Artículo: MITO: memoria y legado de una sensibilidad

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Cubierta del número 1 de la revista Mito ..
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MITO: memoria y legado de una sensibilidad
R. H. MORENO DURÁN
Reproducciones: Alberto Sierra Restrepo
EVOCAR CON ENTUSIAMO los logros de una revista cultural es una
forma de hacer autobiografía. Una forma descaradamente amable de
entronizar el propio gusto y de afiliarse a una tradición con
pedigree. La revista, por esta vía, deja de ser lo que
sociológicamente significa -o debe significar- en el contexto
cultural de una época y un país y accede a un rango nuevo y
singular: a su valor per se cabe añadir otro aporte: lo que cuenta
en la vida espiritual y artística del lector q ue la evoca y al
cual ha cautivado. La revista adquiere entonces implicaciones
antropológicas, en todo superiores a las meramente didácticas y
formativas. Si es cierto eso de que el estilo es el hombre, hay
estilos que sólo canalizan y concilian sus intereses a través de un
tipo particular de revista, lo que de alguna forma constata la
existencia de destinos unidos a la suerte de una publicación, y ese
es el caso de Jorge Gaitán Durán y de un grupo de escritores,
comúnmente designados en el panorama de las letras continentales
bajo el nombre de Generación del Cincuenta. En el caso de
Mito, son diversas las razones por las cuales se cumple esta feliz
conjunción de estilo y buen gusto estético. En el primer caso,
porque Mito se instala en el corazón de un debate cultural que aún
hoy perdura en Colombia, y en el segundo, porque algunos escritores
de la generación a la que pertenezco, sin ser contemporáneos de la
revista, reconocemos una filiación espiritual evidente con un hecho
estético que en buena medidajustifica nuestro trabajo al mismo
tiempo que pasa a formar parte de nuestra identidad
intelectual.
Pero vamos por partes. ¿Qué nos sugiere el título mismo
de la revista? Pieza esencial del libro Nuestro Laberinto es la que
Erich Kahler publica en 1946 bajo el registro "La persistencia
del mito". A la minuciosa evolución etimológica de mythos,
Kahler agrega la plural significación cultural del término, desde
la remota noche en que misterio y mito eran aspectos inseparables
de un mismo origen. Y en esa larga tradición, nada más difícil que
diferenciar el epos del logos: "mythos vino a ser la palabra
para el sentido de relato más antiguo, primordial, de los orígenes
del mundo, de la relación divina o la tradición sagrada, de los
dioses y servidores y de la génesis del cosmos, la cosmogonía; y
llegó a contrastar claramente con epos, la palabra como narración
humana, y -a partir de los sofistas-la palabra como construcción
racional. La maduración de la conciencia humana se refleja en el
gran paso que va del mythos al logos [ ... ]. Y a pesar de todo,
mythos nunca cayó en desuso por causa de logos: ha persistido a
través de los siglos hasta hoy ... '', Sería gratificante comprobar
que las palabras de Kahler presidieron de alguna forma los
propósitos del fundador de la revista, ya que, por los menos, los
diversos sentidos del noble vocablo aparecen unidos en la
trayectoria de la publicación.
Mito fue una revista colombiana de aparición bimestral, con tiraje
que oscilaba entre 1.000 y 1.500 ejemplares, y que entre abril y
mayo de 1955 y mayo y junio de 1962 publicó 42 números y tres
series de libros, al convertirse en editorial. Éstas, grosso modo,
son las cifras de una publicación que, pese a su destino efímero,
marca un hito en el reciente pasado cultural de Colombia y parte de
América Latina. Sobre lo que supuso en el panorama del continente,
merced a su calidad y trayectoria, se han escrito muchas cosas, por
lo que, incidentalmente y por simple vía de ejemplo, no podemos
pasar por alto aquí un célebre y temprano homenaje de Octavio Paz
que figura en su libro Puertas al campo.
