Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

Pionero y paranoico


 

Un siglo de investigación social: antropología en Colombia
Jaime Arocha, Nina S. de Friedemann y otros
Etno, Bogotá, 1984, 613 págs.

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La comunidad de antropólogos colombianos no tiene larga vida ni son muchos los estudios dedicados a ella. Este libro constituye uno de los primeros intentos por hacer una completa descripción etnográfica del grupo y por analizar algunos de los rasgos esenciales de sus formas de comportamiento y trabajo, de sus valores éticos y sociales. Los antropólogos en sentido estricto surgen de una tradición de pensamiento social mucho más antigua, y el trabajo incluye una serie de capítulos sobre los antecedentes históricos de la antropología nacional; es decir, sobre el período "formativo" (1850 a 1900) y el período "generativo" que sigue al anterior, hasta la aparición definitiva del grupo, con la creación de las facultades de antropología de las universidades colombianas Andes y Nacional, en la década de 1960.
Los autores principales, Jaime Arocha y Nina S. de Friedemann, con el apoyo financiero de Colciencias y Fes, realizaron el trabajo de campo inicial: la entrevista a un amplio número de antropólogos. Con base en los resultados de estas entrevistas se presenta información estadística básica sobre su práctica profesional, las regiones y grupos sobre los que han adelantado sus investigaciones, el nivel de su grados académicos, etc. Si uno mira la guía con la que se efectuaron las entrevistas, se sorprende por el poco uso dado a éstas: todo lo relativo a la historia concreta de la formación de los principales antropólogos colombianos, las influencias metodológicas, las orientaciones, los conflictos laborales, los debates, etc., se ha perdido: la razón, sin embargo, es clara: los autores parecen haberse comprometido a no divulgar los contenidos de las entrevistas.

