Boletín Cultural y Bibliográfico. Número5,  Volumen XXII , 1985
 

Niña poeta


Desviación y ensueño
Liliana Cadavid
Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1985, 147 págs.

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Sombra y humo, Desviación y ensueño, Estancia y soledad: tres tiempos correspondientes a una misma evolución, tres momentos que reunidos se vuelven un mismo espacio poético:
el cosmos habitado por una figura fantasmal, volátil, etérea. Una mujer niña-poeta que parte a un viaje hacia ella misma. En esa búsqueda se descubre alada, etérea, informe por sí misma, pero capaz de revestir las intangibles formas de naturaleza y el cosmos. Por esto también recurre al mito, para luego con la incorporación del tiempo y la imaginación volverse tradición oral.
Durante ese vuelo que resulta ser la lectura de todo el libro nos topamos a cada momento con la luna, el sol, la lluvia, el viento, el trueno, el humo, la noche. Sin embargo no es casual el encuentro. Hay dibujada una cosmogonía: se sale de sí misma, primero. Se va volviendo sombra, humo, fantasma. Se va desdibujando su forma y se va integrando a las formas del mundo. El mundo como cosmos. Intuición mítica del universo. Luego, hecha gaviota, vuela encarnada. Ya puede posarse en las formas, hacerse tangible. Hacerse Pasiones, Azul y plata, Rostro de música, Golondrinas, Ritos, Susurro, Rostro aceituna. Son los nombres de algunos poemas del último momento, los más sintéticos, los más plásticos.
Los mejores poemas son aquellos que se salen del plano confesional y cantan una ronda, describen una escena ritual como en La luna del sol. Cuentan una historia: Yo fui un payaso antiguo. Describen un personaje o un sentimiento (el dolor), o inventan una ronda infantil cantada por un mago blanco.
Aunque cada poema es un momento, una vivencia, un estado de ánimo, una escena, en conjunto se configura un camino que parte del desprendimiento que el poeta hace de sí mismo, de su cuerpo, para entregarse en alma y espíritu al mundo. El poeta cree en el espíritu, en la dualidad alma-cuerpo, pero más en las posibilidades que tiene ese espíritu para encarnarse en diferentes formas (neoplatonismo romántico).
Todo comienza con un poema que bien podría llevar las nostálgicas notas de un bolero:

Yo me salgo de mí cuando me
atrapa
con su melancolía alguna copa
y me pone a llorar y me aguitarra.
Yo me salvo de mí. Me vuelvo
absurda
me vuelvo sombra-luna solitaria.
Me vuelvo mística ilusión
negrura
y pensamiento de mi angustia rara... (pág. 7).

En ese primer desprendimiento configurado en los poemas de Sombra y humo el encuentro consigo misma resulta doloroso por lo evanescente:  un ser fantasma-eco-sombra dormida. Mujer deshecha, sabor a sueño y lágrimas, canción lejana, extrañeza de sí misma. Un no-ser que le produce angustia y desesperanza:

Esta soy la que vive
de las rutas extrañas
la que esconde su cara
la que no tiene cuerpo
para guardar el alma.
A la que se le sale
por los ojos tu risa
la que mata crepúsculos
y alucina fantasmas.
La que no tiene sueños
porque es un sueño más.
(De Esta soy, pág. 18).

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Ante el reconocimiento de esa extranjería de sí misma, viene la angustia, el cansancio, la duda por el sentido de la vida.
Estos primeros poemas resultan valiosos en conjunto por mostrarnos el origen de una evolución, tanto en el contenido poético como en la calidad de los poemas.
Por sí solos —algunos, no todos— saben a retórica romántica.
Casi todos los poemas están escritos con los ritmos de la poesía tradicional popular (al menos de la tradición poética española, que es la que hemos digerido): ritmo de tonada, ritmo de ronda, ritmo de romance, cadenciosos y ligeros para ser cantados y contados.
En tono y ritmo de romance, el personaje popular de la loca da inicio a los poemas de Desviación y ensueño (2 momento 1980/82).

La loca está corriendo por las
calles del pueblo
trae un ramo de flores en el pelo y
sonríe.
Trae un ramo de estrellas
marchitas en la frente
y en los pies trae besos de todas
las ciudades.
Se fugó de la cárcel del delirio
una noche
se fugó de la cárcel del ensueño
una tarde...

(De La loca, pág. 45).

Luego vienen 7 Delirios. Son como siete exorcismos de reconocimiento.
Esa misma voz que antes no era más que sombra y humo, ahora se reconoce en sus pasiones, en sus obsesiones. Se enfrenta a sí misma con la fuerza que da el reconocimiento.

... Me busco y esta búsqueda
sorda me enloquece en las tardes.
Mi ser el laberinto del que nunca
me aparto es un largo camino que
me embriaga los labios...
(De Delirio 2, pág. 49).

El delirio por la música, el reconocimiento de su obsesión por la forma del humo, la del fuego, la del mundo. El delirio de la muerte, el de la negligencia.

Tres poemas de Desviación y ensueño definen la ontología de su ser poético: Abismo, Éxtasis y Mi vacío.

... haga profunda por donde me
salgo
rostro de luz perdido en otro rastro...

Cuando se polariza, ya hacia el vacío, el abismo o al éxtasis se acerca más a su esencia. A esa que había intentado definir en vano desvaneciéndose.
En Estancia y soledad se siente una mayor madurez poética. Son poemas más sintéticos, con imágenes más logradas.

Los encajes del tiempo se saldrán
de tu boca un día un niño te llamará madre
una mujer te bordará un vestido
un hombre gris quizás te

reconozca
(De Sueño de tiempo).

Ese ritmo popular que en los primeros libros aún no lograba una adecuada integración entre el contenido poético y la musicalidad, se funde ahora en una expresión más sintética.
Como ejemplo pongo el poema Por esa mujer que llevo dentro en el que la dramatización, el patetismo que podría producir el reconocimiento de la muerte en vida, se ve matizado por una cadencia de canción.

Por esa mujer muerta que llevo
dentro
me levanto despacio por la
mañana
camino silenciosa por su sonrisa
y me engaño pensando que está
durmiendo... (pág. 15).

Hay un desfase, una inadecuación entre el contenido poético y la forma rítmica.
Por el contrario, en los últimos poemas hay más frescura. Están más cerca de la música y del poema infantil:

Por el camino que va a la luna
un hombre viene lleno de frutas.
Tiene las manos negras y toscas
tiene la frente burda y morena
por el camino que va a la luna...

(De Rostro aceituna, pág. 135).

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Liliana Cadavid se ha dedicado más que todo a escribir para los niños:
En 1979 gana el concurso Año Internacional del Niño, de la Unicef, con el poema-canción Canto a la vida. En 1981 resulta ganadora del concurso Un Mundo Maravilloso, organizado por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, y en el 83 recibe la primera mención del concurso Enka de literatura infantil. En 1980 publica un libro de cuentos y poemas infantiles titulado Risas y sueños.
Quizás por esta trayectoria y por su conocimiento del mundo infantil es que en ésta, su última obra poética, encontramos no sólo ese predominio del ritmo y la musicalidad popular, mencionado anteriormente, sino también un mayor logro en aquellos poemas que reproducen una danza, que hablan de un hombre que viene lleno de frutas por el camino que va a la luna, o un nocturno en el que el principal personaje es un niño ciego. Los poemas más sencillos son los más logrados. Los que más se acercan a la imaginación mítica del niño son los que nos transmiten mayor frescura.
A pesar de la aparente diversidad de temas tocados, hay unas constantes que predominan en el universo poético creado en Desviación y ensueño: El cosmos como escenario, una niña-poeta que personifica ese viaje desde sí misma y formalmente un ritmo, popular en esencia, con una musicalidad propia de la canción tradicional.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO