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Era
escritor, pero no cuentista
Cenizas para el viento y otras
historias
Hernando Téllez
El Áncora Editores, Bogotá, 1984,
139 págs.
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Estos cuentos de Hernando
Téllez (1908-1966) son en realidad el único libro de narrativa que escribió o, mejor,
que publicó este excelente prosista bogotano cuyos otros libros, de ensayos, aparecieron
en editoriales colombianas entre 1943 y 1966. Esta es, con más exactitud, la tercera
edición de estos relatos y no la segunda, como figura anotado en ella.
La primera es de 1950, en plena época de la violencia, que es el tema que sirve de eje
central a la mayor parte de las narraciones de este volumen. La segunda se hizo en
Santiago de Chile por la Editorial Universitaria en enero de 1969, con prólogo de Marta
Traba. Conviene aclarar que en la chilena dejaron de aparecerseis cuentos que sí estaban
en la primera y figuran también en la que aquí se reseña. Son ellos: El último
diálogo, Tiempo de verano, Visita al juez supremo, Rosario dijo que sí, Un corazón fiel
y Arcilla mortal. Pero incluyó además el titulado Dos relatos de ausencia,
que no está en la que le precede ni en esta que le sigue.
Se dice que Cenizas para el viento y otras historias "constituyen la
expresión de mayor jerarquía de su generación". Lo cual no es decir mucho, ya que
la de Téllez es algo así como una intergeneración situada entre Los Nuevos y Piedra y
Cielo. Y no fue la suya, ciertamente, una generación de cuentistas.
Hernando Téllez era o es, ante todo, un prosista. Un prosista que cuidaba con
amor y con atención el manejo de su escritura, la corrección impecable en lo formal. Y
es por eso que sus mejores textos están en los ensayos, de una lucidez irreprochable y de
una agudeza crítica que aún hoy, veinte o cuarenta años después, hay que seguir
reconociendo.
Hernando Téllez se había propuesto escribir una novela, una novela grande por ambiciosa,
quizá por irrealizable. Era la historia de una familia antioqueña a lo largo de tres o
cuatro generaciones. Pero el magnífico prosista carecía de las condiciones requeridas
para ser un auténtico narrador. Era sí un escritor excepcional, pleno de gracia,
irreverente. Aun cuando, como dice Marta Traba, "su irreverencia es siempre
tangencial y semioculta bajo el disfraz de la risa, del apunte oportuno, del buen humor y
de las excelentes maneras. Como no hay vociferaciones ni exabruptos, casi no parece
irreverencia. Pero lo es, y en el más alto grado que ha existido nunca en el pensamiento
colombiano".
Acierta Marta Traba cuando afirma que "el primer valor que los cuentos [de Téllez]
revisten es la concisión de su estilo". Y al agregar: "Téllez era un
escritor que cultivaba el estilo y que lo consideraba como una expresión
particular, regida por una gramática y sintaxis que debían ser y eran cuidadas hasta el
último extremo. Estilo de releerse, de meditar, de corregir, preocupado, en un equilibrio
realmente francés y pascallano, tanto por el contenido expresado como por la forma de
decirlo. La búsqueda del justo medio, determinado por la aversión franca hacia toda
exageración tropicalista, hace, pues, de dique de contención".
Alberto Lleras, quien fue amigo de muchos años de Hernando Téllez y su inseparable
compañero de afanes periodísticos y políticos, insiste también en el tema del estilo y
coloca como epígrafe de su prólogo a Confesión de parte, libro editado poco
después de la muerte de Téllez, esta cita del propio autor de Cenizas para el viento
y otras historias: "[...] porque el estilo es un oficio y un milagro, una
iluminación y una pericia [...]".
Alberto Lleras escribe también: "Y súbitamente Hernando Téllez murió sin
haber escrito una obra para la cual se venía preparando en un hondo pensar, un
activísimo leer y una soledad maduradora".
No es, ciertamente, por sus cuentos, por lo que seguirá siendo recordado Hernando Téllez
en el futuro. A pesar de que Genoveva me espera siempre es uno de los más hermosos
que registra la cuentística nacional. Y es en verdad un cuento llamado a perdurar.
Un escritor mucho más joven, Juan Gustavo Cobo Borda, se refiere a Hernando Téllez en
estos términos, al prologar los dos tomos de la obra de Téllez editados por el Instituto
Colombiano de Cultura, Textos no recogidos en libro: "Téllez era ya un
crítico: alguien que ama la contradicción. Sólo un crítico, a pesar de su errada
pretensión de ser también un cuentista; y un cuentista, por más señas, de la violencia
colombiana".
Como Baldomero Sanín Cano, con quien Hernando Téllez tiene tantos puntos de contacto,
cuyo libro Pesadumbre de la belleza tampoco es de un cuentista, sino de un
escritor, de un gran escritor. Como Hernando Téllez.
GERMÁN VARGAS
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