Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

Neocolonialismo y nostalgia hablada


Frente al mar donde el sol duerme
María Victoria Perea
Editorial Plaza y Janés, Bogotá, 1984, 272 págs.

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"Telmo, Telmo Vargas, ¿qué has hecho de tu vida?". Con este lamento invocatorio comienza la primera novela de María Victoria Perea, trabajo que se enmarca dentro de la narrativa que se decide a explorar el choque violento que ha producido la irrupción del progreso y la civilización en culturas esencialmente míticas, arraigadas en la tierra, cuya cultura ha sido conservada por medio de la tradición oral y la ritualización de las costumbres.
Telmo Vargas, personaje protagónico erigido en símbolo de una colectividad que se destruye a sí misma, cegada por la ambición del dinero, evoca, desde su agonía en una lancha perdida en el mar, la historia de su pueblo; pueblo cuyos .orígenes se remontan a los tiempos de la colonización, cuando don Juan Manuel de Vargas, loco excéntrico, reparte arbitrariamente la tierra con los Carreños, antes servidores de los Vargas, después erigidos en señores propietarios.

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El antagonismo de clase ancestro entre las dos familias se convertirá en hito que marcará las relaciones internas entre los habitantes de la isla, y en símbolo de la división que permitirá que el pueblo sucumba ante la llegada de los extraños.
Haciendo uso de todos los elementos propios de la épica oral, María Victoria Perea, española nacionalizada en Colombia, reconstruye el nacimiento y la destrucción de una cultura que se sostiene por el recuerdo, cada vez más desdibujado, de los tiempos lejanos y que va siendo desplazada por la "cultura" del progreso:

La autoridad, carajo, el alcalde, el corregidor. Y la gente que se miraba y lo miraba como si no hablara en español, sino en una lengua tan trabada como la del gringo. Hasta que gritó: ¿Quién manda aquí, animales? Nadie pudo contestarle, porque nadie mandaba. Las cosas de la isla se sucedían según lo establecido en tiempos de don Gonzalo de Vargas, cada cual a lo suyo y Dios a lo de todos... (pág. 102).

Es por conducto de la memoria colectiva, de las narraciones orales de los testigos más viejos de la isla, como el lector se entera de una prosperidad remota, que va sucumbiendo con la irrupción de una civilización fragmentada en sus símbolos más destructores: el primer motor, traído por Yimmi Ojara, el gringo, quien termina perforando toda la isla en busca de petróleo; la luz eléctrica, los primeros aserraderos, el comercio y luego el contrabando, el hotel, los turistas...
Personajes legendarios: doña Dolores, don Juan Manuel, el viejo Zacarías, Agripina, mitificados por la imaginación colectiva, van quedando arrinconados en la memoria, para dar paso a los portadores del progreso: con ellos llega la ambición desmesurada, el afán del dinero, la fatalidad para la isla:

[...] que pronto ni cementerio tendrían, que quizás otros recién llegados construirían un nuevo hotel sobre sus flores, la isla que se achicaba bajo el paso de los invasores, de sus casas enormes ocultando la tierra, que ya casi ni espacio quedaba... (pág. 164).

Los nativos no sirven para nada. Son perezosos, sin vergüenzas y ladrones. —Las mismas palabras del Heliodoro y ella se las oyó a uno de los recién llegados, que se las decía a la mujer pintarrajeada, casi desnuda, caminando los dos juntos a su rancho, alborotando, sin pedir permiso para pasar, como si todo les perteneciera, espantando a las gallinas, a los marranos, aplastando las matas de chillanga... (pág. 137).

Sólo Georgilia, símbolo de la conciencia mítica, va percibiendo la destrucción e intuyendo la muerte. Su locura inicial se vuelve lucidez intuitiva, su silencio es espacio de premoniciones:

Y ella había visto una vez el cielo pintado así, y no quería recordar ahora cuándo fue, pero lo sabía muy bien y la idea la llenaba de espanto, que fue cuando la marejada se llevó toda la tierra del Estrecho, con sus cañas de rampira y el espíritu de don Zacarías, y ahora se repetía como un presagio terrible (pág. 13).

Únicamente el cura previniendo y ella también presintiendo el peligro en su corazón, sólo que entonces no habló porque no lo sabía con certidumbre, entonces sólo se estremeció cuando vio los potros de los negros y escuchó sus cantos (pág. 42).

Como don Zacarías, abriendo huecos para buscar tesoros —dijo Georgilia por la noche, estremeciéndose agorera— Ojalá que no nos dejen otra luz azul de espanto ahora que el Estrecho está en el fondo de las aguas y el espíritu se perdió para siempre (pág. 100).

Burlada por Telmo, se erige en personaje protagonista, antagónico: ella mujer-tierra, conservación del espacio, enfrentada a Telmo, símbolo de la conciencia histórica, proyectado hacia el tiempo sucesivo del progreso, quien se une al gringo Yimmi Ojara, representante del inversionista extranjero, dispuesto a sacar todo el provecho económico posible de la isla, hasta agotarla:

Para qué buscamos dentro de la tierra —dijo el gringo— si la plata está rodeándonos por todos lados. Kilómetros y kilómetros de árboles de madera. ¡Eso vale oro, Telmo, oro! (pág. 154).

Telmo y Georgilia, personajes protagónicos, caracterizados en su función colectiva. Paralelamente se van contando las historias de los demás habitantes del pueblo, va surgiendo la historia colectiva de una comunidad arrancada de su permanencia, de su inmutabilidad, para la cual tampoco "habrá una segunda oportunidad sobre la tierra".

El entusiasmo se fue pasando por el correr de los días, cada quien en su trabajo de rutina invariable, pero con todo, la vida no volvió a ser igual. Les habían arrancado de la inmutabilidad. Les habían creado un futuro para reemplazar el eterno presente que llevaban a su alrededor como una coraza protectora que rechazara el peligro de los sueños... (pág. 111).

La obra está construida a partir de un discurso más cercano a la oralidad que a la palabra escrita. Este recurso abre la posibilidad de jugar con el tiempo flexiblemente. Hablando, resulta más natural remontarse a tiempos lejanos, alternar con el recuerdo más cercano, o situarse en el presente inmediato. Así la novela adquiere un ritmo cadencioso y ligero, en el que los personajes y los sucesos se van configurando a fragmentos, a partir de la memoria colectiva. De allí el contrapunteo entre la realidad mítica propia del tiempo de los orígenes y el realismo costumbrista de un presente inmediato.
En el plano puramente formal del tratamiento del lenguaje, la obra cae a veces en la fórmula reiterativa. Hay un excesivo uso del que, propio de la conversación anecdótica:

[...] que no se tropezara en la subida, que no se mojara las naguas largas con el batir de la marea, atento como ninguno, y la negra que se inflaba de orgullo, que sacudía la falda como gallina recién empollada, que iniciaba parloteos para pagar la amabilidad (pág. 169).

que se esperase un momentico, que si no le provocaba un tintico, y él que sí, aunque sólo fuera para lavar la pena que se le prendía a la garganta, y ella que siéntese, siéntese (pág. 178).

Telmo gritando que no quería pensar en Tarcisio, que no era su hijo, Dios, que no lo era por más que saliera del vientre de Georgia y Georgilia sólo fuera suya, pero semejante marica, semejante marica, gritando ahora las palabras que nunca dijo, las que se le extendieron en temblores... (pág. 213).

Estructuralmente la obra contiene todos los elementos que caracterizan la epopeya: doble dimensión míticohistórica del tiempo, el espacio y los personajes. Se enmarca dentro de lo que se ha llamado la neoepopeya latinoamericana, tendencia que intenta suplir —desde la literatura— la épica que nunca pudo surgir de un pueblo mutilado por una aculturación que borró toda posibilidad de recuperación del pasado.
La obra resulta una crítica al neocolonialismo estadounidense, que irrumpe tan destructivamente como el primero.
Es cierto que no se queda en el panfleto ni en la simple denuncia, pero sí cae a veces en un excesivo localismo. Los momentos en que se reconstruye la historia colectiva mediante la simple anécdota, del chisme, de la conversación cotidiana, no permiten que el mundo recreado alcance la dimensión simbólica que sí se logra cuando interviene la voz narrativa que elabora el lenguaje familiar.
De todas maneras se evidencia un gran talento narrativo a través de las 272 páginas que conforman Frente al mar donde el sol duerme, primera obra de carácter épico-novelesco de María Victoria Perea, quien se había destacado antes como escritora dramática. En 1963 ganó el premio del festival de arte de Cali por la pieza teatral Tierra de rehenes. En 1972 fue premiada por Caminos de gloria, obra para televisión.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO