Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 34. Volumen XXX - 1993 - editado en 1995

 

La virginidad como novela


Oraciones a una película virgen
Sandro Romero Reyp
Planeta, Santafé de Bogotá, 1993, 389 Págs.


Hay novelas que dependen casi en un todo de su personaje central, y no solamente en el caso de que ese personaje sea también narrador o conarrador de la historia. Tienen un modelo eminente, para no ir más lejos, en Don Quijote de la Mancha. En torno a los pensamientos y las acciones de su protagonista se estructuran los demás elementos de la obra; su aventura espiritual le confiere también su propia significación a la aventura literaria. Estas novelas no pueden evitar, de cualquier manera, el sesgo autobiográfico, no tanto por la transposición de anécdotas personales del autor a su obra sino porque la representación del mundo que allí se hace es tan personalmente crítica, tan íntimamente individualista, que el protagonista termina expresando todas las obsesiones del autor, en contra de cualquier dialéctica con el mundo. Solo se considera un punto de vista y las consecuencias de esa univocidad las sufre y realiza solamente el protagonista.

Pues bien, estamos ante una novela de personaje, autobiográfica y con aspiraciones de tragedia individual. Antes que pedirle grandes logros estéticos, debemos pedirle hondura y agudeza crítica. Sandro Romero busca esos polos, sin duda, pero la trivialidad de su personaje le gana la partida. Toda la novela se trivializa, incluso en los momentos de feroz lucidez, aguijoneada por el escorpión del desencanto, ese tópico tan frecuente entre los escritores – novelistas y poetas, sobre todo – de más reciente aparición en Colombia. El desencanto, debo afirmar, se ha convertido en una fórmula fácil y vulgarmente atractiva en nuestra última literatura, pero un desencanto de cabeza agachada que se niega también a pensar. Y la novela no puede renunciar hoy a pensar, como lo ha hecho desde Cervantes y, seguramente, desde más atrás.

El desencanto también puede tener un pensamiento. Pero Sandro Romero ha preferido, en Oraciones a una película virgen, su primera novela, insistir en la fórmula de describir la atmósfera moral de una generación: en todo caso, de un colectivo (a falta de generación, puede llamarse en este caso el cine colombiano, la ciudad de Cali o la casta out sider de Cali, tan bien delatada ya en ĦQue viva la música! por Andrés Caicedo). Sólo que lo ha hecho desde un personaje omnifuncional, Felipe Pardo: ser pensante, buen y mal actor, héroe sentimental, narrador de sus propios modismos y confesiones, cinéfilo, potencial delincuente, ídolo popular. La "atmósfera moral" se construye a partir de este chivo literario expiatorio pero se diluye en el propio caos moral del protagonista. A su vez, Felipe Pardo pierde constantemente lo que pudiera haberle ganado su interioridad en concesiones a la vida social, que otros le van casi imponiendo. Aunque respecto de esa vida social Pardo ha antepuesto su fácil expresión "me importa un culo", la verdad es que termina involucrado ventajosamente en ese torbellino (la rumba caleña, el agitado rodaje de la película, las entrevistas para los medios, el mundo publicitario, el acoso sexual, los sueños fatídicos de multitudinarios conciertos de los Rolling Stones). Y allí no hay interioridad que valga, salvo la confesión de un sentimiento (su necesidad de Susana) y de un desencanto, desencanto del cine, de la ciudad, del país, de sí mismo y de los demás, justo el desencanto que le impide encargarse con alguna lucidez de la "atmósfera moral" de su entorno. Y si Felipe Pardo no se encarga de ese propósito, Sandro Romero no lo va a hacer por él, preocupado como está en justificar las actuaciones de su propio personaje. Finalmente, la "atmósfera" se logra a medias, ovalada por un lenguaje que todos comparten, por el valor cronístico del conocimiento de todo lo que se mueve tras la realización de una película en Colombia y por el tono autobiográfico. Pero esa "atmósfera moral", decíamos, termina fatalmente trivializada por un narrador (a veces seudo – omnisciente, pero indiscutiblemente procedente de Pardo) que no sabe qué lugar ocupan las acciones que describe, a quien le da lo mismo pensar una cosa que la otra, que ironiza a cada momento pero le da pereza hacer una crítica concentrada de la realidad que maldice y que finalmente, se deja llevar por el ingenio: humor fácil, juegos de palabras, anécdotas repetitivas, exhibición – que significa dar carácter público, publicar – de todo aquello que a puerta cerrada significa un desafío a la vida institucional.

