Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

Santiago Cárdenas: el naturalista de lo humano


Verdades sobre arte, mentiras sobre papel.
Encuentros con Santiago Cárdenas y su obra

Jaime Ardila y Camilo Lleras
Bogotá, 1984, 208 págs.

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Paisajes a la manera impresionista, mujeres "expresionistas" a la manera de De Kooning, tránsito al pop a través de la figura femenina, descubrimiento del primer objeto que se ofrezca a la vista, un pantalón colgado de un gancho en la manija de una puerta, por ejemplo. En seguida, un planteamiento del espacio, no sujeto a la "caja perspectiva" del Renacimiento, sino al interés de sacar hacia adelante, hacia el espectador, ese mismo espacio, valiéndose de figuras recortadas y antepuestas a la tela del fondo. Trampa al ojo. Y luego, cada vez más, el puro objeto: un paraguas, un enchufe eléctrico, más ropas colgadas, un espejo, un vidrio transparente, una ventana cerrada, una persiana, un marco sin cuadro, un tablero... Pasando las páginas de este libro sobre Santiago Cárdenas, se arma de pronto ese panorama extremadamente sencillo de lo que ha sido, de lo que es y de lo que no ha dejado de ser su obra en algo más de treinta años de oficio. Un arte sereno, sin estridencias, sin cambios abruptos y, en el fondo, predominantemente sin color o, en todo caso, sin pasión colorística, pero sutil y sensible a la mínima gradación de luz y sombra.
¿Cómo acercarse a esta obra? El arte, cada vez más, deja de ser la obra aislada y se convierte en proceso. Y tal vez sea el proceso lo único que verdaderamente nos diga qué es y en qué consiste una obra. Proceso en la realización material. Proceso en las circunstancias del artista. Proceso en la evolución. Proceso en el contexto. A la emoción del pobre espectador desprovisto de armas de interpretación, se superpone el análisis, los datos, la información reveladora que acaba por darnos pistas y luces sobre ese hecho concreto que parece ser la obra de arte. Del proceso de su obra, es el propio artista quien mejor puede darnos testimonio. Por eso, quizás mejor que la crítica, es el artista mismo quien puede decirnos la verdad de su arte. ¿La verdad? ¿Acaso no es él quien primero se mitifica a sí mismo y a su obra? Verdades sobre arte, mentiras sobre papel tiene ese mérito de la desmitificación.
Jaime Ardila asistió, por ejemplo, a la ejecución de Tríptico, con el cual Santiago Cárdenas participé en la Bienal de San Pablo en 1977. Registró minuciosa y exhaustivamente todos los pasos en una secuencia de 104 fotografías. Mientras trabajaba, el pintor fantaseaba, teorizaba, dejaba vagar su imaginación buscando sustentaciones filosóficas para la obra. "Unos meses más tarde —relata Ardila— volví a recordar todo lo que Santiago me enseñaba mientras pintaba su Capilla Sixtina, cuando por primera vez vi instalado el Tríptico en el Museo Nacional, donde encontré la comprobación de que todas esas ideas sobre la creación del universo según el Génesis habían sido inspiraciones, o sea medios imaginarios para lograr un fin material, representado en esos tres tableros. Para mí, que había visto hacer el Tríptico, la obra parecía disminuida por haber perdido contacto con ese mundo imaginado, a pesar de que yo sabía que Santiago había invertido en ella su preparación académica, los logros pictóricos que tardó décadas en descubrir, años de experimentación, meses de trabajo, horas sin descanso, minutos de angustia, segundos de inspiración. Por más que las hubiera dicho y las hubiera pintado, las fantasías habían terminado con la última pincelada. Quedaba la buena pintura, difícil de percibir como tal porque sobre ella se había tendido el velo innecesario de las inspiraciones sobrenaturales".
Aquí, el fotógrafo-autor era el testigo de excepción. Había visto antes, durante y después, y había comprendido la brecha que separa la obra del espectador, una vez liberada de las manos del artista. Para llenar la brecha y explicarla al lector, Jaime Ardila y Camilo Lleras emprendieron la tarea de realizar este libro, que prepararon durante siete años: "Entre el espectador y el artista sigue pendiente un vacío similar al que encontraríamos si sólo conociéramos de un evento la causa y el efecto, y desconociéramos el proceso que condujo de un punto al otro. En este trecho se encuentran la persona del artista, el motivo que lo inspiró, el procedimiento que siguió para producir la obra, y otros aconteceres previos y posteriores que condicionan el quehacer artístico. Por estas razones, y otras de no menor importancia, en este libro hemos querido mostrar no solamente el producto del artista, el cuadro terminado, aislado de las circunstancias en que se crea, sino allegar otros datos".
El método, sin duda, es correcto. Para ponerlo en práctica, además de las sesiones de observación en el taller del artista durante su trabajo, los autores acopiaron veinticinco horas de entrevistas grabadas, base muy importante del libro. Pero el manejo de este material, precioso por lo testimonial, desembocó en un diálogo a tres voces continuo y sin pausa, que no permite una lectura de principio a fin sin que el lector se sienta extenuado. Es el inconveniente de las entrevistas: por interesantes que sean, después de seis páginas acaban siendo monótonas. Por fortuna, el material de Verdades sobre arte, mentiras sobre papel tiene un interés intrínseco que permite volver a abrir el libro una y otra vez, hasta completar la lectura. Queda, efectivamente, el valor documental y de consulta, y de referencia obligada para el lector interesado en la obra de este artista.
La indagatoria de Lleras y Ardila es especialmente interesante cuando se tocan los momentos claves en la evolución de Santiago Cárdenas: la admiración por Pollock, De Kooning y Gorky en los primeros años de formación académica; la influencia del pop art estadounidense; la pintura de Algo de comer (1967), obra que Cárdenas valora como sus Demoiselles d’Avignon (trascendentales, como se sabe, en el cubismo de Picasso); o cuando, a propósito del objeto de que tan real pasa a ser surrealista, Cárdenas llega a definiciones como ésta: "Yo llegué a pensar que estaba pintando las ideas, no los objetos. Y a creer que las ideas eran más reales que los objetos que aparentemente representan. Yo no pinto la caja de cartón, sino la idea de caja de cartón. En cuanto al surrealismo, mi obra está completamente divorciada del aspecto literario..."
Finalmente, son de destacar también algunas certeras interpretaciones de Ardila sobre la obra de Cárdenas, como cuando intenta definirla dentro de los términos del naturalismo: "Los objetos que toma el naturalista tienen una apariencia anónima. No son objetos notorios sino, digamos, objetos promedio. Su chaleco, en este sentido, es promedio. No es rojo, ni con rayas. Nada lo hace sobresaliente. También la apariencia de fidelidad es característica del naturalismo artístico. No modifica los objetos tomados, ni se ocupa de imponerles cambios esenciales. Tampoco le impone juicios morales. [...] Lo que usted pinta no es de buen ni de mal gusto. No incluye el gusto. El naturalista acepta el destino como algo inmodificable. Somete a prueba el material encontrado para conocer sus calidades. Y en sus estudios procede de manera investigativa, sin implicaciones históricas. No le preocupa la contemporaneidad, la moda. El énfasis lo pone en la naturaleza física de las cosas...". Y Santiago Cárdenas termina de redondear la paradoja cuando responde: "Yo nunca hubiera pensado en naturalismo porque lo que a mí me interesa no son las cosas de la naturaleza, sino las cosas hechas por el hombre".

CAMILO CALDERÓN