Reseñas Narrativa: Afilada ironía, recreo verbal, burla
mesurada
Afilada ironía, recreo verbal, burla mesurada
El signo del pez
Germán Espinosa Editorial Planeta, Bogotá,
1987,231 págs.
Concluida la lectura del último libro de Germán Espinosa, El
signo del pez, resulta evidente para el lector encontrarse frente a
un autor que paso a paso ha forjado-con la minuciosidad del artista
oriental- una obra de recuerdo perdurable, un cosmos muy propio y
original, cuyo eje central se mueve impulsado por la erudición,
expuesta con el mejor estilo narrativo, ameno y sin falsas
ostentaciones, y la poesía en constante equilibrio. Estas dos
vertientes se desplazan, como destellos convenientemente
repartidos, entre la afilada ironía, el recreo verbal, la burla
mesurada, el guiño, que preparan el camino para el encuentro con la
reflexión, la información -real o recreada- de hechos y personajes
históricos.
En esta última obra del autor cartagenero, hallamos reedificada
la vida y caminos de Saulo -o Paulo- de Tarso, o, lo que viene a
ser lo mismo, los difíciles comienzos del cristianismo, cuando
pretendía imponerse -a través del verbo de sus primeros
representantes- al imperio romano. La manera como se nos ambienta
este proceso es altamente lograda; se recuperan todos los
pormenores de la época, color y olor, diríamos, las situaciones
político-económicas del "año 64 de nuestro calendario
gregoriano", la formación de Saulo de Tarso, en todas sus
etapas, destinada a convertirlo en "mensajero de Yahvé",
en fin, un argumento formidable, que requiere de un no menos
formidable tratamiento; y es en este aspecto donde Germán Espinosa
vuelve a demostrarnos sus amplias capacidades narrativas.
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Consideramos, por eso, necesarísimo insistir en el interesante
manejo literario del autor, yen las situaciones en que coloca a sus
personajes, desplazándolos en torno a sucesos idénticos, y creando
con ello un interés creciente: tenemos, por ejemplo, el peculiar
amor de Saulo de Tarso con Aspálata, una griega-y hetaira iluminada
por el saber y la devoción que experimenta ante el muchacho -y
después el hombre- a quien ella intuye como un predestinado, y a
quien protegerá con fiel empeño,hasta verlo sucumbir físicamente
ante el verdugo. La profundidad de los diálogos, usados
diestramente, para resumir las corrientes del pensamiento; ahí
aparecen los filósofos estoicos, sus debates, el asombro que el
joven Saulo experimenta ante sus disertaciones; sus dudas, sus
convicciones; la perfectamente lograda charla de reprimido amor
entre Saulo y Aspálata (parte segunda, capítulo VII), en donde
brillan todos los elementos que conforman al narrador de gran
psicología e inteligencia perspicaz. Una de las mejores capacidades
de Espinosa es la disposición permanentemente reflexiva a lo largo
de sus páginas: "La muerte, cuya inmensa tristeza había
experimentado [ ... ], no se le aparecía ahora como la gran enemiga
del hombre, como una fuerza maléfica liberada por Yahvé, sino más
bien como una amiga embozada pero benéfica, cuyo solo e
irremediable defecto consiste en no saber golpear a
tiempo".
Es de realzar este aporte culminante sobre lo que son -o fueron
los "milagros" en la época primaria del cristianismo:
"En su antigua estancia en Mareotis, con la secta de los
terapeutas, había aprendido que algunos males -en esencia aquellos
que motivan estigmas corporales [ ... ] -tenían raíz en el alma y
eran, como quien dice, producto de una autosugestión del enfermo [
.. .]. Las ingénitas facultades hipnóticas y telérgicas de Saulo
era suficientes para liberar esa fuerza, la vis medicatrix naturae,
fuerza del organismo capaz de gestar defensas contra la enfermedad
[ ... ]. De allí que Jesús se tomase el cuidado de insistir en que
sus curaciones no eran resultado de poderes personales suyos, sino
de la propia fe del enfermo (con lo cual, en últimas, se limitaba a
significar la autosugestión)". De hecho, la "resurrección
de Cristo" fue claramente el resultado de una
"autohipnosis", la "catalepsia profunda, el estado
de Jinas, el trance perfecto. Los latidos de su corazón se harían
imperceptibles, su cuerpo rígido como el de Lázaro en la
tumba".
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Al igual que en La tejedora de coronas, o en Los cortejos del
diablo, novelas que enriquecen con creces el panorama de la
narrativa latinoamericana, en El signo del pez Germán Espinosa
vuelve a adueñarse de una época, hasta en sus mínimos detalles, y
nos la entrega, con su vigoroso estilo, quedando incluso la
sensación de que el mismo autor es otro de los habitantes de su
novela, de la época en que ésta palpita, y que ha regresado desde
remotos años para relatamos lo que vio, o padeció, o pensó.
Es reconfortante leer obras de tal acabado, sobre todo en este
período tan débil de la narrativa colombiana, donde abundan
novelistas de una sola y mediana novela, o novelistas cuyo número
alarmante de obras es tanto como el de su falta de arte y oficio, o
floripondescos distribuidores de palabras, o indolentes
escribidores que consideran el arte de narrar como un trabajo de
fin de semana. Con Germán Espinosa, los lectores de novela -en
cualquier parte del mundo- tienen mucho que ganar y disfrutar.
Deseamos y esperamos desde ahora la nueva obra que produzca su
genio narrativo, sea cual sea la época que trate, aunque a veces
quisiéramos -como lectores- constatar cómo deambularía su pluma en
torno a los episodios y realidades que marcan ahora nuestra
cotidianidad colectiva.
EVELIO ROSERO DIAGO