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Los
emisarios: respuestas que son preguntas
Los emisarios
Álvaro Mutis
Fondo de Cultura Económica, México,
1984, 120 págs.
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Un par de versos de
Al-MutamarIbn al Farsi, poeta sufí de Córdoba, sirven de epígrafe a Los emisarios. En
ellos se condensa una metáfora que hace hablar al reciente libro de Álvaro Mutis de
aquellas instancias que sobreviven en la complejidad de espacios y personas. Los versos en
árabe proclaman: "Los emisarios que tocan a tu puerta, / tú mismo los llamaste y no
lo sabes". Y el libro del poeta colombiano, a su vez se aviene a una lectura que lo
obliga inexorablemente a preguntarse por qué sus poemas tocan a las puertas alargando
enigmas en lugar de certezas. O, si se prefiere, otorgando como única realidad el enigma.
Otros emisarios se internan en los poemas de Mutis para traer noticias de una voz que,
como el eco, se traslada por un aire cargado de sonidos. Los emisarios del poeta son los
espacios y los personajes que mejor se muestran a esa lejanía que es la memoria de un yo
plural o el simulacro del tiempo en forma de acciones. Lo que no conocen las voces del
libro son las instancias que oprimen o seducen, por ejemplo, al Gaviero, al observador del
funeral de César Borgia, a los integrantes del cortejo que ingresará pronto a la celda
de María Mihailovna. Esa carencia es la que da nuevos bríos a la voz narrativa que
instala sus sospechas en cualquier ámbito que describe. Una expresión que es también
detector del vacío que posee y obsequia a los ojos que descubren sospechas similares y un
exacto mutismo en estos cuerpos verbales: "Era la voz del que habla porque le sería
insoportable el silencio de los otros" (La visita del Gaviero).
Digámoslo de una vez: emisarios son los mensajes y éstos las brújulas para escarbar en
los testimonios escondidos o devueltos a la luz. Es la travesía del Gaviero:
Al terminar el valle se
levanta una
imponente mole de granito partida
en medio por una hendidura
sombría. Allí entra el río en un
silencioso correr de las aguas que
penetran con solemnidad procesional
en la penumbra del cañón.
(El cañón de Aracuriare).
Esa mole de granito
aparece en otros poemas indicando una frontera más psicológica que física. En medio de
ella se espera "la inefable señal, la siempre esperada y siempre postergada
señal de su definitiva disolución en la nada bienhechora" (Noticia del
Hades). Esa nada es el silencio y por lo tanto la señal no puede ser expresada con
palabras. Sin embargo en el viaje del Gaviero al cañón de Aracuriare, después de
penetrar por esa hendidura sombría en un silencioso correr de aguas, hallamos la pista
para intuir que ese paria del verbo ha llegado al centro de su lenguaje. No es sólo por
el acto sexual implícito que se revela en la narración: el paso por esa abertura y más
tarde la serenidad que invade al Gaviero. También del centro del lenguaje, como de la
muerte, emana una quietud que lleva a la introspección. Es lo que atrae de inmediato al
errabundo:
El silencio conventual
y tibio del
paraje, su aislamiento de todo desorden
y bullicio de los hombres
y una llamada intensa, insistente,
imposible de precisar en palabras
y ni siquiera en pensamientos,
fueron suficientes para que el Gaviero
sintiera el deseo de quedarse
allí por un tiempo,
sin otra razón o motivo que alejarse del
trajín de los puertos y de la encontrada
estrella de su errancia insaciable.
(El cañón de Aracuriare).
El Gaviero permanece
dentro de la matriz que es el lenguaje haciendo un examen de conciencia hasta que surge
una extraña aparición, producto de un desdoblamiento. Y luego un tercer interlocutor.
Ahora bien, ese terreno en donde impera el silencio es al mismo tiempo el vientre materno,
el origen de la lengua.
¿De quién? De las voces de los emisarios, cuyas noticias de muerte se confunden con las
de un habla colectiva. Esa supravoz
del libro se remonta a una simultaneidad de
tiempos, espacios y nombres. Una voz que por encima de las otras se deja oír prolonga la
preocupación poética que encarnó el modernismo hispanoamericano: la tensión verbal
ligada al sometimiento de los nombres que designan una realidad deslumbrante. El caso del
Gaviero es pertinente para ilustrar de qué manera esa voz de tan larga estirpe culmina en
una contemplación de todos sus fragmentos en el seno de su habla, en su silencio. Las
búsquedas de esos viajes a países desconocidos encuentran una razón en ese territorio
donde imaginación y experiencia son un estado mental: el poema. Y la topografía de los
sueños concuerda con el preámbulo de ese vasto cuerpo sin palabras que es la muerte. De
ahí que los signos y su apasionante desciframiento tengan validez para una historia
personal, para la historia diacrónica y para un eco que reproduce,
alterados, los
íntimos susurros de la memoria. Lugares y reinos, la asunción de una identidad y el
instinto de nombrar, todo concurre al éxtasis de la epifanía:
Avanzó en el empeño de encontra sus propias fronteras, sus verdaderos límites y cuando
vio alejarse y perderse al protagonista de lo que tenía hasta entonces como su propia
vida, quedó sólo aquel que realizaba el escrutinio simplificador. Al proseguir en su
intento de conocer mejor al nuevo personaje que nacía de su más escondida esencia, una
mezcla de asombro y gozo le invadió de repente: un tercer espectador le esperaba
impasible y se iba delineando y cobraba forma en el centro mismo de su ser. Tuvo la
certeza de que ése, que nunca había formado parte en ninguno de los episodios de su
vida, era el que de cierto conocía toda la verdad, todos los senderos, todos los motivos
que tejían su destino ahora presente con una desnuda evidencia que, por lo demás, en ese
mismo instante supo por entero inútil y digna de ser desechada de inmediato. Pero al
enfrentarse a ese absoluto testigo de sí mismo, le vino también la serena y lenificante
aceptación que hacía tantos años buscaba por los estériles signos de la aventura. (El
cañón de Aracuriare).
Ahora busquemos las
analogías de esos signos que se adjudican al interlocutor omnisciente del Gaviero y
démosles el valor al que aspiran. Deseo tácito: inmediatez de las palabras en el
transcurrir de ciertas coincidencias; inscripción de un espacio poético frente a la
naturaleza, desde y contra el lenguaje que la niega. Es el continuo presente que en Los
emisarios está surcado por las máscaras de lo pretérito. Los modernistas expresaban
el deseo de posesión de ese espacio imaginario desde una terminología que lo copaba por
completo: la Europa afrancesada, el Oriente "exótico" y la mitología
clásica son, por ello, las cifras precarias de su vacío. Pero hay más: el conocimiento
de esa geografía no verbal (los elementos naturales podían ser capturados, de hecho, por
los trucos y las trampas de la palabra) limitaba la noción del espacio poético a una
apropiación de carácter subjetivo. Mucho antes del modernismo, en 1824, José María
Heredia escribió su famosa alabanza de las cataratas del río Niágara. Una tímida
libertad estilística denuncia la filiación romántica, pero sobre todo la confluencia de
intereses del canto del poeta y las aguas del Niágara. La catarata resulta imagen de Dios
como naturaleza en estado puro y es capaz de conceder la palabra al poeta que había
enmudecido a causa de un dolor.
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El final del poema
supondrá, proféticamente, la trascendencia del Yo. El poeta capta "la esencia"
del Niágara como intérprete de las obras de Dios: muda su condición y escucha desde lo
alto es ya el sol, el arco iris los pregones terrenales de su fama, los versos
que ascienden por el agua que permanece en su caída. Es el periplo que culmina en Dios a
través de la recuperación de la voz lírica. ¿Quién habla aquí? Un verbo que en un
instante es el Yo que recuerda las palmeras de su patria y fabrica una ilusión: la
presencia de una mujer que palpite a su lado con una intensidad semejante a la suya frente
al Niágara. El Yo enfervorizado con la posesión de la palabra (el medio para
acceder al Niágara "real") intenta conservarla para siempre. Es la elección
romántica de una pasión exclusiva y excluyente. Arte poética: el diálogo entre el Yo y
la catarata es una comunicación de carácter sacro, pues comprender el
"espíritu" del Niágara es comprender los designios de su Creador. Así,
mientras fuerzas diabólicas siembran guerras fratricidas y nacen "mentidos
filósofos" el Niágara arrastra al Yo a un abismo que no puede recibir otro nombre
que Dios: "y tu profunda voz hiere su seno de este raudal en el eterno trueno".
El poeta es penetrado por el "espíritu" de la catarata que lo conduce hasta
Dios despojándolo de su cáscara de carne (y de su voz, añadiríamos). Preso en la
sangre del río, vivificado, indagará por la causa final (y primera, obviamente) del
proceso de búsqueda. Vuelta al origen. El estruendo del agua hizo nacer las palabras
escondidas, ya inflamadas de júbilo. Las aguas del Niágara descienden a tierra para dar
vida. Las palabras del poeta se elevan al cielo, fieles al Creador. La sed de infinito
parece saciada: es la conciencia del entorno.
En Gutiérrez Nájera la
pasión romántica comienza a teñirse de un azul-verde modernista. "Para
entonces" fechado en 1887 aparecerá, a partir de 1896, abriendo el
volumen de sus poesías. El Yo del poema es una voluntad personificada que se Sacrifica en
ese punto en que su reino, la propia juventud, permanece inviolado. Pero la descripción
del escenario se sustenta en una exaltación de los sentidos. Espacios abiertos: mar,
cielo. Junto a ellos la apretada sensación de irrealidad la conversión en sueño-
de un ansia oculta en el final de la tarde: "Quiero morir cuando decline el día, /
en alta mar y con la cara al cielo; / donde parezca un sueño la agonía, / y el alma, un
ave que remonta el vuelo". Sin embargo, lo que ocurre es lo contrario: el manifiesto
rigor auditivo del Yo elige en su trance más arduo los elementos afectivos (mar, cielo) y
el sonido de las olas. A la hora de la muerte escuchamos el tambor del agua que ha
simbolizado siempre la vida. Pero hay otra precisión en el poeta: "Morir cuando la
luz triste retira / sus áureas redes de la onda verde, / y ser como ese sol que lento
expira: / algo muy laminoso que se pierde". Al asumir la condición del sol, quien
pierde es la vida y no la muerte. Esa triste luz que se retira se convierte de pronto en
algo muy valioso que se aparta definitivamente. En esta transformación estética gravita
el signo modernista del poema. La vida se trueca por arte, vista desde el espacio del
poema: una zona inédita de la contemplación del lenguaje mismo a través de esa
luminosidad dorada y verde. No es el lenguaje ordinario del mundo, opinaría
Gutiérrez Nájera. En la transfiguración poeta/sol la melancolía romántica se
detendrá un momento ante
el naciente brillo de la joven modernista.
Esta voz cambiará de ropaje con las vanguardias de comienzos de siglo. Pero ya con Darío
comenzaba a desnudarse. La fugacidad de la vida y los embelecos del amor son los tópicos
que -como en el caso de Los emisarios asoman pero no constituyen las únicas
propuestas de un poema como Canción de otoño en primavera. Por algo la voz de la
ausencia y el desencuentro nace de una estación desplazada en su plenitud:
"Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar no
lloro..., / y a veces lloro sin querer". El estribillo cierra cada una de las
secuencias del relato de los desencantos del Yo. Todas establecen una relación
victimario-víctima en su discurso amoroso, exacerbando la experiencia trágica del
hablante. Dueño del conocimiento de su extrañeza, será dueño (¿o de nuevo la
pertenencia?) en curiosa forma del resto de las mujeres ("pretexto de mis
rimas/fantasmas de mi corazón"), ya que una historia paralela germina con renovada
fatalidad. Pero de pronto el ánimo del Yo intenta neutralizar el destino infausto que su relato
transmite. Si la inocencia se esfumó, al menos la sed de ella permanece. Ahora el
tiempo es el que lucha con el yo pues "con el cabello gris me acerco a los rosales
del jardín". Lope de Vega debe seguir celebrando, bajo tierra, estos versos.
La mención tampoco es gratuita. En el siglo de oro las penas de amor eran atribuidas
retóricamente a Fortuna o a Dios. Pero lo que Darío sacraliza es el lenguaje mediante la
divinización del Yo. La palabra regresa a lo numinoso por vía de lo mágico. El
enigmático verso "¡Mas es mía el Alba de Oro!" guarda armoniosa
contradicción con el resto del poema. No sorprende que el sentimiento de pérdida,
clarísimo en el texto y reiterado de varias maneras y en distintos niveles, tenga como
respuesta una afirmación concluyente. El "Alba de Oro" es la posibilidad,
abierta hasta la muerte, de dar vida a los estratos de la conciencia del Yo, por más
lejanos o confusos que parezcan. El poder de iluminar (Alba/Oro) celebra no sólo la
inagotable energía del Yo sino atestigua el sufrimiento padecido con el correr de los
años. La moraleja es un desafío que cae por su propio peso, como la vida; el Yo no
desespera por el Alba de Oro, pues le pertenece hasta el fin. En otro sentido, la riqueza
del Yo no es la suma de experiencias sino la capacidad de verbalizarlas. De esta seguridad
hizo Darío una profesión de fe. Un poco más tarde algunos vanguardistas le habrían de
poner, como se estila, un sambenito de ocasión.
