Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

Salto mortal: del derecho a la literatura


Sala capitular
Francisco Sánchez Jiménez
Editorial Planeta, Bogotá, 1984, 215 págs.

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Una primera lectura de Sala capitular, novela escrita por Francisco Sánchez Jiménez, deja la sensación de haber asistido a una representación alegórica construida a partir de un discurso eminentemente jurídico.
Los personajes no son seres reales; son voces que emanan más del narrador que de ellos mismos. Para saber quién es quién se hace necesario volver sobre la obra varias veces y con un lápiz ir señalando las pistas que deja la voz anterior.
Al acercarse nuevamente con una mirada más crítica, es posible ir desmontando los diferentes discursos, elaborados todos en primera persona, para quedarnos con fragmentos fácilmente intercalables y el eco de una retórica que se resuelve entre la ironía y la frase ampulosa, entre la tesis y la teoría.
Moriz y Gaspar, dos jóvenes hidalgos pertenecientes a una familia rígidamente tradicional enfrentados en sus conciencias, en sus ideas sobre el "deber ser" de la existencia.
Tres mujeres: Falopia, la criada, ama de llaves, sostén de la armonía doméstica; Égloga y Roma, vigías del comportamiento moral de los adolescentes.
Cunio, tutor y maestro encargado de iniciarlos en la vida, en ese "afuera", seductor y promisorio, más allá de las cuatro paredes de un estricto orden familiar.
El recuerdo de una madre que se fue enloqueciendo en el encierro, la muerte reciente del padre en plena pubertad de los futuros hombres de la casa, dan inicio al paso de la adolescencia a la edad adulta. Pero la muerte del padre no resulta suficiente. La estructura rígida y moralista de un orden familiar basado en la tradición y el "deber ser" no desaparece con la muerte del pater familias.
El mismo espacio físico de la casa, la presencia de una criada-madre y un tutor-padre, la prolongación de una estructura patriarcal a las dimensiones más amplias de la sociedad y el Estado, contribuyen a afianzar la alienación de una conciencia escindida (Moriz-Gaspar, dos facetas de una misma identidad), que se debate entre la norma y el deseo.
Lo que intenta ser un conflicto dramático existencial se queda en el concepto. Es una novela hecha con ideas. Ideas sobre la familia, la sociedad y el Estado.
Lo que queda es una abstracción que intenta satirizar ese mundo enfermizo y neurótico que pueden llegar a vivir los miembros de una clase social cuya función es la de sostener a cualquier precio las instancias de poder.
En un primer intento de suicidio, Moriz termina asesinado por Alter; Gaspar termina buscando con desespero un patrono, un jefe, alguien que le organice su vida, que le imponga una razón de ser. Cunio se ve doblegado por la vitalidad de una mujer que supo vivir sin él, en menosprecio de una virilidad acabada por una enfermedad en la próstata.
El sistema que se erige triunfante sobre la derrota de los seres individuales, podría ser la tesis que intenta demostrar el autor.
Hay una evidente intención de ironizar. La sátira puebla toda la obra. Sin embargo no logra la ironía a nivel del sentido. Se queda en el juego verbal, en la frase rebuscada e ingeniosa.
Es precisamente en el tratamiento del lenguaje donde está la mayor falla. La obra está montada sobre el discurso retórico y no sobre situaciones internas. Los personajes hablan en primera persona sin lograr una adecuación entre lo que dicen, el cómo lo dicen, y su ser. Realmente quien se expresa es el autor —por conducto de las diferentes voces— de una manera unívocal.  Es un solo discurso que se acerca más al lenguaje jurídico que a la expresión simbólica propia de la creación literaria. El discurso configura los personajes, las acciones, los espacios, de tal forma que no permite crear un universo analógico. Por eso, la sensación de vacío que deja su lectura.
Sala capitular no pasa de ser una pieza satírica escrita por un conocedor del lenguaje jurídico, con pretensiones literarias.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO