Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

Poesía de algodón de azúcar


Bando de Villamaga
León Octavio
El Bando Editorial, Cali, 1984, 2a. edic.,60 págs.

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El pícaro alemán Till Eulenspiegel urdió una ingeniosa treta para aligerar el peso de la bolsa de cierto señor feudal, tan esnob como acaudalado:  pretendió tejer una tela tan rica y sutil que sólo podrían apreciarla aquellas personas de (diríamos hoy) elevado cociente intelectual, para lo cual recababa alarmantes cantidades de oro y gemas. Siglos más tarde, Hans Christian Andersen retomaría esta travesura como materia para su cuento El traje nuevo del emperador:   parábola de quienes, queriendo pasar por elegantes y finos, hacen el ridículo más estruendoso, y que simboliza especialmente una postura de nouveau riche frente a las laberínticas opciones del arte contemporáneo.
Ahora ha salido un nuevo espanto para intimidar disidentes: la "sagrada orden de los comilleros" de Kanibbalia, que "ejercen su doble papel de sacerdotes y perros policías, sin atreverse a más por física falta de talento". Como es natural, en este lúgubre clan se inscriben todos aquellos que se atrevan a poner en duda las excelsitudes del reino de Villamaga, o mejor, de su "Bando".
¿Qué son Villamaga y Kanibbalia? Volvamos a echar mano de las comillas: "Villamaga es un pequeño país que cimenta su sistema económico en la producción de sueños, ternura y creatividad. Esto, como es de suponerse, genera un abismal desequilibrio en su balanza de pagos frente al imperio, certeramente llamado Kanibbalia, que no es más que ese orden de cosas establecido para que el ser humano gaste su existencia en trivialidades y en una lucha estúpida de todos contra todos". Ambos países, así como sus geografías, habitantes y teogonías, son fruto de la inspiración de León Octavio, joven escritor caleño (?) que ya había dado a la estampa, en mayo de 1984, una primera edición del Bando de Villamaga, publicación que es y no es libro-folleto-periódico-revista.
La idea, en principio, es excelente. Se trata de una obra destinada a romper hábitos mentales escleróticos; a buscar moradas más dignas para el hombre ("ser que no debe confundirse con el habitante de Kanibbalia"); a exaltar el conocimiento y valoración de la cultura propia: en tal sentido, la entrevista con Mateo Yaraví es una página particularmente esclarecedora. Hay imágenes destacables, tanto visuales (la conmovedora fotografía de la paloma crucificada, y aquella en que aparece Tito Maguey ensayando su red nueva en el Lago de las Garzas) como literarias. Véase esta definición mínima, casi tan precisa como una estrofa japonesa: "La lluvia, artesanía del agua". O la fábula desprovista de moralina acerca del turpial que al pasar sobre un lago deja caer un trino que un pez oportunista engulle, pasando en adelante por talentoso cantor. Poco más merece ser rescatado.
La realización general del proyecto no se encuentra, lamentablemente, a la altura de la idea inicial. Todo en el Bando de Villamaga —salvo, claro está, mucha parte de los contenidos— le hace el juego a la sociedad de consumo que pretende subvertir. La estructura misma de la publicación, por ejemplo, con anuncios, editoriales, avisos clasificados, historietas, titulares de prensa ("Nacionalizada la sonrisa", "Negadas visas a Freud y Piaget", "La tarde no pudo cruzar el río", "Declaraciones de Fulano de Tal", etc.), es un calco fiel de cualquier revista comercial. La inclusión de un sartal de frases panegíricas en las solapas o en la cubierta posterior es una precaución elemental de todo best-seller que se respete.
Se imita igualmente a Kanibbalia en el vocabulario y los métodos de agresión (pese a que en diversos pasajes el autor se cura en salud: "es difícil liberarse de la influencia de Kanibbalia"): "Ogún, dios de la guerra y los metales", "el brazo armado de la soledad", "combate en el frente", "los cuerpos expedicionarios adoptarán todos los mecanismos conocidos del espionaje internacional", "Rosa Maizales y Sandra del Néctar trajeron cañones", leemos aquí y allá. Y aunque uno de los editoriales proclama que "no aceptaremos el odio en nuestras filas", uno no puede dejar de pensar en la irónica canción, popularizada por Nacha Guevara, Con el odio acabaremos.

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Dado que estamos ante una supuesta recobración de valores y tradiciones autóctonos, era de esperarse que el panteón de Villamaga estuviera poblado por deidades precolombinas familiares; en lugar de eso se abruma al lector con un aluvión de nombres chirriantes y apócrifos que nada dicen, aunque estén entreverados de alusiones más o menos transparentes —y más o menos desubicadas— a Blas de Lezo, Salvador Allende, Leonardo da Vinci y otros nombres célebres. Añádase a ello generosas cucharadas de ese almíbar rosado que es el equivalente tabernícola del más depurado repertorio serenatero ("erráticamente fulguraba el silencio"), decórese con gran profusión de grageas de sabor seudoheideggeriano ("Exúe Celesvana es esa mágica figura que se inscribe en los horizontes íntimos del ser como un lúcido latido transformador de conciencias y voluntades"), y estará a punto la melcocha de alucinación lírica para su consumo, preferiblemente en noche de viernes cultural.
La segunda edición del Bando de Villamaga me hace pensar en un trigal maduro: poco grano y mucha paja.

HUMBERTO BARRERA O.