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recomendable
De la sociología a la historia
Jaime Jaramillo Uribe
Ediciones Uniandes, Santafé de Bogotá, 1994, 328 págs., ilus.
Se trata de una serie de 32 escritos del historiador Jaime Jaramillo Uribe,
compilados y presentados por el profesor Gonzalo Cataño. El libro recoge materiales,
elaborados por Jaramillo, para prólogos de libros, reseñas, como también intervenciones
suyas en actos académicos, etc.
¡Enhorabuena! Las universidades más importantes del país: la Nacional, la del
Valle, la UIS y la Javeriana cuentan ahora con programas de historia como carrera
académica independiente. Licenciados en educación, demás profesionales de las
humanidades e incluso ingenieros han tenido la oportunidad de realizar cursos de maestría
en historia tanto en Bogotá como en provincia. Hasta ahora, en pregrado o en posgrado,
los recursos metodológicos de referencia, por excelencia, son tomados de los ejemplos que
ofrece la historiografía extranjera. De Jaramillo Uribe, se conocen y se leen sus
trabajos acabados: El pensamiento colombiano en el siglo XIX y Ensayos de historia social,
pero quienes ni tuvimos la suerte de ser sus alumnos, ni tampoco formamos parte del
círculo de sus amigos, desconocíamos sugerencias, recomendaciones y advertencias suyas
expresadas por fuera de sus trabajos clásicos.
Es por eso de gran utilidad el libro en reseña. Para el historiador en
formación en Colombia es clave la figura de Jaramillo Uribe, por constituir él una
síntesis de las corrientes de pensamiento occidentales más avanzadas después de las dos
guerras mundiales, por generar una nueva concepción en el país de la manera de hacer
historiografía y, finalmente, porque considerando a la historia como síntesis de las
ciencias sociales, nos ofrece, en sus obras, el paradigma de la manera como historia e
historiador deben establecer el diálogo con las demás ciencias del hombre. Jaramillo
cree, por ejemplo, que la imaginación en el historiador es indispensable. Pero, según
él, no se trata de una imaginación simple. Un ejemplo de errónea interpretación de la
comprensión imaginativa sería intentar pasar, por elemental analogía, de una época a
otra. Sostiene que "quien posee en verdad el sentido histórico no puede imaginarse
situaciones ni reconstruir atmósferas que no tengan apoyo en los hechos de la época, las
situaciones y los procesos que trata de historiar y comprender" (pág. 126). Para
él, la imaginación tiene que ver con la capacidad de superar las fuentes convencionales,
recurriendo a la multiplicidad de las fuentes: cartas, memorias, papeles personales,
fotografías, dibujos, vestidos, muebles, etc. En el siguiente pasaje se revela la
preocupación de Jaramillo por ahondar en el estudio de las fuentes primarias para lograr
tesis mejor acabadas: "Nuestra nueva historiografía dice hace muchas
referencias a la burguesía colombiana del siglo XIX, le atribuye intereses, intenciones,
capacidades e incapacidades, pero es poco lo que ha hecho para establecer, para
documentar, para probar el grado de desarrollo y la existencia real de una conciencia de
clase en nuestra naciente burguesía del siglo XIX. Se supone que eran burgueses quienes
defendían el liberalismo, el laissez faire y los derechos individuales. Pero ni el
liberalismo, ni el laissez faire, ni el individualismo son suficientes para definir
la conciencia burguesa que no sólo está hecha de ideologías políticas y económicas,
sino de hábitos, de formas de trabajo y de pensamiento, de actitudes éticas, de gusto y
de formas de consumo, de intereses y ambiciones..." (pág. 126).
Para Jaramillo Uribe, en la formación del historiador no sólo cuentan los
pasos metodológicos clásicos condensados en el dominio de recursos científicos y de una
sólida cultura histórica. Jaramillo les confiere un papel importante a los valores
artísticos de la obra histórica. "Sentido y sensibilidad artísticas parecen ser
indispensables para el historiador", dice. Así, enumera las cualidades estéticas
del estilo del historiador: "Sobriedad en primer lugar; ausencia de retórica, de lo
superfluo, de consignas, de clisés, en una palabra de fárrago. Que en su texto sólo
haya las palabras indispensables para transmitir una idea con claridad, sin posibilidad de
confusiones. Casi podríamos decir que claridad y belleza se identifican en la prosa
histórica y en la científica.
Hay unas categorías del estilo científico como las hay del novelístico o del
poético. En el caso del historiador como en el del científico, de la claridad y orden de
los conocimientos, la belleza aparece como resultado intrínseco. Donde hay fealdad
generalmente hay confusión. Y viceversa, donde hay orden y claridad de los conceptos la
belleza surge como producto natural. Lo que se piensa bien se expresa bien, decía Pascal.
No hay pues mala expresión para un pensamiento correcto, ni habrá belleza cuando se
tengan pensamientos confusos" (pág. 123 -124). Afirmando que su interés en la vida
académica ha sido alcanzar una historia objetiva, libre de dogmas metodológicos o de
prejuicios políticos, nacionales o sociales, recalca: " Mi criterio ha sido:
señalar a mis alumnos, o a quienes me consultan sobre planes de investigación, primero,
los campos menos conocidos de la historia nacional; segundo, aquellos cuyas fuentes están
más a la mano; y tercero, los temas que más se adapten a la preparación, aficiones y
capacidades del estudiante en cuestión" (pág. 306).
La inclusión de entrevistas y artículos cortos en el libro es acertada, por
cuanto a través de ellos el lector conoce de cerca y en concreto el pensamiento del
autor. Aquí, Jaramillo aparece de cuerpo entero. Sin la mediación del objeto histórico,
precisa su concepción no sólo de la investigación histórica sino también de problemas
históricos propios y universales. El libro presenta la imagen que de Thomás Jefferson,
de Karl Jaspera, de Eduardo Spranger en lo externo y de Luis E. Nieto Arteta, Antonio
García y de sus alumnos en lo interno. tenía el profesor Jaramillo.
CÉSAR AUGUSTO AYALA DIAGO
Universidad Nacional de Colombia
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