Reseña teatro: También en la Luna puede hallarse la historia
de la Tierra
También en la Luna puede hallarse la historia de la Tierra
El rey Lear
Macbeth
William Shakespeare Traducciones de Jorge Plata, El Áncora
Editores, Bogotá, 1988, 115 Y 142 páginas respectivamente.
Las capacidades dramatúrgicas de Jorge Plata, director, actor y
autor de por lo menos dos obras de teatro ya vistas, Episodios
comuneros y Un muro en el jardín, piezas representa das por el
Teatro Libre de Bogotá con muy buena acogida no sólo en Colombia
sino también en el exterior, se revelan nuevamente en estas
excelentes traducciones de dos de las obras claves de la producción
de William Shakespearé, pertenecientes a la etapa que Arnold Hauser
califica de "período trágico" en este autor. A muchos
puede haber sorprendido que Jorge Plata, con demostrado talento
para escribir piezas en forma autónoma, haya resuelto esta vez
traducir a un autor ya tan ampliamente divulgado en todos los
idiomas del mundo; pero es muy posible, casi cierto, que el
dramaturgo Jorge Plata no sólo haya estado buscando en Shakespeare
su propia identidad, asimilar las condiciones mismas de la creación
teatral y la técnica dramatúrgica propia de un gran creador, sino
incluso responder a la necesidad, vivamente sentida ahora, de los
grupos escénicos y del propio público teatral en general, por pulir
una escritura muy endeble frente a los grandes logros técnicos y
actorales que ya ha alcanzado el teatro colombiano. De manera que
pasar por esta escuela shakespereana no podía traer más que grandes
beneficios a todos, siempre y cuando ella fuera abordada con la
seriedad y profundidad que Jorge Plata demostró en estas
traducciones. El, en efecto, y el Teatro Libre de Bogotá, nos
estarían indicando, a su modo, lo mismo que señalan los
astrofísicos contemporáneos en esta época interplanetaria: así como
la verdad de la Tierra puede hallarse escrita en la Luna, siempre y
cuando sepamos leer, lo que Colombia está buscando con su teatro
podría muy bien estar escrito en Shakespeare y en un país tan
alejado de nosotros como la Inglaterra de Isabel I.
Pero en este traductor-autor existían razones menos
sobreentendidas para trabajar sobre Shakespeare, como manifiesta
claramente en el ilustrativo prólogo de El rey Lear:
La obra fue escrita por un hombre de teatro para ser
representada [ ... ] en un escenario concreto, por un grupo de
actores definido. Obra y público concordaban con el contexto social
y cultural. Pero nosotros vivimos en otro tiempo y en otro mundo.
Como hombres de teatro, teníamos que colocarnos en la misma actitud
de Shakespeare-escritor-para-la escena, de Shakespeare-actor, de
Shakespeare productor de espectáculos.
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Jorge Plata se hallaba, pues, en situación ideal, porque conoce
los diversos oficios del hombre de teatro total, para poder
sentirse calificado al realizar estas difíciles traducciones, lo
que, evidentemente, demostró con buenos resultados. En una
situación, en efecto, en la que se habría podido esperar, como en
tantos otros casos de "adaptaciones" colombianas de
Shakespeare u otros clásicos, que la versión se hiciera en forma
algo simplista, politizante, con "mensaje", tal vez
polarizada en personajes "buenos" y "malos"
para obtener ciertos fines discutibles, Jorge Plata nos entrega,
afortunadamente, un Shakespeare finamente traducido, en forma muy
fiel al texto original, en el que trata de recuperar, incluso, las
cadencias del verso en una métrica propicia al español, o los
cambios a la prosa que el autor inglés concibió con objetivos
dramatúrgicos muy concretos que el traductor no quiso traicionar,
preservando, así, no sólo el inmenso contenido humano y
multifacético de estas obras, sino la textura misma del idioma, en
un lenguaje más cercano para el auditorio colombiano.
Jorge Plata también nos entrega sus propias meditaciones y
hallazgos personales sobre Shakespeare y su mundo en los sendos
prólogos que ilustran ambas ediciones. En ellos, naturalmente, se
adivina la intención de ilustrar, paralelamente, los tiempos
colombianos que corren. Nos pinta, muy agradablemente, en el
prólogo de El rey Lear, por ejemplo, la era cambiante de
Shakespeare, tan bien ilustrada en sus versos llenos de paradojas y
aparentes contradicciones, época en la que se difundían por Europa
las contestatarias ideas de Copérnico y en que Galileo era forzado
a retractarse de sus hallazgos astronómicos, los cuales parecían
poner en entredicho las enseñanzas eclesiásticas. Esos tiempos,
así, no parecen ser tan ajenos a Colombia, en una época en que
vacilan los valores y las instituciones tradicionales. Igualmente
ilustrativo es el prólogo del segundo libro, Macbeth, aunque esta
vez el autor se concentra en las condiciones de trabajo de los
grupos de teatro en la época isabelina; tiempos éstos que, claro
está, no dejan de ofrecer aspectos semejantes a los nuestros, en
que numerosos grupos escénicos colombianos se debaten y compiten en
condiciones generalmente muy adversas, tratando de lograr la
expresión de nuestra nunca hallada identidad, en los mejores
casos.
