Artículo: ECO: revista de la Cultura de Occidente
(1960-1984)
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Cubierta del núm. I de la revista Eco.
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ECO: revista de la Cultura de Occidente (1960-1984)
J E. JARAMILLO ZULÚAGA
Reproducciones: Alberto Sierra Restrepo
La primera entrega de la revista Eco apareció en mayo de 1960.
La última en junio de 1984. Durante ese tiempo alcanzó a publicar
272 números y más de 40.000 páginas. Sus redactores fueron EIsa
Goerner (1960-1963), Hernando Valencia Goelkel (1963-1967), José
María Castellet (1964), Nicolás Suescún (1967-1971), Ernesto
Volkening (1971-1972) y Juan Gustavo Cobo Borda (1973-1984). Contar
la historia de una revista es difícil y, evidentemente, hay muchas
formas de hacerlo. Existen las historias que siguen el hilo de una
cronología y existen también las que persiguen una imagen que se
desplaza. El ensayo que puedo ofrecer a continuación corresponde
más bien a este último tipo de historias.
OTRAS NOSTALGIAS: ELSA GOERNER
EN AQUELLOS TIEMPOS el viajero que llegaba de visita a Europa y
pasaba por los puertos de Amberes o de Copenhague, de Hamburgo,
Liverpool Amsterdam, podía encontrar, con suerte y siempre
cerca del mar, a un personaje típicamente europeo al que las gentes
del barrio conocían como "el viejo señor
latinoamericano". Ernesto Volkening lo había visto en su
infancia varias veces y lo recordaba o lo soñaba, como tantas cosas
que desaparecieron en las guerras europeas, embargado de saudade
suramericana, consciente de su incapacidad para readaptarse a su
provincia de origen y dueño de una curiosidad y sed de
conocimientos que Volkening emparentaba con la del mismo Humboldt
(140-141, 1972)*. Esa gentil
comparación traicionaba a Volkening: nada en común guardaba el
viajero alemán con el viejo exiliado, como no fuera su pertenencia
a un mundo abolido en el que la sed de saber convivía con el
sentimiento clásico de una plenitud de la existencia. En otras
palabras, la saudade que Volkening atribuía al viejo señor
latinoamericano no era sino su propia nostalgia de Europa y de esa
cultura de Occidente que durante tantos siglos Europa representó
para el mundo. A lo largo de veinticinco años y algunas veces con
más vigor que otras, la revista Eco alimentó esa nostalgia. En un
comienzo, cuando la revista fue concebida como una publicación del
Instituto Cultural Colombo-Alemaacute;n, sus traducciones le dieron
los visos de una cruzada; al final, cuando de tantos lugares
llegaban artículos exclusivos, identificó su tarea con las
experiencias y los sueños de la literatura latinoamericana. En
ambos casos, Eco nunca abandonó esa conciencia geográfica que es
tan propia de toda nostalgia: sus lectores eran el Otro, eran
Ultramar, y la voz que los primeros números aspiraban a divulgar
consistía, por lo pronto, en una voz sin patria, exiliada de un
viejo continente que ahora se entregaba a las vicisitudes de la
industrialización y de la guerra fría. nas palabras del
escritor alemán Ernst Jünger le sirvieron de enseña: "El
Occidente posee muchas ciencias y es capaz también de convertir en
ciencia lo más insignificante, pero le falta ciencia de la
felicidad" (1, 1960).
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Contracubierta delnúm. 1 bajo la redacción de Elsa
Goerner.
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Karl Buchholz, 1978 (Inversiones Cromos S.A.).
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La preocupación por definir el Occidente es, pues,
característica de los primeros tiempos de la revista. Algunas veces
lo entiende como una ética o como una política que debe adoptarse
frente a los países en desarrollo, otras veces lo entiende más bien
como una forma de conocimiento, como una epistemología trágica
según la cual el hombre de Occidente no abandona nunca la
conciencia de su singularidad ni se resigna a la contemplación ni
al karma. Todo quiere llevarlo a cabo en el tiempo que dura su
única vida y, en consecuencia, sus días le parecen determinados por
una cadena de decisiones irrevocables (41, 1963). El hombre de
Occidente quiere saber más y vivir más. Los orígenes de su actitud
pueden encontrarse en Grecia o en el Renacimiento, pero su figura
ejemplar está más próxima a nosotros, en el tránsito del siglo
XVIII al XIX, en los comienzos de la edad contemporánea: es la
figura del Fausto que nos ha dejado Goethe; es, quizás más
exactamente, la figura del mismo Goethe, tal y como lo testimonian
los apuntes de Eckermann: el humanista cabal, entregado a su
cotidiana pasión por el conocimiento y a su actitud de diletante
desvergonzado (136, 1971). En un artículo dedicado a comprender la
relación del humanismo con las ciencias sociales, Hans Freyer
defendió esa actitud. Según Freyer, el diletante debía comprender
"en el sentido originario y positivo de la palabra: [cuando]
del amor a la cosa, de una inclinación seria resultaba un saber que
se iba enriqueciendo poco a poco, hasta convertirse finalmente en
un saber completo" (19, 1961).
Pero Freyer hablaba en pasado. La revista Eco abogaba por un
proyecto humanista que había perdido ya su vigencia. Por ese motivo
hay que buscar el secreto de la longevidad de sus páginas en otra
parte: en la persistencia admirable de su editor, Karl Buchholz; en
la capacidad de sus redactores para introducir algunos cambios en
la política de la revista sin alterar su orientación general y,
sobre todo, en el hecho de que con el paso de los años sus lectores
conformaron un grupo cada vez más fiel y homogéneo cuyos intereses
giraban en torno a la expresión literaria. Sin embargo, en aquellos
primeros días no existían esos 271 números que podrían justificar
el primero. En mayo de 1960, cuando se puso en circulación ese
primer número, aún no habían transcurrido veinte años de la segunda
guerra mundial y lo poco que restaba de1 humanismo alemán todavía
no salía de su desconcierto: ¿cómo pudo ocurrir ese fenómeno
llamado Hitler en un país como Alemania? La revista Eco no abundó
en el tema y, cuando le dedicó algunas páginas, lo trató con una
discreción que resulta comprensible. En su artículo sobre "La
libertad en un mundo desgarrado", atto Veit recordó el libro
de Max Picard, Hitler dentro de nosotros mismos, de acuerdo con el
cual la existencia del Tercer Reich sólo podía deberse a "la
falta de cohesión interior del hombre contemporáneo" (22,
1962).
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El diseño de las cubiertas de las revistas de julio y agosto de
1960.
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Mayor atención obtuvo el movimiento expresionista. Hay una
historia del expresionismo alemán que puede seguirse en los
primeros números de la revista Eco y que parece corroborar la
desintegración del hombre contemporáneo de que hablaba Picardo No
es una historia impasible. La embarga una gran nostalgia humanista
y, al mismo tiempo, una suerte de voto de confianza en todo aquello
que hace el hombre. La ratio, la actitud racional con que se
ocuparon del arte expresionista y de otras manifestaciones del arte
moderno, el propósito de concederle un estatus aceptable dentro de
la tradición universal, el deseo de comprenderlo sin rechazarlo, es
una de las virtudes humanistas de la revista Eco. Y no obstante,
hay en todo esto una limitación. Si suponemos que el arte ha
perdido el equilibrio entre forma y contenido y que sólo le resta
un fragmento de materia abstracta (11, 1961), es obvio que nuestro
punto de referencia sigue siendo el equilibrio clásico. Eco nunca
se despojó de ese punto de referencia. Se atuvo a su nostalgia
humanista para no saltar en el vacío, y cuando discurrió sobre los
tiempos modernos lo hizo con una serenidad de estilo y una lógica
clara de definiciones inmóviles. En la misma revista y en un
artículo sobre "La imagen del hombre en el arte moderno",
Herbert von Einemen reconocía los límites del lenguaje racional con
que la crítica solía ocuparse del arte. Si todavía era posible
decir algo, las palabras ya no podían sucederse con la fluidez de
un argumento, y más bien, deberían avanzar "por tanteos,
explicando, interpretando con cautela" (2, 1960).
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Enero y febrero de 1961.
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Son, sin duda, los pasos de un tímido por una tierra
desconocida, incierta y errática. Delante del humanismo se
levantaba ahora un ser humano cuya única "cohesión
interior", si así podía llamarse, consistía en el vértigo del
cambio continuo, en una "sistemática del riesgo" que,
además, asediaban autoritarismos venidos de todas partes. Era la
época de ese gran miedo que se llamó la Guerra Fría. En medio de
las advertencias de J. Robert Oppenhaimer sobre la inminencia de
una tercera guerra mundial (10, 1961) o de las dolidas y confusas
especulaciones de Theodor Eschemburg sobre la existencia del muro
de Berlín (14,1961), el mejor diagnóstico de la situación del
humanismo de aquellos años puede encontrarse en un artículo de
George Steiner, "¿El último marxista?", que la
revista Eco publicó en mayo de 1964. Steiner se refería a la
decisión del crítico marxista Hans Meyer de no volver a su cátedra
de Leipzig. A pesar de tantas presiones políticas, Meyer había
conservado su cátedra durante muchos años. Sus escritos sobre
Goethe, Kleist y Lessing mostraban una "exactitud y modestia
de percepción" que eran muy propias del "humanismo
centroeuropeo" ahora en desbandada: Erich Kahler vivía en
Princeton, Gyorgy Lukács en Budapest, Ernst Bloch en Tubinga,
Friedrich Torberg en Viena, Elías Canetti en Oxford. Vistas así las
cosas, la renuncia de Meyer venía a significar para Steiner el
punto final de una época de la cultura germana, al mismo tiempo que
anunciaba la definitiva entrega de Alemania oriental a la barbarie.
Ya el Occidente no la comprendería y de seguro sus nuevas
generaciones se sentirían más a gusto "en Pekín o en Albania
que en Colonia" (49, 1964).
El mundo se llenó de desterrados. Muchos de ellos creyeron que
se trataba de una situación transitoria, y como en el poema de
Brecht, Pensamientos sobre la duración del exilio (33, 1963), se
ilusionaban con la idea de que el regreso era inminente aunque se
aplazara siempre un día más. Y, sin embargo, el destierro tenía que
ver con algo menos evidente y más duradero que una razón política.
No era sólo que el "humanismo centroeuropeo" del que
hablaba Steiner se hubiera dispersado para sobrevivir; era, además,
que ya no existía un territorio donde pudiera desarrollar sus
presupuestos. Ingenuamente, Volkrnann Schluck proponía al arte la
tarea de "recobrar en una nueva visibilidad el mundo que
desaparece en lo invisible de las construcciones
científico-técnicas" (8,1960). Su programa era insostenible.
El lugar que antes ocupaba el hombre se pobló de artefactos
asombrosos frente a los cuales los humanistas de otros días se
comportaban con manifiesta torpeza. Desconcertados ellos mismos,
pasaban sin solución de continuidad del rechazo a la admiración
desmedida: como si se rindiera a un canto de sirenas, torpe y
conmovedor, Teilhard de Chardin se paseaba por entre los
ciclotrones de Berkeley (48, 1964).
ESTA CARA DE LA MONEDA: HERNANDO VALENCIA GOELKEL
En un principio, Eco fue la revista de un humanismo en el
exilio. Sus artículos, sus traducciones de los artículos, decían a
los lectores que aquellas cosas o aquellas preocupaciones existían
en otra parte, en Europa, en el centro del mundo viejo. La
exuberancia cultural de sus páginas nace del supuesto de que somos
lectores precarios, ansiosos y desordenados como los lectores de
todas las provincias. Eco quiso ponernos al día, pero su día ya no
figuraba en el calendario más reciente. Los tres poemas de Gotfried
Benn que aparecieron en el primer número, un ensayo sobre Camus, un
artículo sobre los problemas filosóficos de la física atómica y un
estudio de economía, debieron de parecer muy contemporáneos en su
momento pero, además, su publicación en el mismo número no
respondía tanto al estilo de variedades, que es común a muchas
revistas, como al deseo de comunicar una totalidad, una visión de
la cultura a la que todavía no distorsionaba la especialización de
los saberes. El estudio de economía no estaba escrito
exclusivamente para los economistas ni el de física para los
físicos o los filósofos. Si los artículos que contenía la revista
se referían a asuntos de última hora, la ambición enciclopédica que
los reunía era una manifestación más de su nostalgia de un hombre
integral. Eco adoptó esta ambición como su rasgo más característico
en el marco de nuestras publicaciones periódicas: a diferencia de
tantas revistas que parecen escritas por escritores y para
escritores, Eco era realizada por lectores y para lectores. En
ella, la traducción y la reseña eran más frecuentes que la
colaboración a título personal y enseñaban una pasión por la
lectura que no ha vuelto a manifestarse de una forma tan clara. Sus
traductores llegaron a ser más de ciento y alcanzaron a reunir un
millar de textos que tomaban de libros alemanes, franceses o
ingleses, y de publicaciones como Merkur, Neue Deutsche Hefte, The
New Yorker y Die Seite. A medida que pasaron los años y aumentaron
los números de la revista, fue posible reconocer el estilo y las
preferencias de esos traductores. Antonio de Zubiaurre y el primer
Nicolás Suescún traducían poesía alemana; Carlos Rincón, artículos
de teoría literaria; Hernando Valencia Goelkel, ensayos literarios,
y Ernesto Volkening, el más prolífico de todos, relatos de
escritores alemanes por completo desconocidos en nuestro medio.

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Cubierta y contracubierta correspondiente a noviembre de 1963.
cuando asume la redacción Hernando Valencia Goelkel.
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Eco nunca dejó de publicar traducciones, pero ellas fueron más
abundantes en su primera época. Y si es posible hablar de una
primera época es porque, en efecto, hubo otro momento en que los
lectores que hacían la revista dirigieron su mirada hacia una
cultura distinta y más cercana. En noviembre de 1963, cuando
Hernando Valencia Goelkel asumió el cargo de redactor, existía en
las calles una jubilosa circulación de novelas nuestras. La ciudad
y los perros, Rayuela, El reino de este mundo, Pedro Páramo, La
muerte de Artemio Cruz parecían escritas a un mismo tiempo y en una
misma tierra; no eran obras aisladas, conformaban una
literatura y, quizás por primera vez, decían a lectores de
diferentes nacionalidades que pertenecían a una sola cultura. El
Boom, ese curioso bolivarismo literario, daba cuerpo a un optimismo
que hoy comienza a parecernos inverosímil o ingenuo. Marta Traba lo
saludó con entusiasmo y lo refirió a un movimiento cultural de más
amplias dimensiones: "La lucidez crítica de Borges en la
Argentina, el universalismo de Antúnez en Chile o de un Salazar
Bondi en el Perú, la formación de una colonia venezolana de pintura
en París, la creación de las Bienales de Sao Paulo que obligan a
medirse en igualdad de condiciones a los americanos con los
europeos y estadinenses, han ventilado vigorosamente el
ambiente" (60, 1965).
Eran los tiempos felices de la literatura latinoamericana. En
agosto de 1964, Eco recibió el apoyo de la editorial Seix-Barral y
soñó entonces con una suerte de universalismo hispánico, con una
publicación en la que colaboraran por igual escritores españoles y
latinoamericanos. Desde España, José María Castellet compartió con
Valencia Goelkella redacción de la revista. El fervor de las
palabras con que se presentó a sus nuevos lectores de ultramar nos
parecen hoy, al cabo de veinte años, una cortesía del estilo antes
que el manifiesto de una convicción. De pronto, y por gracia de una
literatura como la nuestra, había que redefinir el Occidente; su
antigua homogeneidad y cosmopolitismo debían ceder el paso a la
exuberancia de las culturas regionales, a su diversidad, a sus
innumerables e irremplazables peculiaridades. "Podemos llegar
a conocernos tanto -soñaba Castellet; y los subrayados son suyos-
que sepamos quién es el otro y sin olvidar, claro está, la
presencia dinámica de los demás otros [ ... ] que componen con
nos-otros, aunque desde diversas tradiciones, la universalidad una
y varia de nuestro tiempo" (53, 1964).
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Septiembre de 1967. redacción a cargo de Nicolás Suescún.
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Fue un sueño breve. La participación de Seix-Barral no
duró más de seis meses y, sin embargo, ese breve gesto de interés
señala de forma evidente la nueva orientación de la revista: Eco
quería servir de caja de resonancia a la nueva novela
latinoamericana. Algunos años después, cuando ya nadie recordaba la
asociación con la editorial española, Valencia Goelkel organizó una
entrega dedicada por entero a Latinoamérica. El número de
colaboraciones que recibió fueron tantas, que lo movieron a
expresar en una nota editorial su sorpresa y alegría:
Eco ha ido abriéndose campo en su legítimo horizonte, en el
mundo de autores y lectores donde puede tener [ ... ] su vigencia.
La revista se ha naturalizado, por así decirlo, en el ámbito
hispanoamericano; y al hacerlo ha rebasado hasta cierto punto su
concepción inicial de ser ante todo un medio de transmisión y de
resonancia de otras voces, otras lenguas, otras culturas [82,
1967].
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1971, marzo y abril. asume la redacción Ernesto Volkening.
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Es un párrafo alborozado, pero también cauto. Por una parte, Eco
no quería renunciar a su viejo propósito de divulgar "el
humanismo centroeuropeo". Por otra, el prestigio de la
literatura latinoamericana la obligaba a modificar la idea que
hasta entonces se había hecho de sus lectores. El éxito de nuestra
literatura no se comprendía sin la existencia de un nuevo tipo de
lector. En efecto, no era un lector de provincia el que leía La
ciudad y los perros, y si había algo de provinciano en él era
porque buscaba en la hojarasca de la literatura una obra que le
hablara de su propia cultura. En un principio, Eco no había medido
el alcance de estas cosas; sabía, en cambio, que duraba, que año
tras año la felicitaban y que periódicamente le criticaban su
germanismo y su pobre interés en las letras colombianas. La revista
nunca desmintió su inclinación por la cultura alemana. "España
y gran parte de Hispanoamérica -dijo Udo Rusker- le deben su
desarrollo ante todo al influjo de las culturas alemana y
francesa" (5 1, 1964). Discutir esta afirmación no es
importante. Más escandaloso debía parecer entonces el hecho de que
sólo hasta el número 5 de 1960 apareciera el primer texto de un
autor colombiano, "Sharaya" de Alvaro Mutis, y que el
segundo, "La filosofía y la cultura" de Danilo Cruz
Vélez, tuviera que esperar hasta el número 9 de 1961. Fue en la
celebración del quinto aniversario cuando Valencia Goelkel dio el
primer paso para zanjar la cuestión: había que sentirse orgullosos
de la trayectoria de la revista, de sus siete mil páginas
publicadas, de la seriedad y el prestigio de sus colaboradores; así
mismo, debía entenderse que Eco renunciaba a participar en la
polémica cotidiana y optaba por reflexionar detenidamente sobre
"los problemas de todo orden que agitan a los países de habla
española" (60, 1965). No lo era una forma sensata de responder
a las críticas. Era también un reproche: Valencia Goelkel no
conocía a sus interlocutores, respondía a una opinión que estaba en
el aire pero que nadie se atribuía, que nadie ponía por escrito y
que nadie sabía argumentar con suficiente convicción en las
reuniones literarias. Al quejarse por tan extraña combinación de
indiferencia, crítica y chisme, el redactor de la revista ponía el
dedo en la llaga: era como encontrarse en un país oscuro donde las
voces de mil ciegos se cruzaban sin ningún objeto. Había que
preguntarse a fondo cuál era el eco de Eco en estas tierras.
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A modo de referencia bibliográfica, señaló simplemente el
número de la revista y el año de su publicación.
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