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Dos
valores rescatados del galeón de la literatura
Lejos del mar / asaltos
Manuel García Herreros
Colección Literaria Fundación Simón y
Lola Guberek, Medellín, 1985, 96 págs.
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La colección literaria
de la Fundación Guberek, en los trece volúmenes publicados durante dos años de
existencia, ha procurado equilibrar la materia preponderante: poesía con las valiosas
reediciones de Amantes, de Gaitán Durán, y los Poemas de la ofensa, de
Jaime Jaramillo Escobar, y varios nuevos poetas, con narrativa, periodismo, ensayo y
rescates de escritores muertos y completamente desconocidos.
Este último propósito, la resurrección de cadáveres que merezcan el aire de nuestros
días, parece el más difícil. Lo que comprende ese acartonado objeto titulado historia
de la literatura colombiana es ya de por sí bastante pesado como para pensar que, donde
se ha colado tanta basura, se haya quedado por registrar algo siquiera decente.
Creemos que es una excepción a lo dicho el libro motivo de esta reseña. Manuel García
Herreros nació en Cartagena en 1894. Su padre, Carlos García Herreros, era
santandereano, y su madre, Plácida Núñez, cartagenera de pura cepa, sobrina de don
Rafael Núñez. Su nombre aparece entre los colaboradores de Voces, la revista del sabio
catalán de García Márquez, y se sabe que trabajó como periodista en El Heraldo, de
Barranquilla. En esa ciudad murió, en 1950.
Además de Lejos del mar y Asaltos, relatos publicados por la Fundación
Guberek, la obra de García Herreros es escasa; don Daniel Samper Ortega recuerda apenas
otros tres cuentos; sus títulos hacen intuir la plena justicia que ha ejercido el tiempo
sobre ellos: Amor de amores, Inquietud adorable y Fecunda inconformidad..
La historia que se cuenta en Lejos del mar es ingenua, simple, fallida y, en este
sentido, el relato también es fallido, simple e ingenuo. Lo que interesa aquí es esa
agilidad del diálogo, esa conciencia descriptiva de alguien que escribe cuando el
cinematógrafo es el furor; esto le da cierta contemporaneidad y cierta frescura al
asunto. Lo más interesante de Lejos del mar tiene que ver con fechas, con
comparaciones, con analogías: en 1936, don Daniel Samper Ortega incluyó esta novela
corta en un volumen de la Biblioteca Aldeana titulado Tres cuentistas jóvenes, junto
con obras de José Antonio Osorio Lizarazo y Eduardo Arias Suárez, coetáneos de García
Herreros. En el prólogo dice Samper Ortega que Lejos del mar data de 1921, cuando
su autor tenía 25 años de edad, tres años antes que La vorágine. Lo interesante
con respecto a la famosa novela de Rivera es al mismo tiempo que la identidad de ciertos
paisajes físicos, el contraste entre las maneras de abordar la descripción.
Aparte de este valor arqueológicoLejos del mar como antecedente de La
vorágine, acaso aparte del contrapunto descripción-narración síntoma
del conocimiento de ciertas vanguardias y de la fiebre del cine. Lejos del mar no
tiene ni la frescura, ni el humor, ni el sentido del absurdo, ni la clara contemporaneidad
de Asaltos, el otro relato incluido en el libro de la colección Guberek. Aquí si
ha habido un auténtico rescate. Es un cuento que parece escrito ayer no más; el tiempo
no ha pasado sobre él. Asaltos fue recuperado del número 5 de La Novela Semanal,
la revista que dirigió Luis Enrique Osorio a fines de los veinte y comienzos de los
treinta.
El absurdo argumento de Asaltos logra momentos verdaderamente hilarantes. Se trata
de la historia de un muchacho que siente repentinos e irreprimibles impulsos por robar
bigotes. Bigotes. Inevitable pensar en los vanguardistas de los veinte; en Gómez de la
Serna, en las Tres inmensas novelas de Vicente Huidobro y Jean Arp. Tulio Ernesto
robaba bigotes; y no sólo los robaba, sino que los coleccionaba en un esmerado álbum.
Sobre el argumento del libro don Daniel Samper Ortega escribió: "resulta,
pues, en apariencia, un cuentecillo tonto [!], para reír un rato: mas, en el
fondo, ¡cuánta verdad, cuánto desencanto, qué amarga filosofía! Los hombres
mutilados, que sí han logrado sobresalir del montón lo deben al adminículo superlabial,
tornan a su insignificancia, al anonimato de donde salieron, cuando pierden aquellos
motivos ornamentales que los distinguen. Asaltos resulta así todo un tratado de
historia política, y el lector, olvidado de los bigotes, rememora todos los efímeros
atributos que ha conocido en los políticos, que hoy son y mañana no parecen, atributos
no menos deleznables que los que Tulio Ernesto cercenaba: el oportunismo del uno, que se
ceba en el caído con el ánimo de que en la memoria de las gentes quede flotando con la
idea de que a él se debe la caída; el acto de rebeldía sin consecuencias del que ya no
tiene interés en no ser rebelde, por haber perdido la esperanza de obtener este o aquel
puestecillo diplomático; el discurso altisonante del que edifica el más espantable
castillo sobre el copo de espuma de la voluntaria ignorancia de los hechos... todo esto es
lo que retrata García Herreros en Asaltos y lo que entiende el que sabe leer entre
líneas".
DARÍO JARAMILLO AGUDELO
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