Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

Asuntos personales


Sola en esta nube
Óscar Castro García
Universidad de Antioquia, Colección
Literatura, Arte y Ciencia, Medellín, 1985, 93 págs.

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La perspectiva, el punto de vista, que llaman, no puede ser mejor: el monólogo de un chico que va a cobrar un tiro de esquina, decisivo en este partido de fútbol jugado en una calle de barriada. Los de aquí, los de este barrio de Bello, cercados por ese "humo negro" de Fabricato, dirimen viejas rivalidades con "los desnutridos de La Estación".
Con la promesa de ese "gol olímpico" (que es, además, el título de este cuento), Oscar Castro García nos mete de verdad en ese tiempo detenido, en ese pretexto para una nostalgia antes del olvido. Así arranca Castro García en esta retrospectiva de cuatro años sobre ese difícil territorio de la narración corta, experiencia que ya le ha rendido dos importantes premios. Así comienza, excelentemente, a articular un lenguaje, unos recursos, a explorar una técnica cuyas constantes más evidentes son el monólogo interior y la construcción musical —por así llamarla— del discurso narrativo.
Este cuento, que abre la muestra y que data de 1979, es, relativamente, el más logrado de los siete. En él va aún incontaminada por los alardes verbales una bien conseguida, deliberada candidez narrativa, que aporta frescura y gracia al relato. Los dos primeros párrafos de Gol olímpico plantean precisa, efectivamente, ese juego narrativo en el cual una voz con su bien captado simplismo y con su codicia de gol es suplida por el irónico comentario de un alter ego, por ese chico, allá en el quicio, con un libro de aventuras, "silencioso, observador, burlándome del que va a cobrar". Desdoblamientos, miradas y presencias que se intercambian con un pasmo de irrealidad, hasta llegar a disolver esta voz individual en una colectiva que, por un momento, expresa a toda "la gallada", al barrio. La evocación de este lugar y de este tiempo magníficos acarrea la inclusión de esos elementos de un ambiente (el futbolito, los tiras y tombos, las solteronas Posada, la tienda de Don Emilio, Patecoca, el Gordo, Carevieja), sin llegar a elaborarlos como liturgia y ritual, pero sí ofrecidos como visión y recuerdo de un mundo, de un escenario admirablemente descrito.
Olas ininterrumpidas es de nuevo el entrecruzamiento de voces que se toman alternadamente el relato. Ahora, el innominado narrador del primer cuento (al parecer) ha crecido, se ha vuelto trascendental. Lástima. La escena también ha cambiado; es ahora un lugar de difícil arraigo para este tipo, en su vagabundaje bohemio por ese centro de Medellín, tedioso y mezquino. Un periplo que va cediendo a otro más íntimo, quizá al del mismo personaje en una confrontación con su auténtico ser. Y queda la ciudad, descrita con abundante, sustancioso detalle: abigarrado escenario de colores, sonidos, sabores, ruidos, músicas, roces, frotteurismes, "sones del negro con su tarro tam-tam", harekrishnas estólidos, redundantes; aromas de papas fritas, manzanas chilenas, flores de Santa Elena, pachulíes... "por esas calles que en tres horas quedan despejadas y sólo le señalan a uno la miseria de su soledad". Bien, bien. Me complace este escenario, me atrae como atrae un vicio. Pero, intercalados en el texto, aparecen unos párrafos en bastardilla: ¿Qué decir de esta balumba incoherente, de esta afasia momentánea? Pues que se trata de un ludus lingüístico, un simple jugueteo de formas que ojalá siga siendo posible, aunque, por una vez, pretenda justificarse: "Y palabras venirse de una vez no respetar el orden discurso la gramática perder paciencia no querer medidas el caos la pereza dolerme la lengua tener sueño humo inundando mi vida...
A prudente distancia, el siguiente relato, es otra vez el momento suspendido, la descripción minuciosa del instante en que un hombre sufre una detención con la fatal perífrasis:
"... adar-un-paseíto-hermano-bien-temprano-para-que-nos-rinda-el-tiempo". Hay en este cuento un sano, un bienvenido afán de visualización, de evocación plástica, asunto engorroso que algunos eluden mirando por encima de su hombro, como rechazo inconsciente de una artesanía narrativa "clásica": arrogante mecanismo de defensa que esconde una carencia (con el diálogo pasa lo mismo: ahora todos monologan). He aquí un ejemplo de lo que logra Castro García con frecuencia en este intento: "El otro, metralleta en mano, no tiene cara: sólo percibo que el foquito de la casa de doña Bertilda se asoma tras una oreja y después aparece detrás de la otra [...] entonces queda un vacío, sí, su cara es un vacío de luz. Él me debe reconocer en el continuo prende-apagaprende, como si fuera mi cara un aviso luminoso".
Constancia (ganador del premio único en el VIII Congreso latinoamericano de cuento, Puebla, México) podría decirse que empalma con la temática, el ritmo, el estilo cortado del cuento anteriormente reseñado. Notable la progresión dramática de este descarnado relato de una tortura. Excelentes soluciones narrativas da Castro García en la transcripción de los interrogatorios, las órdenes, los gritos, los monólogos, todos ellos elementos que, en realidad, son los que van tejiendo todo un entramado narrativo, construyendo una secuencia de muy logradas elipsis temporales, llevando el relato hasta un preciso cierre, un final que opera como una apertura hacia otro orden, hacia una más honda dimensión en el destino del personaje, algo ya enunciado, por demás, en el epígrafe tomado de José Donoso: "Pero no, no me dejen cruzar a la oscuridad donde ninguna zozobra existe me quieren (sic) mantener a este lado, en la penumbra. .". Castro dice con bella ironía: "Al verme en libertad me negué a creerlo y pensé que estaban equivocados, que me haría falta esa única casa que era todo mía. Extrañaba el arriba abajo te vamos a matar hijueputa un dos tres cuatro adelante atras...
En los relatos de Oscar Castro la anécdota resulta mínima, casi un pretexto, justamente un pretexto, mientras el discurso se construye a un nivel musical (perdone Oscar Castro las nivelaciones). Hay en el un gusto por la eufonía del vocablo, por el ritmo, la cadencia de las frases. Hay en el una frecuente transcripción de las voces vivas, el grito, la mimesis, la onomatopeya. Y hay también un regodeo en la invención del vocablo, en el juego de palabras, en el texto aliterado, en el trabalenguas. En ello se apoya mucho su ingenio, su gracia de narrador; pero, ¿paradójicamente?, en ello y con ello sus relatos, por momentos, sólo por momentos, represan cierto efectismo verbal. Así en el cuento Desafiando la ciudad, monólogo de un atravesado, de un sicario de la moto en su misión de cien mil pesos, en su loca carrera desde la cima de Matasanos, bajando de Don Matías a Medellín "[para] meterme a la ciudad como entro a tu vagiiiiiiina, mi amante Lulú", substrato anecdótico éste que sirve para crear y mantener un crescendo narrativo más que su pirotecnia verbal (sincronismos del ruido de la moto con las palabras), recurso que se va desgastando y apareciendo como francamente inútil.
Eso mismo molesta un poco en Sola en esta nube (Premio único del III Concurso nacional de cuento Argemiro Pérez Patiño, Universidad de Medellín). Puede ser un escrúpulo, de acuerdo; pero el sacudimiento que provoca en el lector ese amargo soliloquio (está bien, monólogo interior) de Ana Clara, la vieja prostituta de El Pedrero, en su solitaria fiesta de cumpleaños, tal vez funcionaría igualmente bien, o hasta mejor, sin
estos malabarismos. Sola en esta nube, cuento lleno de virtudes, a trechos se disuelve en un trabalenguas y en un juego de palabras que quita tal vez algo de la conmoción contenida en este recuerdo de Ana Clara, "de Ana Clara bendita". Una santa.
De contera, esta colección termina con El encuentro. Al principio, sólo al principio, da la ilusión de ser un mero texto experimental. Luego, estas distintas versiones sobre un mismo asunto (la común, la dudosa, la cuarta, la acomodada y corriente, la más cercana a la verdad, etcétera) empiezan a parecer un guiño, más tarde un codazo del autor (que no del narrador) que se mete en el cuento para crear una múltiple perspectiva. En realidad —nos parece—, ninguna se excluye, todas contribuyen a la creación de un ámbito, mientras, gradualmente, se va abriendo ese vórtice, ese cráter que es el encuentro del narrador-personaje y el efebo Luis Guillermo.
No se sabe: al final queda ese fastidio de la rutina que vuelve, de ese asunto que Castro García resuelve en una fórmula: "Sentarse ocho horas en una oficina a observar de vez en cuando, con disimulo y sigilo, el sol que reverbera en las calles...
Para no hablar de ese limbo que provocan sus estatuas, a las once de la mañana, sus bronces oscuros y quietos, sin brillar a la luz del sol: "Las estatuas recorren, sudorosas, los espacios infinitos y se aman en los parques, al pie de sus pedestales y se suben a ellos al amanecer, ajenas a su sexo, a sus glorias..."

JOSÉ RAÚL DÍAZ