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¡Pañales
para la literatura infantil!
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La literatura
infantil es un invento reciente: Apareció el siglo pasado en Europa occidental,
ligada a la idea de que en educación es más fructífero tratar con niños que con
adultos. Se empezó a escribir por separado para los niños, se publicaron libros para
transmitirles a los futuros adultos modelos de comportamiento y experiencias colectivas y,
en algunos casos, simplemente para proveerlos de un pasatiempo.
Lo que hoy conocemos como "literatura infantil" es un conjunto variado: algunas
de las obras reconocidas como clásicas en el género no fueron escritas pensando en los
niños, y algunos de los libros escritos para éstos se han convertido en éxitos entre
los adultos, como es el caso del reciente auge de la Historia interminable de Michael
Ende.
En los últimos diez años en el país la literatura infantil ha venido recibiendo cada
vez más atención. Los avances en el control de la natalidad y la vinculación de las
mujeres al trabajo y al estudio, han hecho salir a los niños a una edad más temprana a
cumplir parte de su socialización en guarderías y jardines infantiles, atendidos por
personal calificado en educación y recreación preescolar. El niño se vuelve centro de
atención y su universo se constituye en un nuevo mercado para las casas editoriales.
Desde 1977, año del primer concurso Enka de literatura infantil, ha aumentado en el
-país la circulación de libros para niños, así como los cursos, conferencias- y
escritos sobre el tema. Éste ha padecido toda suerte de interpretaciones: que es
juego, que es ideología, que ensancha la imaginación y la creatividad, que la fantasía
es un instrumento peligrosamente alienante, que sirve de catalizador psicológico, que los
cuentos de hadas atentan contra nuestra identidad cultural...
Voy a referirme enseguida a una muestra de libros publicados desde 1981 en ediciones
colombianas o en coediciones latinoamericanas.
Al rescate de la tradición oral
Nos encontramos en primer lugar un grupo el más numeroso formado por libros
inspirados en la tradición oral popular.
Cuentos, mitos y leyendas para niños de América Latina (coedición
latinoamericana de Ed. Plus Ultra, Ática, Ekaré y Banco del Libro, San Pablo, Brasil,
1981). Con este libro se inicia una serie dedicada a difundir la literatura infantil
propia, dentro de un programa de la Unesco y Cerlal (Centro Regional para el Fomento del
Libro en América Latina). Editores y especialistas en la materia pertenecientes a un
grupo de paísesArgentina, Brasil, Venezuela y Colombia recurrieron al sistema
de coedición para controlar costos y ganancias y por su interés en contribuir a la
integración de la cultura de la región difundiendo elementos de su folclor para niños
desde los diez años de edad. Un programa análogo, había sido puesto en práctica
exitosamente en Tokio con un conjunto de países asiáticos.
Los cuentos recogidos en este libro se refieren a indios, jesuitas, tesoros y al origen de
algunos alimentos. De Colombia se escogió una adaptación de la leyenda de El dorado
hecha por Lucía Rojas de Perdomo. La mayoría de los relatos resultan flojos por
desaciertos en el lenguaje y por las lúgubres ilustraciones en blanco, negro y ocre. Al
final de cada cuento hay unas Notas y glosario donde se indica la fuente de las historias
y se definen los términos más especializados o locales.
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En 1983 la Unesco y el
Cerlal auspician otra coedición: Los cuentos picarescos para niños de América Latina
(publicados en San Pablo, Brasil, en 1983) recopilación de ocho cuentos cortos
de los países miembros, ya mencionados, a los cuales se agregan esta vez Nicaragua,
Guatemala, República Dominicana y Ecuador, donde el protagonista es el pícaro, ese
personaje común en el folclor de tantas partes del mundo y que en nuestro continente
asume las figuras de Tío Conejo, Pedro Rimales, Juan Bobo y otros.
Bien diseñado, el libro tiene atractivas tapas de cartón duro y letras grandes. El
diseñador es el reconocido dibujante del Brasil Gian Calvi, quien además ilustra el
cuento del Ecuador. Se destacan las ilustraciones con rasgos infantiles del cuento de
República Dominicana, ejecutadas por Ramón Oviedo. Pero la calidad de las ilustraciones
es dispareja y, hay que decirlo, las del cuento de Colombia son las peores.
Entre los intentos de hacer literatura a partir de elementos de nuestro repertorio de
tradiciones culturales está Juan Sábalo, de Leopoldo Berdella de la Espriella,
ilustrado por Walter Orlando Tello, ganador del cuarto concurso Enka de literatura
infantil. De los cuatro libros que ha dejado este premio se salva el otorgado en 1981, Hip,
hipopótamo vagabundo (primera edición: Enka, Medellín, 1981; segunda edición:
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1982) de Rubén Vélez, ilustrado por Victoria Paz. Se
trata de una historia original, en lenguaje fresco y sorpresivo y la parte gráfica está
compenetrada con el espíritu del texto. Los demás son de regular calidad y el más pobre
es Juan Sábalo (primera edición: Enka, Medellín, 1983; segunda edición: Carlos
Valencia Editores, Bogotá, 1983). Su texto tiene una simpleza muy forzada, compuesto por
frases cortas, repetitivas, que tratan en vano de recrear la inocencia y la magia de los
mitos y las leyendas antiguas para contar cómo fue el origen de la vida animal en la
Ciénaga de Ayapel, cuando este era el país de los zenúes, a través de la figura del
pescador Juan Sábalo. Las ilustraciones son de una pobreza notable.
En 1984 Carlos Valencia Editores publica en Bogotá dos libros sin ilustraciones, para
jóvenes y adultos: Vida y asombros de don Ruma, de Álvaro Morales Aguilar, y Érase
una vez entre los chibchas, de Alfredo García Giraldo. El primero de ellos es sobre
el pícaro campesino Pedro Rimales, conocido también como el viejo Rumaldo y Don Ruma. La
narración es lenta, Don Ruma piensa con demasiados recovecos y quiere decir muchas cosas
al mismo tiempo. Habla a ratos como un campesino, otras veces como un dios chibcha o como
un poeta inspirado, o pretende ser un sabio que deja profundas reflexiones morales o un
personaje folclórico que se expresa con dichos y exageraciones.
El segundo, Érase una vez entre los chibchas, se basa en la mitología chibcha
"desde la leyenda de Bachué o la fecundidad que da origen a un mundo siempre ligado
al agua, hasta la caída de los muiscas a manos de los españoles". La narración
tiene algo de ese espíritu ambiguo y abstracto de Don Ruma. Es curioso que cuando se
piensa en rescatar "lo nuestro" para los niños de hoy, que son urbanos y
telespectadores, casi siempre "lo nuestro" se entiende como lo indígena. Y
difundir el agónico folclor se rodea de un hálito de ser tan encomiable labor que no se
discute la calidad o lo apropiado de las selecciones hechas.
Por último, dentro de este primer grupo está Los caprichos de Dios
leyenda, de Soad Louis de Farah, con ilustraciones de Cristo Hoyos (Ed.
Colombia Nueva Ltda., Bogotá,1984). Tradición oral pero almibarada. Fuera de un dibujo
de unas gallinas saraviadas, el resto del libro hace pensar en cartulina rosa y en bucles
dorados. Parecen leyendas de un país de liliputienses: los caprichos de la princesita, el
gusanito, los pescaditos, los granitos, globitos, gotitas... Demasiados diminutivos. Es el
relato de la princesita que embrujé la ciénaga, pero envuelto en tales sublimidades
líricas que espanta a los niños y también a los grandes. La autora, nacida hace 32
años en Ciénaga de Oro, quiso poner en poesía "apta para niños" algo de la
rica materia prima de leyendas que existe en esa zona. El ilustrador, Cristo Hoyos, se
sincronizó en la misma tónica y el resultado son unos dibujos de niños medio criollos y
medio angelicales, con ojos de cupidos anacrónicos.
Existe en el repertorio de nuestra tradición oral recopilada, material muy divertido y
apto para la segunda infancia -como los cuentos de Tío Conejo, recogidos por Euclides
Jaramillo Arango, por mencionar un caso que servirían para los niños sin tenerles
que hacer estas dolorosas adaptaciones y que los empaparían de folclor sin hacerlos
sentir cumpliendo una tarea del colegio o una obligación con el pasado.
Otro libro, no propiamente derivado de la tradición oral pero que retoma elementos de la
cultura africana, ganador del Premio Concurso Nacional de Novela Infantil 1979 patrocinado
por el Centro para la Investigación de la Cultura Negra en Colombia, es Catalino
Bocachico, de Luis Darío Bernal (Kendur Ed., Bogotá, 1983), evocación de un
legendario boxeador hecha en una playa de Cartagena por un viejo a un niño pescador de
monedas en Bocachica.
