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Busto de Luis Flórez en la sede de Yerbabuena del
Instituto Caro y Cuervo.
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ALEC: el habla de un país
Texto elaborado por EL Boletín
UNA TORRE DE BABEL, así suena Colombia,
donde a la cabeza la llaman "la pensadora", "la múcura", "el
mate", "la azotea", o"la teja", en fin, casi una palabra por
región. Esta diversidad llamó al estudio.
Entre 1981 y 1983, el Instituto Caro y Cuervo, publicó el Atlas Lingüístico
Etnográfico de Colombia (ALEC),
en el que se da cuenta del habla popular de
las poblaciones hispanoparlantes de Colombia, es decir dejando de lado las lenguas
indígenas, campo de la etnolingüística. El resultado final, son seis tomos tamaño
cuarto, con 1.523 mapas en los que se pueden ubicar geográficamente las variaciones
lexicográficas y fonéticas y las correspondencias entre las diferentes denominaciones de
los vocablos españoles empleados en las diferentes regiones colombianas.
Mientras don Luis Flórez hizo sus estudios de lenguaje en Nueva York, doctorado en
filosofía en Chicago y México entre 1942 y 1944, fue discípulo de don Tomás Navarro
Tomás, notable investigador español, del que heredó el interés por los estudios de
geografía lingüística. A su regreso se reintegró al Instituto Caro y Cuervo, dirigido
entonces por el doctor José Manuel Rivas Sacconi. En 1954 emprendieron la labor de hacer
un cuestionario con la ayuda de Tomás Buesa Oliver, investigador español entonces
profesor de la Universidad Nacional. En 1956 tenían listas las ocho mil preguntas, y
entrenados algunos encuestadores.
Fueron veintinueve años de trabajo, de 1959 a 1978, durante los cuales grupos de tres o
cuatro personas se desplazaron a las 262 localidades escogidas, desafiando nuestra
irreversada geografía. Buscaron en cada sitio varios informantes, nada fáciles de
encontrar, si se tiene en cuenta que su edad debía estar entre los cincuenta y sesenta
años, ser naturales del lugar, es decir, con antepasados en la región, preferiblemente
con tres generaciones, y que no hubieran vivido temporadas largas en otros sitios. A estos
grupos de informantes se les sometió un cuestionario de ocho mil preguntas, labor que
demandaba, por lo menos, una semana en cada sitio.
Don Luis Flórez, quien concibió, planeó y dirigió el ALEC,
y José Joaquín
Montes, actual investigador del Instituto Caro y Cuervo, dedicaron su vida y lo mejor de
sus conocimientos a la recolección del 17872.000 respuestas que les dieron 2.234
informantes 754 mujeres y 1.480 hombres, campesinos la mayoría, analfabetos
la quinta parte. Joaquín Montes recuerda esos veinte años de pesquisas lingüísticas,
como una obra inmensurable no sólo por lo que representa para la investigación en
Colombia, sino por lo que implicó llegar a cada pueblo, buscar el apoyo de la autoridad,
escoger los informantes y dedicarse a la minucia de hacer comprender y luego contestar el
cuestionario. Algunas veces fueron rechazados por comunistas, otras juzgados por los
curas, o rehuidos por creerlos recolectores de impuestos o reclutadores del ejército o,
simplemente, ignorados por el desconocimiento de los campesinos del tema que se quería
investigar.
La obra total se compone de once mapas preliminares con estadísticas y datos sobre la
geografía, la división política-administrativa del país y los grupos aborígenes,
necesarios para comprender los 1.523 mapas que tiene el atlas. Cada una de las palabras o
significados estudiados, aquellas que constituyen el vocabulario básico con el cual el
hombre rural nombra su entorno, tiene su croquis geográfico, en el que se indican sus
diferentes acepciones o significantes según las zonas. Cuenta con un suplemento de
material folclórico, y dos discos, uno de cantos y otro de juegos de velorios. En este
suplemento se encuentran coplas, cantos, juegos, costumbres, fórmulas mágicas, conjuros,
tradiciones míticas, en general, creaciones literarias de las variaciones etnográficas.