El Teatro Libre de Bogotá, efectivamente, a semejanza de los
grupos isabelinos, tiene sus inicios en grupos universitarios que
se conforman en Colombia en los años setenta. Casi todos sus
miembros, notoriamente su director, Ricardo Camacho, tienen
extracción universitaria, no son gente improvisada desde el punto
de vista profesional. El Teatro Libre, igualmente, ha perseguido
conscientemente, desde sus inicios, la educación y conformación de
dramaturgos colombianos. De ellos son ejemplo el propio Ricardo
Camacho, Jairo Aníbal Niño, Esteban Navajas y el mismo Jorge Plata.
En su mayoría, han demostrado tener una formación profesional firme
y sólida. Así, pues, que las razones para traducir a Shakespeare no
pueden simplemente encontrarse en el deseo erudito de conocer y dar
a conocer la "gran literatura clásica", sino en que
existen evidentes puntos de contacto entre el autor inglés, y su
misma vida en la Inglaterra isabelina, con los objetivos y
propósitos manifiestos del Teatro Libre de Bogotá.
No me parece improcedente, sin embargo, dejar apuntadas algunas
notables diferencias, así sea solamente en el aspecto del lenguaje,
entre el mundo shakespereano y el nuestro, ya que en ello estamos.
El colombiano, estimo, no ha conocido en general el real
significado de la monarquía, porque nunca la hemos
"padecido", El público, por lo tanto, podrá quizá captar
al hombre universal que pinta Shakespeare, pero cabe preguntarse si
sus obras no están irremediablemente destinadas a dirigirse, en
nuestro país, a un público muy reducido y con buena información,
aunque casi nunca con el real sentimiento de lo que significa la
sociedad monárquica y feudal, El mundo de los reyes, príncipes y
nobles nos es, inevitablemente, muy ajeno, y la forma en que estos
personajes se expresan nos tiene que parecer, fatalmente, algo
complicado. Ello se evidencia, a mi modo de ver y en calidad de
ejemplo, en la forma del vosotros, que Jorge Plata se ve obligado a
utilizar en sus traducciones, forma de tratamiento interpersonal
que, en mi sentir, se ajusta bien a la época y a los personajes
isabelinos, pero que no tiene, en Colombia, su contraparte exacta y
que parece, por desusada, irremediablemente falsa y hasta pesada.
No solamente el público, sino también los actores, estoy seguro,
tuvieron que ajustarse difícilmente a esta forma de dirigirse a los
demás. Tanto es esto así, que el propio traductor, en el acto 1,
escena 4 de El rey Lear, tiene que acudir, en boca del rey, a la
forma del usted para dar ligereza a la escena en que el monarca se
dirige a un personaje inferior en rango; el usted nos parece,
evidentemente, mucho más natural y coloquial a los colombianos que
el vosotros, debido, sin duda, al trato que ya los conquistadores
impusieron, en una sociedad muy diferente, a sus conquistados, y
que nosotros hemos heredado: el tratamiento en tercera persona del
vuesa merced o del su merced. Esta dicotomía entre las culturas
revela, entonces, hasta qué punto son distintas nuestras
condiciones históricas reales y las del feudalismo europeo.
Estas son, claro está, anotaciones tal vez de detalle frente al
gran logro que significa haber traducido con éxito las dos
complejas obras de Shakespeare para el auditorio colombiano. Pero
revelan, creo yo, que, muy en el fondo, debemos estar también
dispuestos a no engañarnos con el espejismo de un autor universal
como Shakespeare, de quien nadie se atrevería a hablar mal porque
pasaría por ignorante. La disciplina teatral que sus obras
plantean, claro está, tanto desde el punto de vista del texto mismo
como de la formación histórica y del montaje, es algo que debe
estimularse sin lugar a dudas; pero somos otra cosa y, por ello,
trajinar con los clásicos universales no quiere decir que la
búsqueda de una dramaturgia colombiana y, en consecuencia, de un
público colombiano auténtico, como la han emprendido ya
valerosamente el propio Jorge Plata y sus compañeros de grupo, no
deba continuar con mucho mayor ahínco y claridad. Shakespeare
contribuirá, así, no sólo a la formación profesional, sino, sobre
todo, a enseñarnos, por constraste, cuál es nuestra verdadera
idiosincrasia.
FERNANDO GONZÁLEZ CAJIAO