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Quijote
con arepa
El Quijote a lo paisa
Argos, Jorge Franco Vélez
Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1993, 410 págs.
Eh, Ave María pues. Yo te digo vos que
este librito diArgos y de Jorgefranco sí nues como pa, que los ortodosos lo leigan. Es
que las cosas que hay se encuentren, a pesar de ser lo más de charras, le pueden hacer
para los pelos a los profesores de la universidá que sian especíalizao en el Manco de
Lepanto
Definitivamente, el Quijote a lo paisa no
es un libro para fundamentalistas o, por lo menos, para fundamentalistas de la literatura.
Podría serlo para aquellos especialistas en lingüística que se deleitan con los giros
idiomáticos propios de las regiones o para los expertos en "paisología" .
Estos últimos encontrarán en el libro de Argos y Jorge Franco un diccionario,
ampliamente ilustrado, de máximas paisas. Pero ay de quien se acerque a este
"experimento" (por lo de ser escrito a dos manos y por lo de ser una versión
paisa de El Quijote) con mirada tensa: se lo puede comer Doctica, la culebra que habita
los polvorientos recintos y bibliotecas de los templos del saber.
Argos murió al principio de la
expedición. El segundo de a bordo, su discípulo y amigo, el médico Jorge Franco,
decidió tomar el mando de la nave. La misión tenía que llevarse a cabo. La misión era:
"difundir en lenguaje paisa el libro más grande de la humanidad" y hacer que
los lectores, (en especial los neófitos) "pasen de este libro al original"
(pág. 385).
La evaluación de la misión debe
hacerse, entonces, en varios sentidos. La parte relacionada con "traducir" (y
difundir) al lenguaje paisa El Quijote fue un éxito. La traducción es perfecta. La obra
recoge, con lujo de ingenio, la voz de Antioquia. He aquí un ejemplo, la comparación del
célebre principio de la obra, en palabras de Cervantes y en lenguaje argofranquiano:
En un lugar de la Mancha, de cuyo
nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en
astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...
Por allá en la Mancha, en un pueblito
que ni me quiero acordar cómo se llama, no hace muchos años que vivía un caballero de
esos que mantienen colgadas en la pared una lanza, un escudo y un poco más de armas, por
si acaso
En cuanto a lo segundo, es decir, lograr
que los neófitos pasen de una versión a la otra, el pronóstico es reservado. Habría
que tener en cuenta, por un lado, cosas como el poco interés en la lectura de la mayoría
de los jóvenes (que prefieren jugar nintendo o ver televisión toda una tarde) y, por el
otro, el hecho de que el leer una obra "traducida" o en adaptación no garantiza
que quien lo haga consulte la fuente original, esto es, que quien se lee a Shakespeare en
español va a querer leérselo en inglés. Y esto se da por obvias razones, de ellas la
más destacada: por el hecho de que quien lee en un idioma no necesariamente sabe leer en
el otro. Para el caso que nos ocupa, esto significa que aquellos que lean la versión
paisa de las aventuras del "caballero de la triste figura" no necesariamente van
a saber leer la versión original.
Pese a esta última observación (un poco
agria, si se quiere) el libro es bastante divertido. Una vez desechados los lentes de la
ortodoxia (tan cansona a veces, vos) es posible deleitarse con el arduo trabajo (que estoy
segura implicó para estos dos filólogos) hacer esta versión paisa de El Quijote.
Palabras como berriondo, chamba, manga, menco, entre otras cerca de quinientas, tan
propias del acervo lingüístico paisa, pueden ser el deleite de los lectores. Así mismo,
los dichos propios de una cultura tan criticada y elogiada en los últimos tiempos,
también están para engrandecer nuestra lengua colombiana, tan rica en eufemismos,
hipérboles, metáforas, sentencias y demás yerbas. "El que guarda comidas guarda
pesares" , le dice don Quijote a Sancho. El que guarda lecturas guarda lectores, se
podría decir también, y en ese sentido resulta recomendable darse un paseo por el
sabroso mundo de don Quijote cabalgando al anca del rucio conducido por Argos y Jorge
Franco.
MIRIAM COTES BENÍTEZ
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