Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

¡Pañales para la literatura infantil!


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La literatura infantil es un invento reciente: Apareció el siglo pasado en Europa occidental,  ligada a la idea de que en educación es más fructífero tratar con niños que con adultos. Se empezó a escribir por separado para los niños, se publicaron libros para transmitirles a los futuros adultos modelos de comportamiento y experiencias colectivas y, en algunos casos, simplemente para proveerlos de un pasatiempo.
Lo que hoy conocemos como "literatura infantil" es un conjunto variado: algunas de las obras reconocidas como clásicas en el género no fueron escritas pensando en los niños, y algunos de los libros escritos para éstos se han convertido en éxitos entre los adultos, como es el caso del reciente auge de la Historia interminable de Michael Ende.
En los últimos diez años en el país la literatura infantil ha venido recibiendo cada vez más atención. Los avances en el control de la natalidad y la vinculación de las mujeres al trabajo y al estudio, han hecho salir a los niños a una edad más temprana a cumplir parte de su socialización en guarderías y jardines infantiles, atendidos por personal calificado en educación y recreación preescolar. El niño se vuelve centro de atención y su universo se constituye en un nuevo mercado para las casas editoriales.
Desde 1977, año del primer concurso Enka de literatura infantil, ha aumentado en el -país la circulación de libros para niños, así como los cursos, conferencias- y escritos sobre el tema. Éste ha padecido toda suerte de interpretaciones: que es   juego, que es ideología, que ensancha la imaginación y la creatividad, que la fantasía es un instrumento peligrosamente alienante, que sirve de catalizador psicológico, que los cuentos de hadas atentan contra nuestra identidad cultural...
Voy a referirme enseguida a una muestra de libros publicados desde 1981 en ediciones colombianas o en coediciones latinoamericanas.

Al rescate de la tradición oral

Nos encontramos en primer lugar un grupo —el más numeroso— formado por libros inspirados en la tradición oral popular.
Cuentos, mitos y leyendas para niños de América Latina (coedición latinoamericana de Ed. Plus Ultra, Ática, Ekaré y Banco del Libro, San Pablo, Brasil, 1981). Con este libro se inicia una serie dedicada a difundir la literatura infantil propia, dentro de un programa de la Unesco y Cerlal (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina). Editores y especialistas en la materia pertenecientes a un grupo de países—Argentina, Brasil, Venezuela y Colombia— recurrieron al sistema de coedición para controlar costos y ganancias y por su interés en contribuir a la integración de la cultura de la región difundiendo elementos de su folclor para niños desde los diez años de edad. Un programa análogo, había sido puesto en práctica exitosamente en Tokio con un conjunto de países asiáticos.
Los cuentos recogidos en este libro se refieren a indios, jesuitas, tesoros y al origen de algunos alimentos. De Colombia se escogió una adaptación de la leyenda de El dorado hecha por Lucía Rojas de Perdomo. La mayoría de los relatos resultan flojos por desaciertos en el lenguaje y por las lúgubres ilustraciones en blanco, negro y ocre. Al final de cada cuento hay unas Notas y glosario donde se indica la fuente de las historias y se definen los términos más especializados o locales.