Cuando en los meses de abril y mayo de 1955 Mito publica su
primer número, sorprende ya tanto por su ambicioso contenido como
por la entidad intelectual de los componentes de sus staff: Jorge
Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel en la dirección y Vicente
Aleixandre, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Drummond de Andrade, León
de Greiff, Octavio Paz y Alfonso Reyes en el comité patrocinador.
Pero más allá de la nómina de colaboradores sorprendía también la
poética explícita en la línea editorial de la primera entrega. Bajo
la asumida certeza de que "las palabras están en
situación", los editorialistas ratifican el compromiso de
publicar textos "en donde el lenguaje haya sido llevado a su
máxima densidad o a su máxima tensión, más exactamente, en donde
aparezca una problemática estética o una problemática humana".
Desde el número inaugural tales previsiones se cumplen y Mito
concilia los hallazgos de orden cultural con una marcada
preocupación por bucear en el orbe a menudo nada amable de lo
social.
A lo largo de los 41 números siguientes, la inclusión de nuevos
colaboradores dota a la revista de un prestigio sólo comparable al
contenido de sus entregas. Entre el primero y el último número
transcurrieron casi siete años y muchas cosas sucedieron en el
ínterin por lo que Colombia y América Latina ya no eran las mismas.
Mito vio la luz en plena dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en
cuya "caída" tomó parte activa, testimonio de lo cual
quedó patente en el número especial de cuatro páginas que publicó
el 10 de mayo de 1957 yen el que Valencia Goelkel destacó el papel
cumplido por los estudiantes de la Universidad Nacional, mártires y
héroes de una jornada fundamental para la historia republicana del
país. Mito vio nacer lo que eufemísticamente los juristas llaman un
ejecutivo plural y que no es más que la simple junta militar de
gobierno que sirvió de transición entre el antiguo régimen y el
curioso hábito asumido por los dos partidos tradicionales de
repartirse el poder sin crear recelos en el adversario, esa
alternancia en el mando mejor conocida como Frente Nacional. Mito
desapareció, coincidencialmente, al finalizar la primera entrega de
tan llamativa forma de gobernar a plazos, cuando Alberto Lleras
Camargo, un antiguo escritor que, merced a los gajes de la política
patria, renunció a la escritura para acceder a la presidencia de la
república, le cedió el puesto a Guillermo León Valencia, hijo de un
poeta parnasiano que, pese a sus esfuerzos, no alcanzó a ser
presidente.
Si la revista adquiere caracteres de filiación antropológica,
tal filiación se cumplió, desgraciadamente, con la desaparición
física de su director, lo que precipitó la muerte de Mito. Y la
verdad es que la muerte de Gaitán Durán, dentro de los detalles de
una impresionante tragedia aérea, no pudo ser más expresiva: el día
del solsticio de verano de 1962, bajo el cálido cielo del Caribe,
en Pointe-á-Pitre, los restos calcinados de Gaitán Durán parecían
ilustrar un destino que su propia, hermosa y premonitoria voz ya
había advertido: "Colocadme en la ruta de los vientos marinos
/ para tener la exacta certeza del olvido ... ". Estos versos
los había escrito Gaitán Durán en su libro inaugural Insistencia en
la tristeza, en 1946, tres lustros antes de su desaparición,
también entrevista en unas palabras que le devuelven al poeta el
don del vaticinio: "El regreso para morir es grande / (lo dijo
con su aventura el rey de Itaca)".
