|
Neocolonialismo
y nostalgia hablada
Frente al mar donde el
sol duerme
María Victoria Perea
Editorial Plaza y Janés, Bogotá, 1984, 272
págs.
|
|
|
|
|
"Telmo, Telmo
Vargas, ¿qué has hecho de tu vida?". Con este lamento invocatorio comienza la
primera novela de María Victoria Perea, trabajo que se enmarca dentro de la narrativa que
se decide a explorar el choque violento que ha producido la irrupción del progreso y la
civilización en culturas esencialmente míticas, arraigadas en la tierra, cuya cultura ha
sido conservada por medio de la tradición oral y la ritualización de las costumbres.
Telmo Vargas, personaje protagónico erigido en símbolo de una colectividad que se
destruye a sí misma, cegada por la ambición del dinero, evoca, desde su agonía en una
lancha perdida en el mar, la historia de su pueblo; pueblo cuyos .orígenes se remontan a
los tiempos de la colonización, cuando don Juan Manuel de Vargas, loco excéntrico,
reparte arbitrariamente la tierra con los Carreños, antes servidores de los Vargas,
después erigidos en señores propietarios.
|
|
|
|
|
|
El antagonismo de clase ancestro entre las dos familias se convertirá
en hito que marcará las relaciones internas entre los habitantes de la isla, y en
símbolo de la división que permitirá que el pueblo sucumba ante la llegada de los
extraños.
Haciendo uso de todos los elementos propios de la épica oral, María Victoria Perea,
española nacionalizada en Colombia, reconstruye el nacimiento y la destrucción de una
cultura que se sostiene por el recuerdo, cada vez más desdibujado, de los tiempos lejanos
y que va siendo desplazada por la "cultura" del progreso:
La autoridad, carajo, el alcalde, el corregidor. Y la gente que se
miraba y lo miraba como si no hablara en español, sino en una lengua tan trabada como la
del gringo. Hasta que gritó: ¿Quién manda aquí, animales? Nadie pudo contestarle,
porque nadie mandaba. Las cosas de la isla se sucedían según lo establecido en tiempos
de don Gonzalo de Vargas, cada cual a lo suyo y Dios a lo de todos... (pág. 102).
Es por conducto de la memoria colectiva, de las narraciones orales de
los testigos más viejos de la isla, como el lector se entera de una prosperidad remota,
que va sucumbiendo con la irrupción de una civilización fragmentada en sus símbolos
más destructores: el primer motor, traído por Yimmi Ojara, el gringo, quien termina
perforando toda la isla en busca de petróleo; la luz eléctrica, los primeros
aserraderos, el comercio y luego el contrabando, el hotel, los turistas...
Personajes legendarios: doña Dolores, don Juan Manuel, el viejo Zacarías, Agripina,
mitificados por la imaginación colectiva, van quedando arrinconados en la memoria, para
dar paso a los portadores del progreso: con ellos llega la ambición desmesurada, el afán
del dinero, la fatalidad para la isla:
[...] que pronto ni cementerio tendrían, que quizás otros recién
llegados construirían un nuevo hotel sobre sus flores, la isla que se achicaba bajo el
paso de los invasores, de sus casas enormes ocultando la tierra, que ya casi ni espacio
quedaba... (pág. 164).
Los nativos no sirven para nada. Son perezosos, sin vergüenzas y
ladrones. Las mismas palabras del Heliodoro y ella se las oyó a uno de los recién
llegados, que se las decía a la mujer pintarrajeada, casi desnuda, caminando los dos
juntos a su rancho, alborotando, sin pedir permiso para pasar, como si todo les
perteneciera, espantando a las gallinas, a los marranos, aplastando las matas de
chillanga... (pág. 137).
Sólo Georgilia, símbolo de la conciencia mítica, va percibiendo la
destrucción e intuyendo la muerte. Su locura inicial se vuelve lucidez intuitiva, su
silencio es espacio de premoniciones:
Y ella había visto una vez el cielo pintado así, y no quería
recordar ahora cuándo fue, pero lo sabía muy bien y la idea la llenaba de espanto, que
fue cuando la marejada se llevó toda la tierra del Estrecho, con sus cañas de rampira y
el espíritu de don Zacarías, y ahora se repetía como un presagio terrible (pág.
13).
Únicamente el cura previniendo y ella también presintiendo el
peligro en su corazón, sólo que entonces no habló porque no lo sabía con certidumbre,
entonces sólo se estremeció cuando vio los potros de los negros y escuchó sus cantos (pág.
42).
