Reseñas historia: Américo-centrismo
Américo-centrismo
Propuestas para examinar la historia con criterios
indoamericanos
Otto Morales Benitez Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1988, 114
págs.
Uno de los dos o tres temas que han inundado desde siempre a la
que el señor Caro llamó nuestra crítica ratonesca, es el que
nuevamente discute, con ribetes novedosos, este libro: cuando de
hallar nuestra propia identidad se trata, la pretendida querella
cultural entre América y Europa. Si bien la avara nota
bibliográfica no permite ahondar en tema tan apasionante, Juan
Gustavo Cobo ha escrito, haciendo resaltar una evidencia
inadvertida, que un hispanoamericano es mucho más cosmopolita, por
definición, que un europeo. Somos mejores europeos que los
europeos, afirmaba Manuel Mujica Laínez, siguiendo un pensamiento
que había esbozado Jorge Luis Borges en Discusión: hay una
tradición de la cultura occidental a la que tenemos más derecho que
cualquier europeo, pues la nuestra es más rica.
Sin embargo, el primitivo mundo americano es un mundo casi tan
lejano para nosotros como el de Gengis Kan, por el hecho simple,
nos guste o no, y no se trata de justificar el saqueo cultural, del
que hubo un aplastamiento del que apenas perviven restos notables
en arquitectura o en artesanía de tradición milenaria, si no en los
vastos complejos que aquejan a un continente siempre oprimido.
Pero tan tajante disyuntiva no pasa de ser una idea arbitraria,
risible por lo elemental (honorables sandeces, diría Cobo Borda; lo
que importa en el pensamiento es la letra viva). Creo tan válido el
conflicto como preguntarse (¿a quién cito?) si las nubes
representan comúnmente hombres o animales.
El conocimiento es la base de toda expresión. Por eso, ese
pretendido indigenismo en la cultura suele ser el refugio natural
de los ignorantes (indigentismo, diría Jorge Eliécer Ruiz). Vale
más, acaso, como propio, ese muy nuestro enfoque grotesco de la
cultura occidental, que pretende el pintor Luis Caballero en las
letras y las artes como nuestra característica esencial.
Pero no es mi deseo husmear corrupciones ni polemizar
estérilmente. El autor de este libro no necesita presentación. atto
Morales Benítez lleva años conjugando ese casi imposible arte de
hacer política y literatura a un tiempo. La tesis central de este
trabajo es muy sencilla: la necesidad de "remirar" el
pasado con ojos nuestros; "no continuar el estudio del pasado
histórico, ni de la cultura, como un simple acontecer de
dependencia, de subyugación intelectual, de suplantación del
criterio" (pág. 32); plantear la misión del historiador
"indoarnericano" frente al mestizaje, una tendencia quizá
inaugurada por Germán Arciniegas en 1937 con América, tierra
firme.
El autor insiste, como en todos sus libros, en que hay un
mestizaje condicionante. "No es lo hispano lo que nos da el
carácter y la fuerza como pueblo" (pág. 44). Propone entonces
una visión crítica mestiza. Me pregunto, no sin malicia, ¿al
fin qué, crítica o mestiza? Porque ciertas frases parecen más bien
una lección de pedagogía del entusiasmo patriótico, con
declaraciones tan enjundiosas y eufóricas como ésta (pág. 37):
"Levantemos la visión indoamericana como medida de las
cosas del universo". ¿Acaso el universo permite tal
abuso retórico?
Toda visión unilateral pretende que la historia es un cuento,
una opción más de la infinita literatura, posición que promete sin
duda emoción estética. Pero querer que el cuento de Blancanieves no
sea contado ahora por el historiador oficial de la corte, sino por
el de los enanos, es otro anacronismo poco científico que no indaga
por el criterio que debe primar: la verdad, sino que se queda en un
resentimiento histórico que no puede aspirar a nada más que a una
venganza tardía contra la madre patria o siquiera contra Henao y
Arrubla. Es el enfoque parcializado, la reacción -¿ya
tardía?- de la cultura oprimida.
