Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico No. 18
Autores: Biblioteca Luis Ángel Arango - Banco de la República
Edición original: Bogotá: 1989
Edición en la biblioteca virtual: Bogotá: marzo de 2007
Notas: Publicación cuatrimestral de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que presenta importantes artículos sobre las distintas disciplinas de investigación en el campo cultural
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Artículo: ECO: revista de la Cultura de Occidente (1960-1984)
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Cubierta del núm. I de la revista Eco.

ECO: revista de la Cultura de Occidente (1960-1984)

J E. JARAMILLO ZULÚAGA

Reproducciones: Alberto Sierra Restrepo

La primera entrega de la revista Eco apareció en mayo de 1960. La última en junio de 1984. Durante ese tiempo alcanzó a publicar 272 números y más de 40.000 páginas. Sus redactores fueron EIsa Goerner (1960-1963), Hernando Valencia Goelkel (1963-1967), José María Castellet (1964), Nicolás Suescún (1967-1971), Ernesto Volkening (1971-1972) y Juan Gustavo Cobo Borda (1973-1984). Contar la historia de una revista es difícil y, evidentemente, hay muchas formas de hacerlo. Existen las historias que siguen el hilo de una cronología y existen también las que persiguen una imagen que se desplaza. El ensayo que puedo ofrecer a continuación corresponde más bien a este último tipo de historias.

OTRAS NOSTALGIAS: ELSA GOERNER

EN AQUELLOS TIEMPOS el viajero que llegaba de visita a Europa y pasaba por los puertos de Amberes o de Copenhague, de Hamburgo, Liverpool  Amsterdam, podía encontrar, con suerte y siempre cerca del mar, a un personaje típicamente europeo al que las gentes del barrio conocían como "el viejo señor latinoamericano". Ernesto Volkening lo había visto en su infancia varias veces y lo recordaba o lo soñaba, como tantas cosas que desaparecieron en las guerras europeas, embargado de saudade suramericana, consciente de su incapacidad para readaptarse a su provincia de origen y dueño de una curiosidad y sed de conocimientos que Volkening emparentaba con la del mismo Humboldt (140-141, 1972)*. Esa gentil comparación traicionaba a Volkening: nada en común guardaba el viajero alemán con el viejo exiliado, como no fuera su pertenencia a un mundo abolido en el que la sed de saber convivía con el sentimiento clásico de una plenitud de la existencia. En otras palabras, la saudade que Volkening atribuía al viejo señor latinoamericano no era sino su propia nostalgia de Europa y de esa cultura de Occidente que durante tantos siglos Europa representó para el mundo. A lo largo de veinticinco años y algunas veces con más vigor que otras, la revista Eco alimentó esa nostalgia. En un comienzo, cuando la revista fue concebida como una publicación del Instituto Cultural Colombo-Alemaacute;n, sus traducciones le dieron los visos de una cruzada; al final, cuando de tantos lugares llegaban artículos exclusivos, identificó su tarea con las experiencias y los sueños de la literatura latinoamericana. En ambos casos, Eco nunca abandonó esa conciencia geográfica que es tan propia de toda nostalgia: sus lectores eran el Otro, eran Ultramar, y la voz que los primeros números aspiraban a divulgar consistía, por lo pronto, en una voz sin patria, exiliada de un viejo continente que ahora se entregaba a las vicisitudes de la industrialización y de la guerra fría.  nas palabras del escritor alemán Ernst Jünger le sirvieron de enseña: "El Occidente posee muchas ciencias y es capaz también de convertir en ciencia lo más insignificante, pero le falta ciencia de la felicidad" (1, 1960).

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Contracubierta delnúm. 1 bajo la redacción de Elsa Goerner.

 

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Karl Buchholz, 1978 (Inversiones Cromos S.A.).

