Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 4,  Volumen XXII , 1985
 
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Busto de Luis Flórez en la sede de Yerbabuena del Instituto Caro y Cuervo.


ALEC: el habla de un país

Texto elaborado por EL Boletín

UNA TORRE DE BABEL, así suena Colombia, donde a la cabeza la llaman "la pensadora", "la múcura", "el mate", "la azotea", o"la teja", en fin, casi una palabra por región. Esta diversidad llamó al estudio.
Entre 1981 y 1983, el Instituto Caro y Cuervo, publicó el Atlas Lingüístico Etnográfico de Colombia (ALEC), en el que se da cuenta del habla popular de las poblaciones hispanoparlantes de Colombia, es decir dejando de lado las lenguas indígenas, campo de la etnolingüística. El resultado final, son seis tomos tamaño cuarto, con 1.523 mapas en los que se pueden ubicar geográficamente las variaciones lexicográficas y fonéticas y las correspondencias entre las diferentes denominaciones de los vocablos españoles empleados en las diferentes regiones colombianas.
Mientras don Luis Flórez hizo sus estudios de lenguaje en Nueva York, doctorado en filosofía en Chicago y México entre 1942 y 1944, fue discípulo de don Tomás Navarro Tomás, notable investigador español, del que heredó el interés por los estudios de geografía lingüística. A su regreso se reintegró al Instituto Caro y Cuervo, dirigido entonces por el doctor José Manuel Rivas Sacconi. En 1954 emprendieron la labor de hacer un cuestionario con la ayuda de Tomás Buesa Oliver, investigador español entonces profesor de la Universidad Nacional. En 1956 tenían listas las ocho mil preguntas, y entrenados algunos encuestadores.
Fueron veintinueve años de trabajo, de 1959 a 1978, durante los cuales grupos de tres o cuatro personas se desplazaron a las 262 localidades escogidas, desafiando nuestra irreversada geografía. Buscaron en cada sitio varios informantes, nada fáciles de encontrar, si se tiene en cuenta que su edad debía estar entre los cincuenta y sesenta años, ser naturales del lugar, es decir, con antepasados en la región, preferiblemente con tres generaciones, y que no hubieran vivido temporadas largas en otros sitios. A estos grupos de informantes se les sometió un cuestionario de ocho mil preguntas, labor que demandaba, por lo menos, una semana en cada sitio.
Don Luis Flórez, quien concibió, planeó y dirigió el ALEC, y José Joaquín Montes, actual investigador del Instituto Caro y Cuervo, dedicaron su vida y lo mejor de sus conocimientos a la recolección del 17’872.000 respuestas que les dieron 2.234 informantes —754 mujeres y 1.480 hombres—, campesinos la mayoría, analfabetos la quinta parte. Joaquín Montes recuerda esos veinte años de pesquisas lingüísticas, como una obra inmensurable no sólo por lo que representa para la investigación en Colombia, sino por lo que implicó llegar a cada pueblo, buscar el apoyo de la autoridad, escoger los informantes y dedicarse a la minucia de hacer comprender y luego contestar el cuestionario. Algunas veces fueron rechazados por comunistas, otras juzgados por los curas, o rehuidos por creerlos recolectores de impuestos o reclutadores del ejército o, simplemente, ignorados por el desconocimiento de los campesinos del tema que se quería investigar.
La obra total se compone de once mapas preliminares con estadísticas y datos sobre la geografía, la división política-administrativa del país y los grupos aborígenes, necesarios para comprender los 1.523 mapas que tiene el atlas. Cada una de las palabras o significados estudiados, aquellas que constituyen el vocabulario básico con el cual el hombre rural nombra su entorno, tiene su croquis geográfico, en el que se indican sus diferentes acepciones o significantes según las zonas. Cuenta con un suplemento de material folclórico, y dos discos, uno de cantos y otro de juegos de velorios. En este suplemento se encuentran coplas, cantos, juegos, costumbres, fórmulas mágicas, conjuros, tradiciones míticas, en general, creaciones literarias de las variaciones etnográficas.
Por último el ALEC cuenta con un manual guía, indispensable para quien quiera consultarlo.
En el tomo I hay temas relacionados con la agricultura, en el n con la ganadería. El nI se dedica a las palabras en la casa, en las fiestas, palabras religiosas e institucionales; el IV, a la vivienda y el vestido; el V, al cuerpo humano y la alimentación, el VI, a los oficios y empleos. Un sólo vistazo al ALEC es asomarse a la infinidad de modos de vida, expresados en el habla, que tiene el pueblo colombiano que habita veredas y pueblos, variedad cultural reflejada en la multitud de formas para referirse a un mismo elemento de la realidad.

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Para realizar la minuciosa investigación que requirió el ALEC, Luis Flórez y sus colaboradores penetraron hasta lo más íntimo de la vida campesina.

Un poco más amplio fue el cuestionario de fonética, que permitió obtener datos valiosos particularmente en lo tocante a la distribución dialectal de alófonos consonánticos de /s/, /R/, /rr/, /Ch/, /D/, /B/, /G/, etc. La principal riqueza del ALEC está en el aspecto léxico, al que se consagró la gran mayoría de las preguntas, cada una de las cuales proporcionaba a veces muchas decenas de variantes (por ejemplo, en conceptos como "órganos genitales", "borrachera", etc,) que en general se aprovecharon en su casi totalidad, incluyendo en listas formas que por su muy escasa frecuencia no se cartografiaron.
Es un trabajo descriptivo, no analítico, que sienta las bases de la investigación dialectológica en Colombia, que habrá de explicarnos por qué y cómo en Colombia creamos permanentemente nuestro entorno en la medida en que nombrar es un acto de magia que le da identidad, existencia, a lo nombrado.

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Yerbabuena, la sede del Instituto Caro y Cuervo desde donde se comandó el ALEC

 

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Durante veinte años, se recogieron datos, se hicieron anotaciones, se corrigió y se redactó sobre estos cuestionarios piloto. Luis Flórez con Manuel Alvar, uno de los colaboradores que con Rafael Torres Quintero, José Joaquín Montes, María Luisa R. de Montes, y Carola Martínez, entre muchos otros, hicieron posible la investigación.

En las otras fotografías se observan escenas de los investigadores con algunos de los 2.234 informantes, analfabetos en su mayoría, diseminados por todo el territorio nacional, que fueron consultados para obtener el material básico de la obra linguística más grande que se ha realizado en América Latina.

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Este manuscrito en el que se observa el mapa de la casa de una informante, Tránsito Álvarez vda. de Ortiz, levantado para especificar el nombre asignado a cada sitio, da la medida del trabajo que implicó acercarse a los miles de significados y denominaciones usadas en el español hablado en Colombia.

 

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En cinco tomos editados se recopiló la información de las 17.872.000 respuestas obtenidas por los encuestadores durante sus veinte años de trabajo. Toda la geografía, sus habitantes y costumbres quedarán consignados en el ALEC.

 

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ejemplo de los códigos utilizados para determinar los vocablos y su región. se observan anotaciones hechas para consignar el equivalente fonético de cada expresión

 

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una hoja tomada al azar de entre los miles de documentos en borrador que se usaron, no sólo para recoger la información lingüística, sino también para dejar constancia de las tradiciones orales de la población rural

Imágenes de algunas de las 262 localidades visitadas entre 1959 y 1978, por los encuestadores del ALEC para dejar consignados en sus apuntes el lenguaje, los dichos y giros, usados por la población colombiana a todo lo ancho y largo de la región andina.

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