Volvamos a Los emisarios y preguntemos si el tercer interlocutor del Gaviero no es
una supravoz, errante
también, que anhela la quietud del silencio. No sugiero que los hablantes del libro de
Mutis tengan rasgos modernistas. Simplemente se me ocurre que las preocupaciones no
resueltas por el modernismo, casi setenta años atrás, cobran vigencia en estos poemas.
Y, lo que es más, se expresan magníficamente en un diálogo de espacios y personas que
integra el pasado a un presente que se perpetúa. El excedente de fantasía del modernismo
es recogido aquí por acción de los desplazamientos a España (en su versión árabe) y a
un Oriente europeizado: la Rusia de los zares. Al mismo tiempo, en el trópico hallará el
Gaviero la sensación de correspondencia con las voces que lo habitan. Pero también los
viejos dilemas modernistas recuperan vitalidad en las diez Lieder del volumen
(¿intromisión nórdica vía Eguren, De Greiff?) que aclaran las preocupaciones de todos
los personajes articulándolas en breves estrofas. De la euforia guerrera al reposo del
sueño funeral y viceversa el interés por nombrar lo que la memoria arrebata
al olvido es uno de los paradigmas de Los emisarios. La sacralización del vacío
también conduce a la palabra. Todos los signos que pueblan estos mensajes son preguntas
por el origen de la voz común que los pronuncia. Pero, como toda expresión, ese origen
es situado en lugares concretos (la otra vertiente del trópico americano) que constituyen
la revelación: "Y llego a este lugar y sé que desde siempre / ha sido el centro
intocado del que manan / mis sueños, la absorta savia / de mis más secretos territorios
/ reinos que recorro, solitario destejedor / de sus misterios" (Cádiz). Restitución
de una lengua a esa España que tiene su deuda con el Islam. Perfecto ajuste de cuentas de
Álvaro Mutis con ese sistema de signos al que dieron en su momento la espalda los
modernistas y del que habían recibido el fuego del idioma. Una reivindicación que es el
encuentro de ese lenguaje consigo mismo: "quizá porque ayer oré en el Mihrab de la
Mezquita, pidiendo una señal que me entregase, así, sin motivo ni mérito alguno, / la
certidumbre de que en esta calle [...] estaba el lugar, el único e insustituible
lugar en donde todo se cumpliría para mí [...] y seré, hasta el último día,
otro hombre o mejor, el mismo pero rescatado y dueño, desde hoy, de un lugar sobre la
tierra" (Una calle de Córdoba).
En un burdel de mala muerte, en un puerto de río, el Gaviero tiene relaciones con una
media hermana. Lo descubre porque en el cubículo destartalado ha visto una foto de su
padre colgada en la pared. Le pregunta a la mujer por ese hombre y se entera entonces de
que se trata del padre de ella. Si aprovechamos la metáfora del incesto, se trataría del
padre-lenguaje que reúne al Gaviero y a su hermana en una simbólica anagnórisis. Los
cuerpos filiales hablan por la sangre. Y el Gaviero sabe que se ha nutrido de innumerables
e inexplicables circunstancias:
".. al fin de cuentas todos estos oficios, encuentros y regiones han dejado de ser la
verdadera substancia de mi vida. A tal punto que no sé cuáles nacieron de mi
imaginación y cuáles pertenecen a una experiencia verdadera" (La visita del
Gaviero).
Los esclarecimientos sólo se producen como adiciones de sucesos que el recuerdo considera
justificables. Así, de poemas como el de Córdoba, el del gorrión en el Mexuar, el de la
Alcazaba y el Lied sobre León de Greiff, es posible confeccionar una lista de
alcances y elecciones de la supravoz de Los emisarios. Se reproduce un proceso de
escritura grato a los modernistas: el silencio insoportable se llena de nombres. Los
poemas de Mutis proponen enigmas en la medida que sus versos ayudan a solucionarlos
parcialmente. ¿O será que intentan, más bien, aminorar la angustia que causarían si no
dejaran indicios? Lo cierto es que ante Los emisarios se alza la pared de granito.
Y extraviado en la certidumbre de ese vacío interior, el eco nos repite sus preguntas a
modo de respuestas. Porque las fronteras que algún día atravesó el Gaviero para
descubrir que su identidad no era unívoca, ya se encuentran clausuradas. Con Mutis, la
metáfora modernista se abre a la contemporaneidad y atiende a sus llamadas. Pero jamás
agota los afanes: los macera en las aguas de ese río que el Gaviero conoce de sobra pero
teme olvidar.
EDGAR OHARA
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