Reseña arte: Tarea críptica
Tarea críptica
Tarea crítica sobre arte
Daría Ruiz Gómez Museo de Antioquia, Medellín, [988, 271 págs.,
ilustrado.
"Ya desde un principio Velázquez es lo antitópico".
Con esta primera frase, perteneciente a un artículo sobre el pintor
español, escrito en 1960, se inicia una nueva recopilación de
escritos de Daría Ruiz. "La más noble y veraz demostración
lógica contra los determinismos expresivos llevados y traídos por
muchos como eventuales constantes de la geografía humana de
España". Esta es la segunda oración del libro, que incluye 38
textos redactados entre 1960 y 1985 sobre diversos temas, desde
pintura y moral, desde arquitectura hasta las "Tribulaciones
de un arte de provincia".
"Hay que eludir, pues, desde el comienzo el fácil camino de
las cosas repetidas, de los conceptos manidos. Y hablar de
Velázquez es peligroso por toda esta literatura hecha sobre su
obra. Literatura, entiéndase bien, casi siempre, y no aproximación
a la verdadera capacidad y derivación de su obra". Estas son
las frases con las que termina el primer párrafo, donde se
sintetiza, por negación involuntaria, lo que podríamos llamar el
método del autor: una suerte de asociación incontrolada,
típicamente culterana y "erudita", que casi
invariablemente sucumbe en una viciosa literatura de sintaxis
complicada, giros rebuscados y recargadas imágenes. Literatura y
no, como aspiraba en este primer ensayo, aproximación o
acercamiento. Viciosa, porque repite tercamente giros y matices
corrompiendo la prosa y, por momentos, se ahíta en el deleite
inocuo de confeccionar frases y circunloquios.
En medio de todo este desgranar y urdir palabras, saltan como
fuegos de artificio acertadas reflexiones, críticas a la pereza
colectiva o al arte de relumbrón pasajero. Análisis breves que
entre la plaga verbal (o las malas palabras, como
"involucración", pág. 19) logran transmitir un
pensamiento. pero menudea el golpeteo persistente de un afán lírico
que estorba y enreda, que los escasos y arbitrarios ingredientes
historiográficos no alcanzan a contrarrestar.
La diversidad de temas tratados muestran la amplia variedad de
inquietudes del autor. Ornar Rayo, Manolo Millarés, Grosz, Diseño y
Sociedad, Benjamín de la Calle, Nadar, Daría Jiménez, Mompox. La
lista es larga y parece querer mostrarnos, por una parte, la
condición del erudito, capaz de aprestigiarse haciendo referencias
de pasada, listas de apellidos y alusiones a tesis, hiladas con
opiniones y algunos hechos. Por otra, que "hacer
literatura" confiere, sin más trámites, licencia para escribir
de cualquier cosa de la manera que el antojo dicte. El resultado
final, acaso, se asemeja a una impostura.
Quien en 1960 clamaba contra las aproximaciones literarias (pág.
13), o en 1967 pregonaba que había renunciado a iniciar su carrera
de crítico en Colombia por un acentuado sentido del rigor personal
(pág. 23), termina ejerciendo -paradoja del destino precisamente lo
que quería combatir.
Sería muy fatigoso referirse a cada ensayo para separar el trigo
de la cizaña, y no es esta la tarea de una reseña. Mencionemos que
los textos que resultan más evocadores, extinguido el fragor del
momento que los suscitó, son los referidos a exposiciones, bienales
y salones. A su vez, los más logrados dentro del peculiar método
del autor son "Colombia: la generación de 1950",
"Benjamín de la Calle: el rostro singular' y "Daría
Jiménez: la provincia del alcohol".
Los hay hostigantes, por el ampuloso citar nombres de autores.
Los hay breves como un chiste. Los hay que conservan el herrumbre
de las cosas viejas y la retórica de moda de cada época en que
fueron escritos. Un tono intimista no está ausente de los
artículos; por momentos, Ruiz Gómez devanea y rumia consigo mismo,
como si el lector fuera un súbdito obligado a desentrañar las
secretas claves de un oráculo para acceder, al final, a la
quintaesencia.
Mucha preocupación moral atraviesa la mayor parte de las
páginas, mostrando que el autor, por más que se empeñe, no hace
crítica de arte y menos historia. Tal vez prosa lírica y crítica
social. Casi siempre, una exposición pública de divagaciones
subjetivas, a la postre, con muy limitado poder de
esclarecimiento.
Pero, sobre todo, se puede confirmar que se trata de un literato
confuso haciendo un inmoderado aporte al disparate general. Hunde
su pluma en la tinta polifacética que suelta un oscuro objeto
llamado arte, perfumando el ambiente con una exótica esencia
denominada cultura, la cual parece surgir, para el autor, de un
colombiano encuentro del paraguas con la máquina de coser: García
Márquez aparece en medio de Matisse, Heidegger va de la mano de
José Posada, Ungaretti murmura a la sombra de Fernell Franco.
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Pedro Nel Gómez quería cantar una cultura nativa elevando sus
mitos y temas a la altura gloriosa de un escenario griego o, en su
defecto, equiparándola al nivel de un murorenacentista. Por así
decirlo, buscó hacer de la Madremonte una Palas Atenea. Sintiéndose
al propio tiempo el Masaccio americano, trabajó para asegurarse a
sí mismo y a esa cultura un lugar entre los inmortales del Olimpo.
Acaso Daría Ruiz cultiva un pretexto y un complejo equivalentes.
Para reivindicar la obra de un artesano o de un artista, no pone de
presente sus leyes internas de formación y la manera de insertarse
en un contexto. Más bien, acude incansable a la alusión de un
paradigma foráneo cualquiera, dictado por la inspiración del
momento. Goethe para el color, Van Gogh para el atormentado,
Vladimir Propp para el camión de escalera, etcétera.
Lo que pasa por ser poética o resultado de unos profundos vasos
comunicantes, de pronto parece más bien un llano desorden mental.
Las señales de erudición tal vez se agitan como gestos
pretenciosos. Al final, la preconizada crítica de arte resulta un
tejido de palabras que cumplen con asegurar un poder ejercido y
gozado, que despeja bien el acceso a "la dulce frivolidad de
los cocteles"(pág. 5) y a la "fina elegancia de ciertas
mujeres que renuevan con su presencia nuestro agotado repertorio de
imágenes galantes" (ibid).
Circunstancia menor, pero curiosa: no en vano el libro ha sido
lanzado en Medellín tres veces en menos de un semestre: en el museo
que lo patrocina, en una librería y en una galería de moda.
SANTIAGO LONDOÑO V.