Boletín Cultural y Bibliográfico. Número5,  Volumen XXII , 1985
 

Compendio de un proceso


La filosofía en Colombia (siglo XX)
Rubén Sierra (compilador)
Procultura, Bogotá, 1985

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Casi estaría de más la precisión contenida en los paréntesis. Y eso es lo que implicítamente parece decirnos el compilador a lo largo del prólogo, ya que, en efecto, es en el siglo XX cuando puede hablarse con propiedad de filosofía en Colombia. Porque mientras en otras latitudes se anunciaba su fin —si bien es cierto equivocadamente— la filosofía adquiría entre nosotros los contornos de un quehacer autónomo, es decir, liberado de los esfuerzos de implantación ideológica, de constitución del Estado o de determinación de los perfiles nacionales en que se vio envuelta en épocas precedentes, a partir de la colonización española.
Es en el último siglo cuando en nuestro país el ejercicio filosófico emancipado de las antiguas servidumbres e incorporado definitivamente al ambiente universitario, conquista un rigor incuestionable y se inscribe en el panorama de la modernidad. Una modernidad filosófica en donde ya no hay espacio para el dogmatismo ni para la unidimensionalidad. Como lo advierte F. Chátelet (Histoire de la philosophie), la crisis de la metafísica no significó, como muchos creyeron, el fin de la filosofía, pero sí el que ésta tuviera que declinar sus pretensiones totalizadoras. Ya ni el Ser, ni la Substancia, ni Dios, se pueden erigir como objetos únicos, primeros o finales de su reflexión, porque muchos otros objetos particulares se imponen: el inconsciente, el lenguaje, el poder, la lucha de clases, la obra de arte...
La selección de los trabajos —así lo señala el compilador— no puede ni pretende ser exhaustiva, aunque si lo suficientemente amplia como para dar una idea de esas diferentes dimensiones de la filosofía en Colombia. Se reúnen diez nombres que le han dado un impulso decisivo en lo que va de este siglo. Nacidos todos entre 1910 y 1935 (Cayetano Betancur, Rafael Carrillo, Danilo Cruz Vélez, Rafael Gutiérrez Girardot, Daniel Herrera Restrepo, Guillermo Hoyos, Luis Eduardo Nieto Arteta, Francisco Posada, Jaime Vélez Sáenz y Estanislao Zuleta), tienen en común, además de la seriedad de su trabajo, la vinculación —como alumnos y como maestros— a la universidad (la ruptura de la filosofía con la institución académica sigue siendo, por lo demás, un proyecto utópico).
Una cosa nos confirma el libro: la vocación que por el ensayo siente la filosofía en Colombia. Y en esto se ajusta a una tendencia generalizada en América Latina, transmitida, en parte, por esa personalidad que tanto ha influido —para bien o para mal— en la historia de las ideas de nuestro continente: don José Ortega y Gasset.
Habría que ver si ese pensamiento que, con no poco desprecio, llama Rafael Gutiérrez Girardot "prologal" (revista Aleph, núm. 54) y que, según dice también, enseñó a ejercer en estas tierras el "filósofo" español, no representa justamente lo más genuino y lo más original de nuestro oficio filosófico. Pensamiento "prologal" que sería la antítesis del pensamiento sistemático y que encuentra expresión en esa forma virtual, parcial, que es el ensayo. "La simple modestia de esta palabra —escribe Theodor Adorno refiriéndose al ensayo— es de una cortesía altanera" (L’essai comme forme. Notes sur la literature).
El mismo Gutiérrez Girardot llama modestamente a su ensayo "Notas". Notas heterodoxas para una lectura de Hegel. Heterodoxas sí, en más de un sentido. Su propio estilo está pregonando que no hay fronteras entre la prosa filosófica y la literaria. Que aquélla no tiene por qué renunciar a la imagen, en aras del concepto.
Heterodoxas también porque nos revelan un rostro oculto de Hegel que sería la negación del hegelianismo. Nos invitan a leer un Hegel malgré lui y a consolarnos, admitiendo que lo que apenas fue esbozo genial, fragmento, intuición, es lo que sus discípulos y editores, los verdaderos inventores del hegelianismo, han transformado en el sistema de los sistemas.
El punto de partida es la evidencia, el consenso, acerca de las dificultades inigualables de la lectura de Hegel, y en particular, de la obra central de su "sistema", La fenomenología del espíritu. Muestra cómo el maestro de Jena maltrata la gramática y maneja los conceptos en forma imprecisa. Que, en síntesis, se permite licencias de poeta, al violar los códigos del lenguaje "normal" y oscurecer su lengua, el alemán. La paradoja es inevitable, y así la expresa el autor: "No se podría negar, pese a todo, que la lectura de Hegel no sólo es excepcionalmente difícil sino tormentosa. Que aunque ha de leerse como un poema y presenciarse como una tragedia griega, su obra procura todo, menos placer estético".
Igualmente lúcida y casi tan heterodoxa como la lectura de Hegel —al menos para los espíritus dogmáticos— resulta la argumentación de Zuleta en su ensayo sobre Marxismo y psicoanálisis, valioso y original aporte, por cuanto levanta obstáculos para una integración entre las dos disciplinas.
Ante la imposibilidad de dar cuenta de todos los trabajos, habría que decir solamente que los restantes se inscriben en cinco corrientes filosóficas principales: la filosofía del derecho; la fenomenología —en sus aspectos antropológico y epistemológico—; la antología; la antropología filosófica y la filosofía social.
La incorporación a estas corrientes contemporáneas (sólo estaría ausente de la antología la filosofía analítica) ha enriquecido considerablemente el panorama de nuestra reflexión filosófica y ha hecho posible que, por ejemplo, el pensamiento de Nietzsche, el de Heidegger, la estética contemporánea (en sus diversas tendencias), la teoría crítica de la Escuela de Francfort, sean objeto de investigación y estudio permanentes.
Para no concluir, admitamos entonces que, contra la corriente, pues aún nos falta esa "atmósfera social favorable", la filosofía en Colombia ha alcanzado una madurez y forma parte de un proceso en marcha...

VALENTINA MARULANDA