El autor, un "narrador, crítico y poeta bogotano", retoma, como Soad Louis de
Farah, un elemento popular, en este caso la vivencia del boxeo, y le añade fantasía para
hacer un cuento para niños, pero támpoco aquí dio punto la receta. Es un libro de pasta
dura, el único acierto, y formato de álbum con ilustraciones en color, de página
entera, en hojas de papel diferente, pero los dibujos, al igual que la narración,
resultan de una fantasía demasiado artificial.
Palabras para jugar
El segundo grupo de libros está formado por antologías de adivinanzas, poemas, cuentos
cortos, trabalenguas, retahílas y canciones para niños desde la primera infancia.
Polvorín, antología literaria para niños, seleccionada y prologada por María
Cristina Jimeno (Editorial Presencia, Bogotá, s.f.). De ilustrador nos encontramos de
nuevo el nombre de Gian Calvi. Este es un libro para leer y ver una y otra vez, para oír,
para aprenderse partes de memoria. No tiene ni mensajes ni didáctica cansona. Son trozos
literarios bien escogidos, cortos, que divierten por su sonoridad o su imaginación.
Recoge trabajos de tradición popular y también de escritores colombianos, de otros
países latinoamericanos, europeos y norteamericanos,, entre ellos Pombo, María Elena
Walsh, Elsa Isabel Bornemann, Guillén, La Fontaine, Esopo. El diseño es dinámico, hay
variedad de una página a otra y los dibujos son bellos. La cubierta tiene el
inconveniente de ser de una cartulina muy delgada, que se enrosca fácilmente.
País azul es otra antología similar, también de Editorial Presencia, hecha por
David Jiménez Panesso, con dibujos de tres ilustradores: Ivar DColl, Esperanza
Vallejo y Mariela Agudelo. Aquí también, independientemente del origen folclórico o
literario de los versos y de la nacionalidad de los autores, el material se seleccioné
por su calidad y por ser apropiado para niños de cuatro años de edad en adelante.
Incluye escritos de Lewis Carroll, los hermanos Grimm, Horacio Quiroga, Tolstói y otros.
La cubierta, impresa en policromia, como en Polvorín, es de cartulina muy
blanda. Los dibujos interiores se muestran desvahídos.
La filial bogotana de la argentina Editorial Kapelusz, acaba de publicar, en la Colección
Postre de Letras, tres libros en los que participan escritores e ilustradores colombianos
y que recogen tradición oral infantil: Arrume de rimas, recopiladas por Luis
Liévano, ilustrado por Diana Castellanos; Adivina, adivinador, de Maín Suaza,
ilustrado por Edgar Rodríguez, y Traba la lengua, lengua la traba, de Clarisa
Ruiz, ilustrado por Gian Calvi. Postre de Letras, impreso por Editorial Printer Colombiana
Ltda., forma parte de una colección mayor que comprende además las series Federico crece
y Abrecuentos, impresas en Argentina, y la Manzana Roja, impresa en el Brasil, cada una
dirigida a un grupo de edades específico.
Los tres tomos de Postre de Letras son un verdadero banquete para engullir con los ojos,
para oír y hasta para manosear. Tienen excelente formato, con pasta fina, llenos de color
y de magia. Recogen rimas y juegos de palabras de Latinoamérica. En ellos encontramos
cosas como:
Virichumbito de
papagaya
lastirilinga de miñantay
trabuquilindo, lindi, lindoli
la papagaya de muranday
Entre los libros escritos
y diseñados totalmente por colombianos está el de la hermana Carolina Echeverri, H.O.P.,
A los niños mis mejores amigos, con ilustraciones de Gilberto Cárdenas, Jairo
Palacios, David Berrío (Editorial Susaeta, Medellín, 1983). Este es otro caso que peca
por exceso de diminutivos y "dulzura":
"Luna, lunita, lunera/ lunita cascabelera/ ven a traer lucecita/ a casa de mi
abuelita"; amiguito, pelotica, palomita, o "pajarito prisionero/ no quiero que
seas ingrato/ ni mucho menos traidor/ agradece a Dios sus dones/ y cántale una
canción". Consejos para niños juiciosos y sosos.
Otra creación colombiana es el libro Aventuras y desventuras de Pánfila con los
números, con textos del novelista y poeta Darío Jaramillo y diseño y dibujos del
arquitecto Uldarico Minota, publicado por Cartón de Colombia, S.A. para la navidad de
1984, dentro de su Serie Educativa. "La obra se propone lograr que los niños amen el
libro, jueguen con los números, aprendan a reconocerlos y tomen confianza con el mundo
del papel, impreso o no, el cual les sirva de ventanita para la creatividad". Para
ayudar a que el libro produjera la tentación de jugar se diseñó de tal manera que sus
páginas de cartón doble se abren y el libro se convierte en un objeto. El formato, los
colores, la calidad del papel son bien logrados. Pero el resto del libro como conjunto
tiene incongruencias. La cubierta y la contracubierta le dan un aire de agenda de empresa
y no resultan muy atractivas. Por dentro se dedican dos páginas a cada número, pero a
excepción de las dos primeras páginas en las cuales lo gráfico y lo textual se
compaginan, en el resto del libro no se integran bien los dos elementos. El diseño
gráfico en general tiene más un tinte didáctico que artístico: repite muchas veces
cada número, todos los números, y los encierra en márgenes. Los dibujos son demasiado
"diseño de diseñador" de publicidad. El texto de Darío Jaramillo es una
historia en esdrújulas, un episodio en la vida de la Pánfila de Pombo, cuando ésta
queda amnésica para los números. La introducción conserva ese cosquilleo que da la
sucesión de esdrújulas, seguida por unos versos para descubrir los números.
Los clásicos
El último grupo está formado por ediciones colombianas de obras "clásicas" de
la literatura infantil universal.
En 1983 la editorial La Oveja Negra empezó a sacar Mi primer diccionario, sesenta
fascículos para armar un diccionario ilustrado. Cada fascículo venía acompañado de un
pequeño libro de pasta dura y formato infantil, lleno de láminas y una corta adaptación
para primera infancia de cuentos de autores como: R.L. Stevenson, Mark Twain, Julio Verne,
Jonathan Swift, Andersen y otros.
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Bolsilibros de editorial
Bedout de Medellín ha publicado en su colección Cuentos, en 1983 y 1984, las versiones
íntegras de los cuentos de Perrault, de los hermanos Grimm y de Andersen en ediciones
económicas dirigidas más a la segunda infancia y a padres y educadores. (También
incluye esta colección narraciones cortas del colombiano Hernando García Mejía: Cuentos
del amanecer, Cuentos para soñar y La estrella deseada).
Editorial Coquito, en su colección Literatura Infantil, publicó recientemente las Fábulas
de Samaniego. Las fábulas, por naturaleza, tienen una finalidad didáctica. Pero hay
fábulas, como las de Pombo, que a pesar de hacerles propaganda a los buenos modales
siguen gustando aunque hayan variado esos modales, porque además o mejor dicho, a
pesar detener moralejas, juegan con las palabras y crean situaciones jocosas o
inesperadas. No sucede lo mismo con las fábulas que el español Félix María Samaniego
(1745-1801) escribió para los alumnos de un seminario. Son muy conocidas en los países
de habla hispana, pero resultan hoy por hoy cantaletas desactualizadas en rimas
mecánicas. Y una vez más, las ilustraciones colaboran en espantar al lector, pues, a
pesar de sus colores vivos, son copias estereotipadas de personajes de historietas.
Después de revisar esta muestra del boom de literatura infantil en el país,
saltan a la vista algunos hechos:
ha aumentado la producción local de libros para niños y preadolescentes. A pesar de
esto, la gran mayoría del material que se ofrece en el mercado sigue viniendo de España
y Argentina. De lo producido en el país, el valor agregado nacional es sobre todo en
impresión y encuadernación. Casi todos los autores, diseñadores gráficos e
ilustradores de lo que producimos son extranjeros. Entre los libros enteramente
colombianos predominan los diseños, ilustraciones mediocres aunque, como vimos, hay
excepciones y los textos pecan por didácticos o por dulzones. Es dudoso que puedan
captar la atención de esos exigentes "lectores" que son los niños y los
jóvenes. Hay una respuesta a la ampliación del mercado editorial, pero ésta se presenta
aún en pañales.
PATRICIA LONDOÑO
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