Ahora bien, en lo que respecta al papel sociológico desempeñado
por Mito cabe destacar un par de hechos incuestionables: de un
lado, lo que significó el diálogo y la crítica promovidos en el
contexto cultural de un país aletargado por la sordidez de la
Violencia y por la no escondida voluntad estupefaciente de los
suplementos literarios de los periódicos de toda la vida, y, de
otro, por el interés que la realidad social mereció en la
consideración de sus colaboradores. Ya en su primer número la
revista dedica un destacado espacio a "El drama de las
cárceles en Colombia" y en números posteriores se publicaron
también informes sobre la administración de justicia, sobre la
sexualidad a tenor del Informe Kinsey, sobre la prostitución,
aunque más de un detractor pensó que la pregunta -y probablemente
enviada-erotomanía de Gaitán Durán no se arredraba ante ningún
pretexto, así fuera al socaire de un dossier sobre el amor
mercenario. En la misma línea crítica aparecieron también textos
sobre los "Experimentos agro-sociológicos en Colombia",
encuestas sobre "Los intelectuales y la Violencia"y un
documento insólito que relata la sórdida historia de un matrimonio
campesino. La universidad también gozó de la atención reflexiva, y
en este sentido cabe hacer una precisión: gran parte de los
intelectuales de Mito tenían formación universitaria, algo que
adquiere inusual importancia en un país en el que hasta la fecha el
único requisito para ser investido "genio" era una
insobornable trayectoria como autodidacto. Hans Mayer, al hablar
del Grupo 47, destacaba una peculiaridad en la producción literaria
de la Alemania de la posguerra y es lo que denominó la
"Generación de los doctores". Guardadas las diferencias
con Colombia -país que nada tiene que ver con Alemania salvo la
expedición de Nicolás de Federmann, el escándalo de la Handel y la
librería Buchholz-, los intelectuales de Mito no solamente
provenían de la universidad sino que incluso algunos se
manifestaron abierta mente germanófilos. Pero lo cierto y patético
es que el hecho mismo de su procedencia universitaria estigmatizaba
a estos intelectuales ante quienes querían ver en todo algo de
populismo, esa espuria forma que en América Latina adquirió la
noción del compromiso, entonces en boga en Europa. No hay que
olvidar que Jean-Paul Sartre está presente no sólo en la formación
intelectual de muchos de los colaboradores de la revista y en su
modelo editorial, sino también en su lenguaje: las palabras de Mito
siempre estuvieron en situación.
Una de las cuestiones que cabe, si no dilucidar, sí por lo menos
abordar es la del aporte real de Mito a la apática vida cultural
del país. ¿De qué forma se podría cuantificar y, en lo
posible, cualificar dicho aporte? Mito tenía una elegante forma de
hacer autocrítica: por un lado, la calidad de cada nuevo número
cuestionaba o ratificaba la del anterior, y, por otro, la reiterada
acogida que les brindó a las cartas de los lectores díscolos daba
muestras de su ecuanimidad. En este sentido, es preciso recordar
que uno de los rasgos que identifican al director y a la revista es
esa generosidad merced a la cual Mito les abre sus puertas a sus
más enérgicos y tempranos detractores, que provenían de distintos
ámbitos: el historiador y sociólogo Daría Mesa, el filósofo
neoestoico Jorge Childe Vélez y el narrador Daría Ruiz Górnez.
Animado por un furor ideológico de conocido timbre eslavo, Mesa la
emprende contra la línea de la revista en un artículo cuyo título
ya lo dice todo: "Mito, revista de las clases
moribundas". Por su parte, Childe Vélez, en su texto "La
comedia de las contradicciones liberales", consigna algo que
se volvió constante en sus diatribas antiintelectuales: ante el
hecho incontestable de que la literatura "es un género
muerto", ¿para qué perder tiempo en "veleidades
literarias',? El analfabetismo se convierte, pues, en una noble
aspiración social. Ruiz Gómez abunda en un reproche conocido: la
"vía escapista del sexo", de que hace gala la revista, lo
único que consigue es hacerle el juego a la "burguesía
enajenante".
Periódicamente, y en este mismo apartado de la autocrítica, Mito
hacía algunos comentarios que servían de balance, como ocurrió,
entre otros, con el número 36, de mayo-junio de 1961, y que
conmemoraba su sexto aniversario, justo un año antes de su
desaparición. En dicha ocasión, la revista renunció expresamente al
papel de órgano de divulgación que muchos le atribuían o,
sencillamente, querían que fuese; Mito se convierte,
exclusivamente, en un foro para debatir "las complejas
relaciones entre economía, política, vida social y cultura; y,
ciertamente, los tristes datos de la realidad colombiana. Pero
seguiremos prestándole apasionada atención a la filosofía, la
literatura y el arte de nuestros días, y sus fascinantes luchas con
la tradición. Continuaremos rechazando el dilema bizantino:
Estética o Política, pretexto para innumerables imposturas".
La nueva línea programática fue suscrita por Gaitán Durán y
Valencia Goelkel.
Sin abjurar en ningún momento de la enorme cuota de reflexión
social que la época les ofrecía, los intelectuales de Mito se
entregaron a una labor de análisis, no menos crítico, sobre otros
aspectos de la cultura. De ninguna forma puede olvidarse la
sensación que experimentó el lector -y aquí entra la cuota
autobiográfica- al descubrir que todo lo que a nuestra generación
le parecía culturalmente válido y novedoso, a finales de los años
sesenta, ya había tenido su oportunidad en Mito a mediados de la
década del cincuenta, por lo que los Poemas estáticos de Gottfried
Benn, la obra de Saint-John Perse o el filme Senso, de Visconti,
así como El erotismo, de Bataille, la novela Lolita, de Nabokov, y
los Cantos pisanos de Ezra Pound, no eran más que la justificación,
a través de Mito, de un pasado que nosotros, jóvenes alevines de
escrito res en la Década Prodigiosa, considerábamos poco menos que
exclusiva propiedad nuestra. Descubrimos, también a posteriori, que
sólo publicaciones en cierta forma similares, como Sur en
Argentina, Orígenes en Cuba o la Revista de Occidente en España
podían competir en calidad con la revista colombiana.
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Contracubierta del número 1 de la revista Milo.
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De ahí que, cuando Mito hacía referencia a su presunto trabajo
como órgano de divulgación, nadie entre los miembros de mi
generación se daba por aludido, ya que nuestro descubrimiento de la
revista fue posterior a su labor y auge, por lo que, en realidad,
constituyó una reflexión sobre unfait accompli, la constatación de
un hecho casi arqueológico, un dorado hallazgo de hemeroteca. Mito
ya no podía formarnos ni deformarnos, pero de alguna manera sus 42
números se convirtieron en un punto de referencia obligada en la
consolidación de nuestros primeros años literarios, que fueron, por
supuesto, posteriores a la desaparición de Gaitán Durán. Queda
claro, sin embargo, que esa constatación a posteriori de la
existencia de un hecho cultural atípico, diferente del
provincianismo letal con el que habitualmente se identificaba lo
colombiano, supuso para nosotros algo tan importante como si la
revista nos hubiera formado directamente a través de la lectura de
cada uno de sus números. Quiero decir que la constatación de esos
hechos y el fértil campo de acción en el ,que se desarrollaron nos
dieron una gran confianza sobre la viabilidad futura de una cultura
de parámetros afines, que por otra parte es la única cultura en la
que hoy vale creer, pese a la acusación de lo que la torpeza
regionalista llamaba y sigue llamando, no sin cierta mezcla de
resentimiento y temor, "europeísmo". Ser
"europeísta" era y es ser cosmopolita y universal y, por
lo mismo, ser deliberadamente traidor a los presuntos valores
autóctonos. Mito fue acusada más de una vez de querer romper los
valores patrios del enclaustramiento y el sopor y hoy, cuando
medimos todos esos dicterios, es cuando sentimos que nuestro grado
de consanguinidad con la revista es aún mayor, pues son los mismos
dicterios que otras voces en los mismos ámbitos nos han endilgado a
algunos escritores de las generaciones más recientes. Mito, pues,
ganó en nuestra confianza una batalla póstuma, ya que por razones
cronológicas nosotros éramos niños cuando la revista nació y apenas
adolescentes cuando desapareció. Por eso, en el momento en que
descubrimos la revista, tuvimos la satisfacción de comprender y
sentir que no estábamos solos, que un grupo de escritores mayores
nos había abonado el campo. Mito, en consecuencia, no formó ni
orientó nuestros pasos ni las lecturas básicas pero nos brindó la
doble posibilidad del acuerdo y el disentimiento. Por eso, cuando
leíamos a Genet y a Robbe-Grillet, a Reyes y a Drummond de Andrade,
a Beckett y a Durrell, sabíamos que compartíamos nuestro gusto
presente con el de personas de otra generación que, de alguna
forma, eran un prolegómeno pero también, esencialmente, nuestros
contemporáneos
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Jorge Gaitán Durán (fotografía Pedro Cote). Reproducción,
Eduardo González.
