Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 

¿Alzamientos campesinos traicionados?


 

Ensayos de historia social y política del siglo xx
Gonzalo Sánchez
El Áncora Editores, Bogotá, 1985. 275 págs.

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En un solo volumen se reúnen tres trabajos estrechamente ligados entre sí y que muestran la continuidad del trabajo histórico del autor. El primero de ellos, Los bolcheviques del Líbano, fue publicado en 1976 y reeditado, corregido, en 1981. Las ligas campesinas en Colombia es un texto de 1977. Estos dos ensayos se reproducen sin modificaciones y a ellos se añade- el artículo, Raíces históricas de la amnistía o etapas de la guerra en Colombia, escrito con ocasión de las recientes discusiones sobre la paz y la amnistía.
Los tres estudios se refieren a diversos aspectos de las luchas campesinas en Colombia, y están escritos con una simpatía que alcanza a dar vida y calor a un conjunto de investigaciones que, por la amplitud de los archivos revisados y la sólida base erudita que los sustenta, podrían sufrir de la ilegibilidad de buena parte de nuestra reciente producción histórica.
En Los bolcheviques del Líbano el autor narra en un estilo casi novelesco los antecedentes e incidentes de la revuelta que en 1929, en nombre de ideales socialistas, realizó un amplio grupo de artesanos y campesinos del municipio del Líbano, departamento del Tolima. Sánchez reconstruye en forma segura las condiciones económicas, sociales y culturales de la zona de la insurrección, y contra ese trasfondo muestra los incidentes de una rebelión que, pese a su derrota, dejó huella profunda en la actitud política de la región. Entre los dirigentes y agitadores que promovieron la acción se halla, a más del zapatero Pedro Nárvaez, la interesante figura de Julio Ocampo Álvarez. En 1928 este oficia como secretario en "bautismos socialistas", organiza la "unión obrera", une su "suerte a la de la Camarada Señorita Rut Mejía Gómez", según "nuestro santo Ideal" y, a fines del año, aparece como organizador de "mil macheteros negros de Puerto Tejada que al declararse la huelga de las Bananeras, se quedaron esperando la orden nacional de movilización en solidaridad con aquella" (pág. 73). Reaparece, el 26 de agosto de 1933, sin que el autor destaque su presencia, encabezando con su firma un elaborado memorial, a nombre de la Liga Campesina del Tequendama, en el que denuncia la situación que se vivía en Viotá (Cundinamarca).
Este brillante trabajo tuvo la virtud de ampliar la estrecha visión que tenía la historiografía colombiana sobre las agitaciones y conflictos de la década de 1920, limitada a las principales huelgas de la época. Su análisis es casi siempre indiscutible, aunque para sustentar algunos puntos concretos el autor se apoya en datos insuficientes: por ejemplo, dado lo poco que se sabe sobre la organización de la conspiración, ¿por qué atribuir con tanta seguridad a la izquierda liberal su freno? Igualmente no queda claro el hecho de que aunque los datos apunten a una revuelta en la que el sector rural tiene una posición muy subordinada, el autor la defina sin embargo como una revuelta campesina.
El segundo ensayo, Las ligas campesinas en Colombia, pese a referencias ocasionales a otras regiones, se concentra en el estudio de las luchas agrarias en las zonas cafeteras de Cundinamarca, libradas entre 1928 y 1936. En el momento de su aparición, este estudio hizo aportes sustanciales, tanto desde el punto de vista factual como del interpretativo, al conocimiento de un tema todavía ignorado y que después recibió atención creciente. Entonces sólo había aparecido un breve ensayo de Hermes Tovar
1 ; casi simultáneamente se publicó la tesis de grado de Gloria Gaitán sobre el tema 2 . Luego varios trabajos de Darío Fajardo y Marco Palacios 3 han ofrecido una visión más compleja de los conflictos agrarios de la época. Sánchez hizo entonces una buena caracterización de las condiciones sociales de la región y de los tipos de conflicto, una presentación adecuada de las formas de organización campesina y de sus vínculos con los grupos políticos del momento, en especial la izquierda liberal, la Unir y el partido comunista.
Este es también un excelente artículo, lleno de sugestivos análisis y apoyado en una amplia documentación, entre la que se advierte, sin embargo, la omisión de los materiales de orden departamental, de primordial importancia: esto explica que a veces Sánchez atribuya a la nación actos que otros autores, como Carlos Lleras Restrepo o Palacios, asignan al departamento de Cundinamarca, como la adquisición de la hacienda El Soche. Dada la complejidad de los problemas que plantean algunas de las interpretaciones del autor, resulta difícil discutirlas en forma adecuada en una breve nota, sin simplificar indebidamente una argumentación fluida y matizada como es la del autor. Pero es preciso señalar que la visión del conflicto agrario que expone el autor parece apoyarse en supuestos más o menos implícitos, y que son muy discutibles. En efecto, la narración de los acontecimientos presenta a un campesinado militante y revolucionario, que ha acumulado una experiencia de enfrentamientos radicales "contra todo un régimen político y social", y que ha constituido una amplia y vigorosa red de ligas campesinas, convertido, en poco tiempo, en un campesinado desarmado ideológica, militar y políticamente. Las ligas campesinas se vuelven entonces "dóciles instrumentos [...] de la burguesía nacional" y el proceso culmina con la "claudicación" del movimiento y de la izquierda frente al reformismo del presidente López Pumarejo expresado ante todo en la ley de tierras. Al presentar las causas de esta brusca y sorpresiva transformación, el autor destaca ante todo la política del partido comunista, en particular cuando decidió dar su apoyo a la llamada "Revolución en Marcha" y al Frente Popular. Para darle tal trascendencia a la actitud relativamente moderada del partido comunista, es necesario minimizar las transformaciones reales que ocurrieron en la región, en especial los éxitos de la presión campesina para lograr la fragmentación de las haciendas. El autor ve como secundarias las parcelaciones, y sostiene que "si el balance de las luchas campesinas se hiciera sólo en base a ellas el saldo sería indiscutiblemente pobre" (pág. 148). Igualmente debe presentarse al campesinado inicialmente mucho más revolucionario de lo que probablemente fue, a costa de que luego aparezca como indefenso e ingenuo frente a las maniobras de los sectores políticos de izquierda durante el gobierno de López. Por último, el argumento exige suponer que existían condiciones para una lucha campesina de contenido revolucionario y con posibilidades de apoyo nacional, lo que no resulta comprobable a partir de la información existente, que apunta más bien hacia una localización muy precisa de las zonas de conflicto. Las dificultades de esta posición se advierten con claridad al ver el tratamiento que el autor da a los grupos agrarios orientados por Erasmo Valencia y Juan de Dios Romero. Estos dirigentes aparecen bajo una luz muy positiva y como representantes de los verdaderos intereses campesinos, e implícitamente como más radicales que el partido comunista. Sin embargo, los textos aducidos por el autor muestran en ellos una posición agrarista y reformista bastante clara.

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Todas estas dificultades parecen en buena parte innecesarias. ¿No es más fácil admitir que los campesinos querían destruir las condiciones concretas de explotación que sufrían y ante todo cambiar el regimen local de las haciendas por una estructura en la que dominaran los pequeños propietarios, capaces de sembrar y comercializar el café y dueños de parcelas debidamente tituladas? Si esto es así, no tiene nada de extraño que la destrucción de las haciendas locales y su parcelación, con apoyo, así fuera vacilante, del gobierno, transformara las condiciones sociales del campesinado y debilitara las bases de su radicalismo, que por lo demás nunca desapareció por completo. No es fácil entender cómo los campesinos se dejaron embaucar por unos dirigentes claudicantes: ¿por qué, entonces, no surgieron proyectos políticos y conductores diferentes que lograran un respaldo real? ¿Por qué, si Romero y Valencia adoptaron posiciones más de acuerdo con los intereses de los campesinos, estos siguieron a los falsos profetas, a unos dirigentes claudicantes. ¿Por qué no aparecieron proyectos alternativos con respaldo campesino real?
El último artículo, Raíces históricas de la amnistía o etapas de la guerra en Colombia, presenta las actitudes de los grupos guerrilleros frente a la amnistía ofrecida por el gobierno militar en 1953. El análisis de las exigencias de los distintos sectores y de las respuestas estatales permite esbozar una tipología muy útil y muestra una gradación del radicalismo y del grado de conciencia política de guerrilleros como Guadalupe Salcedo, Eliseo Velásquez o el "capitán" Franco. La calidad del estudio es indudable, pero de nuevo parece que el autor exagera el radicalismo de las confrontaciones y la realidad de que se estuvieran gestando condiciones para una revolución clásica. El autor dice que "mientras dentro del movimiento guerrillero ganaban fuerza ciertas posiciones socializantes [...] a nivel nacional se agudizaron las contradicciones entre el Ejecutivo y las Fuerzas Armadas y la clase dirigente, sabedora del incontrolable proceso que se estaba incubando".
¿Sí era tan incontrolable el proceso y tenía tanta conciencia de ello la clase dirigente? ¿Tenía el movimiento guerrillero verdadera posibilidad de conquistar el poder con un proyecto socializante? Tal vez pueda considerarse como respuesta a estas preguntas un párrafo del texto, cuando afirma que el grupo del capitán Franco "fue quizá el único de los de inspiración liberal que formuló expresamente la necesidad de articular el problema de la pacificación a un programa de reforma agraria, relación que las clases dominantes tardaron varios años en reconocer". El programa de Franco consistía en la "solicitud de distribución de tierras y ayudas a los campesinos pobres y sus familias", algo que no puede verse sino como expresión de reformismo agrario. En estos apartes, otra vez el supuesto de que existían las condiciones para un proceso revolucionario le permite al autor presentar al partido comunista como un grupo pólítico que con su conducta condujo a una negociación que desmonté las posibilidades de una explosión revolucionaria. La misma perspectiva parece tener del proceso de paz actual, impulsado por fuerzas que desde el gobierno buscan "una renegociación que aplace el estallido final" (subrayado mío).
Con todo, pese a la dramatización de ciertos procesos y a la atribución al partido comunista de una capacidad de movilización, y también de desmovilización, que parece exagerada, los aportes de este trabajo, en el plano empírico y en el caso de muchos análisis concretos, son de valor y vigencia indudables.

JORGE ORLANDO MELO

1 El movimiento campesino en Colombia durante los siglos XIX-XX, Bogotá, 1975. (regresar1)

2 Colombia, la lucha por la tierra en la década del 30, Bogotá, 1976. (regresar2)

3 El café en Colombia, Marco Palacio. Bogotá, segunda edición, 1983. Violencia y desarrollo, Darío Fajardo, Bogotá, 1979. (regresar3)