí solo, a leer dentro de sí mismo.
J. O. COBO BORDA
|