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En 1983 la Unesco y el Cerlal auspician otra coedición: Los cuentos picarescos para niños de América Latina (publicados en San Pablo, Brasil, en 1983) —recopilación de ocho cuentos cortos de los países miembros, ya mencionados, a los cuales se agregan esta vez Nicaragua, Guatemala, República Dominicana y Ecuador—, donde el protagonista es el pícaro, ese personaje común en el folclor de tantas partes del mundo y que en nuestro continente asume las figuras de Tío Conejo, Pedro Rimales, Juan Bobo y otros.
Bien diseñado, el libro tiene atractivas tapas de cartón duro y letras grandes. El diseñador es el reconocido dibujante del Brasil Gian Calvi, quien además ilustra el cuento del Ecuador. Se destacan las ilustraciones con rasgos infantiles del cuento de República Dominicana, ejecutadas por Ramón Oviedo. Pero la calidad de las ilustraciones es dispareja y, hay que decirlo, las del cuento de Colombia son las peores.
Entre los intentos de hacer literatura a partir de elementos de nuestro repertorio de tradiciones culturales está Juan Sábalo, de Leopoldo Berdella de la Espriella, ilustrado por Walter Orlando Tello, ganador del cuarto concurso Enka de literatura infantil. De los cuatro libros que ha dejado este premio se salva el otorgado en 1981, Hip, hipopótamo vagabundo (primera edición: Enka, Medellín, 1981; segunda edición: Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1982) de Rubén Vélez, ilustrado por Victoria Paz. Se trata de una historia original, en lenguaje fresco y sorpresivo y la parte gráfica está compenetrada con el espíritu del texto. Los demás son de regular calidad y el más pobre es Juan Sábalo (primera edición: Enka, Medellín, 1983; segunda edición: Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1983). Su texto tiene una simpleza muy forzada, compuesto por frases cortas, repetitivas, que tratan en vano de recrear la inocencia y la magia de los mitos y las leyendas antiguas para contar cómo fue el origen de la vida animal en la Ciénaga de Ayapel, cuando este era el país de los zenúes, a través de la figura del pescador Juan Sábalo. Las ilustraciones son de una pobreza notable.
En 1984 Carlos Valencia Editores publica en Bogotá dos libros sin ilustraciones, para jóvenes y adultos: Vida y asombros de don Ruma, de Álvaro Morales Aguilar, y Érase una vez entre los chibchas, de Alfredo García Giraldo. El primero de ellos es sobre el pícaro campesino Pedro Rimales, conocido también como el viejo Rumaldo y Don Ruma. La narración es lenta, Don Ruma piensa con demasiados recovecos y quiere decir muchas cosas al mismo tiempo. Habla a ratos como un campesino, otras veces como un dios chibcha o como un poeta inspirado, o pretende ser un sabio que deja profundas reflexiones morales o un personaje folclórico que se expresa con dichos y exageraciones.
El segundo, Érase una vez entre los chibchas, se basa en la mitología chibcha "desde la leyenda de Bachué o la fecundidad que da origen a un mundo siempre ligado al agua, hasta la caída de los muiscas a manos de los españoles". La narración tiene algo de ese espíritu ambiguo y abstracto de Don Ruma. Es curioso que cuando se piensa en rescatar "lo nuestro" para los niños de hoy, que son urbanos y telespectadores, casi siempre "lo nuestro" se entiende como lo indígena. Y difundir el agónico folclor se rodea de un hálito de ser tan encomiable labor que no se discute la calidad o lo apropiado de las selecciones hechas.
Por último, dentro de este primer grupo está Los caprichos de Dios —leyenda—, de Soad Louis de Farah, con ilustraciones de Cristo Hoyos (Ed. Colombia Nueva Ltda., Bogotá,1984). Tradición oral pero almibarada. Fuera de un dibujo de unas gallinas saraviadas, el resto del libro hace pensar en cartulina rosa y en bucles dorados. Parecen leyendas de un país de liliputienses: los caprichos de la princesita, el gusanito, los pescaditos, los granitos, globitos, gotitas... Demasiados diminutivos. Es el relato de la princesita que embrujé la ciénaga, pero envuelto en tales sublimidades líricas que espanta a los niños y también a los grandes. La autora, nacida hace 32 años en Ciénaga de Oro, quiso poner en poesía "apta para niños" algo de la rica materia prima de leyendas que existe en esa zona. El ilustrador, Cristo Hoyos, se sincronizó en la misma tónica y el resultado son unos dibujos de niños medio criollos y medio angelicales, con ojos de cupidos anacrónicos.
Existe en el repertorio de nuestra tradición oral recopilada, material muy divertido y apto para la segunda infancia -como los cuentos de Tío Conejo, recogidos por Euclides Jaramillo Arango, por mencionar un caso— que servirían para los niños sin tenerles que hacer estas dolorosas adaptaciones y que los empaparían de folclor sin hacerlos sentir cumpliendo una tarea del colegio o una obligación con el pasado.
Otro libro, no propiamente derivado de la tradición oral pero que retoma elementos de la cultura africana, ganador del Premio Concurso Nacional de Novela Infantil 1979 patrocinado por el Centro para la Investigación de la Cultura Negra en Colombia, es Catalino Bocachico, de Luis Darío Bernal (Kendur Ed., Bogotá, 1983), evocación de un legendario boxeador hecha en una playa de Cartagena por un viejo a un niño pescador de monedas en Bocachica.
El autor, un "narrador, crítico y poeta bogotano", retoma, como Soad Louis de Farah, un elemento popular, en este caso la vivencia del boxeo, y le añade fantasía para hacer un cuento para niños, pero támpoco aquí dio punto la receta. Es un libro de pasta dura, el único acierto, y formato de álbum con ilustraciones en color, de página entera, en hojas de papel diferente, pero los dibujos, al igual que la narración, resultan de una fantasía demasiado artificial.

Palabras para jugar

El segundo grupo de libros está formado por antologías de adivinanzas, poemas, cuentos cortos, trabalenguas, retahílas y canciones para niños desde la primera infancia.
Polvorín, antología literaria para niños, seleccionada y prologada por María Cristina Jimeno (Editorial Presencia, Bogotá, s.f.). De ilustrador nos encontramos de nuevo el nombre de Gian Calvi. Este es un libro para leer y ver una y otra vez, para oír, para aprenderse partes de memoria. No tiene ni mensajes ni didáctica cansona. Son trozos literarios bien escogidos, cortos, que divierten por su sonoridad o su imaginación. Recoge trabajos de tradición popular y también de escritores colombianos, de otros países latinoamericanos, europeos y norteamericanos,, entre ellos Pombo, María Elena Walsh, Elsa Isabel Bornemann, Guillén, La Fontaine, Esopo. El diseño es dinámico, hay variedad de una página a otra y los dibujos son bellos. La cubierta tiene el inconveniente de ser de una cartulina muy delgada, que se enrosca fácilmente.
País azul es otra antología similar, también de Editorial Presencia, hecha por David Jiménez Panesso, con dibujos de tres ilustradores: Ivar D’Coll, Esperanza Vallejo y Mariela Agudelo. Aquí también, independientemente del origen folclórico o literario de los versos y de la nacionalidad de los autores, el material se seleccioné por su calidad y por ser apropiado para niños de cuatro años de edad en adelante. Incluye escritos de Lewis Carroll, los hermanos Grimm, Horacio Quiroga, Tolstói y otros. La cubierta, impresa en policromia, como en Polvorín,  es de cartulina muy blanda. Los dibujos interiores se muestran desvahídos.
La filial bogotana de la argentina Editorial Kapelusz, acaba de publicar, en la Colección Postre de Letras, tres libros en los que participan escritores e ilustradores colombianos y que recogen tradición oral infantil: Arrume de rimas, recopiladas por Luis Liévano, ilustrado por Diana Castellanos; Adivina, adivinador, de Maín Suaza, ilustrado por Edgar Rodríguez, y Traba la lengua, lengua la traba, de Clarisa Ruiz, ilustrado por Gian Calvi. Postre de Letras, impreso por Editorial Printer Colombiana Ltda., forma parte de una colección mayor que comprende además las series Federico crece y Abrecuentos, impresas en Argentina, y la Manzana Roja, impresa en el Brasil, cada una dirigida a un grupo de edades específico.
Los tres tomos de Postre de Letras son un verdadero banquete para engullir con los ojos, para oír y hasta para manosear. Tienen excelente formato, con pasta fina, llenos de color y de magia. Recogen rimas y juegos de palabras de Latinoamérica. En ellos encontramos cosas como:

Virichumbito de papagaya
lastirilinga de miñantay
trabuquilindo, lindi, lindoli
la papagaya de muranday

Entre los libros escritos y diseñados totalmente por colombianos está el de la hermana Carolina Echeverri, H.O.P., A los niños mis mejores amigos, con ilustraciones de Gilberto Cárdenas, Jairo Palacios, David Berrío (Editorial Susaeta, Medellín, 1983). Este es otro caso que peca por exceso de diminutivos y "dulzura":
"Luna, lunita, lunera/ lunita cascabelera/ ven a traer lucecita/ a casa de mi abuelita"; amiguito, pelotica, palomita, o "pajarito prisionero/ no quiero que seas ingrato/ ni mucho menos traidor/ agradece a Dios sus dones/ y cántale una canción". Consejos para niños juiciosos y sosos.
Otra creación colombiana es el libro Aventuras y desventuras de Pánfila con los números, con textos del novelista y poeta Darío Jaramillo y diseño y dibujos del arquitecto Uldarico Minota, publicado por Cartón de Colombia, S.A. para la navidad de 1984, dentro de su Serie Educativa. "La obra se propone lograr que los niños amen el libro, jueguen con los números, aprendan a reconocerlos y tomen confianza con el mundo del papel, impreso o no, el cual les sirva de ventanita para la creatividad". Para ayudar a que el libro produjera la tentación de jugar se diseñó de tal manera que sus páginas de cartón doble se abren y el libro se convierte en un objeto. El formato, los colores, la calidad del papel son bien logrados. Pero el resto del libro como conjunto tiene incongruencias. La cubierta y la contracubierta le dan un aire de agenda de empresa y no resultan muy atractivas. Por dentro se dedican dos páginas a cada número, pero a excepción de las dos primeras páginas en las cuales lo gráfico y lo textual se compaginan, en el resto del libro no se integran bien los dos elementos. El diseño gráfico en general tiene más un tinte didáctico que artístico: repite muchas veces cada número, todos los números, y los encierra en márgenes. Los dibujos son demasiado "diseño de diseñador" de publicidad. El texto de Darío Jaramillo es una historia en esdrújulas, un episodio en la vida de la Pánfila de Pombo, cuando ésta queda amnésica para los números. La introducción conserva ese cosquilleo que da la sucesión de esdrújulas, seguida por unos versos para descubrir los números.

Los clásicos
El último grupo está formado por ediciones colombianas de obras "clásicas" de la literatura infantil universal.
En 1983 la editorial La Oveja Negra empezó a sacar Mi primer diccionario, sesenta fascículos para armar un diccionario ilustrado. Cada fascículo venía acompañado de un pequeño libro de pasta dura y formato infantil, lleno de láminas y una corta adaptación para primera infancia de cuentos de autores como: R.L. Stevenson, Mark Twain, Julio Verne, Jonathan Swift, Andersen y otros.

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Bolsilibros de editorial Bedout de Medellín ha publicado en su colección Cuentos, en 1983 y 1984, las versiones íntegras de los cuentos de Perrault, de los hermanos Grimm y de Andersen en ediciones económicas dirigidas más a la segunda infancia y a padres y educadores. (También incluye esta colección narraciones cortas del colombiano Hernando García Mejía: Cuentos del amanecer, Cuentos para soñar y La estrella deseada).
Editorial Coquito, en su colección Literatura Infantil, publicó recientemente las Fábulas de Samaniego. Las fábulas, por naturaleza, tienen una finalidad didáctica. Pero hay fábulas, como las de Pombo, que a pesar de hacerles propaganda a los buenos modales siguen gustando aunque hayan variado esos modales, porque además —o mejor dicho, a pesar detener moralejas, juegan con las palabras y crean situaciones jocosas o inesperadas. No sucede lo mismo con las fábulas que el español Félix María Samaniego (1745-1801) escribió para los alumnos de un seminario. Son muy conocidas en los países de habla hispana, pero resultan hoy por hoy cantaletas desactualizadas en rimas mecánicas. Y una vez más, las ilustraciones colaboran en espantar al lector, pues, a pesar de sus colores vivos, son copias estereotipadas de personajes de historietas.
Después de revisar esta muestra del boom de literatura infantil en el país, saltan a la vista algunos hechos:
ha aumentado la producción local de libros para niños y preadolescentes. A pesar de esto, la gran mayoría del material que se ofrece en el mercado sigue viniendo de España y Argentina. De lo producido en el país, el valor agregado nacional es sobre todo en impresión y encuadernación. Casi todos los autores, diseñadores gráficos e ilustradores de lo que producimos son extranjeros. Entre los libros enteramente colombianos predominan los diseños, ilustraciones mediocres —aunque, como vimos, hay excepciones— y los textos pecan por didácticos o por dulzones. Es dudoso que puedan captar la atención de esos exigentes "lectores" que son los niños y los jóvenes. Hay una respuesta a la ampliación del mercado editorial, pero ésta se presenta aún en pañales.

PATRICIA LONDOÑO