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El libro incluye un largo resumen ("Antropología en la historia de Colombia: una visión") en el que Arocha analiza la información presentada en los demás capítulos, y en buena parte la repite, con el objeto, ante todo, de someter la labor de los antropólogos a una evaluación de corte ético-político; otro capítulo sobre "Antropología propia", del mismo autor, así como uno de Nina de Friedemann —"Ética y política del antropólogo"— continúan el estudio del mismo tema. Otros apartes ofrecen estudios de aspectos especializados, usualmente a un nivel excelente. Myriam Jimeno se enfrenta con sobriedad a las relaciones entre los antropólogos y el Estado colombiano, punto que evidentemente constituye uno de los núcleos centrales de preocupación de los antropólogos, o al menos de los vinculados a la perspectiva desde la que se escribe este libro; Olga Restrepo analiza los aportes de la Comisión Corográfica al surgimiento de la disciplina, en un capítulo competente pero poco concluyente; Roberto Pineda Camacho reconstruye la historia de los estudios realizados sobre los indios hasta 1950. Un impecable estudio sobre los estudios de lingüística amazónica, de Carlos Patiño Roselli, un capítulo sin foco muy preciso sobre las actividades de los antropólogos en el campo de la medicina social y un trabajo de Nina de Friedemann sobre los estudios relativos a las poblaciones negras completan la visión que ofrece el libro, el cual concluye con el estudio de la influencia del marxismo en la antropología reciente. Este capítulo, de Néstor Miranda O., define con precisión el universo que atiende—las tesis de grado de las dos facultades de antropología más importantes— y señala sus características centrales: no pretende rastrear la utilización del pensamiento o las categorías marxistas en los antropólogos más maduros, y esto, por supuesto, circunscribe el valor de sus apreciaciones. Otro de los trabajos principales, de Arocha y Friedemann, presenta una rápida imagen de los estudios realizados sobre ocho grupos indígenas contemporáneos.
En términos generales, se trata de un libro útil e importante. La historia de la ciencia apenas comienza a practicarse en Colombia, aunque no tardará en ponerse de moda, y éste es uno de los más serios trabajos de esta clase: ya era hora de superar las vaguedades sobre Madiedo, José María Samper, Núñez o Paul Rivert que, con repetida financiación, se reiteran cada tres o cuatro años: los autores han leído más que de costumbre y esto hace que la discusión de los textos se haga en un plano más serio. Todavía el trabajo es incipiente, y son muchos los vacíos que cabe señalar. El debate sobre el problema racial que tuvo lugar en el tercer decenio del siglo apenas recibe una mención pasajera y convencional en el artículo de Camacho Pineda; el estudio de la imagen del negro en la literatura, aunque más completo que cualquier trabajo anterior, deja de lado muchísimo material pertinente. Por ejemplo, de la literatura del realismo antioqueño se estudian dos textos de Carrasquilla, pero sin revisar aquellos en los que este autor describe la vida de los trabajadores de las minas en el siglo XX. Efe Gómez o Eduardo Zuleta —cuya novela Tierra virgen chocó a muchos "porque es la defensa de los negros", según escribió Carrasquilla— ni se mencionan. La parte más contemporánea tiene obvios problemas de cobertura y balance; el más claro es el que se relaciona con la lingüística, pues sólo se pormenoriza la referente a los grupos indígenas amazónicos, dejando de lado el resto del país. Sin embargo, y a pesar de problemas como éste, a pesar de las repeticiones entre capítulos, de las ocasionales incongruencias, el libro alcanza una estructura satisfactoria, no fácil de lograr con un trabajo de tantos autores.
Uno de los aspectos que da unidad al libro es el enfoque ético que subyace en la mayoría de los trabajos, especialmente en los de los dos autores principales: buena parte de la labor sobre la antropología reciente enfrenta los problemas del compromiso del antropólogo con las comunidades indígenas, el debate entre una antropología científica y políticamente neutral y una antropología vinculada a la solución de los problemas indígenas, la confrontación entre visiones revolucionarias y reformistas o paternalistas de estas soluciones, etc. Este texto deja ver los difíciles problemas de identidad profesional y de ética social que encaran los antropólogos. Varios apartes narran, además, las luchas políticas y burocráticas generadas por los esfuerzos tendientes a imponer una u otra orientación en las universidades o los organismos estatales. Las luchas por el control del Instituto Colombiano de Antropología o por influir en las facultades de antropología de la Nacional o los Andes son reveladoras. Según los autores, la situación tranquila de comienzos de los años sesenta, cuando la Nacional proponía una antropología reformista en el marco de la Alianza para el Progreso y los Andes moldeaba su pénsum según "el programa de antropología urgente propuesto por la academia noratlántica a mediados de los años cincuentas" y buscaba preparar antropólogos capaces de describir las culturas "y pasarlas en forma de datos a los catálogos de los museos y las universidades, antes de que fuera demasiado tarde y se perdieran en el registro evolutivo de la humanidad", se rompió por la influencia acelerada del marxismo y por el choque provocado por los etnocidios de Planas y La Rubiera. Más bien que conocer, lo urgente fue ayudar a los grupos indígenas amenazados. Los resultados de este cambio fueron —nos muestran Arocha y Friedemann— ambiguos: los pénsumes de estudio se volvieron sectarios, las "consignas substituyeron a la teoría social"; sin embargo, se rompía una actitud de subordinación colonial y de apoyo a la explotación y opresión del indio. La capacidad de análisis científico, la calidad de la formación instrumental decayeron bruscamente; para muchos, por lo demás, esto resultaba conveniente. Uno de los antropólogos decidió convertirse en indio: las grabadoras, las teorías, los cuadernos de notas, formaban parte de la cultura opresora, elementos de diferenciación y prestigio utilizados contra los indios.
Los problemas prácticos y laborales generados por la crisis de conciencia y los nuevos compromisos del antropólogo reciben amplio tratamiento en esta obra. Para los antropólogos comprometidos, que sienten que deben identificarse con las comunidades con las cuales trabajan y luchan en defensa de sus intereses contra un Estado que sostiene la opresión, el primer conflicto surge cuando se ve que no existen muchas alternativas viables, aparte de trabajar con el mismo Estado. Según Friedemann, algunos resolvieron el conflicto mediante la "metodología de la inserción en las entidades del Estado, en beneficio de grupos campesinos e indígenas"; esta inserción tendría la ventaja de convenir tanto al antropólogo como al Estado: al primero, porque le ofrece "un modo de cumplir con su responsabilidad social, particularmente en situaciones de coerción política"; al Estado, porque le permite "el empleo de personas que básicamente no comparten sus metas, pero que vigilados en el ejercicio de su cargo no alcanzan a ocasionar mayores traumatismos en el aparato gubernamental". Trabajar en la universidad no resultaba tampoco fácil: los antropólogos que entraron a ellas en la década del setenta se adueñaron de los puestos, distribuidos según cuotas políticas (de grupos de oposición casi siempre) y se burocratizaron. Sólo unos pocos parecen haber encontrado una salida viable, ética y profesionalmente: "investigar y publicar fuera de las redes de gobierno del Estado" (pág. 422). Para ello, puede lograrse apoyo en entidades como Fes, Colciencias o Finarco; habría sido interesante que los autores hubieran sometido a un análisis más amplio esta alternativa, tanto en términos de los requisitos para utilizar las redes de contactos necesarios, las estrategias para obtener grants y contratos, como en términos de sus consecuencias éticas. En todo caso, señalan que esta línea no resuelve los problemas por completo: los investigadores independientes (que, según la encuesta realizada, poseen las calificaciones académicas más elevadas) constituyen "paradójicamente" un grupo sujeto a inestabilidad ocupacional. Tal vez esto no sea tan paradójico; en todo caso sirve para entender por qué los investigadores independientes presentan una y otra vez solicitudes de empleo en las anquilosadas universidades (pág. 103).

