Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 34. Volumen XXX - 1993 - editado en 1995

 

Una novela importante


La máscara y el espejo
Jorge Guaneme
Plaza & Janés, Santafé de Bogotá, 1993, 223 págs.


Marcel Reich Raninski – el gurú de la crítica literaria alemana – suele decir que sin ironía y sin compasión es imposible escribir una buena novela. Si falta la compasión, los personajes se convierten en marionetas ridículas, y al lector le resulta imposible seguirlos mentalmente, con lo que parará de leer muy pronto, ya que el destino de los personajes no le interesa. Pero si falta la ironía, falta entonces la mínima distancia necesaria que hace que un texto deje de ser un desahogo personal para convertirse en una obra de arte y en una forma de comprender el mundo. Esa carencia lleva muchas veces a que los lectores terminen riéndose, no de los personajes, sino del autor de la obra, al que le resulta imposible reír con ellos.

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En su reciente novela – La máscara y el espejo – a Jorge Guaneme le sobró compasión. Leyendo uno no puede menos que sentir que a Guaneme le dan lástima sus personajes. El personaje central – que tiene el paródico nombre de Juan Tanamera, lo cual, por lo demás, hace pensar en el desarrollo de una parodia que el lector se queda esperando – es lo que se podría llamar un pobre tipo. Su historia individual – marcada por una religiosidad represiva – es un infierno, y el entorno político que tiene que vivir – marcado por la represión política – termina por prepararle otro infierno.

Tanamera – homosexual vergonzante y lleno de sentimientos de culpa – es incapaz de vivir. Esa incapacidad de vivir se expresa, por ejemplo, en su impotencia sexual – " termino antes de empezar", lo hace decir Guaneme, con lo cual el lector no sabe bien si el problema es de impotencia o de eyaculación precoz – y, en la imposibilidad de asumir su homosexualismo. En lo político esa incapacidad de vivir también se expresa en forma de impotencia frente a los verdugos. Todo ello es presentado por Guaneme en estilo compungido y mortalmente serio y en tono reverencial y solemne.

Esto último hace que la novela sea tan impotente como su personaje y que para el lector todo el provecho que puede sacar de ella termine prácticamente antes que empiece. La pena de Juan Tanamera y la lástima de Guaneme aplastan la obra. Ni aun en momentos en que Guaneme excepcionalmente intenta ser irónico, alcanza la ironía. Prueba de esto es que cuando uno de los personajes dice algo irónicamente – como en el largo pasaje en que los actores recorren la catedral buscando una imagen que no sea de dolor sobre el que se volverá enseguida – el narrador tiene que agregar un " dijo irónicamente" que ya empieza a resultar tan serio como el resto del texto.

Todo eso lleva a una relación con el texto que se parece mucho a la que se puede tener con personas impertinentes que siempre quieren arruinarle la vida a los otros contándoles sus penas y cuyo argumento, para conseguir que los otros los oigan, es la lástima que sus penas inspiran y – quizá – el sentimiento de culpa con el que saben que pueden contar en el otro.

La máscara y el espejo – al igual que las personas arriba mencionadas – nos cuenta cosas tremendas y tristísimas. Pero – también lo mismo que aquellas personas – no logra interesarnos por ellas, no alcanza a seducirnos para que lo oigamos. Sólo el saber que algunas de esas cosas terribles que cuenta – la tortura y la represión política, por ejemplo – forman parte de una realidad reciente puede llevar a nuestra mala conciencia a leer hasta el final lo mismo que la mala conciencia puede llevarnos a conversar dos horas y media con un tipo que nos para en la calle para contarnos sus tristezas personales y al que luego dejamos aliviados pensando que, por fortuna, no nos tocó en suerte un destino así.

Sólo una dosis adecuada de ironía por parte del que cuenta sus propias penas – o del que escribe una novela como La máscara y el espejo – podría convertir en algo agradable e ilustrativo una conversación o una lectura de semejante naturaleza, ya que la ironía puede llevar a considerar las penas individuales con una sonriente melancolía, que podría ser llamada filosófica, desde la cual, por lo demás, estas penas se superarían estéticamente a sí mismas, con lo que la novela o la conversación, más que un lamento, se convertiría en una salida y una solución. Con esto una novela – aunque hablara de la impotencia – no sería una novela impotente sino capaz de enfrentarse sin complejos al mundo.

En contra de lo anterior podría aducirse que lo que cuenta La máscara y el espejo es demasiado serio y demasiado grave como para que se hable de ello irónicamente. El argumento es tramposo. Nada más serio – y nada más grave – ha ocurrido en este siglo que el ascenso del nacionalsocialismo al poder. Sin embargo, Klaus Mann – por ejemplo – logró tematizar ese fenómeno en Mephisto sin prescindir de la ironía y, sobre todo, sin dejar que la gravedad del fenómeno aplastara la novela y logrando que ésta se convirtiera en una radiografía precisa y lúcida de lo que estaba ocurriendo. Mucho más seria que cualquier represión en Colombia fue la represión de la dictadura militar argentina. Y ahí está la novela reciente de Mario Paoletti – El fuego lento (Madrid, 1993) –, en la que se describe el ambiente de una cárcel durante los años de represión y en la que el protagonista, en lugar de lamentarse por su condición de víctima e incurrir en ataques de autoconmiseración al estilo de Juan Tanamera, se empeña en, como lo señala Cristina Peri Rossi, "su decisión de no sentirse víctima", que a la postre termina por salvarlo del hundimiento.

De manera que, como podría verse en muchos otros ejemplos el tratamiento de un tema grave no exige la seriedad ni mucho menos la autoconmiseración de los personajes. Más aún: en un tema como el de la represión – tanto religiosa como política- el victimarismo literario termina por reproducir el modelo represivo de víctimas y victimarios. La imposibilidad de reír – siquiera de sonreír – refleja el horror sin superarlo, sin ir más allá de él, sin entenderlo para poder anularlo. En un largo pasaje de la novela, los personajes de Guaneme se pasean por una catedral buscando una expresión que no sea de dolor, para demostrar que el cristianismo es una religión del dolor. Sin embargo, es mucho más fácil encontrar una expresión que no sea de dolor en la iconografía cristiana que en la novela de Guaneme, lo que finalmente lleva a la idea de la humanidad doliente y del valle de lágrimas del catecismo que suele hacer aparecer toda alegría como sospechosa.

Sin duda alguna, en La máscara y el espejo Guaneme quiso atreverse con sus fantasmas. Pero es claro que sus fantasmas pudieron más que él y acabaron con la novela. Si se tratara de una obra de un escritor en plena producción, que archivara un libro para pasar al siguiente, podría pensarse que la novela fuera sólo un paso en falso de Guaneme. Pero La máscara y el espejo no es sólo una obra de Guaneme – que, por lo demás, ya está próximo a cumplir cincuenta años – sino la obra de Guaneme. No sólo en el sentido de que es su única novela sino, ante todo, en la relación que parece tener él con ella. Es conocido que la novela tiene ya varios años y que Guaneme anduvo con el manuscrito debajo del brazo buscando un editor durante mucho tiempo. Durante el tiempo que Guaneme se dedicó a tan ingrata tarea, ¿qué hizo como escritor? Si hubiera seguido escribiendo, seguramente hubiera tomado cierta distancia con respecto a su novela, y ésta – lo que es normal con las obras que no se publican poco después de escritas, cuando no se tratan de auténticas obras maestras – habría terminado formando parte de los recuerdos personales del autor. O la hubiera publicado quizá algún día como una curiosidad al lado de otras obras con las que se sentiría más a gusto. Pero no. Hace con ella su tardío debut literario con bombos y platillos, lo cual hace pensar que lo que hay en La máscara y el espejo resume las aspiraciones literarias de Guaneme. Es decir que, para él, su novela tiene el carácter de una obra maestra, lo cual justifica el juzgarla con dureza critica.

Además, el hecho de que la novela haya recibido el premio Plaza & Janés la hace inevitablemente objeto de discusión pública. Una publicación discreta hubiera librado quizá a Guaneme de esto. Pero ha recibido un premio que, al leer la novela – que durante tanto tiempo estuvo sin editor –, puede hacer creer que le ha sido concedido por sus enemigos, si no se quiere pensar mal del criterio literario de los miembros del jurado ni de las otras novelas que estuvieron en concurso.

RODRIGO ZULETA