Reseñas historia: Retomando viejas discusiones mal
resueltas
Retomando viejas discusiones mal resueltas
Aguardiente y conflicto sociales en la Nueva Granada, siglo
XVIII
Gilma Mora de Tovar Bogotá, Universidad Nacional, 1988, 242
págs.
Esta monografía, verdaderamente cosmopolita (la contraportada
del libro nos informa que inicialmente fue una tesis para la
Universidad de Sevilla escrita en Londres, cuyos borradores se
perdieron en París y que finalmente se rehizo para la Universidad
de Alcalá de Henares), es un trabajo sólido, bien documentado y
expuesto con rigor. Vale la pena llamar la atención sobre la
importancia de este trabajo que debe dar pie para retomar viejas
discusiones mal resueltas.
En un capítulo inicial la autora se ocupa en seguir la evolución
del estanco del aguardiente. Identifica varias etapas en las que, a
partir de tanteos iniciales, se fue acusando un control progresivo
de todos los factores de la renta por parte del Estado. Este
control culminó con el establecimiento de fábricas para la
destilación del producto. El remate de la renta a particulares
adquirió diversas modalidades según los crecientes grados de
control, y la autora los tipifica como arrendamiento (1700-1750),
arrendamiento por asiento (1750 1760) y arrendamiento por
administración directa (de 1760 en adelante). Durante esta última
etapa se consolidó el máximo control de la renta con las
Instrucciones del virrey Flórez y el visitador Gutiérrez de Piñeres
de 1776 y de 1778 respectivamente.
Un segundo capítulo explora concienzudamente el proceso de
producción del aguardiente y de los elementos de su elaboración. Se
ocupa así de la participación de los cosecheros, del problema del
abastecimiento de cada una de las materias primas (mieles, anís),
de la implantación de las destilerías manejadas directamente por el
Estado y de los utensilios y de las técnicas empleados.
Particularmente ricos en sugerencias son los acápites dedicados al
problema del cultivo del anís (págs. 91 y sigs.). Este cultivo se
concentró en el corregimiento de Tenza, en varias parroquias y
pueblos de indios contiguos y estaba dominado por tres cosecheros
en Guateque y Somondoco. La participación, al lado de estos grandes
cosecheros, de pequeños cultivadores en el abasto del anís resulta
de gran interés para el estudio de un impacto temprano de la
comercialización agrícola en comunidades campesinas indígenas y
mestizas. Probablemente, al contrario de lo que cree la autora
-quien, simplemente, proyecta una observación contemporánea de la
región al siglo XVIII (pág. 97)-, el fraccionamiento de la
propiedad en el valle de Tenza tenga su origen en esta temprana
comercialización de la agricultura.
El capítulo tercero podría ser el núcleo central de este
trabajo, si se piensa en los debates que debe alimentar. En él se
recogen laboriosamente cifras de procedencia muy diversa que
ilustran la evolución de la renta del aguardiente en su período
culminante, de 1781 a 1800. La autora presenta los resultados de
sus investigaciones diferenciando la suerte de la renta en varias
regiones, las más importantes de las cuales eran Cartagena,
Santafé, Cali, Honda, Mompox y Santa Marta (cuadro 12, pág. 127).
Su argumentación sobre la decadencia de la renta durante el último
decenio del siglo XVIII y que atribuye, especialmente en Cartagena,
a la competencia del aguardiente de uva importado de España, es
particularmente importante para compren der la decadencia de la
hacienda esclavista en esa región, como lo ha señalado Augusto
Meisel. Pero la autora no solo se ocupa de estas grandes
tendencias, sino que las acompaña de muy útiles precisiones de
detalle sobre los precios o las medidas.
El capítulo final es, sin duda, el menos logrado. El estudio de
los conflictos sociales que acarreó la política fiscal del Estado
borbónico de estancar los productos agrícolas más comercializables
debe ser la conclusión de un estudio de conjunto y no de una renta
en particular. Esto hubiera ahorrado confusiones a la autora, quien
se muestra tan sorprendida con el hallazgo de que las revueltas no
iban dirigidas contra un impuesto (versión simplificada que se
emplea en los manuales escolares) sino que eran la protesta lógica
contra un monopolio que privaba a una multitud de gentes de los
medios de subsistencia.
