Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico No. 18
Autores: Biblioteca Luis Ángel Arango - Banco de la República
Edición original: Bogotá: 1989
Edición en la biblioteca virtual: Bogotá: marzo de 2007
Notas: Publicación cuatrimestral de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que presenta importantes artículos sobre las distintas disciplinas de investigación en el campo cultural
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Reseñas historia: Retomando viejas discusiones mal resueltas

Retomando viejas discusiones mal resueltas

Aguardiente y conflicto sociales en la Nueva Granada, siglo XVIII

Gilma Mora de Tovar Bogotá, Universidad Nacional, 1988, 242 págs.

Esta monografía, verdaderamente cosmopolita (la contraportada del libro nos informa que inicialmente fue una tesis para la Universidad de Sevilla escrita en Londres, cuyos borradores se perdieron en París y que finalmente se rehizo para la Universidad de Alcalá de Henares), es un trabajo sólido, bien documentado y expuesto con rigor. Vale la pena llamar la atención sobre la importancia de este trabajo que debe dar pie para retomar viejas discusiones mal resueltas.

En un capítulo inicial la autora se ocupa en seguir la evolución del estanco del aguardiente. Identifica varias etapas en las que, a partir de tanteos iniciales, se fue acusando un control progresivo de todos los factores de la renta por parte del Estado. Este control culminó con el establecimiento de fábricas para la destilación del producto. El remate de la renta a particulares adquirió diversas modalidades según los crecientes grados de control, y la autora los tipifica como arrendamiento (1700-1750), arrendamiento por asiento (1750 1760) y arrendamiento por administración directa (de 1760 en adelante). Durante esta última etapa se consolidó el máximo control de la renta con las Instrucciones del virrey Flórez y el visitador Gutiérrez de Piñeres de 1776 y de 1778 respectivamente.

Un segundo capítulo explora concienzudamente el proceso de producción del aguardiente y de los elementos de su elaboración. Se ocupa así de la participación de los cosecheros, del problema del abastecimiento de cada una de las materias primas (mieles, anís), de la implantación de las destilerías manejadas directamente por el Estado y de los utensilios y de las técnicas empleados. Particularmente ricos en sugerencias son los acápites dedicados al problema del cultivo del anís (págs. 91 y sigs.). Este cultivo se concentró en el corregimiento de Tenza, en varias parroquias y pueblos de indios contiguos y estaba dominado por tres cosecheros en Guateque y Somondoco. La participación, al lado de estos grandes cosecheros, de pequeños cultivadores en el abasto del anís resulta de gran interés para el estudio de un impacto temprano de la comercialización agrícola en comunidades campesinas indígenas y mestizas. Probablemente, al contrario de lo que cree la autora -quien, simplemente, proyecta una observación contemporánea de la región al siglo XVIII (pág. 97)-, el fraccionamiento de la propiedad en el valle de Tenza tenga su origen en esta temprana comercialización de la agricultura.

El capítulo tercero podría ser el núcleo central de este trabajo, si se piensa en los debates que debe alimentar. En él se recogen laboriosamente cifras de procedencia muy diversa que ilustran la evolución de la renta del aguardiente en su período culminante, de 1781 a 1800. La autora presenta los resultados de sus investigaciones diferenciando la suerte de la renta en varias regiones, las más importantes de las cuales eran Cartagena, Santafé, Cali, Honda, Mompox y Santa Marta (cuadro 12, pág. 127). Su argumentación sobre la decadencia de la renta durante el último decenio del siglo XVIII y que atribuye, especialmente en Cartagena, a la competencia del aguardiente de uva importado de España, es particularmente importante para compren der la decadencia de la hacienda esclavista en esa región, como lo ha señalado Augusto Meisel. Pero la autora no solo se ocupa de estas grandes tendencias, sino que las acompaña de muy útiles precisiones de detalle sobre los precios o las medidas.

El capítulo final es, sin duda, el menos logrado. El estudio de los conflictos sociales que acarreó la política fiscal del Estado borbónico de estancar los productos agrícolas más comercializables debe ser la conclusión de un estudio de conjunto y no de una renta en particular. Esto hubiera ahorrado confusiones a la autora, quien se muestra tan sorprendida con el hallazgo de que las revueltas no iban dirigidas contra un impuesto (versión simplificada que se emplea en los manuales escolares) sino que eran la protesta lógica contra un monopolio que privaba a una multitud de gentes de los medios de subsistencia.

reseñas

Muchas partes del trabajo de doña Gilma Mora permiten vislumbrar conexiones más precisas entre el estanco y los conflictos sociales. Ella comprueba, por ejemplo, cómo el estanco operaba en desventaja de los cosecheros que tenían que vender sus mieles a los precios impuestos por los estanqueros. Pero lo original de la investigación reside en mostrar que este perjuicio no era general. Por un lado, como ocurría en Cartagena, los hacendados podían liberarse de la servidumbre con respecto a los estanqueros si ellos mismos remataban la renta mediante el sistema de encabezonamiento. En este caso, los grandes propietarios podían eliminar la competencia de los pequeños productores dejándoles de comprar sus mieles. Por otro lado, como ocurría en Santafé, los hacendados podían buscar eliminar a esos pequeños competidores mediante el desprestigio social y las acciones legales. Así, resulta que los grandes hacendados podían salir beneficiados en últimas con el monopolio estatal, siempre y cuando el Estado contribuyera a eliminar a pequeños y medianos competidores. Inclusive podría avanzarse la hipótesis de que esta eliminación se dio paralelamente con la gradual centralización y control de la renta por parte del Estado.

Este problema remite a otros no menos interesantes. El liberalismo del siglo XIX veía en las rentas estancadas uno de los motivos más graves para su querella contra el régimen colonial. ¿Fueron tan negativas realmente? Desde un punto de vista que ensalzaba sin reticencia alguna la economía de mercado y veía en ella la panacea del estancamiento económico, los monopolios que implicaba la renta eran sencillamente irracionales. Hoy, habría que matizar esta condenación sin atenuantes. Habría que pensar, por ejemplo, en todo aquello que explora con tanto cuidado esta monografía: en la uniformización de las pesas y de las medidas, en la adopción de técnicas, en la regularización y la extensión de un mercado, etc. Otros aspectos del problema tienen que ver con la vigorización del Estado como tal, tanto en lo que se refiere al aumento de sus recursos fiscales como a su capacidad para regular y llevar a cabo una actividad económica de cierta complejidad. Naturalmente, este problema tiene implicaciones diferentes, si se analiza dentro del contexto del Estado monárquico colonial o dentro del Estado liberal republicano.

Para los liberales del siglo XIX nada de esto podía compensar los perjuicios que se ocasionaban con el desaliento de la libre iniciativa y de las oportunidades que se desplazaban de los particulares hacia el Estado. Tratándose de los pocos pro ductos de agricultura comercial al alcance de la técnica y de la estructura de los mercados coloniales, los liberales veían en el monopolio establecido por la renta un simple y llano despojo.

El punto de vista liberal introduce también un error interpretativo que consiste en ligar los movimientos sociales del siglo XVIII con el movimiento ulterior de la independencia. Hoy, tesis como las de J. L. Phelan sobre una constitución no escrita que las reformas borbónicas abolían o conceptos como el de E. P. Thompson sobre la economía moral de la multitud nos aproxima a una mejor comprensión de estas revueltas. Hace falta todavía un análisis más apretado del lenguaje y de los rituales de la revuelta, para el cual resultan muy útiles las descripciones del tipo que inventaría doña Gilma Mora.

reseñas

Como toda buena monografía, la importancia de la que reseñamos consiste tanto en lo que dice como en lo que no dice. Aquello que no dice debe desprenderse de un debate más amplio que conduzca a un trabajo de síntesis. Sólo debe lamentarse la frecuencia de excentricidades idiomáticas que introducen confusiones innecesarias. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, "tribunal circunstanciado" (pág. 73) o "factores de mayor estimación" (pág. 75)? ¿se trata del "correcto fluído',? o del correcto flujo (pág. 80)? ¿"Habían o había (págs. 99 y 195). El "debió de" de la pág. 106 (probabilidad) debe ser simplemente debió (certeza), etc. Mucha "estructura y dinámica", mucho "a nivel de" no aumentan el carácter científico de una buena descripción. Más vale conocer el significado preciso de los verbos en castellano (el nombre del rey se invocaba, no se "imploraba" (pág. 185), que recurrir a vagas estructuras y a imprecisas dinámicas.

GERMÁN COLMENARES