Boletín Cultural y Bibliográfico. Número5,  Volumen XXII , 1985
 

Entre bostezos y aplausos


Crónica del VII Festival Internacional de Teatro de Manizales

pag99.jpg (8057 bytes)

En una esquina desolada de la plaza de Bolívar, un gamín rescataba de entre la basura los innumerables tarros de cerveza y botellas de aguardiente dejados por la última rumba. Del clásico bar de tangos Los Faroles, salían dos desmadejados personajes que durante la semana habían interpretado el papel de críticos y que a estas horas no eran más que dos de los cientos que se habían quedado bebiendo hasta ver el amanecer. Un taxi cruzaba lento la bruma de la madrugada con dos ojerosos periodistas cargados de papeles que iban rumbo al aeropuerto La Nubia a tomar el primero de los doce vuelos adicionales despachados por Aces el domingo 31 de agosto, día en que finalizó el VII Festival Internacional de Teatro en Manizales. A juzgar por los desechos que se observaban en la ciudad esa mañana, el arzobispo, monseñor José Jesús Pimiento, tenía razón cuando dos semanas antes había censurado al festival por ser escenario del diablo. Aunque lo sucedido en la calle durante la semana acusaba más a Lucifer, el jefe de los ángeles rebeldes, de ser el anfitrión.
Pero no puede decirse lo mismo del teatro Los Fundadores, sede de la muestra oficial, donde el anfitrión casi todas las noches, la verdad sea dicha, fue Morfeo.

