Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 34. Volumen XXX - 1993 - editado en 1995

 

El perro Leoncico descubrió el Mar de Sur


El quinto viaje
Jairo Aníbal Niño
(Ilustraciones de Jorge Orduz Peralta) Tres Culturas Editores, Santafé de Bogotá, 1992, 205 págs.


Cuatro fueron los viajes del almirante. Su relación la encontramos escrita en el Diario de a bordo. El quinto viaje quedó en el deseo de los habitantes de estas tierras con la ilusión de que las cosas hubieran sido diferentes. Un sueño trunco, una verdad acallada dejó su huella en la vaga memoria de la historia. Quinientos años después volvimos la mirada y muchos sintieron que quedó un viaje pendiente: el quinto viaje.

Jairo Aníbal Niño y Jorge Orduz, en compañía de otros tripulantes, decidieron embarcarse y realizar una travesía imaginaria en la cual se pudieran tomar todas las revanchas: otorgarle el descubrimiento del Mar del Sur, no a Balboa sino a su perro Leoncico; pedirle al cacique que escondiera su colosal canoa en la que planeaba salir a explorar un nuevo mundo; pintar en claroscuro la visión mítica y profética del indio viejo de una gran noche que les daría la libertad; recrear la misma situación de Colón y sus marineros pero en un viaje intergaláctico que terminara con el descubrimiento del planeta azul.

El quinto viaje atraviesa las coordenadas del tiempo y el espacio, y se ubica en un imaginario posible.

Los personajes van surgiendo, anónimos o reconocidos, para tomar otro lugar. Juan de la Cruz y Teresa de Ávila se transforman en pájaros cantores del paraíso. El español Pascual Beltrán se deja domar el corazón por un curandero indio. Personajes y situaciones históricas se recrean con la gratuidad y el placer del juego imaginario.

El quinto viaje es, como lo califica Augusto Pinilla en el prólogo, un licor de la imaginación.

Tomar el libro y hojearlo es ya un deleite de los sentidos.

Entrar a ese mundo de la recuperación simbólica de la historia a través de las pinturas de Jorge Orduz, invita a detenerse.

Es un libro que llama primero a ser mirado. Cada lámina es una sugerencia a habitar un mundo fantástico no exento de referentes reales.

Los símbolos de los dos mundos, el antiguo y el nuevo, se yuxtaponen, creando una nueva realidad: una carabela cargada de plantas del nuevo mundo; una palmera cuyas ramas son lagartos rodeada por una serpiente; mujeres brotando de una mazorca; la nave romántica de un pirata jardinero; una serpiente compuesta de frutos tropicales; una carabela en un viaje por el espacio.

Son imágenes sobrepuestas en el libro recreando los diferentes textos, que presentadas como una obra conjunta nos dan una visión pintoresca del Nuevo Mundo.

Las láminas son pintadas con técnicas mixtas e impresas sobre papel kimberly de 120 gramos.

Los textos son independientes entre sí. Cada uno está escrito de manera autónoma: puede ser una historia, un poema, una viñeta, pero todos en conjunto comparten el mismo universo, fruto del encuentro imaginario entre dos mundos y dos culturas.

Detrás de El quinto viaje se perciben lecturas anteriores, con personajes y hechos reseñados por la historia. Esto no quiere decir que sea un libro con pretensiones históricas. Es un viaje que trasciende cualquier intención cronológica o de veracidad y se ubica en el plano puramente simbólico.

Sin embargo, esta simbología no es ajena al deseo de subvertir el orden en que se dieron los acontecimientos históricos o, al menos, la manera como nos fueran contados. Y aquí estaría lo más refrescante del libro. Es como convencernos de que para la imaginación no hay nada imposible. Por qué no soñar con que de este lado del océano también se estaba explorando la posibilidad de llegar a otros mundos. Por qué no sonreír imaginando que don Juan Tenorio es engañado por una india, quien en la misma noche de bodas lo abandona dejándole de recuerdo su camisón colgado de una rama.

Imaginar a un burro de nombre Marubare, todo un personaje, formando parte de la expedición comandada por Gonzalo Jiménez de Quesada y participando de la fundación de Santafé de Bogotá, pero cuyo trágico e irónico final es el de servir de alimento a los expedicionarios. O jugar con la posibilidad de que, mil años después del descubrimiento de América, un astronauta chino, al servicio de la Confederación Intergaláctica, encuentre El Dorado en el fondo de un cráter de la luna.

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El quinto viaje está escrito en lenguaje poético pero con construcciones narrativas coherentes. Es un libro en el que se puede reconocer el estilo de su autor en sus mejores momentos: imágenes traídas del paisaje natural, diálogos fluidos y precisos, una prosa pausada y elegante, inocencia en el tratamiento de los personajes y las situaciones.

Es un libro editado para la celebración del quinto centenario del descubrimiento de América, en edición bilingüe, cuya traducción al inglés fue realizada por Luis Carlos y Janeth Díaz, y revisada por Laura Zuleta.

Es una obra con unos textos mejor logrados que otros, pero que en conjunto aporta una buena calidad. Se aprecia un trabajo cuidadoso y elaborado. Esto mismo no puede decirse del conjunto de la obra de Jairo Aníbal Niño. Sólo algunos de sus libros compartirían este acierto: La alegría de querer, libro de poemas para niños y jóvenes, y Zoro, su primera novela infantil, los más destacados.

Aunque El quinto viaje no está específicamente dirigido a los niños, es un libro que también ellos pueden disfrutar, tanto por los temas recreados como por el tratamiento que les da a algunos pasajes, propio de la cándida mirada de un niño.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO