|
Poesía
de algodón de azúcar
Bando de Villamaga
León Octavio
El Bando Editorial, Cali, 1984, 2a. edic.,60
págs.
|
|
|
|
|
El pícaro alemán Till
Eulenspiegel urdió una ingeniosa treta para aligerar el peso de la bolsa de cierto señor
feudal, tan esnob como acaudalado: pretendió tejer una tela tan rica y sutil que
sólo podrían apreciarla aquellas personas de (diríamos hoy) elevado cociente
intelectual, para lo cual recababa alarmantes cantidades de oro y gemas. Siglos más
tarde, Hans Christian Andersen retomaría esta travesura como materia para su cuento El
traje nuevo del emperador: parábola de quienes, queriendo pasar por elegantes
y finos, hacen el ridículo más estruendoso, y que simboliza especialmente una postura de
nouveau riche frente a las laberínticas opciones del arte contemporáneo.
Ahora ha salido un nuevo espanto para intimidar disidentes: la "sagrada orden de los
comilleros" de Kanibbalia, que "ejercen su doble papel de sacerdotes y perros
policías, sin atreverse a más por física falta de talento". Como es natural, en
este lúgubre clan se inscriben todos aquellos que se atrevan a poner en duda las
excelsitudes del reino de Villamaga, o mejor, de su "Bando".
¿Qué son Villamaga y Kanibbalia? Volvamos a echar mano de las comillas: "Villamaga
es un pequeño país que cimenta su sistema económico en la producción de sueños,
ternura y creatividad. Esto, como es de suponerse, genera un abismal desequilibrio en su
balanza de pagos frente al imperio, certeramente llamado Kanibbalia, que no es más que
ese orden de cosas establecido para que el ser humano gaste su existencia en trivialidades
y en una lucha estúpida de todos contra todos". Ambos países, así como sus
geografías, habitantes y teogonías, son fruto de la inspiración de León Octavio, joven
escritor caleño (?) que ya había dado a la estampa, en mayo de 1984, una primera
edición del Bando de Villamaga, publicación que es y no es
libro-folleto-periódico-revista.
La idea, en principio, es excelente. Se trata de una obra destinada a romper hábitos
mentales escleróticos; a buscar moradas más dignas para el hombre ("ser que no debe
confundirse con el habitante de Kanibbalia"); a exaltar el conocimiento y valoración
de la cultura propia: en tal sentido, la entrevista con Mateo Yaraví es una página
particularmente esclarecedora. Hay imágenes destacables, tanto visuales (la conmovedora
fotografía de la paloma crucificada, y aquella en que aparece Tito Maguey ensayando su
red nueva en el Lago de las Garzas) como literarias. Véase esta definición mínima, casi
tan precisa como una estrofa japonesa: "La lluvia, artesanía del agua". O la
fábula desprovista de moralina acerca del turpial que al pasar sobre un lago deja caer un
trino que un pez oportunista engulle, pasando en adelante por talentoso cantor. Poco más
merece ser rescatado.
La realización general del proyecto no se encuentra, lamentablemente, a la altura de la
idea inicial. Todo en el Bando de Villamaga salvo, claro está, mucha parte
de los contenidos le hace el juego a la sociedad de consumo que pretende subvertir.
La estructura misma de la publicación, por ejemplo, con anuncios, editoriales, avisos
clasificados, historietas, titulares de prensa ("Nacionalizada la sonrisa",
"Negadas visas a Freud y Piaget", "La tarde no pudo cruzar el río",
"Declaraciones de Fulano de Tal", etc.), es un calco fiel de cualquier revista
comercial. La inclusión de un sartal de frases panegíricas en las solapas o en la
cubierta posterior es una precaución elemental de todo best-seller que se respete.
Se imita igualmente a Kanibbalia en el vocabulario y los métodos de agresión (pese a que
en diversos pasajes el autor se cura en salud: "es difícil liberarse de la
influencia de Kanibbalia"): "Ogún, dios de la guerra y los metales",
"el brazo armado de la soledad", "combate en el frente", "los
cuerpos expedicionarios adoptarán todos los mecanismos conocidos del espionaje
internacional", "Rosa Maizales y Sandra del Néctar trajeron cañones",
leemos aquí y allá. Y aunque uno de los editoriales proclama que "no aceptaremos el
odio en nuestras filas", uno no puede dejar de pensar en la irónica canción,
popularizada por Nacha Guevara, Con el odio acabaremos.
|
|
|
|
|
|
Dado que estamos ante una
supuesta recobración de valores y tradiciones autóctonos, era de esperarse que el
panteón de Villamaga estuviera poblado por deidades precolombinas familiares; en lugar de
eso se abruma al lector con un aluvión de nombres chirriantes y apócrifos que nada
dicen, aunque estén entreverados de alusiones más o menos transparentes y más o
menos desubicadas a Blas de Lezo, Salvador Allende, Leonardo da Vinci y otros
nombres célebres. Añádase a ello generosas cucharadas de ese almíbar rosado que es el
equivalente tabernícola del más depurado repertorio serenatero ("erráticamente
fulguraba el silencio"), decórese con gran profusión de grageas de sabor
seudoheideggeriano ("Exúe Celesvana es esa mágica figura que se inscribe en los
horizontes íntimos del ser como un lúcido latido transformador de conciencias y
voluntades"), y estará a punto la melcocha de alucinación lírica para su
consumo, preferiblemente en noche de viernes cultural.
La segunda edición del Bando de Villamaga me hace pensar en un trigal maduro: poco
grano y mucha paja.
HUMBERTO BARRERA O.
|