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Pero hay una prueba más de que Mito no se equivocó. A lo dicho
sobre su especial capacidad para detectar lo sustantivo en la
cultura hay que agregar su particular instinto ante los nuevos
talentos nacionales. Ya en su número inaugural la revista se ocupa
en reseñar la primera novela de un joven llamado Gabriel García
Márquez, que luego publicará en sus páginas textos como Monólogo de
Isabel viendo llover en Macondo, En este pueblo no hay ladrones y,
sobre todo, la versión original y completa de El coronel no tiene
quien le escriba, para muchos su mejor libro. Esta actitud se
extiende a Alvaro Cepeda Samudio, Carlos Fuentes, Julio Cortázar,
José Manuel Caballero Bonald y tantos otros escritores cuya mera
enumeración sería extenuante. Pero, sobre todo, Mito aglutina lo
más destacado de su propia generación, en la prima la poesía: la
obra de Gaitán Durán,junto con la de Cote Lamus, Alvaro Mutis,
Charry Lara, Rogelio Echavarría, Fernando Arbeláez o Rojas Herazo,
alterna con la de poetas del resto del continente y España.
Desde la otra ribera de nuestra lengua, un poema de José Angel
Valente, que lleva el wordsworthiano título Intimations of
inmortality from recollections, etc., celebra el universo
espiritual y humano de Mito. También Juan Goytisolo, cuya obra
temprana tuvo eco en la revista, evoca a algunos de sus antiguos
compañeros de utopía literaria en su autobiografía Coto
vedado.
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Alejandro Obregón diseñó la cubierta del número 30.
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Pero más allá de la poesía, Mito dio cabida a una importante
generación de escritores que cultivaban por igual el ensayo y la
crítica, como Hernando Valencia Goelkel, Hernando Téllez, Rafael
Gutiérrez Girardot, Marta Traba, Hernando Salcedo Silva y otros,
aunque en ningún momento cabe olvidar la presencia de León de
Greiff, Jorge Zalamea y Aurelio Arturo, para sólo mencionar autores
colombianos. Gracias al texto Almoneda, de Baldomero Sanín Cano,
quien esto escribe tuvo la oportunidad de conocer a Cyril Connolly
a través de las referencias dedicadas a La tumba sin sosiego, uno
de los libros que marcaron a mi generación. En ese mismo texto de
Sanín Cano, la subasta de libros de Félix Samaniego nos ofreció la
primera bibliografía de consulta inmediata y entre tantos nombres
ilustres destacó el de Lichtenberg, de lectura constante desde
entonces. De cualquier forma, el interés que ofrece Mito a los ojos
de Un lector contemporáneo se puede resumir en tres apartados:
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La carta se publicó en el número 39 y 40 de 1961/1962
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Primero, Mito sirve de punto de confluencia de varias
generaciones: a) La revista da cabida en sus páginas a lo más
destacado de las generaciones anteriores: Sanín Cano y Jorge Luis
Borges, Vicente Aleixandre y Mariano Picón Salas, Alfonso Reyes y
Jorge Guillén. Nada impidió que lo que treinta años atrás sonaba a
clásico se confirmara como tal en las páginas de Mito. La revista
actuó como caja de resonancia en unos casos, mientras que en otros
contribuyó al conocimiento de una obra o un autor sin más requisito
que la calidad. b) Mito afianzó la generación coetánea. García
Márquez y Gaitán Durán alternaban en la revista con Cote Lamus y
Carlos Fuentes, Juan Goytisolo y Alvaro Mutis, John Updique y
Robbe-Grillet. ¿Cabe, en consecuencia, hablar de una
Generación de Mito? Creemos que eso no tiene importancia, aunque de
llegar a tales extremos, sobre todo si se tiene en cuenta lo que
dice de un fantasmal Grupo de Barranquilla, del que presuntamente
formaban parte García Márquez, Cepeda Samudio, Rojas Herazo o ese
mitificado personaje mejor conocido como "el sabio
catalán", es obligad,o decir que si algún grupo existe ése es
Mito, pues fue esta revista la que nucleó y catapultó allende
nuestras fronteras la obra de los narradores costeños. Pero esa es
otra historia, escrita en francés y con alta dosis de imaginación.
e) Mito da la bienvenida a la generación del relevo, en todo
refractaria a sus gustos, como es el caso de los nadaístas. Es más,
la revista desaparece tras dedicar un número a los insolentes
jóvenes que comandaba Gonzalo Arango. No quiere decir esto que los
nadaístas fueran portadores de la mala suerte, aunque cabe agregar
una sospechosa casualidad. Eduardo Caballero Calderón, escritor que
profesó siempre una incurable y perediana devoción al "sabor
de la tierruca", publicó en 1955 La penúltima hora, novela
reseñada negativamente en la revista por Pedro Gómez Valderrama y
en la que el autor narraba los postreros instantes de unos
pasajeros que habrían de morir en un accidente de aviación. Ese año
es el del nacimiento de Mito, que murió con su director en una
catástrofe aérea, de forma similar a como otros colaboradores
habituales de la revista perecerían después, y basta pensar en el
trágico accidente que le costó la vida a Marta Traba. En 1962, el
año de su desaparición, la revista dedica un número especial a ese
producto típicamente colombiano que fue el nadaísmo. La
coincidencia de fechas y acontecimientos invita a formular una
pregunta: la vida de Mito, enmarcada en esos dos extremos de
cultura autóctona aunque impresentable fuera de nuestras fronteras,
¿no habrá caducado precisamente a causa de sus pretensiones?
La ironía fue una constante en la revista yen el destino de sus
protagonistas más notables, ¿por qué no habría de signar su
suerte? Sin embargo, con el fin de quitarse intenciones torcidas a
esta sospecha, cabe constatar lo evidente: Mito nació y murió
aguijoneada por los dos extremos más acusados de la reciente
literatura colombiana: la novela terrígena y el soberbio
analfabetismo nadaísta.
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Esta fotografia se publicó en Mito. núm. 39 y 40 de
1961/1962.
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El segundo apartado sobre el interés de Mito conlleva el
reconocimiento de una vocación objetiva en sus formulaciones y
enfoques. La decidida voluntad cívica de sus gestores y
colaboradores no deja duda al respecto. Los escritores de Mito por
lo general eran lo que se suele llamar gente de izquierda, y en
este sentido todos pasaron un mal trago con la invasión soviética
de Hungría, aunque no vacilaron en condenarla rotundamente, tal
como lo había hecho a raíz de acontecimientos igualmente
censurables cometidos por los guardianes de Occidente contra
Guatemala, Chipre y Argelia. Mito estuvo presente en las jornadas
de mayo de 1957 y celebró la caída de Rojas Pinilla; denunció la
persecución del gobierno venezolano contra sus escritores; pidió la
libertad de Luis Goytisolo, detenido por la policía franquista, y,
en el mismo número, cuestionó la política cubana, a cuya
Revolución le dedicó un número de homenaje pero a la que, a nombre
de la libertad de opinión y pese a la enorme simpatía que
despertaba entre sus colaboradores, no le podía perdonar que
censurara el Diario de la Marina, aunque fuera "una de las
publicaciones más reaccionarias del continente".