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Muchas partes del trabajo de doña Gilma Mora permiten vislumbrar
conexiones más precisas entre el estanco y los conflictos sociales.
Ella comprueba, por ejemplo, cómo el estanco operaba en desventaja
de los cosecheros que tenían que vender sus mieles a los precios
impuestos por los estanqueros. Pero lo original de la investigación
reside en mostrar que este perjuicio no era general. Por un lado,
como ocurría en Cartagena, los hacendados podían liberarse de la
servidumbre con respecto a los estanqueros si ellos mismos
remataban la renta mediante el sistema de encabezonamiento. En este
caso, los grandes propietarios podían eliminar la competencia de
los pequeños productores dejándoles de comprar sus mieles. Por otro
lado, como ocurría en Santafé, los hacendados podían buscar
eliminar a esos pequeños competidores mediante el desprestigio
social y las acciones legales. Así, resulta que los grandes
hacendados podían salir beneficiados en últimas con el monopolio
estatal, siempre y cuando el Estado contribuyera a eliminar a
pequeños y medianos competidores. Inclusive podría avanzarse la
hipótesis de que esta eliminación se dio paralelamente con la
gradual centralización y control de la renta por parte del
Estado.
Este problema remite a otros no menos interesantes. El
liberalismo del siglo XIX veía en las rentas estancadas uno de los
motivos más graves para su querella contra el régimen colonial.
¿Fueron tan negativas realmente? Desde un punto de vista que
ensalzaba sin reticencia alguna la economía de mercado y veía en
ella la panacea del estancamiento económico, los monopolios que
implicaba la renta eran sencillamente irracionales. Hoy, habría que
matizar esta condenación sin atenuantes. Habría que pensar, por
ejemplo, en todo aquello que explora con tanto cuidado esta
monografía: en la uniformización de las pesas y de las medidas, en
la adopción de técnicas, en la regularización y la extensión de un
mercado, etc. Otros aspectos del problema tienen que ver con la
vigorización del Estado como tal, tanto en lo que se refiere al
aumento de sus recursos fiscales como a su capacidad para regular y
llevar a cabo una actividad económica de cierta complejidad.
Naturalmente, este problema tiene implicaciones diferentes, si se
analiza dentro del contexto del Estado monárquico colonial o dentro
del Estado liberal republicano.
Para los liberales del siglo XIX nada de esto podía compensar
los perjuicios que se ocasionaban con el desaliento de la libre
iniciativa y de las oportunidades que se desplazaban de los
particulares hacia el Estado. Tratándose de los pocos pro ductos de
agricultura comercial al alcance de la técnica y de la estructura
de los mercados coloniales, los liberales veían en el monopolio
establecido por la renta un simple y llano despojo.
El punto de vista liberal introduce también un error
interpretativo que consiste en ligar los movimientos sociales del
siglo XVIII con el movimiento ulterior de la independencia. Hoy,
tesis como las de J. L. Phelan sobre una constitución no escrita
que las reformas borbónicas abolían o conceptos como el de E. P.
Thompson sobre la economía moral de la multitud nos aproxima a una
mejor comprensión de estas revueltas. Hace falta todavía un
análisis más apretado del lenguaje y de los rituales de la
revuelta, para el cual resultan muy útiles las descripciones del
tipo que inventaría doña Gilma Mora.
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Como toda buena monografía, la importancia de la que reseñamos
consiste tanto en lo que dice como en lo que no dice. Aquello que
no dice debe desprenderse de un debate más amplio que conduzca a un
trabajo de síntesis. Sólo debe lamentarse la frecuencia de
excentricidades idiomáticas que introducen confusiones
innecesarias. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, "tribunal
circunstanciado" (pág. 73) o "factores de mayor
estimación" (pág. 75)? ¿se trata del "correcto
fluído',? o del correcto flujo (pág. 80)? ¿"Habían o
había (págs. 99 y 195). El "debió de" de la pág. 106
(probabilidad) debe ser simplemente debió (certeza), etc. Mucha
"estructura y dinámica", mucho "a nivel de" no
aumentan el carácter científico de una buena descripción. Más vale
conocer el significado preciso de los verbos en castellano (el
nombre del rey se invocaba, no se "imploraba" (pág. 185),
que recurrir a vagas estructuras y a imprecisas dinámicas.
GERMÁN COLMENARES