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Santiago
Cárdenas: el naturalista de lo humano
Verdades sobre
arte, mentiras sobre papel.
Encuentros con Santiago Cárdenas y su obra
Jaime Ardila y Camilo Lleras
Bogotá, 1984, 208 págs.
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Paisajes a la manera
impresionista, mujeres "expresionistas" a la manera de De Kooning, tránsito al pop
a través de la figura femenina, descubrimiento del primer objeto que se ofrezca a la
vista, un pantalón colgado de un gancho en la manija de una puerta, por ejemplo. En
seguida, un planteamiento del espacio, no sujeto a la "caja perspectiva" del
Renacimiento, sino al interés de sacar hacia adelante, hacia el espectador, ese mismo
espacio, valiéndose de figuras recortadas y antepuestas a la tela del fondo. Trampa al
ojo. Y luego, cada vez más, el puro objeto: un paraguas, un enchufe eléctrico, más
ropas colgadas, un espejo, un vidrio transparente, una ventana cerrada, una persiana, un
marco sin cuadro, un tablero... Pasando las páginas de este libro sobre Santiago
Cárdenas, se arma de pronto ese panorama extremadamente sencillo de lo que ha sido, de lo
que es y de lo que no ha dejado de ser su obra en algo más de treinta años de oficio. Un
arte sereno, sin estridencias, sin cambios abruptos y, en el fondo, predominantemente sin
color o, en todo caso, sin pasión colorística, pero sutil y sensible a la mínima
gradación de luz y sombra.
¿Cómo acercarse a esta obra? El arte, cada vez más, deja de ser la obra aislada y se
convierte en proceso. Y tal vez sea el proceso lo único que verdaderamente nos diga qué
es y en qué consiste una obra. Proceso en la realización material. Proceso en las
circunstancias del artista. Proceso en la evolución. Proceso en el contexto. A la
emoción del pobre espectador desprovisto de armas de interpretación, se superpone el
análisis, los datos, la información reveladora que acaba por darnos pistas y luces sobre
ese hecho concreto que parece ser la obra de arte. Del proceso de su obra, es el
propio artista quien mejor puede darnos testimonio. Por eso, quizás mejor que la
crítica, es el artista mismo quien puede decirnos la verdad de su arte. ¿La verdad?
¿Acaso no es él quien primero se mitifica a sí mismo y a su obra? Verdades sobre
arte, mentiras sobre papel tiene ese mérito de la desmitificación.
Jaime Ardila asistió, por ejemplo, a la ejecución de Tríptico, con el cual
Santiago Cárdenas participé en la Bienal de San Pablo en 1977. Registró minuciosa y
exhaustivamente todos los pasos en una secuencia de 104 fotografías. Mientras trabajaba,
el pintor fantaseaba, teorizaba, dejaba vagar su imaginación buscando sustentaciones
filosóficas para la obra. "Unos meses más tarde relata Ardila volví a
recordar todo lo que Santiago me enseñaba mientras pintaba su Capilla Sixtina, cuando por
primera vez vi instalado el Tríptico en el Museo Nacional, donde encontré la
comprobación de que todas esas ideas sobre la creación del universo según el Génesis
habían sido inspiraciones, o sea medios imaginarios para lograr un fin material,
representado en esos tres tableros. Para mí, que había visto hacer el Tríptico, la
obra parecía disminuida por haber perdido contacto con ese mundo imaginado, a pesar de
que yo sabía que Santiago había invertido en ella su preparación académica, los logros
pictóricos que tardó décadas en descubrir, años de experimentación, meses de trabajo,
horas sin descanso, minutos de angustia, segundos de inspiración. Por más que las
hubiera dicho y las hubiera pintado, las fantasías habían terminado con la última
pincelada. Quedaba la buena pintura, difícil de percibir como tal porque sobre ella se
había tendido el velo innecesario de las inspiraciones sobrenaturales".
Aquí, el fotógrafo-autor era el testigo de excepción. Había visto antes,
durante y después, y había comprendido la brecha que separa la obra del espectador, una
vez liberada de las manos del artista. Para llenar la brecha y explicarla al lector, Jaime
Ardila y Camilo Lleras emprendieron la tarea de realizar este libro, que prepararon
durante siete años: "Entre el espectador y el artista sigue pendiente un vacío
similar al que encontraríamos si sólo conociéramos de un evento la causa y el efecto, y
desconociéramos el proceso que condujo de un punto al otro. En este trecho se encuentran
la persona del artista, el motivo que lo inspiró, el procedimiento que siguió para
producir la obra, y otros aconteceres previos y posteriores que condicionan el quehacer
artístico. Por estas razones, y otras de no menor importancia, en este libro hemos
querido mostrar no solamente el producto del artista, el cuadro terminado, aislado de las
circunstancias en que se crea, sino allegar otros datos".
El método, sin duda, es correcto. Para ponerlo en práctica, además de las sesiones de
observación en el taller del artista durante su trabajo, los autores acopiaron
veinticinco horas de entrevistas grabadas, base muy importante del libro. Pero el manejo
de este material, precioso por lo testimonial, desembocó en un diálogo a tres voces
continuo y sin pausa, que no permite una lectura de principio a fin sin que el lector se
sienta extenuado. Es el inconveniente de las entrevistas: por interesantes que sean,
después de seis páginas acaban siendo monótonas. Por fortuna, el material de Verdades
sobre arte, mentiras sobre papel tiene un interés intrínseco que permite volver a
abrir el libro una y otra vez, hasta completar la lectura. Queda, efectivamente, el valor
documental y de consulta, y de referencia obligada para el lector interesado en la obra de
este artista.
La indagatoria de Lleras y Ardila es especialmente interesante cuando se tocan los
momentos claves en la evolución de Santiago Cárdenas: la admiración por Pollock, De
Kooning y Gorky en los primeros años de formación académica; la influencia del pop
art estadounidense; la pintura de Algo de comer (1967), obra que Cárdenas
valora como sus Demoiselles dAvignon (trascendentales, como se sabe, en el
cubismo de Picasso); o cuando, a propósito del objeto de que tan real pasa a ser
surrealista, Cárdenas llega a definiciones como ésta: "Yo llegué a pensar que
estaba pintando las ideas, no los objetos. Y a creer que las ideas eran más reales que
los objetos que aparentemente representan. Yo no pinto la caja de cartón, sino la idea de
caja de cartón. En cuanto al surrealismo, mi obra está completamente divorciada del
aspecto literario..."
Finalmente, son de destacar también algunas certeras interpretaciones de Ardila sobre la
obra de Cárdenas, como cuando intenta definirla dentro de los términos del naturalismo:
"Los objetos que toma el naturalista tienen una apariencia anónima. No son objetos
notorios sino, digamos, objetos promedio. Su chaleco, en este sentido, es promedio. No es
rojo, ni con rayas. Nada lo hace sobresaliente. También la apariencia de fidelidad es
característica del naturalismo artístico. No modifica los objetos tomados, ni se ocupa
de imponerles cambios esenciales. Tampoco le impone juicios morales. [...] Lo que usted
pinta no es de buen ni de mal gusto. No incluye el gusto. El naturalista acepta el destino
como algo inmodificable. Somete a prueba el material encontrado para conocer sus
calidades. Y en sus estudios procede de manera investigativa, sin implicaciones
históricas. No le preocupa la contemporaneidad, la moda. El énfasis lo pone en la
naturaleza física de las cosas...". Y Santiago Cárdenas termina de redondear la
paradoja cuando responde: "Yo nunca hubiera pensado en naturalismo porque lo que a
mí me interesa no son las cosas de la naturaleza, sino las cosas hechas por el
hombre".
CAMILO CALDERÓN
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