Bostezos desde 300 pesos
Lo más llamativo de la muestra oficial del festival de teatro no consiguió ser, pese a su excelencia, el montaje espectacular del grupo brasileño, ni el malabarismo del grupo de la Universidad Veracruzana de México, ni la majestuosidad del Bolívar llevado a escena por Rajatabla de Venezuela, ni el exceso de lugares comunes interpretados por el Colectivo Isabela Morán. Lo más llamativo, sin duda alguna, consistía en apartar por un momento la mirada del escenario y observar el movimiento de las cabezas silueteadas del público que a intervalos se desmadejaban y volvían en sí con ese curioso movimiento de escalofrío que produce en uno mismo el hecho de dormirse donde no debe. No es necesariamente una crítica al festival —puede ser al público-, que probablemente despertaba a la salida para seguir la rumba, pero la verdad es esa: los teatros se llenaban, pero la mitad de la gente se dormía.
El sábado 24 la muestra la abrió el Teatro Libre de Bogotá con Un muro en el jardín, original de Jorge Plata y dirigida por Ricardo Camacho. Se le hicieron las mismas críticas de siempre, resumidas con acierto por Gonzalo Escobar: "tiene una malévola intención de suprimir los símbolos, las insinuaciones; distanciamientos, poesía, todo allí debe ser real"
Mejores comentarios logró Bent (Desviado), de Martín Sherman, llevada a escena por el Teatro Nacional con la dirección de Gustavo Londoño. Esta obra siempre logra impresionar, ante todo por la elegancia en el tratamiento del tema.
El tercer día, el lunes 26, se presentó el Grupo Oficial de Artes Escénicas del Ministerio de Cultura de Nicaragua, con la creación colectiva A golpes de corazón, dirigida por Lucero Millán. Definitivamente, y aunque se la justifique políticamente, es una pieza demasiado pedagógica, catequística. Antes de la de Nicaragua, se habían visto ya dos representaciones de carácter puramente político:  el Nuevo Teatro de los Comediantes, chileno, con El huevo de Colón, y El Corralón de Argentina con Juana de América. Como siempre sucede en estos casos, la crítica se vuelve discusión acalorada. En resumen, buena actuación la de los chilenos,  pésima la de los argentinos y poca novedad en el montaje.
México estuvo presente con dos obras: una de la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana, dirigida por Enrique Pineda y escrita por Hugo Rascón: Máscara contra cabellera que para la mayoría de los espectadores constituyó una vulgar lucha libre justificada por el escenario. La otra fue Los que no usan esmoquin, del grupo Contigo América, pobre elaboración de la realidad donde la mesa es la mesa, la nevera es la nevera y los personajes son una caricatura de la clase obrera latinoamericana, que en la realidad nada tiene que ver con esos personajes melosos de salidas irreales. Es el mismo problema de Testimonios de las muertes de Sabina, del grupo El Rostro de Chile, diálogo entre dos personajes del lumpen que no agrega nada a la historia de los marginados. El tema de la vida urbana marginal es retomado constantemente por los grupos latinoamericanos, según se ha visto en los dos festivales, pero generalmente se incurre en un realismo que no ofrece perspectivas y se queda siempre corto ante esa realidad que con sus gritos ensordece las escenas diarias de las ciudades latinoamericanas.
Tema muy semejante trajo el grupo ecuatoriano El Juglar, en Cómo e’ la cosa, creación colectiva dirigida por Ernesto Suárez. Si bien un poco más lograda que las mencionadas, en especial por la calidad de los actores, de pronto se escapaban unas frases sueltas, como de reflexión hacia el espectador, que de un golpe le bajaban el ritmo a la acción.
Italia no acertó en el gusto del público: la primera obra del Colectivo Isabella Moran, no le gustó a nadie por lo retardatario en el tratamiento del tema sobre la liberación de la mujer. La segunda, La panna acida, (La crema agria), a pesar de la limpia actuación de las dos actrices, no logró llegar a la gente, que quedó excluida hasta por la barrera del idioma.
Se presentaron, además, grupos colombianos cuyo fracaso debe abonársele al festival, que los programó sin tener en cuenta que simplemente su poca trayectoria no les daba la talla. Es el caso de los grupos de Pamplona, de la Universidad del Valle, de Bellas Artes de Cali, de la EPA de Medellín, y del Aguijón.
No obstante, teatro colombiano hubo, y bueno, a diferencia del año pasado, pese a la ausencia del 80% de los grupos nacionales que se abstuvieron de participar (Corporación de Teatro y Cortina).
El taller de Artes de Medellín, con El arquitecto y el emperador de Asiria, logró excelente crítica, en especial extranjera, ante todo por su impecable actuación. Igualmente Acto Latino, con Odina, se robó los aplausos por el desempeño de la actriz. Buena aceptación obtuvo La Fanfarria (teatro) con la Bella Otero.

pag100.jpg (7542 bytes)

Destacable el texto, cuyo autor es Freidel, director del grupo. Irreprochable la escenografía de Retrato de una dama con perrito, del grupo de la Universidad de Antioquia, con éxito para el teatro del absurdo, que suele suscitar críticas adversas. En general, Colombia puede salir con la cara en alto.
Entre las obras extranjeras, la que enloqueció al público fue Ubu folias physicas, pataphysicas e musicaes, de Alfred Jarry —precisamente, precursor del teatro del absurdo, dirigida por Cacá Rosset, del grupo Ornitorrinco de Brasil—. Un desbordante montaje que utiliza elementos musicales, escenográficos y circenses, para conquistar a todos y atraerse los parabienes de los entendidos. El Teatro Fronterizo de España, con Naque de piojos y actores, se ganó la aceptación de los especialistas, más no la del común de la gente; es, sin embargo, una novedosa propuesta de teatro dentro del teatro.
Por último, Noruega, con el monólogo de una polifacética actriz, Elsa Kvamme, escrito y dirigido por ella misma, El hombre que dio a luz una mujer o siete tentativas de cambio, texto polémico y poético, mostró algo completamente distinto de lo visto durante la semana.

Para mayores de ocho años
Si la muestra de teatro dejó aspiraciones insatisfechas, los grupos de títeres, marginados por los horarios, los malos escenarios y la crítica, ofrecieron una muestra completa por lo diversa, los planteamientos novedosos, la buena técnica, los bellos textos y, como si fuera poco la nacionalidad colombiana de todos los grupos. El primero fue Granito Cafecito, grupo manizaleño de mucha trayectoria que abrió las mejores perspectivas. Luego El Taller de Artes de Medellín, con El sol negro, canto a la vida, con inmejorable técnica. El tercero: Barquito de Papel, de Cali, no por tradicional menos bueno. Vino luego la versión de titiriteros de La Fanfarria de Medellín, con Las aventuras de don Goriloche en su vago coche: el papel y el origami puestos al servicio del arte. De Bogotá: La paciencia de la guayaba, y La Libélula Dorada con Espíritus lúdicos, buenos, como siempre. Nos permitimos incluir aquí el Taller Escuela de Teatro y Títeres de la Universidad Nacional, de Enrique Vargas, con un interesante experimento de contar historias valiéndose de una escenografía en miniatura.
Hay, sin embargo, una falta que empaña la actuación de los titiriteros: todos, absolutamente todos, sin excepción, se quejaron de que los niños gritaban y se reían mucho, impidiéndole oír a algún crítico tieso que los pudiera alabar en el periódico. El tercer día llegaron a implantar la censura "Para mayores de ocho años", se leía a la entrada.

El teatro se enfrenta en la calle
Quince días antes de que los "especialistas" aterrizaran en Manizales, un grupo de dieciséis actores, juglares, maromeros o saltimbanquis, como quieran llamarse, llegaron con sus zancos, máscaras, muñecos, trompetas y tambores, para instalarse en barrios marginales de la ciudad y llevar a cabo —como ellos lo llaman— "Simbiosis: Laboratorio espectáculo en un sobresalto".
Durante la primera semana se dedicaron a crear entre todos una propuesta de montaje, a programar el trabajo y a realizar funciones nocturnas en los barrios, mediante las que se fueron ganando primero a los niños y luego a los adultos, reacios como consecuencia de los sermones de los curas.
A la semana siguiente contaban con 260 personas, entre niños, viejos y adolescentes, que querían participar en el espectáculo. Todos fueron en expedición al basurero municipal, de donde sacaron desechos para que cada quien vistiera su personaje. Las señoras cosieron, los señores serrucharon, los niños se divirtieron y todos estuvieron el sábado 31 en Simbiosis, espectáculo callejero que anunció doce horas continuas y un intento real de acercamiento al público, de confrontación del actor con el ciudadano común y corriente.
Definitivamente son los teatreros de la calle los que se la juegan con una conciencia muy política, por lo contestataria, y algunas veces muy refinada, como es el caso del grupo La Papaya Partía y sus súcubos, quienes, además de sus rituales y místicas presentaciones, invitaron el miércoles a una cena en la plaza de Bolívar, en la que con una actuación irreverente y estética se preguntaron por el hambre, sin panfletos ni estridencias.
Otro día, inesperadamente los súcubos se treparon plásticamente por los santos de la catedral de Manizales (cerrada por una enorme reja), preguntando sin palabras y con acierto por la censura con que el clero castigaba al festival.
De destacarse, también, la actuación de un grupo nuevo, Órdenes de cómicos banda de arle quino, con un trabajo elaborado.
Los teatreros de la calle están a todas horas y en todas partes, convocan y reúnen, le roban sonrisas a todo el mundo y rompen el espacio con sus colores y sus zancos y son los mismos que el año pasado se tomaron el festival sin ser invitados y le dieron una apertura que a nadie se le olvidará, cuando un personaje, a tres metros de altura, se enfrentó al señor presidente de la república. Son los callejeros los que mantienen el ritmo. Simbiosis, en especial, es una experiencia sin precedentes que, aunque su resultado final aguanta varias críticas, permite a la gente vivir el teatro por conducto de ellos, que son, en definitiva, los que convocan a Lucifer.

ANGELA MARÍA PEREZ