Como don Zacarías, abriendo huecos para buscar tesoros dijo
Georgilia por la noche, estremeciéndose agorera Ojalá que no nos dejen otra luz
azul de espanto ahora que el Estrecho está en el fondo de las aguas y el espíritu se
perdió para siempre (pág. 100).
Burlada por Telmo, se erige en personaje protagonista, antagónico:
ella mujer-tierra, conservación del espacio, enfrentada a Telmo, símbolo de la
conciencia histórica, proyectado hacia el tiempo sucesivo del progreso, quien se une al
gringo Yimmi Ojara, representante del inversionista extranjero, dispuesto a sacar todo el
provecho económico posible de la isla, hasta agotarla:
Para qué buscamos dentro de la tierra dijo el gringo si
la plata está rodeándonos por todos lados. Kilómetros y kilómetros de árboles de
madera. ¡Eso vale oro, Telmo, oro! (pág. 154).
Telmo y Georgilia, personajes protagónicos, caracterizados en su
función colectiva. Paralelamente se van contando las historias de los demás habitantes
del pueblo, va surgiendo la historia colectiva de una comunidad arrancada de su
permanencia, de su inmutabilidad, para la cual tampoco "habrá una segunda
oportunidad sobre la tierra".
El entusiasmo se fue pasando por el correr de los días, cada quien
en su trabajo de rutina invariable, pero con todo, la vida no volvió a ser igual. Les
habían arrancado de la inmutabilidad. Les habían creado un futuro para reemplazar el
eterno presente que llevaban a su alrededor como una coraza protectora que rechazara el
peligro de los sueños... (pág. 111).
La obra está construida a partir de un discurso más cercano a la
oralidad que a la palabra escrita. Este recurso abre la posibilidad de jugar con el tiempo
flexiblemente. Hablando, resulta más natural remontarse a tiempos lejanos, alternar con
el recuerdo más cercano, o situarse en el presente inmediato. Así la novela adquiere un
ritmo cadencioso y ligero, en el que los personajes y los sucesos se van configurando a
fragmentos, a partir de la memoria colectiva. De allí el contrapunteo entre la realidad
mítica propia del tiempo de los orígenes y el realismo costumbrista de un presente
inmediato.
En el plano puramente formal del tratamiento del lenguaje, la obra cae a veces en la
fórmula reiterativa. Hay un excesivo uso del que, propio de la conversación anecdótica:
[...] que no se tropezara en la subida, que no se mojara las naguas
largas con el batir de la marea, atento como ninguno, y la negra que se inflaba de
orgullo, que sacudía la falda como gallina recién empollada, que iniciaba parloteos para
pagar la amabilidad (pág. 169).
que se esperase un momentico, que si no le provocaba un tintico, y
él que sí, aunque sólo fuera para lavar la pena que se le prendía a la garganta, y
ella que siéntese, siéntese (pág. 178).
Telmo gritando que no quería pensar en Tarcisio, que no era su
hijo, Dios, que no lo era por más que saliera del vientre de Georgia y Georgilia sólo
fuera suya, pero semejante marica, semejante marica, gritando ahora las palabras que nunca
dijo, las que se le extendieron en temblores... (pág. 213).
Estructuralmente la obra contiene todos los elementos que caracterizan
la epopeya: doble dimensión míticohistórica del tiempo, el espacio y los personajes. Se
enmarca dentro de lo que se ha llamado la neoepopeya latinoamericana, tendencia que
intenta suplir desde la literatura la épica que nunca pudo surgir de un
pueblo mutilado por una aculturación que borró toda posibilidad de recuperación del
pasado.
La obra resulta una crítica al neocolonialismo estadounidense, que irrumpe tan
destructivamente como el primero.
Es cierto que no se queda en el panfleto ni en la simple denuncia, pero sí cae a veces en
un excesivo localismo. Los momentos en que se reconstruye la historia colectiva mediante
la simple anécdota, del chisme, de la conversación cotidiana, no permiten que el mundo
recreado alcance la dimensión simbólica que sí se logra cuando interviene la voz
narrativa que elabora el lenguaje familiar.
De todas maneras se evidencia un gran talento narrativo a través de las 272 páginas que
conforman Frente al mar donde el sol duerme, primera obra de carácter
épico-novelesco de María Victoria Perea, quien se había destacado antes como escritora
dramática. En 1963 ganó el premio del festival de arte de Cali por la pieza teatral Tierra
de rehenes. En 1972 fue premiada por Caminos de gloria, obra para televisión.
BEATRIZ HELENA ROBLEDO
|