Reseñas crítica literaria: El sancocho del diablo
El sancocho del diablo
IV Encuentro de la Palabra
Varios autores Manizales, 1988,511 págs, ilustrado.
Por la calle que viene del hospital, entre el estruendo de la
pólvora y las trompetas, entre los matachines, comparsas, alboradas
y guarapo, un diablo de fibra de vidrio y cuatro metros de alto
llega cada dos años a Riosucio. Por siete días implanta el
carnaval, al cabo de los cuales otro satanás de trapo conoce por
primera y última vez las lenguas del fuego, mientras el de la
procesión duerme por otros dos años.
Pero cada año, en los últimos cuatro, la sombra del diablo ronda
a Riosucio, cuando se celebra el Encuentro de la Palabra. Su figura
es un tema inevitable, no sólo porque forma parte de la tradición
popular, sino porque el mismo demonio, como veremos más adelante,
intenta cobrar a los organizadores una deuda que sigue sin
pago.
El lema que preside las memorias del IV Encuentro de la Palabra
es de atto Morales: "En defensa de la provincia debemos librar
todos los combates". Luego de repasar las más de quinientas
páginas de este libro, queda la impresión general de que el combate
que aquí en realidad se libra es más bien contra el complejo de
inferioridad cultural de la provincia frente a la metrópoli,
complejo sostenido por una ingenuidad romántica y despistada. Se
lee en la introducción: "Lo primero que sorprende es la
importancia y calidad de quienes firman sus escritos. Son nombres
de excepcional significado en la vida cultural colombiana"
(pág.9). Resulta muy fácil darse cuenta exactamente de lo
contrario. A mi juicio, de la veintena de autores, sólo unos dos
pueden conside rarse de importancia. Si los sé, mas no los
digo.
En realidad, lo primero que sorprende es que en lugar de
ocuparse específicamente de la palabra de una región, de su
tradición, historia, lenguaje y todas las demás elaboraciones
culturales, como sería lo propio, el Encuentro está más ocupado en
fabricar una imagen de "cultura regional" para ser
llevada "al pueblo", mediante la estrategia de hacer
hablar a unos pocos intelectuales de turmequé y permitiendo que
otros se deshagan en palabrerías, todos estos ingredientes
sazonados en un proverbial desorden temático.
Sería demasiado hostigante referirse en detalle a cada uno de
los veintitrés artículos reunidos en ocho capítulos, porque el
balance se impone descarnado, y termina en saldo rojo sin que el
plato fuerte aparezca. Pero el género de la reseña impide soslayar
el contenido.
En las conferencias, reunidas en el capítulo III , coexiste una
disquisición de Zapata Olivella sobre el diablo-donde apenas toca
el de Riosucio pero habla endiabladamente del costeño-, con un
texto de Rosita J aramillo donde transcribe con largueza opiniones
de Manuel Mejía Vallejo. "Había una vez un pueblo", de
Carlos Gil, es una lista de personajes de la música y la poesía, al
parecer de la región, salpicada de anécdotas pero carente del más
elemental sentido cronológico y de pobre valor como testimonio
personal.
Héctor Echeverry, en "Caras y caretas de la
superstición", promete ensayar un conjunto de encuestas sobre
la superstición, del tipo "Marque con una X: ¿Le han
traído mala suerte las mariposas negras que entran en su casa?
Siempre----, A veces-s--, Nunca----". Pero ni siquiera
presenta los resultados y prefiere incluir, en cambio, una
"antología" de siete textos sobre la superstición.
Adalberto Agudelo, en "Revaluaciones y perspectivas de la
literatura caldense", intenta dar cuenta del proceso literario
del departamento con más palabras que hechos, y con una persistente
sombra griega en el fondo, que lo lleva a postular un paradigma
"grecoquirnbaya",
A continuación encontramos, de Carlos Bueno, una breve
reminiscencia de Jorge Isaacs, tan superficial como inexplicable en
un Encuentro de la Palabra de Riosucio. Javier Díaz, en "Los
riosuceños reforman el diccionario de la Real Academia de la
Lengua", plantea un tema muy propio del encuentro, pero apenas
en el título, porq ue se limita a una divagación que incluye unas
quince palabras "riosuceñas" y sus sinónimos, sin ningún
estudio lingüístico.
En sus "Reflexiones sobre la danza y la palabra, para
pensar en Colombia ", Octavio Marulanda se devuelve a Grecia,
a Dionisos y Apolo, para luego ensartar una lista de danzas
autóctonas, sin aportar un mayor desarrollo del tema que procure su
rescate y conocimiento, como si fuera suficiente mencionar el
pasillo, el currulao, la media caña, el baile de las pesarosas o el
son de las vacas.
Hernando González toca un tema novedoso y de interés: "Las
hojas volantes, un instrumento de la palabra ''. Es tal vez el
trabajo más serio, mejor documentado, que no se diluye en un
requiebro romántico por su objeto de estudio. Una de las mejores
presas de este equívoco sancocho de temas y palabras.
"Camdornble ", un artículo de Arnulfo Arias, adornado
por unas ilustraciones bastante malas, presenta una experiencia
personal con la macumba y una reseña del carnaval de Río.
El capítulo IV contiene poesías de Harold Alvarado Tenorio,
Jaime Jaramillo Escobar y Juan Manuel Roca. El lector siente el
poder y la belleza de los versos de J aramillo, al lado de los
languidecientes ecos de Cavafis y de la pirotecnia de la llamada
poesía de la imagen. Compadre, no coma coco.
A continuación se encuentra una insustancial entrevista con la
escultora Ana Cecilia Mesa. Y poemas y pinturas de Gonzalo Cerón.
Compadre, no coma coco.
El capítulo VI trata de cine, de Lisandro Duque y del Tren de
los pioneros. El VII de la preservación del patrimonio
arquitectónico. Participa Néstor Botero con un texto correcto pero
que no profundiza como sería deseable en la arquitectura de
Riosucio y sus alrededores. El grupo Estética Popular, de Medellín,
trae un artículo sobre la "Estética de la emigración ",
donde a unos datos de la sociología urbana antioqueña le cosen unas
listas de canciones populares y el colorido de la cantina y la casa
de pueblo, como si las tasas de urbanización y la proporción de
población urbana-rural estuvieran en relación dialéctica-popular y
cotidiana con el bolero Amanecí be biendo de Los Pamperos, con
Corazón prisionero de Bower y Villaf uerte, o con los colores
patrios en las fachadas. El propósito de preservar una
"estética popular" urbana los lleva a proponer
veladamente, llenos de emoción estética y popular, el uniformar la
ciudad con el diseño de los buses de escalera, el decorarla a la
manera de un enorme bar, o el diseñarla siguiendo las composiciones
de los zócalos rurales, todo ello enarbolado contra la impuesta
"estética internacional". Nadie comió, ni yo tampoco.
El teatro Cuesta y su historia (construido en 1934 por una
acaudalada dama), el plebiscito para evitar su demolición, la
posterior declaratoria de Colcultura como parte del Patrimonio
Cultural Colombiano, la subsiuiente resolución aclaratoria de que
el teatro es patrimonio pero no monumento nacional, cierran el
volumen.
Por ninguna parte aparece la literatura de la región, ni la
tradición oral, las historias de los barrios o las veredas,
probablemente porque no serían firmas "importantes" las
de sus autores. El diablo es un ángel rebelde que no come cuento a
pesar de este sancocho anual. La deuda con la palabra propia sigue
registrándose en la contabilidad del infierno. Nadie comió, ni yo
tampoco.
SANTIAGO LONDOÑO V.