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El
recuerdo de nuestros días de la ira
Los años del tropel. Relatos de la
violencia
Alfredo Molano
Naciones Unidas, Fondo Editorial CerecCinep,
Estudios rurales latinoamericanos,
Bogotá, 1985, 292 págs.
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Alfredo Molano, autor de Los
años del tropel, siente una encomiable aversión por el mero recuento estadístico en
la evaluación de un proceso social tan complejo como lo fue el de la violencia desatada
en el país entre los años 1946 y 1966. Al toparse con una inexpugnable montaña de
material recolectado en una investigación que desde un principio usó de la entrevista
directa y abierta, Molano se propuso averiguar por una metodología que proporcionará
coherentemente un nuevo punto de mira en el estudio de este fenómeno. De pronto, las
premuras de un calendario exigieron una solución providencial: buscar la distancia y el pathos
del discurso narrativo. Su fino detector histórico-sociológico no se resentiría si
echaba mano de un recurso literario: elaborar un relato-síntesis referido por un
personaje arquetípico (ficticio, claro está) que condensara en una sola voz la memoria
de muchos protagonistas reales del drama. "Llegamos a la conclusión -dice de
que todos aquellos reportajes podían integrarse en personajes colectivos".
En un experimento previo, el autor había comprobado tanto la viabilidad como las
exigencias del método: "La repetición del relato por diversos integrantes del grupo
[...] nos permitía identificar las líneas comunes de las vivencias. Al escuchar
una y otra vez las mismas experiencias contadas por diversos protagonistas aparecían bien
visibles las que Merton llama regularidades". Afinando todo este trabajo con
una permanente "elaboración teórica y una reflexión metodológica paralelas",
fueron surgiendo las voces de seis personajes, cada uno con definida afiliación
partidista, con participación activa (como víctima o verdugo) y ubicación en una de las
regiones que, con idiosincrasia propia, sufrieron el flagelo de la violencia.
En el fondo, este sistema de reconstrucción histórica se permitía esta licencia
investigativa con el fin de penetrar en terrenos probablemente inaccesibles por la vía
ortodoxa. Como bien lo dice Alejandro Angulo en su excelente prólogo, el autor tenía
"la preocupación de llegar hasta las fibras de la personalidad de los combatientes,
puesto que las explicaciones de la violencia se han mantenido, casi en su totalidad,
dentro de los marcos estructurales cuyos conjuntos de variables dejan sin explicar trazos
tan característicos como el sectarismo religioso y el sadismo de las ejecuciones".
El mismo Molano lo afirma: "Los personajes nos permitieron un escrutinio de los temas
vedados a los científicos o usurpadores por los literatos que trataron la violencia antes
que nosotros: la magia, el erotismo, la muerte".
Con la garantía de una fidedignidad en la indagación histórica, Los años del tropel
no ofrece propiamente el análisis, sino que pretende provocarlo. Desea suscitar en el
lector un cotejo de las constantes ("regularidades" de Merton) en la dinámica
social y política de este período. Pero más allá su gran virtud es proponer al lector
un desciframiento de las claves profundas que en el plano individual, justamente interior,
obraron como catalizadores de esta lucha fratricida con visos esquizoides. Los extremos de
crueldad, la sevicia de las ejecuciones, el auténtico horror de las matanzas aquí
descritas son fuerte indicio de que la violencia fue quizás asumida inconscientemente por
sus instigadores como purgación de una derrota personal o como causa de una carencia
moral profunda, o un retardo cultural insuperable. De acuerdo con Alejandro Angulo:
"No basta con enlazar la tendencia política conservadora de alianza con el poder
religioso para dar cuenta del fervor místico con que los verdugos de uno y otro partido
descuartizaban a sus víctimas. Tampoco se comprende cómo la sola pasión política pudo
conducir a los brotes sádicos de muchos de aquellos homicidios".
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Detectar o, mejor,
proponer una lectura de esta última instancia a través del relato puro (suma de
experiencias individuales verídicas), en forma de autobiografía, es la gran promesa del
trabajo de Molano. Dejando en el lector la libertad de formarse un juicio, el autor y
William Ramírez, en la introducción, se permiten esbozar una interesante exégesis de
dicho ámbito interior del fenómeno en torno a tres cuestiones: el conflicto desborda en
muchos momentos el nivel ideológico puro cuando la creencia religiosa adquiere unos
definidos matices de mediación mágica; la naturaleza ritual de las ejecuciones y los
actos de depredación sexual (emasculaciones, violaciones) son indicio de raíces
extrapolíticas en las acciones criminales de los sicarios, y, como triste telón de
fondo, la vocación tanática como signo fascista de esta verdadera cruzada de odio y
muerte.
Estos hallazgos dan validez y atractivo a la obra de Molano. Y, es verdad, estos relatos
autobiográficos, estas voces vivas y toscas son, en el objetivo de Molano, más efectivas
que la conceptualización, que la continua evaluación de cifras estadísticas y toda la
camisa de fuerza del texto sociológico, el método, como dice Alejandro Angulo,
"puede provocar escrúpulos académicos". Por esta razón es quizás por la que
Molano, en la introducción, parece muy preocupado por guardar la apariencia de
investigador científico, de historiador riguroso, y teme ser confundido con un periodista
y hasta con un narrador literario de no-ficción. Todo a pesar de que su procedimiento es
legítimo y de que el préstamo de una técnica literaria es bienvenido. Allí mismo, en
esa sesuda justificación de su metodología, se permite advertir que su solución
narrativa a la sociológica llamémosla entonces así jamás debe
llegar a ser confundida con simple reportería; sus colegas -dice habían sancionado
el método "al reconocer que los relatos superaban los cánones del reportaje
periodístico". Y todavía más: que magia, erotismo y muerte eran temas "usurpados
por los literatos que trataron la violencia antes que nosotros".
En suma, Molano ignoraba que la no-ficción narrativa exige igual temple en la
elaboración para, justamente, hacer verosímiles unos datos reales. Así mismo, que la
desmañada calidad narrativa de un relato sea ensayo histórico, o texto
periodístico o literario atenta igualmente contra la verdad histórica que se
quiere transmitir en los hechos referidos. Porque ya en su advertencia de que se trataba
de componer un personaje-síntesis había asumido un compromiso propiamente literario. El
personaje colectivo, que él llama, es propiamente una invención literaria antiquísima y
un recurso que, por lo demás, demanda una fina artesanía narrativa para hacer creíbles,
para hacer que vivan de verdad estos tipos humanos. En ello tal vez estriba su debilidad
en esta elección narrativa autobiográfica y quizás por ello no alcance a coronar su
gran objetivo: penetrar en ese profundo nivel del conflicto.
De todos modos la valencia histórica de su trabajo se mantiene. Pero en la potencia misma
del relato (y la no-ficción narrativa, se ha probado, puede alcanzar una doble función
estética y testimonial), en el nivel estrictamente literario se puede ver una escasa
elaboración dramática (y, a ratos, sintáctica). Sus personajes pierden por momentos
consistencia real; se transfiguran en seres sobrenaturales ubicuos, pequeños Argos, como
sucede con Ana Julia en su increíble hégira por los pueblos del viejo Caldas y del
Valle, de cordillera a cordillera, huyendo, salvándose en el último momento. O en el
testimonio de José Amador, cuando da cuenta de su dosis de horror diario en su trabajo
como arenero y como ayudante del médico de Tulúa en las autopsias.
Ya en los relatos finales del libro, el autor parece percatarse de que se requiere una
mínima adecuación narrativa del texto. Hay sugestión y verdad en ese amargo recuerdo
del otrora temible "pájaro" El Chimbilá. Molano, aquí, parece haber afinado
su oído y la pluma para resaltar en el monólogo la calidad simbólica del gesto, del
detalle real: "[...] también los espejos estaban prohibidos. Si la gente supiera lo
terrible de esta prohibición. Eso de no poderse uno encontrar con su propia cara, eso de
no saber cómo está uno, eso de no poderse mirar sus propios ojos [...]", dice El
Chimbilá al contar sus años de "retiro" en Gorgona. También las fórmulas
crípticas con que El Cóndor impartía sus órdenes nefastas son en el texto certeramente
aprovechadas. Auténtico horror se percibe detrás del relato eufemístico de sus
matanzas. Y está igualmente lograda esa redonda frase final: "mis hazañas ya se
habían hecho viejas y yo no era capaz de renovarlas, porque uno con los años se aferra a
la vida, se prende uno a la vida como un niño a las enaguas de la mamá cuando ve un
gitano. Se vuelve uno medroso, por aguantar el pucho de vida que le queda".
RAÚL JOSÉ DIAZ
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