Ahora bien, el fondo no trivial de esa cotidianidad, que también se mira con repudio, es justamente la crítica: crítica a un cine colombiano que dice existir cuando en realidad no existe; crítica al medio teatral, fácilmente prostituido por la televisión y la publicidad; crítica a una intelectualidad yuppie cuya obsesión es la autocrítica, que es una indiscutible masturbación pública; y crítica a una ciudad sabrosa, en donde un intelectual rockero no puede echar raíces, enajenado como está por la experiencia bogotana. En sus mejores pasajes, Oraciones a una película virgen logra la agudeza crítica que uno espera de su autor, sobreponiéndose a su lamentable personaje, pero entonces Felipe Pardo vuelve a imponerle a Romero sus condiciones y triunfan la ironía y el relato divertido del anecdotario propio de la experiencia" tan absurda como fallida, de rodar en Cali una película con el apoyo financiero del ente oficial respectivo, para cuya muerte histórica Romero ha acuñado un brillante nombre, escatológicamente significativo: Coprocine.

Lo que más preocupa a Coprocine del rodaje de El cuerpo y la sangre, más allá de las reticencias de censura moral, es el adecuado aprovechamiento de la película virgen (tan costosa, diríamos, incluyendo en el costo el precio social que puede tener la confianza depositada en los cineastas nacionales, románticamente representados en la novela por el director Sergio Martín, amigo de adolescencia de Felipe Pardo). Comprometido Martín con Coprocine, debe procurar un rodaje al menor costo y garantizar que su película virgen habrá de llenarse con la película real, libre de tomas de prueba y de tentativas. Lo cual es un imposible, si se piensa que desde el principio de la novela el autor nos quiere mostrar que El cuerpo y la sangre es una pura tentativa, iniciada sin guión, sin historia y sin más intención que la realización personal de su director. Pero finalmente esa intención declina ante un más importante objeto del deseo: Susana del Valle, actriz caleña que se ha convertido en una cotizada modelo en Italia. Susana viene a Cali solamente a hacer de protagonista femenina en El cuerpo y la sangre, pero novelescamente cumple otra función: llevar al máximo la impaciencia de Pardo y de Martín, ambos amantes suyos, y lograr que actor y director se olviden de la película y se concentren en sí mismos, reconociendo que han sido derrotados desde el principio por esa mujer que amaron y que ahora remesa, triunfante y casada, para volverse a ir porque ni Cali ni el cine colombiano – ni ellos – son su destino. Después de la partida de Susana, Martín procura continuar aprovechando su película virgen, pero ya sabe que no va a ninguna parte: y escenas sin sentido son escenas en blanco. Felipe Pardo se pierde en medio del carnaval de la feria y en pleno rodaje, obsedido por la imagen de Susana, quien ha regresado a Italia embarazada no se sabe si de Felipe, de Sergio, de su esposo o de un anónimo que la abordó durante una crisis estupefaciente. Es decir, Felipe abandona la película obsedido por aquello que tal vez es suyo pero que ya no le pertenece: el cine, el amor, la paternidad. Todo eso pudo pertenecerle, cambiar su vida, pero él ha renunciado a dejarse tocar, a llegar hasta el fondo. Que es lo mismo que le sucede en el nivel narrativo: su virginidad "espiritual", su vocación a no dejarse poseer por la realidad que vive – o trata de vivir – no lo deja pensar.

OSCAR TORRES DUQUE