|
Itinerario
a través del sin sentido y el tedio
En la línea beduina
Juan Carlos Moyano Ortiz
Ediciones Sociedad de la Imaginación,
Bogotá,. 1984, 102 págs.
|
|
|
|
|
La primera solapa de este
opúsculo informa que el autor tiene en su haber veintiséis años y otros tres libros
publicados, que ha escrito obras teatrales y que en la actualidad, además de sus piruetas
literarias (tiene una novela en preparación), "labora como acróbata ambulante y
juglar de los parques y las calles". Esto no dice gran cosa sobre el autor. Sus
relatos, en cambio, permiten conocer otras facetas.
Pese a que arranca con un epígrafe de Borges, este libro de relatos dista mucho de poner,
en práctica la consigna borgesiana de "distraer y conmover". Las ocho piezas
que lo integran carecen de ese elemento sutil que Stevenson llamaría "encanto",
y Cortázar, "fulguración": uno tiene que esforzarse para llegar al final de
ese descenso a los hemisferios más oscuros de la existencia humana, el asco, el
sinsentido, el tedio. Sus protagonistas son, casi en su totalidad, seres mutilados por
dentro y por fuera, mendigos ulcerados, equilibristas envejecidos, drogadictos
desahuciados, hombres y mujeres aplastados por una rutina desnuda de ilusiones, que se
debaten flores de sótano en sórdidos paisajes suburbanos donde imperan la
frustración, la soledad, el vacío, la muerte en vida. Pocas veces un libro habrá
llevado una cubierta que exprese tan fielmente en términos visuales toda la carga de un
contenido tenebroso.
El relato que le da nombre al volumen es un extenso soliloquio; Vocación de pájaro
ciego y El abismo de la escalera están narrados en tercera persona, y los
demás en esa forma fatigosa y pedante, esa segunda persona que, cuando no es manejada con
acierto (como en el género epistolar), asume casi siempre el tono de la cantaleta,
dándole al lector la poco agradable impresión de ser el tercero en discordia. El único
relato donde este recurso narrativo tiene justificación es La neurosis de Dios, en
el que al final resulta que el narrador es también protagonista y no un titiritero
invisible. El común denominador, con todo, parece ser la endeblez de la estructura,
resultado de la fruición del autor en yuxtaponer expresiones cuidadosamente acuñadas con
esa retórica entre esquizoíde y alucinada característica de ciertos guetos
intelectuales donde se consumen dosis masivas de sones antillanos, "antiedipo" y
sociología de taberna, amen de otros yerbajos, de modo que, según la trajinada
expresión, la fronda no deja ver el bosque.
Abundan las frases de este corte: "el accidente fue un tizón que le obturó el
nacimiento de la vida", "no te quita la mirada rapaz que ejerce contra ti desde
que decidió cumplirle a tu evidente agonía", "acezando como un atleta
coaccionado por la fatiga, alza su existencia por encima del agua", y otras más cuyo
rebuscamiento dejó de ser barroco para volverse decididamente churrigueresco. El
repertorio de palabras favoritas del autor, de las que usa y abusa a discreción, incluye tiempo,
espacio, orgasmo, histeria, lazarillo. Otras veces nos obsequia con tecnicismos
infortunados en el contexto, tales como psicosis o pathos. Valga
una muestra de esta "jerga muerta y altisonante" (según la observación del
abogado parlanchín de la Línea beduina): "Entiendes, con algo de
remordimiento, que tu capacidad intelectual de jovencito precoz no se compadece con el
poder de autoafirmaciónque requieres para impulsar tus propios deseos. Por eso, desde el
día inesperado cuando leíste la propaganda del show de Biky la Francesita, tu
mente empezó a estimular aspiraciones y a resolver diferencias con el hostigamiento
cotidiano de advertecias y reprimendas", etc. Uno cree escuchar la resonancia de un
eco distante: "La razón de la sinrazón que a mi razón se hace...".
Sin embargo, cuando al autor le da por ensayar con la simplicidad, logra aciertos
indudables. De un inválido nos dice: "es joven pero quiere ser anciano para morirse
pronto"; de una doliente pordiosera:
"en otro siglo te hubieran apaleado por indecente y en otra era hubieras pasado por
profetisa"; o bien esta imagen, de una plasticidad repentina: "el café está
frío, olvidado, mirando al techo con su ojo negro que reúne todas las negruras". El
relato que quizá sea el más logrado del conjunto, no por el tema harto trillado (la
mujer que en pleno climaterio acude a un reencuentro con su primer amor), ni por el tono voyeur
con que nos es contado, sino por la sensibilidad casi proustiana hacia el paso del
tiempo, es La cita, pese a que la frase-broche, por lo obvia, liquida el efecto
final. Por su parte, Vocación de pájaro ciego desperdicia una oportunidad
inapreciable para hacer una reflexión profunda sobre las relaciones entre
artista-obra-público, y se deja arrastrar por senderos muy transitados hacia un desenlace
ingenuo por lo previsible.
A base de contención de la exuberancia y cultivo pertinaz y autocrítico de la
complacencia desmedida por las palabras que queda evidenciada en los logros y desaciertos
de su obra, Moyano Ortiz puede llegar a sorprender dentro de algunos años. Por lo pronto,
su En la línea beduina no es un libro de esos que a uno le gustaría releer.
HUMBERTO BARRERA O.
|