Reseña filosofía: Heidegger desde la otra orilla
Heidegger desde la otra orilla
Postontología
Wolfgang Janke
Traducción e introducción de Guillermo Hoyos. Colección
Universitas Philosophica, publicada por la facultad de filosofia de
la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 1988.
El autor de este ensayo, que ha traducido el profesor Guillermo
Hoyos Vásquez, actual decano de la facultad de ciencias humanas de
la Universidad Nacional , fue discípulo de Heimsoeth, de Eugen Fink
y Volkmann Schluck, y posteriormente se convirtió en asistente de
este último en la Universidad de Colonia. Allí mismo se hizo
profesor, en 1975 y fue llamado como ordinario a la de Wupertal, de
cuya facultad de filosofía y teología fue también decano. Ha
escrito, entre otros, libros sobre Leibniz y Fichte, y editado del
segundo, con una introducción y un comentario, su Doctrina de la
ciencia de 1804. Su procedencia académica explica en parte los
problemas filosóficos que ocupan su interés: el idealismo alemán,
Nietzsche, Heidegger. Particularmente este último parece haber
influido considerablemente en su formación, incluso nos atrevemos a
considerar que en lo fundamental su trabajo es tributario del del
maestro de la Selva Negra.
El se divide en dos partes: la primera, de Introducción
histórica, y la segunda, intitulada Elementos sistemáticos para una
post ontología; pero no es un texto propiamente "sistemá
tico", por lo menos no en el sentido clásico del término.
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Quisiéramos en primer lugar y primordialmente considerar
la segunda sección de la primera parte, que lleva por título El
instante de la sombra más corta -acerca del ocaso de la ontología
platónica en el advenimiento del nihilismo. Janke recuerda la
definición de Nietzsche a este respecto, según la cual éste
radicaría en el rechazo de todo valor, sentido y deseabilidad:
"No se rechazan valores particulares, como los valores
cristianos de la misericordia y la compasión; se rechaza
colocar la vida bajo algo así como un valor eterno, un ser
suprasensible de otro mundo e ideales inalcanzables".
Porque el nihilista afirma que "no hay nada (nihil), a saber,
nada que tenga que ver con los significados platónico -cristianos
de la vida y de la historia", y tampoco nada que tenga que ver
con las categorías fomentadas por el positivismo:
"desarrollo", "progreso", "meta con
sentido", "fin último". "El progreso no es, a
los ojos de Nietzsche, un hecho que pueda constatarse precisamente,
sino que es una mera apariencia. El tiempo corre hacia adelante,
este es el hecho. Que también todo lo que ocurre en el tiempo corra
hacia adelante es pura creencia [oo.] y con respecto a los fines
últimos de la historia universal, pronosticados por la ilustración
y el positivismo, todos ellos se han mostrado hueros en el correr
del tiempo: la solución científica de todos los problemas vitales y
de todas las incógnitas del mundo, el establecimiento de un orden
moral mundial, el aumento de amor y paz en las relaciones entre los
hombres y los pueblos -en suma: el establecimiento posible de un
estado general de felicidad sobre bases científicas" (págs.
39-40).
Como decíamos en otra ocasión, parece, en efecto, conveniente
situar el caso Nietzsche en el interior de un "horizonte"
lo suficientemente amplio que permita comprender hasta qué punto
con él entra en crisis una tradición que en su desarrollo significó
algo así como una actitud, un paradigma del comportamiento de la
civilización occidental que arraiga en Platón, en su escisión de la
realidad en el mundo de lo inmediato (degradado, en la alegoría de
la caverna, a la condición de mera sombra) y un mundo superior, un
topos uranos celestial de las eternas esencias de las cosas.
Que san Agustín vaya a situar ese lugar precisamente en la mente
divina no hace sino confirm ar el aserto de Nietzsche según el cual
el cristianismo sería un "platonismo para el pueblo", una
versión popular de las ideas de Platón. La irrupción del
"nihilismo" -ese, "el más incómodo de los
huéspedes", que dijera Nietzsche- habría significado el
agotamiento de una fórmula, de un lenguaje legitimador que en
último término habría hipostasiado la satisfacción efectiva de las
necesidades humanas inmediatas en un mundo "superior"
cuyo discurso habría sido precisamente la metafísica occidental,
con su tradición y su peso ontoteológico, todavía presupuesto en la
ego-ontología que irá a caracterizar a la época moderna.
Tal vez se lo pueda resumir en una interrogación: ¿hasta
qué punto representa Nietzsche la culminación de la moderna
metafísica de la subjetividad -y de la subjetividad
típicamente moderna, esa subjetividad cuyo protofenómeno será la
voluntad de poder y cuyo programa parece haberse desplegado desde
el Renacimiento en el arte de la política y de la guerra, en el
arte económico, en la ciencia y la técnica, en la
universalización de la historia por la consolidación del
mercado mundial y la gestación de la circunstancia planetaria-, y
hasta qué punto ha inaugurado él una nueva dimensión del
pensar", ¿o corresponderá esto más bien a Heidegger, a
Marx? l.
Janke, sin embargo, no concreta su reflexión en esta dirección,
no indaga por el contenido material, histórico-concreto, de sus
categorías y permanece -como acontece frecuentemente con los
epígonos de Heidegger- en el nivel de la ontología que pretende
superar, pero "por detrás de Heidegger mismo. Así, al
considerar dos aforismos de La gaya ciencia. plantea, como
consecuencia de la liberación ("¡ Hemos dejado la tierra
y nos hemos embarcado! Hemos dejado los puentes detrás de nosotros
[ ... ] hemos cortado con la tierra detrás de nosotros"), que
"la vida audaz y atrevida siempre abandona la tierra firme de
los padres y de las autoridades" y que el espíritu libre
"corta las ataduras con un ser del más allá", aunque el
aforismo subsiguiente expresa "lo monstruoso [sic] de esta
praecisio: el cortar las ataduras metafísicas mata a
Dios" (págs. 40-41).
Seguramente ha sido la metafísica misma -y la ilustración, desde
Bacon y Descartes- la que ha llevado a cabo tal deicidio. Y la
técnica maquinista, y el afán de lucro, la salida de las
naves desde las postrimerías del siglo XV hacia todos los confines
de la tierra, considerada anteriormente según el paradigma del ens
creatum y que ahora la voluntad de poder del hombre moderno,
habiendo desacralizado por completo la imagen de la
naturaleza, transformó en inmensa reserva de materias primas
movilizadas para el proyecto industrial planetario. El segundo
aforismo que cita el autor contiene el mismo relato que reproduce
íntegramente Heidegger en su ensayo La sentencia de Nietzsche"
Dios ha muerto ': que proviene del importante curso dictado por él
a fines de los años treinta, recogido en Holzwege ("Sendas
perdidas") en 1950.
El nos cuenta de un nuevo Diógenes que buscaba en la plaza de
una ciudad a plena luz del día y con una linterna no al hombre sino
a Dios. "¿A dónde ha ido Dios? Os lo voy a decir. Lo
hemos matado, vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos.
Pero, ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos
vaciar el .mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el
horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la
tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde lo conducen ahora sus
movimientos? ¿A dónde lo llevan los nuestros? ¿Es que
caemos sin cesar? ¿Vamos hacia adelante, hacia atrás, hacia
algún lado, erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un
arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita?
¿Nos persigue el vacío con su aliento? ¿No sentimos
frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más
cerrada? ¿Necesitaremos encender las linternas antes del
mediodía? ¿No oís el rumor de los sepultureros que entierran
a Dios? ¿No percibimos aún nada de la descomposición divina?
.. Los dioses también se descomponen. ¡Dios ha muerto!
¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte!
¡Cómo consolarnos, nosotros, asesinos entre los asesinos ...
l",
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Ya Heidegger comenzaba el ensayo que hemos mencionado planteando
precisamente como su objetivo el dar una indicación que pudiese
hacer posible algún día formular "la pregunta por la esencia
del nihilismo". Janke se mueve en esta dirección. El
establece, de acuerdo con la alegoría
de Platón en el libro VII de La república e interpretando el
relato de Nietzsche, que a consecuencia del crimen que ha cometido
el hombre moderno "la tierra ya no está suspendida del
sol": es decir, de la idea del "Bien" (To Agathón).
Con ello se apunta al meollo del asunto: "El dios de los
filósofos está muerto, y con él muere la teoría platónico-cristiana
de los dos mundos -en términos platónicos: la diferencia entre este
y el otro mundo. Lo que realmente hay es sólo tierra. Y esta tierra
ya no se desvirtúa más -en términos platónicos: como lo sensible
transitorio; en términos cristianos: como valle de pecado y de
miserias. Con el más allá de las ideas y su fuente divina
desaparece también la diferencia valorativa arriba y abajo",
lo que implicará la desorientación fundamental del hombre moderno
que "ya no sabe hacia dónde va" (págs. 41-42).
Con el advenimiento del nihilismo europeo, ese acontecimiento
que Nietzsche registrara -como un sismógrafo, para emplear la
drástica y afortunada expresión de Gola Mann-, se ha llegado a la
culminación de un proceso que en lo esencial coincide con el
acabamiento (lo que el alemán expresa con el término Voll-endung)
de la época moderna: la modernidad conduce en su plenitud al ocaso
de los dioses: "lo suprasensible y su dios se oscurecen en el
crepúsculo, el más allá pierde su fuerza consoladora y redentora [
... ] La doctrina de Platón sobre lo terrenal como mera imagen y
silueta de las ideas ha desaparecido [ ... ] El nihilismo aclara:
no hay nada que corresponda al discurso sobre el ser verdadero y
las cosas en sí. No tenemos derecho a elaborar un mundo de ideas
-de la justicia en cuanto tal, de lo bello en sí, de lo
absolutamente uno- y a despreciar, en comparación con el modo de
ser perdurable y divino de las ideas, el devenir pasajero de los
fenómenos y de las imágenes 'Ser', categoría de la razón, es algo
que se ha impuesto al mundo, lo mismo que las categorías
cosmológicas de unidad y fin. Y el que nuestras representaciones
categoriales sean de terminaciones del ser del mundo de la
experiencia es pura creencia, fomentada desde Parménides hasta
Hegel.
"Al extraer del mundo las categorías de la razón, entonces
aparece éste sin sentido. Lo que realmente es sólo un devenir sin
ser y sin sujeto ". De esta manera consuma el nihilismo
"el movimiento contrario de la rescendencia", es
decir, "invierte la tendencia fundamental de la
onto-teo logía platónica": con él y a través de él "llega
a su fin insuperable la ontología platónica de la
trascendencia" (págs. 42-44).
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En la sección inicial de esta primera parte, el autor intentaba
una sucinta reflexión sobre otro estilo, otra forma o protofenómeno
·del pensar y de la cultura contemporá nea: Praecisio mundi:
el estadio de la metafísica según la comprensión del positivismo.
Allí se dice, un poco simplemente: "nuestra época, la del
positivismo victorioso y del nihilismo, tiene la propiedad de ser
una época del mundo sin metafísica ... ". Pero, como advierte
en seguida, "una época sin metafísica no puede concebir su
propia esencia: es ciega para el ser". Por lo cual y (1)
"para remediar esta necesidad" (2) "sería
necesaria" (3) una "postontología" (pág. 28).
¿Qué es lo que se quiere superar, por qué el
"post-"? Janke nos cuenta que la razón moderna -y con
ella, agregamos nosotros, eso que llamamos moderna cultura
occidental y entre tanto planetaria: capitalismo, secularización,
desencantamiento, masificación, burocratización, etc. -es el
resultado de una decisión sobre el ente, que aconteció con
Descartes, con su pensamiento del cogito ergo sum incubado en medio
de la profunda crisis de aquel invierno de 1619 en el suburbio de
Ulm en Suabia: el pensamiento del cogito, la seguridad y la
afirmación de la razón que se autopercibe como tal, como
fundamento. Y con ello la dignidad del individuo, del citoyen y del
burgués, mejor dicho. Con la transformación de la verdad en
certitudo en certeza, la única que puede garantizar el progreso del
conocimiento científico y de la civilización basada en él-, el
criterio de la clara et distincta perceptio ha sancionado
igualmente el proceso secularizador iniciado con el ascenso del
tercer estado desde las postrimerías del siglo XI: nos encontramos
en la aurora de la modernidad.
Como lo formula Janke, "por eso llamamos preciso lo que se
resume en lo esencial, lo determinado distintamente, lo medido
exactamente, lo dicho concisa y claramente. Ya desde Descartes,
exige el método de nuestra representación científica del mundo una
claridad y distinción tal que elimine todo lo dudoso y oscuro y
confuso. Lo primero que se arroja como dudoso son los conceptos
fundamentales de una metafísica teológica y las imágenes poéticas
de lo mítico-religioso. La aclaración metódicamente progresiva de
la imagen del mundo hace superficiales tales conceptos. El cosmos
desacralizado está ante nosotros preciso, es decir, explicable en
su origen, medible en su extensión, expresable matemática mente en
su estructura en pocas fórmulas" (pág. 29).
Desde que en 1822 Auguste Comte la formulara en su Opuscule
fundamenta, la ley de los tres estadios ha enseñado a la conciencia
burguesa que su época representa la plenitud del proceso
secularizador: a un estadio "ficticio", de la religión,
le ha seguido un estadio "abstracto", de la metafísica, y
ahora hemos llegado escribía veintiséis años antes de148 al
"estadio final, el de la ciencia positiva". Y de los
ferrocarriles, decimos nosotros (y era en lo que pensaba Comte). Y
del intercambio universal, y de la formación de la sociedad urbana
y planetaria de masas, por que tenemos que ubicarlo en esa
dimensión del lenguaje y creemos necesario secularizar y socializar
el lenguaje mismo de una consideración que pretende captar lo
esencial en los procedimientos de la contemporaneidad planetaria
del siglo XX, que ya termina.
El resultado final de esta depuración racionalista y positivista
de la modernidad es el sacrificio de la religión y la metafísica:
"De hecho, especialmente la precisión neopositivista del
lenguaje del conocimiento, corta las lenguas de la religión y
ordena callarse a la metafísica como embrujadora del entendimiento
mediante abstracciones del lenguaje". Como una consecuencia
del "criterio empirista de sentido" se extiende la
sospecha de que el discurso de la religión y de la metafísica
"no sólo es impreciso sino sin sentido". Entonces se
pregunta el autor: Pero, "¿qué sucedería si los
discursos religioso-mitológico y filosófico-metafísico fuesen
exposiciones del mundo de igual linaje que la exploración
científica, porque, así se ocupen de intenciones cognoscitivas y
verdades diversas, estas son igualmente esenciales que las de las
ciencias? ¿Y no se vuelve unilateral nuestra interpretación
del mundo mediante el lenguaje, en la medida en que la palabra
comprensiva se estrecha acomodándose alos dictámenes de lo
positivo?" (pág. 36).
A rescatar esas formas alternas o alternativas de "mundos
de la vida" o diversos modos de "ser-en-el-mundo",
según se prefiera la terminología de Husserl o la de su discípulo,
están consagrados los otros ensayos del libro. Primero a través de
Holderlin en torno a su elegía Paz y vino y otros fragmentos suyos,
para llegar a una consideración final y global que obviamente mucho
recuerda a Heidegger: "Desde hace mucho tiempo -desde la
superación del mito por la física de Tales de Mileto-, es propio de
la época aprovecharse de todas las fuerzas celestiales: el agua de
la fuente, la lluvia de las nubes, el soplo de los vientos, el
ardor del sol, el rayo de la luz. Y en sacralidad arcaica también
la tierra nutricia o los ríos producto res de parajes y los mares
que unen son divinos. Quien los pone a su ser vicio es obvio que no
vuelve a agradecer por luz y aire, pan y vino. Lo que alguna vez se
tuvo por don se ha transformado ahora en reservas disponibles
para la promoción de la técnica moderna. Todas las 'cosas' son
entidades exclusivamente en cuanto reserva de energía disponible
para el fomento, regulación y aseguramiento de lo técnico"
(pág. 48).
Adorno y Horkheimer situaban aun más atrás el arquetipo de la
ilustración: en Homero, que relataba de qué modo Ulises se hizo
atar al mástil de la nave y obligó a sus remeros a taponarse los
oídos con cera para no sucumbir al canto y el encanto de las
sirenas. Pero Homero fue también quien nos transmitió una primera
acepción de sofás, el sabio. Sabio, según su testimonio, era el que
sabía construir los navíos: la causa efficiens, al servicio de la
autoconservación ... Como lo plantearía la ilustración clásica en
su primera etapa del siglo XVII, con Renato Descartes, por ejemplo,
cuando aconsejaba abandonar "esa filosofía especulativa que se
enseña en las escuelas" y esta tuir una nueva y
"práctica", la que requería la época y el proyecto de la
clase vigorosamente emergente por entonces, una filosofía mediante
la cual, "conociendo la fuerza y las acciones del fuego, el
agua, el aire, los astros, los cielos y topos los demás cuerpos que
nos rodean, tan distintamente como conocemos los diversos
oficios de nuestros artesanos, los podríamos emplear del mismo modo
para todos los usos a que se prestan y convertirnos así en una
especie de amos y poseedores de la naturaleza"; o con aquel
Bacon de Verulamio a quien hace hablar Inmanuel Kant en la
dedicatoria a su protector en la primera página de ese libro
que imprimiera Johann Christian Hartnoch, de Riga, en la
primavera de 1781. Su breve aforismo: Knowledge is Power.
"Lo que no se adapta al criterio del cálculo y la utilidad
es, a los ojos de la ilustración, sospechoso [ ... ] la
ilustración es totalitaria". Esta consideración proviene del
mismo "fragmento filosófico" -como lo subtitulaban sus
autores de donde proviene la alusión a Odiseo como prototipo de la
ilustración, del hombre "moderno", publicado hará ya
pronto sus cuarenta y dos años por la Querido Verlag, que había
sido hasta el estallido de la guerra y la ocupación de
Holanda la editorial de los emigrantes antifascistas en Amsterdam:
Dialektik der Aufkldrung,
No quisiéramos, al introducir un fragmento de este libro,
evitar demasiado la impresión de parecer un tanto arrogantes,
como si quisiéramos decir, por ejemplo, que esto o aquello "ya
se ha dicho" o "ya ha sido dicho" por alguien en
alguna parte, para pasar en seguida a señalar el pasaje
correspondiente y con ello a insinuar de algún modo que el
trabajo del cual nos ocupamos carece de "originalidad ",
o algo semejante. Pero sí nos interesa propiamente contrastar -como
se dice ahora- el estilo, la modalidad del lenguaje empleado en los
dos casos. Porque es éste, precisamente, el que nos resulta
deficiente en el que nos ocupa en este momento, por su ausencia
de referencias concretas a los contenidos materiales y
específicos en la situación del hombre contemporáneo.
Decían sus autores en 1947: "Bien que ajeno a las
matemáticas, Bacon ha sabido descubrir con exactitud el animus de
la ciencia sucesiva. El feliz connubio en que piensa, entre el
intelecto. humano y la naturaleza de las cosas, es de tipo
patriarcal: el intelecto que vence a la superstición debe ser
el amo de la naturaleza desencantada. El saber, que es poder, no
conoce límites, ni en la esclavización de las criaturas ni en su
fácil aquiescencia a los señores del mundo. Se halla a
disposición tanto de todos los fines de la economía burguesa, en la
fábrica y en el campo de batalla, como de todos los que quieran
manipularlo, sin distinción de sus orígenes. Los reyes no disponen
de la técnica más directamente que lo que lo hacen los
mercaderes: la técnica es democrática como el sistema económico en
que se desarrolla. La técnica es la esencia de tal saber. Dicho
saber no tiende -sea en Oriente como en Occidente- a los conceptos
y a las imágenes, a la felicidad del conocimiento, sino al
método, a la explotación del trabajo, al capital privado o estatal.
Todos los descubrimientos que aún promete, según Bacon, son a su
vez instrumentos: la radio como imprenta sublimada, el avión de
caza como artillería más eficaz, el proyectil guiado a distancia
como brújula más segura. Lo que los hombres quieren aprender de la
naturaleza es la forma de utilizarla para lograr el dominio
integral de la naturaleza y de los hombres. Ninguna otra cosa
cuenta. Sin miramientos hacia sí misma, la ilustración ha quemado
hasta el último resto de su propia autoconciencia. Sólo el
pensamiento que se hace violencia a sí mismo es lo suficientemente
duro para traspasar los mitos. Frente al actual triunfo del sentido
de los hechos, incluso el credo nominalista de Bacon resultaría
sospechoso de metafísica y caería bajo la acusación de vanidad, que
él mismo formuló contra la escolástica.
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Poder y conocer son sinónimos [ ... ] No debe existir ningún
misterio, pero tampoco el deseo de su revelación [ ... ] En su
itinerario hacia la nueva ciencia los hombres renuncian
al
1
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Cfr. nuestra reseña del breviario del Henri Lefebvre y
específicamente del prólogo de Danilo Cruz Vélez, E/puesto de
Nietzsche en la historia de lafilosofia (México Fondo de Cultura
Económico, 1975) en Nietzsche: Cien años del Zarathusta,
Argumentos, núm. 67, Bogotá, diciembre de 1983.
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