Reseña poesía: ¿Quién afina el instrumento?
¿Quién afina el instrumento?
Canto a pulso
Luis Iván Bedoya Otras Palabras, Medellín, 1988
Luis Iván Bedoya es autor de cuatro libros de poemas, aunque en
verdad los tres primeros -publicados en 1985 y 1986- conformarían
una sola unidad formal y temática (así se decía antes) de la que el
presente volumen pretende diferenciarse. Canto a pulso busca una
expresión menos sometida a conceptos preestablecidos.
Desde este punto de vista, el primer trío de Bedoya nos invita a
un paso por lugares absolutamente transitados de la poesía
hispanoamericana. El poeta muestra, en su descargo, un dominio de
la simetría, reflejada visualmente en las estrofas que emplea
(pareados y cuartetos, principalmente). Sólo que -hoy como ayer- el
hábito jamás hace al monje. Los poemas de Bedoya, hasta el tercer
libro inclusive, son decorosos y (lo repito) bien trabajados. El
problema es consanguíneo, pues. Si uno se apoya en estructuras
verbales tan rígidas y previsibles, debería explorar también un
aspecto que se tiene muy poco en cuenta. No es necesario
"revolucionar" el verso para conseguir el ansiado rótulo
del sello personal. Lo que vuelve a Vallejo uno de los grandes no
es la experimentación de Trilce, sino algo que le compete a ése y a
todos sus libros y que sólo puede nombrarse como la expresión
intransferible. ¿Cómo y dónde se consigue ese preparado
misterioso? ¿En la botica o en un puesto de mercado? Tal vez
sea el lector el único que conscientemente puede asociar un tipo de
combinación sintáctica y léxica a cada escritor. Personalmente,
Borges nunca me ha parecido un poeta fuera de serie, pero no se me
escapa que el verso de Borges posee esa cualidad. O apropiación que
brinca sola en los sonetos de Martín Adán, en el versículo de
Alvaro Mutis y ni qué decir de los poemas de Silva.
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Veamos, entonces, alrededor de qué elementos se organizan los
libros de L.I. Bedoya. Cuerpo o palabra incendiada (1985) lleva un
epígrafe de Huidobro. Pero da la impresión de que Bedoya no ha
reparado en la advertencia del chileno respecto a los horrores de
la adjetivación en exceso. Tome el lector cualesquiera poemas de
los tres primeros libros y se topará con una sobrepoblación de
calificativos 1. De este rasgo veamos
tres ejemplos:
ocuparse de la vida y de la muerte del amor y sus accidentadas
víasinsistir en nombrar posibles marcas el tiempo siempre fugaz y
el espacio enrarecido casi siempre demasiado terca es la poesía un
cuerpo deleznable de un poder mágico que aunque bello se hunde
[Cuerpo o palabra incendiada, pág. 37 -subrayados míos] MOMIA
URBANA Las dimensiones de su nuevo espacio están definidas por el
silencio de los suyos desmemoriados y fríos por las voces propias
cada vez más frágiles en su garganta perdidos esfuerzos de
afirmación en la debilidad y el vacio Por los mismo ojos ahora
fijos en la sorpresa aplazada sostenida por esperanzas vítreás
momificadas y huecas por el abandono compartido por la caravana
urbana varada en el puro centro de moles de cemento y ruido y humo
[Protocolo de la vida o pedal fantasma, pág. 49 -subrayados. míos]
BREGA desciende al infierno de los perdidos peatones para auscultar
las reservas de la ciudad sin nombre es su aventura el destino de
una gesta para otro canto metamorfosis de gastados floripondios e
inocuas faunas cadáveres con ojos filo en punta se defienden de la
imprevisión absoluta que genera la muchedumbre ebullición altamente
secreta de unos y otros días difícil ciudad perdida en la niebla de
sus vapores [Aprender a aprehender, pág. 23 -subrayados míos]
Este primer elemento (polo negativo) lo habria aligerado el
autor con un par de opciones: 1) meter tijeretazo y desplumar
adjetivos o 2) recurrir al diccionario y complicar el vocabulario
para densificar la monotonía, Y es que leer los poemas de Bedoya es
como almorzar todos los días en McDonald's o Burger King.
¿Quién recordaría o extrañaría esa "comida"?
(excepto, claro, los pobres gringos que desconocen lo que es bueno
al paladar y son capaces de engullir piedras con tal que estén
salpicadas de ketchup.) La metáfora culinaria sirve otra vez a la
poesía (ya lo cantaba el goloso Lezama), porque a la larga, después
de la lectura de estos tres libros, uno acaba olvidándose de los
poemas de Bedoya. Y hasta puede ocurrir que uno se olvide que ya
los había olvidado (esto suena a García Márquez, pero qué importa)
y vuelva a leerlos como la primera vez y otra vuelta. (Si el hecho
de dejar impertérrito al lector es una virtud, a estos poemas les
pertenece).
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El segundo elemento domina los tres libros de tal forma que un
poema, extraído del conjunto, nos deja también impávidos. Esta
sería una cualidad de otro nivel en otro poeta. Pienso en las
poesías verticales del Roberto Juárroz y al toque añado que no me
simpatizan (Quico -el del Chavo dixit) ni me emocionan un
ápice (con el perdón de mi pata Mario Jursich). Pero
definitivamente detrás de esos poemas hay un poeta 2. No es el caso de los libros de Bedoya, lamento
decirlo. y acá podría insistir en que los libros iniciales de un
poeta estar verdes o maduros, y ello no importaria tanto si después
el poeta se destapa con un libro de ia gran pepa (o si los libros
poéticamente "crudos" pertenecen a un momento vital) o
intensifica la precoz madurez. Por ejemplo, Destierro (1961) y
David (1962), de Antonio Cisneros, son poemarios que sólo pueden
juzgarse a la luz de Comentarios reales (1964), el libro que le
valió el premio nacional de poesía del Perú a un escritor que sólo
tenía veintidós años. Y en ese libro de Cisneros recuerdo un poema
que habla de los científicos o estrategas militares (o algo así)
que acuden a reuniones con la Bomba en sus maletines y el mundo
depende de si aprietan un botón (o algo asá). Obviamente, es uno de
los poemas flojos del libro. Y lo recordé el otro día precisamente
porque iba en el ómnibus a la universidad, acá en Austin (Texas), y
leía un poema de Luis Iván Bedoya y en la radio pasaban una vieja
canción de Johnny Rivers: Secret Agent Man. El poema de Bedoya:
de la mano de nadie el hombre a solas salta a la otra orilla del
tiempo entre tanto se busca al hombre del futuro ensayando
transborda dores para todo [Cuerpo o palabra ... , pág. 33]
Es un poema que no desentonaria, digamos, en el libro de un
joven de 20; pero en el de un adulto de 37 (poéticamente hablando)
suena a canción a gogó para la misa.
Esto nos permite acceder a otro elemento de esta poesía. Es la
vieja noción de separar la palabra (como entidad) del cuerpo, o la
"poesía" de la "vida", para entonces largarse a
la cantaleta de por qué la palabra es incapaz de atrapar a la vida
y su secuela. El tópico tiene la edad del caldo de pollo. El asunto
es cómo expresarlo en el aquí y ahora, donde las papas queman. y
hablando de quemar, indicaré que Bedoya echa mano del lugar común.
Para abreviar la cosa, basta con decir que la metáfora de la poesía
como fuego (encender, llama, incandescencia, humo, ceniza,
consumirse) copa y asfixia estos libros. Ejemplo a la mano:
POETICA
investigación detectivesca en torno a la estructura de la vida
es la poesía son tan oscuras sus líneas como las gentes de repente
desaparecen todas las pistas se construye refinado plan y pronto en
llamas se dibujan las palabras como anillos de humo nada deja
escapar sus secretos indicios ellos se toman confuerte miedo de la
mano [Protocolo de ... , pág. 29]
El tercer libro intensifica esta característica hasta el punto
de desorientar a un lector que particularmente respeto 3, y lleva un epígrafe de Ludwig Wittgenstein,
que ya pasó a ser una de las Siete Plagas Literario-Filosóficas
Europeas que desde hace unos años agarran casa, como las termitas,
en casa ajena. Explico de inmediato que ni Wittgenstein ni las seis
restantes plagas tienen la culpa, sino aquellos que esperan que con
la protección de una cita (mismo Colgate Anticaries) sus palabras
brillarán como joyas 4;
Por fin arribamos a Canto a pulso. Ya el título constituye un
avance, o alejamiento de los otros libros. Nos encontramos con una
relación, interesante, de experiencias que estaban escondidas entre
imágenes y adjetivos. Estos últimos han disminuido, o están
camuflados por la nueva distribución de los versos, escalonados o
reducidos a una sola palabra. (Habría que señalar de paso que los
dos poemas "concretos" les darían infartos seguidos a
Pignatari y a los hermanos Campos).
Cada poema quiere ser un comentario o expansión temática de las
citas de poetas de lengua inglesa. (En algunos casos las citas
bastan y sobra el comentario). El camino más razonable (por
intuitivo) habría sido el hallazgo de una analogía (experiencia,
frase, disparate) que fuera "explicada" por el epígrafe y
no al revés. Claro que éste no llega a ser un defecto continuo en
Canto a pulso, pero el lector se pregunta si en verdad son
necesarias todas las citas. ¿O es que los poemas no podrían
sostenerse por sí solos? Las citas parecen los lazos o moños de
colores que coronan un regalo regularón con envoltura ídem.
A pesar de "independizarse" de los libros anteriores,
las sorpresas abundan: "tropa de payasos / abandona sus
máscaras/ comienzan los disparos del siglo/ muchos aviones
cayendo"(págs. 35-36). Estos versos hacen pensar en el
epígrafe de Vicente Huidobro del primer libro: "El cielo está
esperando un aeroplano Y yo oigo la risa de los muertos debajo de
la tierra". El cordón umbilical perdura. Y todavía no logra
apartarse del concepto de poesía como fuego. En Proveedor de
poesía:
llega y se encienden las luces puede adivinarse en los labios de
todos [ ... ] Todo es así lo mismo en el carnaval de las
diferencias traza el dibujo de las articulaciones de un puñado de
seres en su constelación incendiada [pág. 57 subrayados
míos]
Y luego en Elementos:
bajo el cuerpo de estos signos se diluyen uno a uno los
elementos de la ciudad que habita explosión de cenizas [ ... ] y se
secan las savias en los campos y los huesos de las aves olvidan sus
alas y las palabras se calcinan contra el aire [pág. 59]
-subrayados míos)
¿Cuál es el problema de la repetición? ¿Qué hay
de malo en conquistar una simbología? Nada malo, por cierto;
siempre y cuando la repetición deslice un sentido o sugiera una
intención que no parezcan fijados de antemano. Y en los libros de
Bedoya esta programación poética salta a la vista. Por eso Canto a
pulso gana en una libertad expresiva que, como todas, presenta sus
dificultades. El fenómeno contrario -la espontaneidad - también
tiene un precio. Un poema -Canto comienza bien: "desnudos/
sentados los dos/ a la orilla de la cama / tomando cerveza/ cálida!
escena de amor / tan rico tu cuerpo/ tus ojos! tristes estrellas de
amor... ". Después de esta calistenia viene el meollo: "
... pero ahora la separación! millas/ / de regreso de carnales
fantasías! mientras llueve afuera! escucho/ I'll still be in love/
imagino/ llamadas telefónicas! ¿qué se puede hacer? I am
miserables/ lost without you ... ". Y se prepara el remate
final: " ... gasto los días/ reconstruyendo tu rostro! el
timbre de tu voz/ las formas de tu espalda/ el calor de tu pecho
... ". Bonito, ¿verdad? Mesurado pero intenso. Y de
pronto, como para separarse del conglomerado de imágenes de los
libros anteriores, como para huir tal vez de una delicadeza
precedente, se quiebra el encanto y se pasa a la desfachatez. El
lirismo del poema se va literalmente al cacho: " ... ahora mi
pene crece! se levanta! naturalmente" (págs. 47-48). Es como
si Mario Andretti, en la punta y a quinientos metros de la meta,
abriera la puerta del carro y se tirara de pura emoción.
Creo que el último poema del libro -Caja de autorretratos- habla
indirectamente de esta cuestión:
proyectarse en el reflejo neutro de su rostro cambia de gestos
una y otra vez hasta agotar los que ejercitó generoso para espantar
la monotonía de sus días agota las armas y su combate está a punto
de terminar en tregua o armisticio (pág. 69)
Agotar, ejercitarse, reflejo neutro. Todas "viejas y nuevas
faenas" con el instrumento a punto. Y no falla tanto el pulso
como el repertorio. Cosa de elección, que no de las musas.
EDGAR O'HARA
1
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Al margen de que los títulos de los dos siguientes libros de
Bedoya son como para salir corriendo: Protocolo de la vida o pedal
fantasma (1985), Aprender a aprehender (1986). y también los
títulos de algunos poemas: Beso en el valle del mundo, Banquete de
flores, Vida ebria, Mecanismo fantasma, Protocolo humano,
Tautologia terrenal, Momia urbana (todos de Protocolo ... ).
Ejemplos sobran.
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2
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Lo interesante de luárroz, a mi juicio, es que su poesía se
encuentra en sus ensayos y en el espléndido libro de conversaciones
con Guillermo Boido. De esta manera todas las tiradas de Poesía
vertical son exploraciones ensayísticas en verso que intentarian
llevar a cabo o afirmar lo que ya ha sido conseguido en prosa.
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3
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Ver la reseña de Aprender a aprehender que publicara James T.
Alstrum en Estudios Colombianos (núm. 5, 1987, pág 45). Allí se
lee: "Con este libro de poesía Luis Iván Bedoya ha hecho un
aporte valioso a la más reciente poesía colombiana y ha extendido
un reto paradigmático hacia otros poetas nacionales que no se
arriesgan a tocar a fondo la esencia del más reflexivo y medular de
los géneros literarios". Definitivamente, Jim Alstrum y yo
leemos libros distintos. O, como dice el argot futbolístico, cada
uno está viendo su partido.
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4
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Las plagas restantes serían P. Celan, C. Cavafis, E.M. Ciaran,
J. Derrida, R. Barthes y ... se aceptan sugerencias. (Hay, por
supuesto, gratísimas excepciones. Sobre el buen uso poético de
Wittgenstein, recuerdo una sección del libro Memoria del tigre, del
mexicano Eduardo Lizalde).Por otro lado, para que el lector no
piense que estos son los únicos fomentadores de mala poesía en
Hispanoamérica, propongo una lista de motivos extraliterarios de
nuestro continente que han sido y son materia de homenajes, diatri
bas y por tanto (con poquísimas excepciones) escasainspiración: La
Mano de la Cía/ El Día de la Madre/ El Guerrillero Heroico/ El
asesinato de Salvador Allende/ Los Golpes Militares/ El
Feminismo.
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