Por último el ALEC
cuenta con un manual guía, indispensable para quien quiera
consultarlo.
En el tomo I
hay temas relacionados con la agricultura, en el n con la ganadería.
El nI se dedica a las palabras en la casa, en las fiestas, palabras religiosas e
institucionales; el IV, a la vivienda y el vestido; el V,
al cuerpo humano y la
alimentación, el VI, a los oficios y empleos. Un sólo vistazo al ALEC es asomarse a la
infinidad de modos de vida, expresados en el habla, que tiene el pueblo colombiano que
habita veredas y pueblos, variedad cultural reflejada en la multitud de formas para
referirse a un mismo elemento de la realidad.
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Para realizar la minuciosa investigación que requirió el
ALEC, Luis Flórez y sus colaboradores penetraron hasta lo más íntimo de la vida
campesina.
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Un poco más amplio fue
el cuestionario de fonética, que permitió obtener datos valiosos particularmente en lo
tocante a la distribución dialectal de alófonos consonánticos de /s/, /R/, /rr/,
/Ch/, /D/, /B/, /G/, etc. La principal riqueza del ALEC está en el aspecto léxico,
al que se consagró la gran mayoría de las preguntas, cada una de las cuales
proporcionaba a veces muchas decenas de variantes (por ejemplo, en conceptos como
"órganos genitales", "borrachera", etc,) que en general se
aprovecharon en su casi totalidad, incluyendo en listas formas que por su muy escasa
frecuencia no se cartografiaron.
Es un trabajo descriptivo, no analítico, que sienta las bases de la investigación
dialectológica en Colombia, que habrá de explicarnos por qué y cómo en Colombia
creamos permanentemente nuestro entorno en la medida en que nombrar es un acto de magia
que le da identidad, existencia, a lo nombrado.
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Yerbabuena,
la sede del Instituto Caro y Cuervo desde donde se comandó el ALEC
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Durante
veinte años, se recogieron datos, se hicieron anotaciones, se corrigió y se redactó
sobre estos cuestionarios piloto.
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Luis Flórez
con Manuel Alvar, uno de los colaboradores que con Rafael Torres Quintero, José Joaquín
Montes, María Luisa R. de Montes, y Carola Martínez, entre muchos otros, hicieron
posible la investigación.
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En las otras fotografías
se observan escenas de los investigadores con algunos de los 2.234 informantes,
analfabetos en su mayoría, diseminados por todo el territorio nacional, que fueron
consultados para obtener el material básico de la obra linguística más grande que se ha
realizado en América Latina.
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Este
manuscrito en el que se observa el mapa de la casa de una informante, Tránsito Álvarez
vda. de Ortiz, levantado para especificar el nombre asignado a cada sitio, da la medida
del trabajo que implicó acercarse a los miles de significados y denominaciones usadas en
el español hablado en Colombia.
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En cinco
tomos editados se recopiló la información de las 17.872.000 respuestas obtenidas por los
encuestadores durante sus veinte años de trabajo.
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Toda la geografía, sus
habitantes y costumbres quedarán consignados en el ALEC.
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ejemplo de
los códigos utilizados para determinar los vocablos y su región.
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se observan
anotaciones hechas para consignar el equivalente fonético de cada expresión
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una hoja
tomada al azar de entre los miles de documentos en borrador que se usaron, no sólo para
recoger la información lingüística, sino también para dejar constancia de las
tradiciones orales de la población rural
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Imágenes
de algunas de las 262 localidades visitadas entre 1959 y 1978, por los encuestadores del
ALEC para dejar consignados en sus apuntes el lenguaje, los dichos y giros, usados por la
población colombiana a todo lo ancho y largo de la región andina.
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