Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico No. 18
Autores: Biblioteca Luis Ángel Arango - Banco de la República
Edición original: Bogotá: 1989
Edición en la biblioteca virtual: Bogotá: marzo de 2007
Notas: Publicación cuatrimestral de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que presenta importantes artículos sobre las distintas disciplinas de investigación en el campo cultural
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Reseña teatro: También en la Luna puede hallarse la historia de la Tierra

También en la Luna puede hallarse la historia de la Tierra

El rey Lear

Macbeth

William Shakespeare Traducciones de Jorge Plata, El Áncora Editores, Bogotá, 1988, 115 Y 142 páginas respectivamente.

Las capacidades dramatúrgicas de Jorge Plata, director, actor y autor de por lo menos dos obras de teatro ya vistas, Episodios comuneros y Un muro en el jardín, piezas representa das por el Teatro Libre de Bogotá con muy buena acogida no sólo en Colombia sino también en el exterior, se revelan nuevamente en estas excelentes traducciones de dos de las obras claves de la producción de William Shakespearé, pertenecientes a la etapa que Arnold Hauser califica de "período trágico" en este autor. A muchos puede haber sorprendido que Jorge Plata, con demostrado talento para escribir piezas en forma autónoma, haya resuelto esta vez traducir a un autor ya tan ampliamente divulgado en todos los idiomas del mundo; pero es muy posible, casi cierto, que el dramaturgo Jorge Plata no sólo haya estado buscando en Shakespeare su propia identidad, asimilar las condiciones mismas de la creación teatral y la técnica dramatúrgica propia de un gran creador, sino incluso responder a la necesidad, vivamente sentida ahora, de los grupos escénicos y del propio público teatral en general, por pulir una escritura muy endeble frente a los grandes logros técnicos y actorales que ya ha alcanzado el teatro colombiano. De manera que pasar por esta escuela shakespereana no podía traer más que grandes beneficios a todos, siempre y cuando ella fuera abordada con la seriedad y profundidad que Jorge Plata demostró en estas traducciones. El, en efecto, y el Teatro Libre de Bogotá, nos estarían indicando, a su modo, lo mismo que señalan los astrofísicos contemporáneos en esta época interplanetaria: así como la verdad de la Tierra puede hallarse escrita en la Luna, siempre y cuando sepamos leer, lo que Colombia está buscando con su teatro podría muy bien estar escrito en Shakespeare y en un país tan alejado de nosotros como la Inglaterra de Isabel I.

Pero en este traductor-autor existían razones menos sobreentendidas para trabajar sobre Shakespeare, como manifiesta claramente en el ilustrativo prólogo de El rey Lear:

La obra fue escrita por un hombre de teatro para ser representada [ ... ] en un escenario concreto, por un grupo de actores definido. Obra y público concordaban con el contexto social y cultural. Pero nosotros vivimos en otro tiempo y en otro mundo. Como hombres de teatro, teníamos que colocarnos en la misma actitud de Shakespeare-escritor-para-la escena, de Shakespeare-actor, de Shakespeare productor de espectáculos.

reseñas

Jorge Plata se hallaba, pues, en situación ideal, porque conoce los diversos oficios del hombre de teatro total, para poder sentirse calificado al realizar estas difíciles traducciones, lo que, evidentemente, demostró con buenos resultados. En una situación, en efecto, en la que se habría podido esperar, como en tantos otros casos de "adaptaciones" colombianas de Shakespeare u otros clásicos, que la versión se hiciera en forma algo simplista, politizante, con "mensaje", tal vez polarizada en personajes "buenos" y "malos" para obtener ciertos fines discutibles, Jorge Plata nos entrega, afortunadamente, un Shakespeare finamente traducido, en forma muy fiel al texto original, en el que trata de recuperar, incluso, las cadencias del verso en una métrica propicia al español, o los cambios a la prosa que el autor inglés concibió con objetivos dramatúrgicos muy concretos que el traductor no quiso traicionar, preservando, así, no sólo el inmenso contenido humano y multifacético de estas obras, sino la textura misma del idioma, en un lenguaje más cercano para el auditorio colombiano.

Jorge Plata también nos entrega sus propias meditaciones y hallazgos personales sobre Shakespeare y su mundo en los sendos prólogos que ilustran ambas ediciones. En ellos, naturalmente, se adivina la intención de ilustrar, paralelamente, los tiempos colombianos que corren. Nos pinta, muy agradablemente, en el prólogo de El rey Lear, por ejemplo, la era cambiante de Shakespeare, tan bien ilustrada en sus versos llenos de paradojas y aparentes contradicciones, época en la que se difundían por Europa las contestatarias ideas de Copérnico y en que Galileo era forzado a retractarse de sus hallazgos astronómicos, los cuales parecían poner en entredicho las enseñanzas eclesiásticas. Esos tiempos, así, no parecen ser tan ajenos a Colombia, en una época en que vacilan los valores y las instituciones tradicionales. Igualmente ilustrativo es el prólogo del segundo libro, Macbeth, aunque esta vez el autor se concentra en las condiciones de trabajo de los grupos de teatro en la época isabelina; tiempos éstos que, claro está, no dejan de ofrecer aspectos semejantes a los nuestros, en que numerosos grupos escénicos colombianos se debaten y compiten en condiciones generalmente muy adversas, tratando de lograr la expresión de nuestra nunca hallada identidad, en los mejores casos.

El Teatro Libre de Bogotá, efectivamente, a semejanza de los grupos isabelinos, tiene sus inicios en grupos universitarios que se conforman en Colombia en los años setenta. Casi todos sus miembros, notoriamente su director, Ricardo Camacho, tienen extracción universitaria, no son gente improvisada desde el punto de vista profesional. El Teatro Libre, igualmente, ha perseguido conscientemente, desde sus inicios, la educación y conformación de dramaturgos colombianos. De ellos son ejemplo el propio Ricardo Camacho, Jairo Aníbal Niño, Esteban Navajas y el mismo Jorge Plata. En su mayoría, han demostrado tener una formación profesional firme y sólida. Así, pues, que las razones para traducir a Shakespeare no pueden simplemente encontrarse en el deseo erudito de conocer y dar a conocer la "gran literatura clásica", sino en que existen evidentes puntos de contacto entre el autor inglés, y su misma vida en la Inglaterra isabelina, con los objetivos y propósitos manifiestos del Teatro Libre de Bogotá.

No me parece improcedente, sin embargo, dejar apuntadas algunas notables diferencias, así sea solamente en el aspecto del lenguaje, entre el mundo shakespereano y el nuestro, ya que en ello estamos. El colombiano, estimo, no ha conocido en general el real significado de la monarquía, porque nunca la hemos "padecido", El público, por lo tanto, podrá quizá captar al hombre universal que pinta Shakespeare, pero cabe preguntarse si sus obras no están irremediablemente destinadas a dirigirse, en nuestro país, a un público muy reducido y con buena información, aunque casi nunca con el real sentimiento de lo que significa la sociedad monárquica y feudal, El mundo de los reyes, príncipes y nobles nos es, inevitablemente, muy ajeno, y la forma en que estos personajes se expresan nos tiene que parecer, fatalmente, algo complicado. Ello se evidencia, a mi modo de ver y en calidad de ejemplo, en la forma del vosotros, que Jorge Plata se ve obligado a utilizar en sus traducciones, forma de tratamiento interpersonal que, en mi sentir, se ajusta bien a la época y a los personajes isabelinos, pero que no tiene, en Colombia, su contraparte exacta y que parece, por desusada, irremediablemente falsa y hasta pesada. No solamente el público, sino también los actores, estoy seguro, tuvieron que ajustarse difícilmente a esta forma de dirigirse a los demás. Tanto es esto así, que el propio traductor, en el acto 1, escena 4 de El rey Lear, tiene que acudir, en boca del rey, a la forma del usted para dar ligereza a la escena en que el monarca se dirige a un personaje inferior en rango; el usted nos parece, evidentemente, mucho más natural y coloquial a los colombianos que el vosotros, debido, sin duda, al trato que ya los conquistadores impusieron, en una sociedad muy diferente, a sus conquistados, y que nosotros hemos heredado: el tratamiento en tercera persona del vuesa merced o del su merced. Esta dicotomía entre las culturas revela, entonces, hasta qué punto son distintas nuestras condiciones históricas reales y las del feudalismo europeo.

Estas son, claro está, anotaciones tal vez de detalle frente al gran logro que significa haber traducido con éxito las dos complejas obras de Shakespeare para el auditorio colombiano. Pero revelan, creo yo, que, muy en el fondo, debemos estar también dispuestos a no engañarnos con el espejismo de un autor universal como Shakespeare, de quien nadie se atrevería a hablar mal porque pasaría por ignorante. La disciplina teatral que sus obras plantean, claro está, tanto desde el punto de vista del texto mismo como de la formación histórica y del montaje, es algo que debe estimularse sin lugar a dudas; pero somos otra cosa y, por ello, trajinar con los clásicos universales no quiere decir que la búsqueda de una dramaturgia colombiana y, en consecuencia, de un público colombiano auténtico, como la han emprendido ya valerosamente el propio Jorge Plata y sus compañeros de grupo, no deba continuar con mucho mayor ahínco y claridad. Shakespeare contribuirá, así, no sólo a la formación profesional, sino, sobre todo, a enseñarnos, por constraste, cuál es nuestra verdadera idiosincrasia.

FERNANDO GONZÁLEZ CAJIAO