Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 34. Volumen XXX - 1993 - editado en 1995

 

Todo tiene su límite


Tríptico de mar y tierra
Álvaro Mutis
Grupo Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1993, 167 págs.


En el mundo en general y en el del arte en particular, la gente no cambia. Un artista evoluciona, pero no cambia. Este motivo, para algunos, es un obstáculo inmenso, porque nunca serán buenos.

De un pintor, un buen pintor, que repite obsesivamente las mismas imágenes, con los mismos colores y el mismo tema, se pueden ver, inclusive juntos, todos sus cuadros, y la magia aumenta. El sentido de la monotonía no se hace presente. Pero si el artista no es bueno, y por tanto, no accede a ese universo del arte donde se concentra la "verdadera verdad" de las cosas y de la vida, su obra quedará circunscrita a un limbo.

En el caso de la literatura pasa lo mismo de manera menos gráfica, aunque también es un modo del arte compuesto de imágenes.

En el caso de Álvaro Mutis, no sólo está el hecho de un personaje permanente, Maqroll el Gaviero, sino la sustancia del asunto. Cada ser humano tiene, digamos, un discurso propio y una manera particular de desarrollarlo. El discurso verbal de Mutis y su poesía son fascinantes, como lo es el inagotable Gaviero. Pero en su prosa, cansa el elemento de ficción del que parten las historias de su protagonista. La falta de veracidad le permite cualquier cosa, pero nunca hechos reales. Tal vez los únicos momentos reales en su prosa son los pasajes europeos. Maqroll en las escenografías y el ambiente de Europa adquiere volumen, transpira, está vivo. Sus palabras adquieren la magia del personaje real. El Maqroll del trópico es, en cambio, un fantasma.

Su geografía nunca cala de forma precisa con el personaje. Falla el entorno y el Gaviero se queda sin piso. Inclusive, cuando se encuentra con Alejandro Obregón, es real el Maqroll en Madrid mientras el maestro Obregón y Mutis conversan en un café. Es real la ficción sobre otra ficción, ficción el encuentro y ficción el relato (no importa que hayan sucedido o no); lo que queda claro es que Maqroll deja de existir cuando pisa el trópico.

Es como cuando de pequeños nos contaban un cuento. Había dos posibilidades, quedar convencidos, o no. El ejemplo preciso puede ser el de una historia de terror contada en la noche. Si el interlocutor lograba la macabra hazaña de hacerla veraz, nadie dormía en el cuarto de los niños. Esa noche, todos al mismo tiempo, escuchábamos pasar galopando al jinete sin cabeza. En sus novelas, Álvaro Mutis no busca que su trama sea el protagonista; es más: poco importa la historia. Busca que el estilo sea el protagonista. Como contar cada historia. Los "niveles de lectura" que hay más allá, en el conjunto de palabras leídas, en su atmósfera, en ese universo impreso que logra un buen libro. Es precisamente aquí donde falla Mutis. Maqroll, que ya es un personaje real en su poesía, carece de universo en la prosa. Aun con las descripciones minuciosas de hechos y sitios, no convence al lector. En resumidas cuentas, en su prosa realista, Mutis carece de realidad, lo que vuelve sus relatos falsos.

Decir que ojalá el poeta elocuente y sabio fuera el mismo que escribe prosa, es una suposición tonta. Hay quienes son buenos en un oficio y no en otro.

Álvaro Mutis, después de una avalancha de novelas, seis entre 1986 y 1992, y este último libro con tres relatos cortos: Cita en Bergen, Razón verídica de los encuentros y complicidades de Maqroll el Gaviero con el pintor Alejandro Obregón y Jamil, no ha logrado crear un universo propio. Lo único real es el Gaviero de su obra poética.

Mutis, el gran poeta Álvaro Mutis, tal vez el más reconocido de nuestros poetas vivos en el mundo, en su prosa no alcanza la magia que se requiere para una buena novela. Tiene todos los elementos necesarios: un personaje, Maqroll el Gaviero (Mutis cuenta en una entrevista que su nombre fue escogido después de minuciosas pesquisas, como se escogió el nombre de la firma Kodak, pone el ejemplo), el oficio de escritor, la disciplina. (Mutis pasa muchas horas diarias dedicado a escribir en su Smith Corona), la imaginación fantástica, las memorias de una vida llena de aventuras, su pasado como poesía, el magnífico escritor de Los elementos del desastre de 1953, de libros en prosa como La mansión de Araucaíma (1973), (desafortunadamente llevado al cine por el caleño Carlos Ayolo y no por Luis Buñuel, como estuvo previsto en determinado momento).

Todo está dado. Los ingredientes necesarios, como dije antes, para una buena novela. Pero Mutis no cruza la barrera de las palabras, que una tras otra describen paisajes y personajes, situaciones y aventuras, sin ir más allá de lo leído.

Álvaro Mutis no traslada al lector. Al final del libro, de este último y los seis anteriores, el lector está en el mismo punto de donde pensó partir para acompañar en una de sus aventuras al Gaviero.

Ahora que está de moda rebautizar todo y, por ejemplo, no se habla de literatura sino de novelas de ficción, las de Mutis pienso, pertenecen al género de novelas fantasmas.

JUAN SIERRA