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Un trabajo tan complejo merece amplio debate. La conceptualización política resulta a veces sorprendente: la expresión pluralismo se reserva a movimientos como el Frente Unido, el Cric o la Anuc; el estatuto de seguridad aparece como el punto culminante de la "reiteración del orden de las castas raciales y los valores señoriales". Hay explicaciones de una simplicidad abrumadora (El álferez real "es un esfuerzo de finales del siglo XIX para atizonar las relaciones trabajadores-señores en el ámbito de la convivencia. Necesaria ésta para la continuidad de la producción de la hacienda sustentada por el trabajo de negros" (pág. 522). Y sobre todo, los problemas centrales suponen una visión del país y del papel de la ciencia social abierto a múltiples objeciones. ¿Es adecuado el modelo de Estado monolítico, que se emplea a lo largo del libro, a la luz de los mismos datos que se utilizan y que muestran que hasta las líneas más radicales pudieron lograr apoyo oficial? En mi opinión, los conceptos explicativos del sistema político conducen a una visión demasiado voluntarista y algo paranoide de la acción del Estado y del funcionamiento del sistema social colombiano. Al mismo tiempo, esto lleva a los autores a descartar teóricamente, aunque con frecuencia lo reconocen en la práctica, el papel positivo, en términos de las comunidades de indígenas, de una ciencia social rigurosa, con independencia de las intenciones políticas del autor. Las posiciones éticas conscientes son importantes, y en ciertas situaciones deben colocarse en primer plano. Pero esto no conduce rigurosamente a la condena reiterada, que se hace en el texto, de la investigación regida y motivada ante todo por parámetros científicos. La negativa de muchos autores a "comprometerse", en el sentido un poco limitado y discutible usado en este trabajo, puede conducir a trabajos que a la larga sirvan más para la defensa de comunidades y culturas amenazadas, que estudios y acciones impulsadas simplemente por buenas intenciones. La formulación explícita de los contenidos del compromiso tiende, es cierto, a reducirse en ocasiones a la obligación del antropólogo de colaborar con las comunidades "en el reencuentro de la conciencia histórica y cultural". ¿Por qué no admitir, entonces, que el estudio serio y metodológicamente riguroso contribuye a ello? A veces, por lo demás, los juicios del libro admiten esto a antropólogos que luego resultan elogiados por sus estudios y al mismo tiempo censurados por haber dejado que su status de extranjero prevaleciera "en las respuestas a cualquier exigencia de compromiso en relación con problemas de los indios" (pág. 407). En síntesis, los paradigmas éticos utilizados, aunque apuntan a un problema real, que merece un pensamiento serio, son todavía bastante confusos, y esta confusión refuerza los aspectos discutibles del modelo político empleado. Cierta paranoia, cierto maniqueísmo resultan entonces inevitables, aunque no lo suficiente para afectar seriamente el valor y el interés de este trabajo pionero.

JORGE ORLANDO MELO