 

La preocupación por definir el Occidente es, pues, característica de los primeros tiempos de la revista. Algunas veces lo entiende como una ética o como una política que debe adoptarse frente a los países en desarrollo, otras veces lo entiende más bien como una forma de conocimiento, como una epistemología trágica según la cual el hombre de Occidente no abandona nunca la conciencia de su singularidad ni se resigna a la contemplación ni al karma. Todo quiere llevarlo a cabo en el tiempo que dura su única vida y, en consecuencia, sus días le parecen determinados por una cadena de decisiones irrevocables (41, 1963). El hombre de Occidente quiere saber más y vivir más. Los orígenes de su actitud pueden encontrarse en Grecia o en el Renacimiento, pero su figura ejemplar está más próxima a nosotros, en el tránsito del siglo XVIII al XIX, en los comienzos de la edad contemporánea: es la figura del Fausto que nos ha dejado Goethe; es, quizás más exactamente, la figura del mismo Goethe, tal y como lo testimonian los apuntes de Eckermann: el humanista cabal, entregado a su cotidiana pasión por el conocimiento y a su actitud de diletante desvergonzado (136, 1971). En un artículo dedicado a comprender la relación del humanismo con las ciencias sociales, Hans Freyer defendió esa actitud. Según Freyer, el diletante debía comprender "en el sentido originario y positivo de la palabra: [cuando] del amor a la cosa, de una inclinación seria resultaba un saber que se iba enriqueciendo poco a poco, hasta convertirse finalmente en un saber completo" (19, 1961).

Pero Freyer hablaba en pasado. La revista Eco abogaba por un proyecto humanista que había perdido ya su vigencia. Por ese motivo hay que buscar el secreto de la longevidad de sus páginas en otra parte: en la persistencia admirable de su editor, Karl Buchholz; en la capacidad de sus redactores para introducir algunos cambios en la política de la revista sin alterar su orientación general y, sobre todo, en el hecho de que con el paso de los años sus lectores conformaron un grupo cada vez más fiel y homogéneo cuyos intereses giraban en torno a la expresión literaria. Sin embargo, en aquellos primeros días no existían esos 271 números que podrían justificar el primero. En mayo de 1960, cuando se puso en circulación ese primer número, aún no habían transcurrido veinte años de la segunda guerra mundial y lo poco que restaba de1 humanismo alemán todavía no salía de su desconcierto: ¿cómo pudo ocurrir ese fenómeno llamado Hitler en un país como Alemania? La revista Eco no abundó en el tema y, cuando le dedicó algunas páginas, lo trató con una discreción que resulta comprensible. En su artículo sobre "La libertad en un mundo desgarrado", atto Veit recordó el libro de Max Picard, Hitler dentro de nosotros mismos, de acuerdo con el cual la existencia del Tercer Reich sólo podía deberse a "la falta de cohesión interior del hombre contemporáneo" (22, 1962).

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El diseño de las cubiertas de las revistas de julio y agosto de 1960.

Mayor atención obtuvo el movimiento expresionista. Hay una historia del expresionismo alemán que puede seguirse en los primeros números de la revista Eco y que parece corroborar la desintegración del hombre contemporáneo de que hablaba Picardo No es una historia impasible. La embarga una gran nostalgia humanista y, al mismo tiempo, una suerte de voto de confianza en todo aquello que hace el hombre. La ratio, la actitud racional con que se ocuparon del arte expresionista y de otras manifestaciones del arte moderno, el propósito de concederle un estatus aceptable dentro de la tradición universal, el deseo de comprenderlo sin rechazarlo, es una de las virtudes humanistas de la revista Eco. Y no obstante, hay en todo esto una limitación. Si suponemos que el arte ha perdido el equilibrio entre forma y contenido y que sólo le resta un fragmento de materia abstracta (11, 1961), es obvio que nuestro punto de referencia sigue siendo el equilibrio clásico. Eco nunca se despojó de ese punto de referencia. Se atuvo a su nostalgia humanista para no saltar en el vacío, y cuando discurrió sobre los tiempos modernos lo hizo con una serenidad de estilo y una lógica clara de definiciones inmóviles. En la misma revista y en un artículo sobre "La imagen del hombre en el arte moderno", Herbert von Einemen reconocía los límites del lenguaje racional con que la crítica solía ocuparse del arte. Si todavía era posible decir algo, las palabras ya no podían sucederse con la fluidez de un argumento, y más bien, deberían avanzar "por tanteos, explicando, interpretando con cautela" (2, 1960).

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Enero y febrero de 1961.

Son, sin duda, los pasos de un tímido por una tierra desconocida, incierta y errática. Delante del humanismo se levantaba ahora un ser humano cuya única "cohesión interior", si así podía llamarse, consistía en el vértigo del cambio continuo, en una "sistemática del riesgo" que, además, asediaban autoritarismos venidos de todas partes. Era la época de ese gran miedo que se llamó la Guerra Fría. En medio de las advertencias de J. Robert Oppenhaimer sobre la inminencia de una tercera guerra mundial (10, 1961) o de las dolidas y confusas especulaciones de Theodor Eschemburg sobre la existencia del muro de Berlín (14,1961), el mejor diagnóstico de la situación del humanismo de aquellos años puede encontrarse en un artículo de George Steiner, "¿El último marxista?", que la revista Eco publicó en mayo de 1964. Steiner se refería a la decisión del crítico marxista Hans Meyer de no volver a su cátedra de Leipzig. A pesar de tantas presiones políticas, Meyer había conservado su cátedra durante muchos años. Sus escritos sobre Goethe, Kleist y Lessing mostraban una "exactitud y modestia de percepción" que eran muy propias del "humanismo centroeuropeo" ahora en desbandada: Erich Kahler vivía en Princeton, Gyorgy Lukács en Budapest, Ernst Bloch en Tubinga, Friedrich Torberg en Viena, Elías Canetti en Oxford. Vistas así las cosas, la renuncia de Meyer venía a significar para Steiner el punto final de una época de la cultura germana, al mismo tiempo que anunciaba la definitiva entrega de Alemania oriental a la barbarie. Ya el Occidente no la comprendería y de seguro sus nuevas generaciones se sentirían más a gusto "en Pekín o en Albania que en Colonia" (49, 1964).

El mundo se llenó de desterrados. Muchos de ellos creyeron que se trataba de una situación transitoria, y como en el poema de Brecht, Pensamientos sobre la duración del exilio (33, 1963), se ilusionaban con la idea de que el regreso era inminente aunque se aplazara siempre un día más. Y, sin embargo, el destierro tenía que ver con algo menos evidente y más duradero que una razón política. No era sólo que el "humanismo centroeuropeo" del que hablaba Steiner se hubiera dispersado para sobrevivir; era, además, que ya no existía un territorio donde pudiera desarrollar sus presupuestos. Ingenuamente, Volkrnann Schluck proponía al arte la tarea de "recobrar en una nueva visibilidad el mundo que desaparece en lo invisible de las construcciones científico-técnicas" (8,1960). Su programa era insostenible. El lugar que antes ocupaba el hombre se pobló de artefactos asombrosos frente a los cuales los humanistas de otros días se comportaban con manifiesta torpeza. Desconcertados ellos mismos, pasaban sin solución de continuidad del rechazo a la admiración desmedida: como si se rindiera a un canto de sirenas, torpe y conmovedor, Teilhard de Chardin se paseaba por entre los ciclotrones de Berkeley (48, 1964).

ESTA CARA DE LA MONEDA: HERNANDO VALENCIA GOELKEL 

En un principio, Eco fue la revista de un humanismo en el exilio. Sus artículos, sus traducciones de los artículos, decían a los lectores que aquellas cosas o aquellas preocupaciones existían en otra parte, en Europa, en el centro del mundo viejo. La exuberancia cultural de sus páginas nace del supuesto de que somos lectores precarios, ansiosos y desordenados como los lectores de todas las provincias. Eco quiso ponernos al día, pero su día ya no figuraba en el calendario más reciente. Los tres poemas de Gotfried Benn que aparecieron en el primer número, un ensayo sobre Camus, un artículo sobre los problemas filosóficos de la física atómica y un estudio de economía, debieron de parecer muy contemporáneos en su momento pero, además, su publicación en el mismo número no respondía tanto al estilo de variedades, que es común a muchas revistas, como al deseo de comunicar una totalidad, una visión de la cultura a la que todavía no distorsionaba la especialización de los saberes. El estudio de economía no estaba escrito exclusivamente para los economistas ni el de física para los físicos o los filósofos. Si los artículos que contenía la revista se referían a asuntos de última hora, la ambición enciclopédica que los reunía era una manifestación más de su nostalgia de un hombre integral. Eco adoptó esta ambición como su rasgo más característico en el marco de nuestras publicaciones periódicas: a diferencia de tantas revistas que parecen escritas por escritores y para escritores, Eco era realizada por lectores y para lectores. En ella, la traducción y la reseña eran más frecuentes que la colaboración a título personal y enseñaban una pasión por la lectura que no ha vuelto a manifestarse de una forma tan clara. Sus traductores llegaron a ser más de ciento y alcanzaron a reunir un millar de textos que tomaban de libros alemanes, franceses o ingleses, y de publicaciones como Merkur, Neue Deutsche Hefte, The New Yorker y Die Seite. A medida que pasaron los años y aumentaron los números de la revista, fue posible reconocer el estilo y las preferencias de esos traductores. Antonio de Zubiaurre y el primer Nicolás Suescún traducían poesía alemana; Carlos Rincón, artículos de teoría literaria; Hernando Valencia Goelkel, ensayos literarios, y Ernesto Volkening, el más prolífico de todos, relatos de escritores alemanes por completo desconocidos en nuestro medio.

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Cubierta y contracubierta correspondiente a noviembre de 1963. cuando asume la redacción Hernando Valencia Goelkel.

Eco nunca dejó de publicar traducciones, pero ellas fueron más abundantes en su primera época. Y si es posible hablar de una primera época es porque, en efecto, hubo otro momento en que los lectores que hacían la revista dirigieron su mirada hacia una cultura distinta y más cercana. En noviembre de 1963, cuando Hernando Valencia Goelkel asumió el cargo de redactor, existía en las calles una jubilosa circulación de novelas nuestras. La ciudad y los perros, Rayuela, El reino de este mundo, Pedro Páramo, La muerte de Artemio Cruz parecían escritas a un mismo tiempo y en una misma tierra; no eran obras aisladas,  conformaban una literatura y, quizás por primera vez, decían a lectores de diferentes nacionalidades que pertenecían a una sola cultura. El Boom, ese curioso bolivarismo literario, daba cuerpo a un optimismo que hoy comienza a parecernos inverosímil o ingenuo. Marta Traba lo saludó con entusiasmo y lo refirió a un movimiento cultural de más amplias dimensiones: "La lucidez crítica de Borges en la Argentina, el universalismo de Antúnez en Chile o de un Salazar Bondi en el Perú, la formación de una colonia venezolana de pintura en París, la creación de las Bienales de Sao Paulo que obligan a medirse en igualdad de condiciones a los americanos con los europeos y estadinenses, han ventilado vigorosamente el ambiente" (60, 1965).

Eran los tiempos felices de la literatura latinoamericana. En agosto de 1964, Eco recibió el apoyo de la editorial Seix-Barral y soñó entonces con una suerte de universalismo hispánico, con una publicación en la que colaboraran por igual escritores españoles y latinoamericanos. Desde España, José María Castellet compartió con Valencia Goelkella redacción de la revista. El fervor de las palabras con que se presentó a sus nuevos lectores de ultramar nos parecen hoy, al cabo de veinte años, una cortesía del estilo antes que el manifiesto de una convicción. De pronto, y por gracia de una literatura como la nuestra, había que redefinir el Occidente; su antigua homogeneidad y cosmopolitismo debían ceder el paso a la exuberancia de las culturas regionales, a su diversidad, a sus innumerables e irremplazables peculiaridades. "Podemos llegar a conocernos tanto -soñaba Castellet; y los subrayados son suyos- que sepamos quién es el otro y sin olvidar, claro está, la presencia dinámica de los demás otros [ ... ] que componen con nos-otros, aunque desde diversas tradiciones, la universalidad una y varia de nuestro tiempo" (53, 1964).

conformaban una literatura y, quizás por primera vez, decían a lectores de diferentes nacionalidades que pertenecían a una sola cultura. El Boom, ese curioso bolivarismo literario, daba cuerpo a un optimismo que hoy comienza a parecernos inverosímil o ingenuo. Marta Traba lo saludó con entusiasmo y lo refirió a un movimiento cultural de más amplias dimensiones: "La lucidez crítica de Borges en la Argentina, el universalismo de Antúnez en Chile o de un Salazar Bondi en el Perú, la formación de una colonia venezolana de pintura en París, la creación de las Bienales de Sao Paulo que obligan a medirse en igualdad de condiciones a los americanos con los europeos y estadinenses, boletin2
Septiembre de 1967. redacción a cargo de Nicolás Suescún.

Fue un sueño breve. La participación de Seix-Barral  no duró más de seis meses y, sin embargo, ese breve gesto de interés señala de forma evidente la nueva orientación de la revista: Eco quería servir de caja de resonancia a la nueva novela latinoamericana. Algunos años después, cuando ya nadie recordaba la asociación con la editorial española, Valencia Goelkel organizó una entrega dedicada por entero a Latinoamérica. El número de colaboraciones que recibió fueron tantas, que lo movieron a expresar en una nota editorial su sorpresa y alegría:

Eco ha ido abriéndose campo en su legítimo horizonte, en el mundo de autores y lectores donde puede tener [ ... ] su vigencia. La revista se ha naturalizado, por así decirlo, en el ámbito hispanoamericano; y al hacerlo ha rebasado hasta cierto punto su concepción inicial de ser ante todo un medio de transmisión y de resonancia de otras voces, otras lenguas, otras culturas [82, 1967].

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1971, marzo y abril. asume la redacción Ernesto Volkening.

Es un párrafo alborozado, pero también cauto. Por una parte, Eco no quería renunciar a su viejo propósito de divulgar "el humanismo centroeuropeo". Por otra, el prestigio de la literatura latinoamericana la obligaba a modificar la idea que hasta entonces se había hecho de sus lectores. El éxito de nuestra literatura no se comprendía sin la existencia de un nuevo tipo de lector. En efecto, no era un lector de provincia el que leía La ciudad y los perros, y si había algo de provinciano en él era porque buscaba en la hojarasca de la literatura una obra que le hablara de su propia cultura. En un principio, Eco no había medido el alcance de estas cosas; sabía, en cambio, que duraba, que año tras año la felicitaban y que periódicamente le criticaban su germanismo y su pobre interés en las letras colombianas. La revista nunca desmintió su inclinación por la cultura alemana. "España y gran parte de Hispanoamérica -dijo Udo Rusker- le deben su desarrollo ante todo al influjo de las culturas alemana y francesa" (5 1, 1964). Discutir esta afirmación no es importante. Más escandaloso debía parecer entonces el hecho de que sólo hasta el número 5 de 1960 apareciera el primer texto de un autor colombiano, "Sharaya" de Alvaro Mutis, y que el segundo, "La filosofía y la cultura" de Danilo Cruz Vélez, tuviera que esperar hasta el número 9 de 1961. Fue en la celebración del quinto aniversario cuando Valencia Goelkel dio el primer paso para zanjar la cuestión: había que sentirse orgullosos de la trayectoria de la revista, de sus siete mil páginas publicadas, de la seriedad y el prestigio de sus colaboradores; así mismo, debía entenderse que Eco renunciaba a participar en la polémica cotidiana y optaba por reflexionar detenidamente sobre "los problemas de todo orden que agitan a los países de habla española" (60, 1965). No lo era una forma sensata de responder a las críticas. Era también un reproche: Valencia Goelkel no conocía a sus interlocutores, respondía a una opinión que estaba en el aire pero que nadie se atribuía, que nadie ponía por escrito y que nadie sabía argumentar con suficiente convicción en las reuniones literarias. Al quejarse por tan extraña combinación de indiferencia, crítica y chisme, el redactor de la revista ponía el dedo en la llaga: era como encontrarse en un país oscuro donde las voces de mil ciegos se cruzaban sin ningún objeto. Había que preguntarse a fondo cuál era el eco de Eco en estas tierras.

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A modo de referencia bibliográfica, señaló simplemente el número de la revista y el año de su publicación.