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"Un
peregrinaje por lugares comunes de la vida" (y de la literatura)
Tuyo es mi corazón
Juan José Hoyos
Editorial Planeta, Bogotá, 1984, 470 págs.
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Una de las críticas
injustificadas que se le han hecho a Tuyo es mi corazón es la de la no
correspondencia de los lugares descritos con la topografía real del barrio Aranjuez.
Injustificada por extraliteraria: el escritor como todo artista, una vez
trazados los linderos de su microcosmos, es dueño y señor del espacio que acaba de
fundar, y puede disponer a su arbitrio de lugares y personajes. Sólo se le exige que
conozca a fondo las leyes inflexibles y complejas que gobiernan su arte, y por ende, que
maneje con destreza los elementos artesanales del mismo. Aunque Toledo pintado por el
Greco dista mucho de ser un calco topográfico del Toledo real, no por eso se ponen en
duda sus calidades pictóricas.
No; los desaciertos de Tuyo es mi corazón son de orden literario. Cuando un lector
se ha dejado fascinar por ese canto de sirena de tranquila poesía que es la página
inicial, puede concluir erradamente que los protagonistas del libro serán Carlos, Diego,
Jairo o La Belleza. Pues aunque la figura de Carlos parece ser el hilo conductor de la
narración (excepto en el capítulo 24, donde se interrumpe para poder insertar la
secuencia de la masturbación de Salomé), unas páginas después comprobará que los
verdaderos personajes centrales son unos cuantos lugares: la calle de los
guayacanes, el teatro, el salón de belleza de la mamá de Miriam, la iglesia de San
Cayetano, el cementerio de San Pedro (evocado con parca maestría), el parque... El autor
se engolosina especialmente en la recuperación, morosa y amorosa, de las mil y una
chucherías que conforman la tienda de don Manuel, la peluquería de Saúl y las tareas
entre bambalinas del sacristán, resultando de allí un políptico a la manera de los
costumbristas decimonónicos que registraban en sus cuadros verdaderos
daguerrotipos verbales la mera superficie, opaca o bruñida, afelpada o áspera, de
las cosas. La reconstrucción arqueológica que se inicia en un Medellín idílico y
parroquial donde se refugian los campesinos expulsados de su terruño por la violencia
política, y concluye (tras la eclosión de los Beatles, la minifalda, las melenas
rebeldes de los muchachos, la gradual arremetida de la sociedad de consumo con sus ofertas
irresistibles) en una ciudad sobrecogida ante la inseguridad, el dinero fácil y las vendette
de las mafias se pierde en una exhaustiva aglomeración de datos que a veces
alcanza extremos exasperantes (la página 333 nos informa la marca del inodoro de la casa
de Carlos) y por lo mismo no llega a ahondar en los fenómenos expuestos. A la altura del
capítulo 27 dice Carlos: "Esto parece una conversación de extraterrestres". Y
eso es, en último término, lo que parece la obra: una estéril transcripción,
melcochuda a fuerza de color local y para uso exclusivo de marcianos, de situaciones y
diálogos banales de una pequeña comunidad terrícola. No se nos oculta nada: desde el
número de veces que ciertas figuras humanas visitan el sanitario, hasta el argumento
completo de la película musical argentina Mi primera novia, pasando por una serie
interminable de referencias a productos, equipos de fútbol, programas radiales, conjuntos
musicales, periódicos, flotas de taxis, heladerías, etcétera, etcétera, etcétera, con
retazos de canciones de toda laya intercalados aquí, allá y más allá, hasta un grado
insufrible de saturación. La nostalgia como tema artístico ha producido películas y
libros memorables, pero no hay que confundir tema y tratamiento del tema.
Los personajes humanos son otro cantar. En su mayoría, tal vez con la sola y fugaz
excepción de La Belleza, son contornos casi vacíos, carentes de evolución y relieve,
fichas que hablan igual y actúan igual. Salvo Jairo, que escupe sin tregua, y Salomé,
que no larga de la boca el vocativo bizcocho. (Curiosamente, si bien la acción
dice transcurrir en la segunda mitad de los años sesenta, los muchachos se expresan en la
jerga inconfundible de 1980 y pico. Los reniegos ni siquiera han sido transcritos con
exactitud). Después de ser brutalmente golpeado por Carlos en el capítulo 18, La Belleza
es cómodamente transferido a los Estados Unidos, sin duda para evitar un enfrentamiento
en el que Carlos sería la guayaba madura, y La Belleza el toche. Reaparecerá al final
del libro, y la descripción de su nuevo look, y su lacónica respuesta ("Me
entronqué con una gente que tiene mucha plata"), dicen mucho más de la
fermentación de la nueva clase social que empieza a bullir que la balacera
cinematográfica del capítulo 25, incluso más que la muerte de Salomé. Y aunque
se supone que los muchachos de la barra andan por los últimos años de bachillerato, ni
un sólo episodio transcurre en clase o en el liceo; ni siquiera por equivocación se
alude a las relaciones con profesores o compañeros de curso: apenas una nebulosa mención
novembrina de los exámenes finales.
En el plano artesanal por llamarlo de alguna manera se presentan
reiteraciones, énfasis, pleonasmos ("Con sus ojos miraba la piel cada vez
más cuarteada de los árboles", pág. 25), descuidos (en el pecho de un
cristo se dibujan sus vértebras, pág. 458; en el capítulo 24 menciona el estómago
blanco de la desnuda Salomé, como si tuviera las vísceras al descubierto); se fabrica
de todo: música, las ruedas de un viejo Ford (pág. 282), vetas verdes en una
pared, los aguaceros (pág. 292), montes artificiales, unas almohadas (pág. 357); zumban
como moscas importunas ciertas palabras: todo es empalagosamente dulce, casi todo
es un ritual, muchas cosas son ignominiosas; se destruyen momentos muy
logrados con aclaraciones que pecan por obvias: "El momento era solemne"
(comienzo del capítulo 10), o las glosas sobre Spinoza y su Ética (pág. 366),
cuando ya se había sugerido que se trataba de "un oscuro judío que en su juventud
había tallado diamantes" (en realidad, había pulido lentes); llueve en la página
200, y se escucha sin falta la obligada canción de Armando Manzanero. Valga una muestra
final de imagen infortunada: se nos dice de Carlos que, "recién motilado, su
cabeza era como esos establos a los que se les han caído algunas tejas, y donde los
animales no atinan a encontrar dónde guarecerse". El sobreentendido es fatal para el
personaje. ¿Simples minucias? Puede ser. Pero una piedrecita también lo es, y nadie se
la aguanta entre un zapato.
No se concluya de lo anterior que Tuyo es mi corazón carece de cumbres de evidente
valor estético: en Juan José Hoyos palpita, antes que un periodista, un poeta. Véase
este remanso de brusco lirismo:
La esquina se había
vuelto, con la noche, un charco de luz. Dos bombillos y una lámpara dejaban caer sobre
los muchachos un chorro amarillo que se regaba sobre la acera, formando un pequeño lago
dorado en el que todos cabían de pie.
(pág.
39).
O el párrafo final del
capítulo 16, que plasma con tintes maestros la sombría correlación externa del estado
de alma de Carlos:
Y, olvidado de todos,
abandonado hasta por los relámpagos, siguió caminando sólo bajo el aguacero, mientras
veía desaparecer su barrio definitivamente, como un barco que se hundía en medio de la
tempestad.
Mucho se ha comparado el
amor con la guerra, pero pocas veces con la eficacia de esta imagen inolvidable:
Era como si acabara de terminar una batalla. Después de los tiros y
la pólvora, ahora solamente quedaba el viento, que recorrta de un costado a otro el
campo, sacudiendo las banderas desgarradas. llevando la paz a los rostros yertos de los
combatientes que habían caído durante la refriega. (págs. 388-389).
Es preciso destacar, entre otros hallazgos gratificantes, la escena
(pág. 25) en que Carlos, Jairo y Diego -con muchas cervezas entre las costillas
orinan en la vía pública, y sus aguas menores, al formar un solo arroyo, se convierten
en metáfora y símbolo de fraternidad; el escarnio de que es víctima el Pelusa
(capítulo 18), cuyos antecedentes ignora Carlos e ignora el lector; los dos tiempos,
interior y exterior, de la embriaguez de Carlos (pág. 246); la inesperada irrupción del
enano en el lúgubre lupanar de Lovaina, digna de un delirio felliniano. Libro
esencialmente púdico (pese al capítulo 24, con sus ya mencionadas concesiones a un
erotismo fácil y traído por las greñas, y pese también a los sapos y culebras que los
cuatro compinches escupen a diestra y siniestra), elude la estridencia de los reflectores
en los pasajes de la iniciación sexual de Diego a manos de una ramera barata, el onanismo
de Carlos, la relación carnal de Diego y la hermana de Miriam.
Juan José Hoyos habría logrado una obra de mayor coherencia si, en lugar de lanzarse
prematuramente al ruedo con una novela desvertebrada, hubiera escrito una colección de
cuentos con el mismo entorno y los mismos personajes: las situaciones expuestas habrían
ganado en intensidad y brillo. Así y todo, no hay duda de que nos hallamos ante una
figura promisoria de las nuevas letras colombianas.
No se puede dejar pasar en silencio el traganíquel de Karen Lamassonne, que ilumina la
portada con expresiva simplicidad.
HUMBERTO BARRERA O.
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