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Del
griego, para biólogos y médicos
Curso de etimologías griegas
especializado en terminología biológica y médica
Enrique Barajas Niño
Biblioteca Científica de la Presidencia de la República,
tomos III y IV, Bogotá, 1984, 694 págs.
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La ciencia nace entre los
griegos antiguos y entre ellos se empieza a hablar científicamente. Con razón afirma el
gran helenista alemán Bruno Snell que sólo en Grecia el lenguaje científico es
autóctono; cuando reaparece más tarde en otros países, vive de lo que toma, traduce o
transforma del griego. Eso es evidente sobre todo en la terminología biológica y
médica, donde aún los nuevos términos se forman generalmente con las palabras griegas o
latinas, siendo estas últimas, en muchos casos, traducciones de las griegas.
Como las lenguas clásicas no se enseñan en los colegios colombianos, es necesario
remediar este defecto en la universidad. Tal es el objetivo del curso de raíces griegas y
latinas que el profesor Barajas dicta desde 1975 en el departamento de biología de la
Universidad Nacional de Colombia. Los dos tomos que aquí se reseñan son el fruto de su
trabajo docente e investigativo.
En la introducción se esboza muy brevemente la historia de la terminología científica.
La calificación de Hipócrates y Galeno como "los primeros médicos de
occidente" (pág. 7) es equívoca, porque puede causar en el lector poco
familiarizado con la historia de la medicina griega la impresión de que se trata de dos
contemporáneos, cuando, en realidad, el primero vivió en los siglos VIV a.C. y el
segundo, en el siglo II d.C.
En la misma página 7, después de cubrir con elogios bien merecidos la lengua griega,
nuestro autor desacierta reduciendo el papel del latín al "privilegio eminente de
ser madre de nueve lenguas modernas, razón por la cual se le estudia y conoce en gran
parte de Europa y América". En primer lugar, se puede tranquilamente tachar la
última palabra de la oración, porque en la mayoría de los países de este continente se
conoce muy poco el latín. Sin negar la importancia del conocimiento de esta lengua para
los que aprenden o enseñan idiomas románicos, se debe, sin embargo, constatar que el
latín se estudia (o se estudiaba hace poco) con intensidad mucho mayor en países como
Alemania (durante nueve años de bachillerato), Austria, Holanda, Hungría, Polonia, etc.,
donde el interés por las lenguas románicas no es muy grande. En realidad, el valor de la
lengua latina no puede limitarse solamente al hecho de ser madre de las lenguas
románicas, porque esto equivaldría a olvidar todas las letras latinas que van desde
Plauto hasta los humanistas del Renacimiento, todo el pensamiento, tanto filosófico como
científico, expresado en esta lengua, desde los tiempos de Cicerón hasta Descartes,
Spinoza y Leibnitz, el papel que desempeñó el latín hasta el siglo XVII como vehículo
de comunicación internacional y hasta hace muy poco como lengua litúrgica y oficial de
la Iglesia católica. Este olvido es tanto más extraño cuanto que el autor del libro ha
colaborado en una investigación sobre la educación en el Nuevo Reino de Granada,
traduciendo justamente del latín los documentos concernientes a los colegios de los
jesuitas.
Después de presentar el alfabeto griego y explicar su pronunciación y los cambios
fonéticos en el paso del griego al español, el autor organiza en familias semánticas
los sufijos, prefijos, adverbios, adjetivos y sustantivos que sirven para formar los
términos biológicos y médicos. Como éstos, en su mayoría, son compuestos, al lado de
la interpretación de un elemento se indica la página en la que se explica el otro. En
las páginas 604-691 del segundo tomo hay un extenso índice alfabético de términos
españoles que facilita la consulta y convierte esta obra en un diccionario.
En el Curso hay algunas inexactitudes de menor importancia. La pronunciación de la
zeta griega no equivale a la de la z italiana (pág. 14), puesto que en esta
última lengua ella se pronuncia de dos maneras. El espíritu áspero no se pronuncia como
la j española (pág. 16) sino como la h inglesa. Las palabras
monasterio, bautisterio, cementerio ya existían en el
griego de los antiguos cristianos y, por consiguiente, deberían indicarse en sus formas
originales (pág. 39). No es exacto que el sufijo idion haya sido poco
usado en griego
(pág. 41), al contrario, era muy frecuente, sobre todo en el habla popular. No todo el
que comparte la cama es un esposo, por ello es preferible traducir páreunos por
compañero de lecho (pág. 50). En la página 567, por error, hace
derivar el término botánica del griego phorbeia, cuando en realidad deriva
de botane (pasto, forraje, hierba). En la
página 687 teofonía debe corregirse en teofanía (aparición de la
divinidad).
