El perro
Leoncico descubrió el Mar de Sur
El quinto viaje
Jairo Aníbal Niño
(Ilustraciones de Jorge Orduz Peralta) Tres Culturas Editores, Santafé de Bogotá,
1992, 205 págs.
Cuatro fueron los viajes del almirante. Su relación la encontramos escrita en
el Diario de a bordo. El quinto viaje quedó en el deseo de los habitantes de estas
tierras con la ilusión de que las cosas hubieran sido diferentes. Un sueño trunco, una
verdad acallada dejó su huella en la vaga memoria de la historia. Quinientos años
después volvimos la mirada y muchos sintieron que quedó un viaje pendiente: el quinto
viaje.
Jairo Aníbal Niño y Jorge Orduz, en compañía de otros tripulantes,
decidieron embarcarse y realizar una travesía imaginaria en la cual se pudieran tomar
todas las revanchas: otorgarle el descubrimiento del Mar del Sur, no a Balboa sino a su
perro Leoncico; pedirle al cacique que escondiera su colosal canoa en la que planeaba
salir a explorar un nuevo mundo; pintar en claroscuro la visión mítica y profética del
indio viejo de una gran noche que les daría la libertad; recrear la misma situación de
Colón y sus marineros pero en un viaje intergaláctico que terminara con el
descubrimiento del planeta azul.
El quinto viaje atraviesa las coordenadas del tiempo y el espacio, y se
ubica en un imaginario posible.
Los personajes van surgiendo, anónimos o reconocidos, para tomar otro lugar.
Juan de la Cruz y Teresa de Ávila se transforman en pájaros cantores del paraíso. El
español Pascual Beltrán se deja domar el corazón por un curandero indio. Personajes y
situaciones históricas se recrean con la gratuidad y el placer del juego imaginario.
El quinto viaje es, como lo califica Augusto Pinilla en el prólogo, un
licor de la imaginación.
Tomar el libro y hojearlo es ya un deleite de los sentidos.
Entrar a ese mundo de la recuperación simbólica de la historia a través de
las pinturas de Jorge Orduz, invita a detenerse.
Es un libro que llama primero a ser mirado. Cada lámina es una sugerencia a
habitar un mundo fantástico no exento de referentes reales.
Los símbolos de los dos mundos, el antiguo y el nuevo, se yuxtaponen, creando
una nueva realidad: una carabela cargada de plantas del nuevo mundo; una palmera cuyas
ramas son lagartos rodeada por una serpiente; mujeres brotando de una mazorca; la nave
romántica de un pirata jardinero; una serpiente compuesta de frutos tropicales; una
carabela en un viaje por el espacio.
Son imágenes sobrepuestas en el libro recreando los diferentes textos, que
presentadas como una obra conjunta nos dan una visión pintoresca del Nuevo Mundo.
Las láminas son pintadas con técnicas mixtas e impresas sobre papel kimberly
de 120 gramos.
Los textos son independientes entre sí. Cada uno está escrito de manera
autónoma: puede ser una historia, un poema, una viñeta, pero todos en conjunto comparten
el mismo universo, fruto del encuentro imaginario entre dos mundos y dos culturas.
Detrás de El quinto viaje se perciben lecturas anteriores, con
personajes y hechos reseñados por la historia. Esto no quiere decir que sea un libro con
pretensiones históricas. Es un viaje que trasciende cualquier intención cronológica o
de veracidad y se ubica en el plano puramente simbólico.
Sin embargo, esta simbología no es ajena al deseo de subvertir el orden en que
se dieron los acontecimientos históricos o, al menos, la manera como nos fueran contados.
Y aquí estaría lo más refrescante del libro. Es como convencernos de que para la
imaginación no hay nada imposible. Por qué no soñar con que de este lado del océano
también se estaba explorando la posibilidad de llegar a otros mundos. Por qué no
sonreír imaginando que don Juan Tenorio es engañado por una india, quien en la misma
noche de bodas lo abandona dejándole de recuerdo su camisón colgado de una rama.
Imaginar a un burro de nombre Marubare, todo un personaje, formando parte de la
expedición comandada por Gonzalo Jiménez de Quesada y participando de la fundación de
Santafé de Bogotá, pero cuyo trágico e irónico final es el de servir de alimento a los
expedicionarios. O jugar con la posibilidad de que, mil años después del descubrimiento
de América, un astronauta chino, al servicio de la Confederación Intergaláctica,
encuentre El Dorado en el fondo de un cráter de la luna.
El quinto viaje está escrito en lenguaje poético pero con
construcciones narrativas coherentes. Es un libro en el que se puede reconocer el estilo
de su autor en sus mejores momentos: imágenes traídas del paisaje natural, diálogos
fluidos y precisos, una prosa pausada y elegante,
inocencia en el tratamiento de
los personajes y las situaciones.
Es un libro editado para la celebración
del quinto centenario del descubrimiento de América, en edición bilingüe, cuya
traducción al inglés fue realizada por Luis Carlos y Janeth Díaz, y revisada por Laura
Zuleta.
Es una obra con unos textos mejor logrados que otros, pero que en conjunto
aporta una buena calidad. Se aprecia un trabajo cuidadoso y elaborado. Esto mismo no puede
decirse del conjunto de la obra de Jairo Aníbal Niño. Sólo algunos de sus libros
compartirían este acierto: La alegría de querer, libro de poemas para niños y
jóvenes, y Zoro, su primera novela infantil, los más destacados.
Aunque El quinto viaje no está específicamente dirigido a los niños,
es un libro que también ellos pueden disfrutar, tanto por los temas recreados como por el
tratamiento que les da a algunos pasajes, propio de la cándida mirada de un niño.
BEATRIZ HELENA ROBLEDO