Dos discursos académicos conforman este pequeño libro; por lo
tanto, no se les puede exigir belleza literaria. Intrigado por
planteamiento como el de Grossmann en Historia y problemas de la
literatura latinoamericana: ¿seguirá siendo el esquema
crítico europeo el único adecuado para interpretar nuestra
literatura?, Otto Morales emprende un primer ensayo: "Breves
alcances acerca de Tunja en la historia y las culturas
nacionales". Pasea, a vuelo de pájaro, sobre los epígonos
boyacenses, en los que pretende encontrar una pléyade de
incipientes americanistas: Castellanos; Domínguez Camargo, quien
primero habló de Nuestra América; fray Andrés de San Nicolás, a
quien se llamó la "biblioteca animada", tunjano que rigió
el célebre colegio de Alcalá de Henares; la novela boyacense, única
en la colonia, de Pedro Salís y Valenzuela; la madre Josefa del
Castillo; don Adriano Páez, a quien Víctor H ugo escribiera
protestando amor por nuestro generoso país; don José María
Torres Caycedo, santafereño de cepa boyacense, que, como bien lo
demostró el historiador Antonio José Rivadeneira en su biografía,
fue el primer americano que, a más de advertir el peligro del
sometimiento a Estados Unidos, habló de una América Latina.
¡Qué ironía! ¡En un continente que no tiene ninguna
noción del latín!
El segundo discurso, que da nombre al libro, es una lectura
crítica, para la Academia Colombiana de Historia, acerca de la obra
del historiador Gabriel Camargo Pérez, lectura que, si no me
equivoco, a veces se convierte en la reseña de una reseña de una
reseña, cosa no muy extraña en un mundo en el que los libros casi
siempre hablan de otros libros.
Partiendo de "Del barro al acero: en la Roma de los
chibchas", "un devocionario boyacense", un hermoso
universo de arcilla, paja y barro, Morales Benítez examina la
exaltación de lo popular que hay en Camargo Pérez, así como la
singular biografía del general Sergio Camargo, "el bayardo
colombiano", precusor ignorado del frente nacional.
Hacia 1504, la Cosmographi introductio, texto más o menos
anónimo, bautizó atrevidamente -como ocurre con tantos
descubrimientos- al continente de Colón con el de Amerigo Vespucci
(o América Vespucio). Colombia 1947. Primer arribo español a tierra
firme, pequeño libro de Camargo Pérez, ataca el tema Vespucci, ya
tocado por Arciniegas y por Mauricio Obregón, reivindicaciones del
florentino (¿habrá mayor reivindicación que su nombre
inmortalizado por el azar?) que sí supo -cosa que Colón ignoró- que
había estado en un cuarto continente: "Llegué a la parte de
las Antípodas, que por mi navegación es la cuarta parte del
mundo", y que así mismo propuso un nombre: Nuevo Mundo.
¿Creo descubrir en el comentario una manifiesta antipatía
por el descubridor?, ¿o una indicación de la tendencia
revanchista contra España, así sea en favor de otra nación europea?
Porque aquí se enfatizan tesis como la de Javier Ocampo López, de
que no hubo tal "descubrimiento" sino un
"encubrimiento", o la del mexicano Leopoldo Zea en
América como auto descubrimiento, en la que se refiere
peyorativamente a "Colón y sus secuaces", o la extraña
protesta de algunos embajadores en la Onu, a raíz de la preparación
de los quinientos años del descubrimiento: "¿Cómo los
hispanoamericanos quieren celebrar la fecha del inicio de su
dominación?".
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No es, no obstante, muy extremista el criterio del autor. Para
realzar los males del tradicional enfoque europeísta, recoge el
magnífico estudio de Emir Rodríguez Monegal acerca de la literatura
colonial, que denuncia la multitud de obras "perdidas"
por decisiones oficiales de la corona, con las que fueron
silenciados por siglos el padre Las Casas, el inca Garcilaso y el
brasileño Vaz de Caminha, entre otros muchos, así como otras
arbitrariedades importadas como el lastre de la rigidez religiosa o
de la pasión política o de una venalidad oficial de corte muy
hispánico, o el evidente y vetusto desprecio a lo provinciano, que
llevaron a nuestro pensamiento a ser desesperantemente ceñido a
parcialidades, además de triunfalista.
Como solución ecléctica, Otto Morales propone un nuevo enfoque
basado en la hoy llamada "historia de las mentalidades",
a la manera de un Lucien Febvre, que no se debe confundir con la
historia de las ideas y que pone todo su acento en los fenómenos
colectivos como ejes fundamentales de la historia.
Para terminar, quisiera señalar someramente que, al igual que
ciertos catálogos médicos de indigesto uso, este libro abunda en
índices manifiestamente inútiles.
LUIS H. ARISTIZÁBAL