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Como el último vocablo
lo muestra, Barajas introduce algunas palabras que pertenecen a campos del saber humano
distintos de la biología y la medicina. Entre ellas están metafísico y metafísica
(pág. 67). Dada la importancia de estos términos en la historia del pensamiento
occidental, vale la pena ocuparse en ellos más extensamente. El autor los define así: "Metafísica.
Parte de la filosofía que estudia los conceptos metafísicos". "Metafísico,
a.
Dícese de lo que supuestamente existe más allá de lo terreno, es
decir en el mundo de los conceptos e ideas no relacionados directamente con la naturaleza
sensible". Hasta hace poco tiempo se explicaba que el término metafísica había
surgido de la edición de la obra de Aristóteles, publicada por Andrónico de Rodas
(siglo I a.C.), quien colocó los tratados de la primera filosofía (así
denominados por Aristóteles mismo) después de los tratados de la física (la meta ta
physika lo que va después de la física) y que solamente en los
siglos- VI d.C. el neoplatónico Simplicio explicó este título como la ciencia que se
ocupa en las realidades que están más allá de la física. En los últimos
decenios se descubrió que el término pudo ser anterior a Andrónico y que éste, al
editar la obra de Aristóteles, la intituló de esta manera, tal vez teniendo en cuenta
ambos significados: después y más allá. Sea como sea con el título, los
seguidores de Platón y Aristóteles tacharán de la definición de Barajas el adverbio
"supuestamente". Además, al lado de las metafísicas trascendentalistas tienen
cabida las metafísicas naturalistas (como las de los presocráticos) o corporeístas e
inmanentistas (como las de los epicúreos y de los estoicos). De todas maneras, presentar
la metafísica a los estudiantes de ciencias naturales (que ya tienen sus prevenciones
contra ella y contra la filosofía en general) como estudio de puros supuestos, no es muy
objetivo.
Volviendo a los términos biológicos y médicos, se debe observar que, a pesar de la
extensión de la obra, echamos de menos en ella algunos vocablos. Si la ausencia de los
términos que indican las rarezas, como polidactilia (exceso en el número de
dedos en los humanos) no nos extraña demasiado, es inexplicable la omisión de embrión.
En las páginas 567-8 aparece bryon que es uno de los componentes del vocablo y
significa no sólo musgo, como lo indica Barajas, sino también
amento, alga, liquen. El vocablo embrión podría
explicarse más fácilmente recurriendo al verbo griego de la misma raíz bryo (brotar,
retoñar). El compuesto embryon se usa por primera vez en la Odisea (9,
245) con el significado de cordero o cabrito recién nacido, y
más tarde en los escritos hipocráticos y en Aristóteles adquiere el significado actual.
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A propósito de liquen,
tampoco aparece en esta obra. Es cierto que al español la palabra llega del latín lichen,
pero Plinio el Naturalista la tomó del griego leichén y solamente la
transcribió en alfabeto latino, puesto que el diptongo griego ei en su época ya
se pronunciaba como una
larga. Los griegos, desde la época de Teofrasto,
discípulo de Aristóteles, conocían la palabra con sus dos significados: el
perteneciente a la botánica y el perteneciente a la medicina (enfermedad de la piel).
En la bibliografía (págs. 692-3) echamos de menos tres estudios del colombiano Félix
Restrepo, S.J., que llevan los títulos: Llave del griego, La cultura popular griega a
través de la lengua castellana y Raíces griegas, los dos últimos recién
reeditados (1979) por el Instituto Caro y Cuervo.
Las observaciones anteriores no disminuyen el valor ni la utilidad de este curso de
etimologías. Es de esperar que el profesor Barajas, después de consagrar tanto tiempo al
estudio de la terminología de origen griego, complete su obra con la terminología
proveniente del latín.
JUOZAS ZARANKA
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