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Cubierta de la revista diseñada por Eduardo Ramirez
Villamizar
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El último apartado que cabe destacar a propósito del papel que
desempeñó Mito es su contemporaneidad: no sólo estaba al día en
todo, sino que todo lo cuestionaba: literatura, cine, economía,
sociología, filosofía, arte e incluso religión, pues no hay que
olvidar que en sus páginas el joven sacerdote Camilo Torres deja
entrever un ideario que diez años después, en un giro inesperado,
le va a dar sentido y trascendencia a su lucha social. También
buena parte de los riesgos y expectativas en la elección de los
temas y autores de la revista se han visto avalados por la justa
óptica de la realidad actual. De ahí que contra la aparente
soberbia intelectual de la revista, ésta les abriera sus páginas a
voces y tendencias que desmienten tal actitud. En la revista
tuvieron su espacio un grupo de escritores que, bajo el título
"La nueva literatura colombiana", pusieron de presente la
penuria imaginativa que los agobiaba: salvo Antonio Montaña,
ninguno de los antologados ofrece hoy el menor interés crítico. Lo
mismo puede decirse del alegato tercermundista y maniqueo que, al
borde de la retaliación social, entonó Carlos Arturo Truque en su
lastimado texto "La vocación y el medio: historia de un
escritor". A pesar de esto, pocos fueron en este orden los
fiascos y, también en este sentido, Mito se revela como nuestra
contemporánea.
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Para el número Y el diseño fue de Guillermo Widermann.
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Es evidente que adscribirse al clima intelectual de una revista
es más fácil y barato que suscribirse. Adscribirse a posteriori,
sin embargo, conlleva una de dos actitudes posibles: subirse
cómodamente al carro triunfal o, a pesar de la maledicencia,
reconocer una actitud de gustos y afinidades. Por razones
cronológicas, sólo la segunda actitud puede ser la de nuestra
generación, aunque este entusiasmo cabe compartirlo con varios
escritores que también han visto en Mito uno de los escasos
ejemplos de una tradición decorosa. Pienso en Juan Gustavo Cobo
Borda, que incluso realizó una antología de la revista, aunque,
como ocurre con toda antología, el panorama resultó parcial. Yen
una línea de similar evocación crítica hay que mencionar a Darío
Jaramillo Agudelo, Armando Romero y otros, que han abordado con
mesura y sobriedad el orbe cultural del legado. No es raro que
algunos de nosotros hayamos intentado proseguir la aventura
espiritual trazada por Gaitán Durán, en Eco, revista colombiana que
surgió por la misma época de la desaparición de Mito y en la que
muchos de sus colaboradores han encontrado estímulos para proseguir
la obra de la generación precedente, aunque bajo nuevas
directrices. El propio Valencia Goelkel fue uno de los primeros
directores de Eco, publicación que, pese a su rigor intelectual,
carece de la agilidad de Mito, de su diversidad temática y de la
preocupación generacional. Por todo ello, el que caracteriza cierta
visión del desarrollo histórico puede advertirse también en el
destino de las revistas y los grupos que se forman a su amparo.
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Un facsímil de una carta de Miguel de Unamuno a Rafael Uribe
Uribe, publicada en Mito en el núm.12 de 1957.
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Repasar el clima espiritual de Mito no es tanto consultar un
catálogo ilustre, que en buena parte ha estimulado la formación
literaria y el sentido estético de una generación, sino que también
sirve para recuperar un contexto olvidado: la evocación de una
realidad reciente, culpable de las horas presentes, así como el
rescate de un clima social y cultural en que se forjó nuestro
destino literario. Volver a Mito es consultar lo que sobre la
marcha de nuestros primeros años contribuyó a fundar nuestra
sensibilidad. Para muchos de nosotros, Mito es una forma de
valorar, apenas un cuarto de siglo después de desaparecida la
revista, los presupuestos y afanes, las expectativas y vivencias
que forjaron nuestra biografía cultural: como afirmaba Kahler,
Mythos y lagos juntos las remotas nupcias de imaginación y
reflexión. Mito, entre nosotros, supo perpetuar esa aventura del
espíritu y en algunos momentos consiguió hacernos superar los
oprobios de la realidad: en ello radica la validez de su legado y
su perdurable lección.