Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

¿Sí será verdad tanta igualdad?

Mineros, comerciantes y labradores:
las raíces del espíritu empresarial en Antioquia 1763-1810

Ann Twinam
Faes, Medellín, 1985

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La historiadora estadounidense Ann Twinam resume en la introducción de este libro las diferentes interpretaciones, sobre todo en autores norteamericanos, del espíritu empresarial antioqueño. La manera de enfocar este problema peculiar ha estado asociada, en las ciencias sociales de corte saxoamericano, a la llamada teoría de la modernización. Según esta teoría, los mayores obstáculos para el desarrollo capitalista en las sociedades del mundo subdesarrollado se encontraban en la oposición irreductible de un sector tradicional a un sector moderno. El problemático sector tradicional estaba definido no sólo por sus formas arcaicas e ineficientes de producción sino por un mundo de valores que se aferraba a estas formas cerrando el paso a toda innovación. El resultado era un panorama de crecimientos desiguales y de contrastes aberrantes. El sector moderno era mucho más fácilmente reconocible por su racionalidad y su receptividad a valores y actitudes propicios al desarrollo capitalista. Uno de los ejemplos favoritos era el de Antioquia y su crecimiento industrial. Los valores y las actitudes de los antioqueños aparecían como más afines a la normalidad del espíritu capitalista, a una racionalidad fundada en apetencias de lucro. Naturalmente, estos valores y actitudes resultaban discordantes y anormales en un mundo dominado por actitudes tradicionales e irracionales.
De esta manera surgía el problema de explicar la excepcionalidad antioqueña. ¿Cuál era la explicación de que en esta región se hubieran reproducido los valores de una sociedad moderna sin contactos visibles con el mundo capitalista? La autora expone una vez más la tesis de Everett E. Hagen sobre la "carencia de status" de los antioqueños en algún momento histórico, es decir, la imagen negativa que acompañaba a los antioqueños en el resto de las regiones colombianas. La carencia de status habría convertido a los habitantes de Antioquia en una minoría (en el sentido anglosajón) y éste debió ser el impulso para su realización empresarial. La autora expone y discute la asociación que Hagen establece entre el espíritu empresarial antioqueño y los presuntos orígenes vascos de la parte más activa de sus elites. Alude también a la propia imagen de los antioqueños y a su noción de raza, lo mismo que al mito sobre su origen judío. Concluye que el hecho debe verse más bien como el fruto de una interacción entre el hombre y un medio natural singular.
Después de una breve introducción sobre el período de la conquista y de la primera recesión minera entre 1630 y 1650, la autora entra a analizar la minería antioqueña en el siglo XVIII. Aquí vuelve a tomar otro punto focal en el argumento, que se remonta a la obra de Tulio Ospina sobre Mon y Velarde de 1918 y que ha sido tomado sucesivamente por otros autores, de que la visita del oidor y sus reformas administrativas de 1785-1787 significaron una etapa crucial de la economía y de la sociedad antioqueñas.
Valiéndose de los registros de la Caja de fundición de Santa Fe de Antioquia, Ann Twinam periodiza el desarrollo de la minería antioqueña entre 1670 y 1800. Una primera etapa, hasta 1749, está caracterizada por registros fluctuantes en la Caja, que oscilan entre 14 y 43 mil pesos oro. A partir de 1750 estos registros revelan una relativa recuperación, y en los dos últimos decenios del siglo muestran un salto verdaderamente notable en cuanto a las cantidades de oro declaradas. La tendencia a la recuperación, muy clara a partir de 1750, debería excluir la acción providente de Mon y Velarde.
El análisis detallado de los declarantes de oro en la Caja de fundición aclara otro punto oscuro de la formación social antioqueña. La autora distingue entre mineros o propietarios de cuadrillas (así fuera de menos de cinco esclavos) y mazamorreros o pequeños prospectores independientes. Si se acepta la hipótesis de que los mineros declaraban directamente su producción (cuando lo hacían) y que los mazamorreros, alcanzados por sus necesidades, lo efectuaban por medio de sus abastecedores, los comerciantes, puede determinarse la contribución a la producción de unos y otros. Con la excepción del decenio de 1670, en el que las declaraciones de los mineros alcanzaron un 47% del total, las entradas de los comerciantes a la Caja eran claramente dominantes. Aunque la equiparación del oro declarado por los comerciantes con el oro extraído por los mazamorreros es más que dudosa, el cuadro 3 (pág. 70) es muy sugestivo. Según la autora, la distribución del oro declarado por comerciantes (el de los mazamorreros) y por mineros mostraría que la recuperación de la minería antioqueña reposé sobre los mazamorreros o pequeños productores independientes y no sobre los mineros o personas que disponían de algún capital para invertir en procesos técnicos más complejos. Esta recuperación se basó también en un desplazamiento de los veneros casi agotados de las regiones bajas (Cáceres, Zaragoza) a las regiones altas (Santa Rosa, Rionegro). Los mazamorreros, más móviles, habrían iniciado el proceso mucho más temprano y los mineros sólo se les habrían sumado a partir de 1780.
El capítulo sobre el comercio contribuye a realzar el valor de las series fiscales contenidas en los libros de fundición, por lo menos durante largo plazo. Las cifras que reflejan el movimiento de mercaderías introducidas entre 1730 y 1800, tomadas de los registros de aduanas, se superponen en un orden similar de magnitudes y de tendencias a los registros de fundición (gráfico 3, pág. 97). Esta superposición debería eliminar la noción de la autora, muchas veces repetida, sobre una presunta "acumulación de capital", y mostrar que los comerciantes, y sobre todo sus proveedores en otros centros, fueron en últimas los beneficiarios del auge minero antioqueño.
La señora Twinam se ocupa en detalle de la estructura del sector de comerciantes y muestra la proliferación de modestos tratantes. (¿Debe atribuirse a la traducción del inglés que se hayan descuidado las distinciones propias de la época para la actividad comercial? Había mercaderes de la carrera y tratantes o pequeños comerciantes. El libro distingue tres tipos de comerciantes y convierte a mercaderes y tratantes en comerciantes al por menor). Este análisis revela la movilidad y la extensión de una masa de pequeños comerciantes asociada al abastecimiento de los distritos mineros, particularmente en Rionegro y Medellín.
El capítulo sobre el sector agrícola muestra también el carácter relativamente igualitario de la provincia antioqueña. Según Ann Twinam, la elite antioqueña mostraba ambivalencia en cuanto al valor y el prestigio atribuidos a la posesión de la tierra. El aislamiento, la ausencia de mano de obra servil y la distribución misma de la población condujeron a un fraccionamiento razonable de las tierras aprovechables y a la ausencia de patrones señoriales, comunes en otras regiones de Hispanoamérica.
Un capítulo final y la conclusión se ocupan en las elites antioqueñas para discernir en ellas presuntas actitudes empresariales. Resulta curioso este sesgo que pretende localizar en las elites la solución de un problema que todo el tratamiento del libro, e incluso ocasionales comparaciones con Popayán o con otras regiones del Imperio, inclinaban en otro sentido. Pues el mérito de los tres capítulos centrales del libro reside precisamente en ilustrar en detalle el carácter más bien igualitario de la sociedad antioqueña.
La obra de la señora Twinam plantea multitud de problemas interesantes. Uno radica en su intento de establecer las raíces del espíritu empresarial antioqueño en el período colonial. No es la primera vez, por otra parte. Frank Safford y Álvaro López Toro habían visto en la movilidad de mazamorreros y comerciantes una de estas raíces. Pero una reflexión sobre las raíces de cualquier fenómeno histórico es siempre azarosa. Mucho más si este fenómeno ha adquirido contornos míticos. O parte de una formulación tan claramente ideológica como la de la teoría de la modernización. El intento de proporcionar una consistencia objetiva, en condiciones de la vida económica, a actitudes y valores soslaya muchas veces el problema fundamental de cómo tales actitudes y valores están inscritos en grupos sociales concretos. Actitudes y valores poseen un grado de autonomía capaz de cohesionar a estos grupos de tal manera que su acción sea más o menos previsible sobre el mundo material. Infortunadamente, como se anota en el libro, el perfil de los mazamorreros es muy impreciso. Habría que acudir a otras fuentes para reconstruir su mentalidad o el mundo de sus actitudes y de sus valores. estos no se derivan forzosamente de los de las castas dominantes ni éstos últimos definen la totalidad social.

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Los análisis empíricos adelantados merecen también algunos comentarios. Como se sabe, los métodos cuantitativos de reconstrucción histórica son extremadamente laboriosos. A veces conducen a hallazgos interesantes pero la observación no deja por ello de ser impresionista. Naturalmente, la autora hace las salvedades de rigor sobre la confiabilidad de sus fuentes. Pero finalmente se entrega a ellas con brío y entusiasmo. El elemento más interesante sigue siendo la reconstrucción de series largas, pues en este caso las cifras revelan algo más que las anomalías previsibles, la más importante de las cuales era el fraude.
Debe lamentarse, eso sí, que la autora confine sus debates al mundo académico estadounidense. En un artículo publicado en 1977 (y reproducido en 1979 en el libro Sobre historia y política que la señora Twinam cita en la página 50 con la vaga mención de "información sobre producción de oro en otras regiones de la Nueva Granada"), Jorge O. Melo había llegado a la misma conclusión sobre el papel de Mon y Velarde. Después de analizar las cifras de la producción minera antioqueña en el siglo XVIII, Melo concluía: "Resultan curiosas las fechas de estos despegues de la producción, para no confirmar la habitual atribución de buena parte del impulso al desarrollo antioqueño a las reformas institucionales del visitador Juan Antonio Mon y Velarde".
La conclusión idéntica a la que llegan ambos autores se ve reforzada por el hecho de que se apoya en series diferentes. Melo utilizó los libros de Contaduría del Archivo General de Indias en tanto que la señora Twinam se valió de los registros más detallados de la Caja de fundición de Santa Fe de Antioquia. A grandes rasgos, estas dos series son compatibles en los órdenes globales de magnitud, aunque en ellas se observen diferencias más o menos grandes. Así, para el período de 1735-39 Melo calcula un promedio de 50.000 pesos de plata anuales. Twinam encontró registrados tres años de este período cuyo promedio (si reducimos los castellanos o pesos de oro a pesos de plata o patacones con el factor de 2,72 que emplea Melo) sería de 39.000 pesos de plata. Para 1770-74 Melo menciona un promedio de 200.000 patacones, cifra redonda casi idéntica al producto de promediar los cuatro años que encontró Twinam para ese quinquenio. El promedio de 700.000 patacones de Melo para 1795-99 es similar al de los 760.000 de Twinam.
A la inversa, para todo el período de recuperación de 1750 a 1779 Twinam da un promedio anual de 59.366 pesos de oro. Para el mismo período, la conversión de pesos de plata de Melo daría un promedio de 69.500. Para los últimos veinte años de auge los promedios serían respectivamente de 236.000 y 213.000.
Otro problema que podría enfrentarse (y aquí debo lamentar que la señora Twinam no haya tenido noticia de mi trabajo) sería el de la magnitud de la recuperación del siglo XVIII. El pico de la producción aurífera en los tres grandes yacimientos del siglo XVI (Antioquia, Cáceres y Zaragoza) arroja un promedio anual de 350.000 pesos oro. El punto más bajo de la recesión del siglo XVII se ubicaría entre 1670 y 1674 (el umbral del trabajo de la señora Twinam) con 12.000 pesos. Parece, pues, que entre 1680 y 1750 la minería antioqueña se defendió para no dejarse hundir en el aniquilamiento y mantuvo, con muchos altibajos, un promedio anual de 22.500 pesos oro. Este, período coincide con la apertura del Chocó y la fortuna de Popayán. Los enormes altibajos de las entradas a la Caja de fundición de Santa Fe de Antioquia podrían explicarse tal vez por la presencia de mineros antioqueños en Citará. Los reales de minas muy alejados (como el caso de Barbacoas) solían contribuir con entradas esporádicas a las Cajas reales.
Los niveles de recuperación de la minería antioqueña no alcanzaron en el curso del siglo XVIII el pico de las dos últimas décadas del siglo XVI, cuando la producción se sustentaba casi en su totalidad en grandes cuadrillas de esclavos, a la manera de Popayán dos siglos más tarde. Esta recuperación tampoco es comparable al ritmo sostenido durante todo el siglo XVIII por los yacimientos de la provincia de Popayán (Barbacoas, Nóvita y Caloto), los cuales alcanzaron en los últimos veinte años del siglo el promedio de 350.000 pesos oro, equivalente al pico antioqueño del siglo XVI.
Resulta chocante que la autora emplee a cada paso la expresión "acumulación de capital" que tiende a sugerir una conexión entre el período colonial y el despegue ulterior del capitalismo antioqueño. Un período precapitalista puede acumular riqueza pero esto es muy diferente de la noción de acumulación de capital. Evidentemente, la provincia de Popayán, e inclusive sus mineros, comerciantes y terratenientes considerados individualmente, podían acumular más riqueza en el siglo XVIII que la región antioqueña, lo cual no los aproximaba más al despegue capitalista. La riqueza payanesa acumulada en esclavos y en tierras le dieron a esa sociedad unos rasgos más rígidos que los de la antioqueña, donde la riqueza estaba repartida entre pequeños productores o mazamorreros, pequeños comerciantes y labriegos.
Otro problema que Ann Twinam no aborda, infortunadamente, es el de las cuadrillas de esclavos. Menciona que los mineros se diferenciaban de los mazamorreros entre otras cosas porque aquellos disponían de unos pocos esclavos. Pero, ¿fue siempre así? Como se ha dicho, el equiparar el oro declarado por comerciantes con el oro obtenido por ellos de manos de los mazamorreros es atrevido. Pero, en todo caso, sugestivo. El problema radica en precisar el nivel de endeudamiento que podían contraer tanto mineros como mazamorreros con los comerciantes que los abastecían. Podría aceptarse que hasta 1750 los mazamorreros se endeudaban más frecuentemente que los señores de cuadrilla o que todo el oro que extraían lo dejaban en manos de los comerciantes, debido a sus necesidades de abastecimientos. Pero a partir del momento en que se inicia la recuperación minera de una manera clara y el promedio anual sobrepasa el umbral de los 50.000 pesos de oro, vemos un fenómeno curioso en el cuadro que distribuye las cantidades declaradas por los mineros y por los comerciantes (cuadro 3, pág. 70). En 1750 los mineros declaraban el 31,6% del oro que entraba en la Caja para fundirse. En 1760 su participación era apenas del 3%; en 1770 del 0,5%; en 1780 del 5,7%, y en 1789 del 4,2%. Esto indica que, en el momento de la recuperación, los mineros o señores de cuadrilla comenzaron a endeudarse de manera desacostumbrada con los comerciantes. ¿No sugiere esto acaso que estas deudas estuvieran destinadas a reconstruir cuadrillas de esclavos, agotadas durante la crisis del siglo anterior? Esto no quiere decir que la tesis tradicional sobre el papel de los mazamorreros no tenga un fundamento muy fuerte. O que la autora no haya contribuido a reforzarla. Pero habrá necesidad de volver sobre el problema de la esclavitud en Antioquia, si quiere tenerse una visión equilibrada de una sociedad que sigue apareciendo para la época colonial como un ejemplo demasiado raro de homogeneidad y de igualitarismo.

GERMÁN COLMENARES