Boletín Cultural y Bibliográfico. Número5,  Volumen XXII , 1985
 

Del griego, para biólogos y médicos


Curso de etimologías griegas especializado en terminología biológica y médica
Enrique Barajas Niño
Biblioteca Científica de la Presidencia de la República,
tomos III y IV, Bogotá, 1984, 694 págs.

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La ciencia nace entre los griegos antiguos y entre ellos se empieza a hablar científicamente. Con razón afirma el gran helenista alemán Bruno Snell que sólo en Grecia el lenguaje científico es autóctono; cuando reaparece más tarde en otros países, vive de lo que toma, traduce o transforma del griego. Eso es evidente sobre todo en la terminología biológica y médica, donde aún los nuevos términos se forman generalmente con las palabras griegas o latinas, siendo estas últimas, en muchos casos, traducciones de las griegas.
Como las lenguas clásicas no se enseñan en los colegios colombianos, es necesario remediar este defecto en la universidad. Tal es el objetivo del curso de raíces griegas y latinas que el profesor Barajas dicta desde 1975 en el departamento de biología de la Universidad Nacional de Colombia. Los dos tomos que aquí se reseñan son el fruto de su trabajo docente e investigativo.
En la introducción se esboza muy brevemente la historia de la terminología científica. La calificación de Hipócrates y Galeno como "los primeros médicos de occidente" (pág. 7) es equívoca, porque puede causar en el lector poco familiarizado con la historia de la medicina griega la impresión de que se trata de dos contemporáneos, cuando, en realidad, el primero vivió en los siglos V—IV a.C. y el segundo, en el siglo II d.C.
En la misma página 7, después de cubrir con elogios bien merecidos la lengua griega, nuestro autor desacierta reduciendo el papel del latín al "privilegio eminente de ser madre de nueve lenguas modernas, razón por la cual se le estudia y conoce en gran parte de Europa y América". En primer lugar, se puede tranquilamente tachar la última palabra de la oración, porque en la mayoría de los países de este continente se conoce muy poco el latín. Sin negar la importancia del conocimiento de esta lengua para los que aprenden o enseñan idiomas románicos, se debe, sin embargo, constatar que el latín se estudia (o se estudiaba hace poco) con intensidad mucho mayor en países como Alemania (durante nueve años de bachillerato), Austria, Holanda, Hungría, Polonia, etc., donde el interés por las lenguas románicas no es muy grande. En realidad, el valor de la lengua latina no puede limitarse solamente al hecho de ser madre de las lenguas románicas, porque esto equivaldría a olvidar todas las letras latinas que van desde Plauto hasta los humanistas del Renacimiento, todo el pensamiento, tanto filosófico como científico, expresado en esta lengua, desde los tiempos de Cicerón hasta Descartes, Spinoza y Leibnitz, el papel que desempeñó el latín hasta el siglo XVII como vehículo de comunicación internacional y hasta hace muy poco como lengua litúrgica y oficial de la Iglesia católica. Este olvido es tanto más extraño cuanto que el autor del libro ha colaborado en una investigación sobre la educación en el Nuevo Reino de Granada, traduciendo justamente del latín los documentos concernientes a los colegios de los jesuitas.
Después de presentar el alfabeto griego y explicar su pronunciación y los cambios fonéticos en el paso del griego al español, el autor organiza en familias semánticas los sufijos, prefijos, adverbios, adjetivos y sustantivos que sirven para formar los términos biológicos y médicos. Como éstos, en su mayoría, son compuestos, al lado de la interpretación de un elemento se indica la página en la que se explica el otro. En las páginas 604-691 del segundo tomo hay un extenso índice alfabético de términos españoles que facilita la consulta y convierte esta obra en un diccionario.
En el Curso hay algunas inexactitudes de menor importancia. La pronunciación de la zeta griega no equivale a la de la z italiana (pág. 14), puesto que en esta última lengua ella se pronuncia de dos maneras. El espíritu áspero no se pronuncia como la j española (pág. 16) sino como la h inglesa. Las palabras ‘monasterio’, ‘bautisterio’, ‘cementerio’ ya existían en el griego de los antiguos cristianos y, por consiguiente, deberían indicarse en sus formas originales (pág. 39). No es exacto que el sufijo —idion— haya sido poco usado en griego
(pág. 41), al contrario, era muy frecuente, sobre todo en el habla popular. No todo el que comparte la cama es un esposo, por ello es preferible traducir páreunos por ‘compañero de lecho’ (pág. 50). En la página 567, por error, hace derivar el término botánica del griego phorbeia, cuando en realidad deriva de botane (‘pasto’, ‘forraje’, ‘hierba’). En la página 687 teofonía debe corregirse en teofanía (‘aparición de la divinidad’).

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Como el último vocablo lo muestra, Barajas introduce algunas palabras que pertenecen a campos del saber humano distintos de la biología y la medicina. Entre ellas están metafísico y metafísica (pág. 67). Dada la importancia de estos términos en la historia del pensamiento occidental, vale la pena ocuparse en ellos más extensamente. El autor los define así: "Metafísica. Parte de la filosofía que estudia los conceptos metafísicos". "Metafísico, a. Dícese de lo que supuestamente existe más allá de lo terreno, es decir en el mundo de los conceptos e ideas no relacionados directamente con la naturaleza sensible". Hasta hace poco tiempo se explicaba que el término metafísica había surgido de la edición de la obra de Aristóteles, publicada por Andrónico de Rodas (siglo I a.C.), quien colocó los tratados de la primera filosofía (así denominados por Aristóteles mismo) después de los tratados de la física (la meta ta physika ‘lo que va después de la física’) y que solamente en los siglos- VI d.C. el neoplatónico Simplicio explicó este título como la ciencia que se ocupa en las realidades que están más allá de la física. En los últimos decenios se descubrió que el término pudo ser anterior a Andrónico y que éste, al editar la obra de Aristóteles, la intituló de esta manera, tal vez teniendo en cuenta ambos significados: después y más allá. Sea como sea con el título, los seguidores de Platón y Aristóteles tacharán de la definición de Barajas el adverbio "supuestamente". Además, al lado de las metafísicas trascendentalistas tienen cabida las metafísicas naturalistas (como las de los presocráticos) o corporeístas e inmanentistas (como las de los epicúreos y de los estoicos). De todas maneras, presentar la metafísica a los estudiantes de ciencias naturales (que ya tienen sus prevenciones contra ella y contra la filosofía en general) como estudio de puros supuestos, no es muy objetivo.
Volviendo a los términos biológicos y médicos, se debe observar que, a pesar de la extensión de la obra, echamos de menos en ella algunos vocablos. Si la ausencia de los términos que indican las rarezas, como polidactilia (‘exceso en el número de dedos en los humanos’) no nos extraña demasiado, es inexplicable la omisión de embrión. En las páginas 567-8 aparece bryon que es uno de los componentes del vocablo y significa no sólo ‘musgo’, como lo indica Barajas, sino también ‘amento’, ‘alga’, ‘liquen’. El vocablo embrión podría explicarse más fácilmente recurriendo al verbo griego de la misma raíz bryo (‘brotar’, ‘retoñar’). El compuesto embryon se usa por primera vez en la Odisea (9, 245) con el significado de ‘cordero’ o ‘cabrito recién nacido’, y más tarde en los escritos hipocráticos y en Aristóteles adquiere el significado actual.

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A propósito de liquen, tampoco aparece en esta obra. Es cierto que al español la palabra llega del latín lichen, pero Plinio el Naturalista la tomó del griego leichén y solamente la transcribió en alfabeto latino, puesto que el diptongo griego ei en su época ya se pronunciaba como una larga. Los griegos, desde la época de Teofrasto, discípulo de Aristóteles, conocían la palabra con sus dos significados: el perteneciente a la botánica y el perteneciente a la medicina (enfermedad de la piel).
En la bibliografía (págs. 692-3) echamos de menos tres estudios del colombiano Félix Restrepo, S.J., que llevan los títulos: Llave del griego, La cultura popular griega a través de la lengua castellana y Raíces griegas, los dos últimos recién reeditados (1979) por el Instituto Caro y Cuervo.
Las observaciones anteriores no disminuyen el valor ni la utilidad de este curso de etimologías. Es de esperar que el profesor Barajas, después de consagrar tanto tiempo al estudio de la terminología de origen griego, complete su obra con la terminología proveniente del latín.

JUOZAS ZARANKA