Reseñas historia: Sólido, insípido, útil
Sólido, insípido, útil
Cartagena de Indias en el siglo XVI
María Carmen Borrego Pla Sevilla, 1983, 556 págs.
Hay en Sevilla una escuela especializada en la confección de
trabajos monográficos sobre las antiguas colonias españolas en
América. Desde sus orígenes, en los años cuarenta, la escuela ha
cultivado una historia institucional decorosa pero sin mayores
aperturas a las innovaciones teóricas y metodológicas de otros
países europeos. Sus productos, fruto laborioso de ejercicios
escolares bien controlados por rígidas jerarquías universitarias,
son bastante homogéneos. En líneas generales se caracterizan por
una minuciosa fidelidad documental, estimulada sin duda por las
riquezas del Archivo General de Indias. Cada monografía sevillana
sigue el hilo y la sinuosidad de las fuentes sin hacer concesiones
a la imaginación o a la más mínima audacia interpretativa. Al
enhebrar cronológicamente los documentos, su forma burocrática
apenas queda disimulada en el encadenamiento narrativo. El tipo
mismo de documentación que alberga el archivo parece imponer una
historia institucional en la que sólo tiene vigencia un problema
central: ¿tuvieron éxito o no las medidas dictadas por la
corona española y el Consejo de Indias en sus colonias americanas?
El espíritu de la escuela parece alimentarse de la creencia de que
no existe un solo problema histórico de esas colonias que no esté
contenido en los expedientes del Archivo General de Indias. Al
parecer, la escuela no tiene el menor interés en estimular una
reflexión que vaya un centímetro más allá de las fuentes. Esta
obsesión documental no tiene tiempo para descubrir los códigos
mentales que yacen detrás de las fórmulas y los rituales
burocráticos o para encarar algo de la vida que esas fórmulas y
esos rituales podrían haber atrapado. Rigor documental y banalidad
interpretativa, tales son los extremos dentro de los que se mueven
las monografías de la escuela de Sevilla. En un sentido y en el
otro, él trabajo de doña Carmen Borrego es un excelente ejemplo de
las producciones de la escuela. Se trata de una monografía sólida,
de prosa insípida y con infinidad de datos útiles para el
conocimiento de la provincia de Cartagena en el siglo XVI. En una
primera parte se esboza una historia urbana de Cartagena. La
segunda parte está dedicada al entorno rural a través del estudio
de las encomiendas y el examen de las visitas de la tierra. La
parte final recoge elementos de una historia institucional,
haciendo desfilar sucesivos gobernantes mediante una narrativa
tradicional, y de una historia social que se vale de la descripción
de estamentos y de oficios.
Este esquema resulta ser un poco más complejo que aquellos a que
nos tenía acostumbrados la escuela sevillana. Los supuestos
interpretativos, sin embargo, siguen siendo los mismos: ellos se
basan en la justificación anacrónica de la conquista española como
empresa civilizadora, en la convicción de que los abusos de la
explotación de indios y esclavos negros provenían de cierto
desorden del que eran mucho más responsables los explotados que los
explotadores. Su concepción más profunda sobre las etnias solo
puede describirse como racismo silvestre. Véase, por ejemplo, esta
perla interpretativa (pág. 424): "Fueron estas condiciones de
superioridad biológica, de gran despliegue de energía en cuanto se
ponían en contacto con la selva, lo que hicieron insustituible al
negro en la estancia cartagenera, en oposición al fácil desaliento
y a la poca adaptabilidad del indio para el trabajo en tierras
tropicales ".
La autora, como el resto de la escuela, hace caso omiso de
cualquier investigación que se haya realizado fuera de los límites
de la provincia sevillana. De allí la incoherencia y la
fragmentaridad de la monografía. No trata de formularse un problema
de alcance generala de responder a interrogantes sugeridos por
investigaciones similares. Se desconocen los temas explorados por
sucesivos simposios de historia urbana y a los que han contribuido
las investigaciones de Richard Morse, de Jorge E. Hardoy, de
Richard P. Schaedel. La autora se limita a encadenar las noticias
que ofrecen espontáneamente las fuentes. Estos hechos fragmentarios
tienen que hablar por sí mismos y conectarse apenas por la
cronología o por la contigüidad temática. Por esta razón
resulta difícil reseñar su trabajo, a menos que el reseñador
aventure su propia interpretación de una maraña de hechos.
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El énfasis del trabajo de doña Carmen Borrego recae,
correctamente, en la excepcionalidad del hecho urbano de Cartagena.
La importancia de sus obras de defensa y su actividad como puerto
("antemural del reino" y "llave de las Indias")
introducían en ella un trajín y una variedad desconocidos en el
resto de las ciudades de la Nueva Granada. Una de las partes más
interesantes del libro es la que trata precisamente de las
profesiones y oficios que se ejercían en el marco urbano. Pero la
autora no se aventura a dar explicaciones sobre el crecimiento
urbano, si no es con aquellas simplezas que no ofenderían a los
cultores más retrógrados de las glorias hispánicas. La tesis
explicativa que apunta púdicamente aquí y allá a todo lo largo del
libro consiste en la comprobación de un aumento gradual de la
población española. La autora hubiera podido valerse al menos de
las cifras de Pierre Chaunu para mostrar el crecimiento portuario.
Y ¿por qué desconocer que el auge entre 1590 y 1610 estuvo
ligado con la actividad minera del interior de la Nueva Granada, en
especial los nuevos yacimientos antioqueños de Cáceres, Remedios y
Zaragoza, que fueron los primeros en emplear esclavos masivamente
en la Nueva Granada?
El carácter fragmentario de las noticias que la autora recoge
tan acuciosamente le inhibe toda capacidad de síntesis o de sacar
las consecuencias más obvias de su amontonamiento de datos. 'Con
ellos puede intentarse, por ejemplo, una periodización. En un
primer momento, el esquema económico de la provincia estuvo
dominado por lo que Mario Góngora ha caracterizado como
"cabalgadas", una forma de saqueo de los recursos
indígenas basado en la guerra permanente. Las sepulturas del Sinú
prolongaron este saqueo en forma incruenta hasta 1550. El
otorgamiento de encomiendas (alrededor de 1540) contribuyó a
regularizar la explotación indígena. En adelante los
abastecimientos de la ciudad provinieron en su mayor parte de los
tributos, hasta el momento en que la disminución catastrófica de la
población indígena cegó esa fuente de abastecimientos. La
encomienda favoreció también el surgimiento de unos pocos hatos y
estancias de labor. Hacia 1850, cuando se inicíó el auge comercial
de Cartagena cuantificado por Pierre Chaunu y que coincidió con la
apertura de la frontera minera antioqueña, la ciudad comenzó a
depender del Nueyo Reino para sus abastecimientos. De allí se
llevaban harinas, jamones, quesos, etc., que provenían de las
haciendas recién establecidas en Sante fé y Tunja. La trata
negrera, sin embargo, procuró a la larga alguna solución al
problema de los abastos al ampliar las haciendas con una base
esclavista desde comienzos del siglo XVII.
Ver estas conexiones elementales le hubiera permitido a la
autora no incurrir en la banalidad de suponer que la extinción de
la boga indígena en el río Magdalena se debió a los pacientes
esfuerzos de una sabia pero combatida administración española. La
introducción de esclavos y el empleo de fragatas no obedecieron a
intentos reformadores capaces de vencer la obstinación de los
encomenderos en explotar este tipo de trabajo entre los indios
ribereños. Ella nació de la necesidad, representada por la
combinación de dos factores: el agotamiento casi total de la
población indígena y el aumento del tráfico entre Cartagena y el
interior de la Nueva Granada. Aferrarse a los documentos como a la
única tabla de salvación no evita ahogarse en la tontería. A falta
de documentos que lo afirmen explícitamente, la autora no osa
concluir que compradores de cincuenta a cuatrocientos esclavos
(pág. 379) eran comerciantes que debían internarlos a los centros
mineros de la Nueva Granada. Si no fuera así, ¿qué hato o
hacienda de labor en los alrededores de Cartagena a finales del
siglo XVI hubiera podido emplear esa cantidad inaudita de
esclavos?
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En una nota bibliográfica, doña María A. Eugenio reprochaba al
profesor Thomas Gómez no haber utilizado más extensamente este
trabajo de doña Carmen Borrego. El profesor Gómez debe considerarse
afortunado de no haberlo hecho. Pues la autora, que apenas tiene en
cuenta las colecciones documentales de Juan Friede, acepta, en
cambio, sin rechistar, las transcripciones documentales de Antonio
Ybot León. Este autor supone, por un error de transcripción
documental, que las ordenanzas de Juan del Junco para Mompox datan
de 1560. Si la autora hubiera comparado esta defectuosa
transcripción con la de Juan Friede (FDHNG, VI, pág. 75), habría
advertido que en realidad datan de 1570. Y que el licenciado López
de Cepeda visitó Mompox en 1564 y no entre 1552 y 1560, como supone
erróneamente Ybot León. Esta sencilla verificación documental
hubiera ahorrado confusiones a la autora (en que recae una y otra
vez a lo largo del libro ), como la de tomar las cifras de los
indígenas de Mompox en 1570 como si las hubiera levantado el
licenciado Cepeda entre 1552 y 1560 (pág. 180, cuadro 13). La
población indígena dedicada a la boga disminuyó entre 1564 y 1570,
no aumentó entre 1552-60 y 1564.
Este trabajo, como tantos otros de la escuela sevillana, revela
las limitaciones de un positivismo documental a ultranza, que
disimula mal sus sesgos ideológicos. Los documentos de la
administración española no contienen los patrones de su propia
evaluación, a menos que compartamos sin restricciones los ideales
imperiales de la España de Carlos V y de Felipe 11 o las
construcciones imaginarias de la época sobre indios y africanos.
Las fuentes no contienen de suyo sino hechos cuyo alcance debe
medir un esfuerzo de reflexión teórica. Los motivos que expresa
cualquier relación del siglo XVI deben ser examinados críticamente,
no compartidos por el hecho de tener un apoyo documental. La
presencia del Archivo General de Indias parece producir el
lamentable efecto, en la escuela de Sevilla, de no distanciarla de
las realidades del siglo XVI, tal como eran percibidas por los
funcionarios coloniales. Para hacer justicia a este trabajo, sin
embargo, debe señalarse su innegable utilidad para el conocimiento
de una ciudad y de una región que han perdido lo más sustancial de
su documentación colonial.
GERMÁN COLMENARES