Una novela
importante
La máscara y el espejo
Jorge Guaneme
Plaza & Janés, Santafé de Bogotá, 1993, 223 págs.
Marcel Reich Raninski el gurú de la crítica literaria alemana
suele decir que sin ironía y sin compasión es imposible escribir una buena novela. Si
falta la compasión, los personajes se convierten en marionetas ridículas, y al lector le
resulta imposible seguirlos mentalmente, con lo que parará de leer muy pronto, ya que el
destino de los personajes no le interesa. Pero si falta la ironía, falta entonces la
mínima distancia necesaria que hace que un texto deje de ser un desahogo personal para
convertirse en una obra de arte y en una forma de comprender el mundo. Esa carencia lleva
muchas veces a que los lectores terminen riéndose, no de los personajes, sino del autor
de la obra, al que le resulta imposible reír con ellos.
En su reciente novela La máscara y el espejo
a Jorge Guaneme le sobró compasión. Leyendo uno no puede menos que sentir que a Guaneme
le dan lástima sus personajes. El personaje central que tiene el paródico nombre
de Juan Tanamera, lo cual, por lo demás, hace pensar en el desarrollo de una parodia que
el lector se queda esperando es lo que se podría llamar un pobre tipo. Su historia
individual marcada por una religiosidad represiva es un infierno, y el
entorno político que tiene que vivir marcado por la represión política
termina por prepararle otro infierno.
Tanamera homosexual vergonzante y lleno de sentimientos de culpa
es incapaz de vivir. Esa incapacidad de vivir se expresa, por ejemplo, en su impotencia
sexual " termino antes de empezar", lo hace decir Guaneme, con lo cual el
lector no sabe bien si el problema es de impotencia o de eyaculación precoz y, en
la imposibilidad de asumir su homosexualismo. En lo político esa incapacidad de vivir
también se expresa en forma de impotencia frente a los verdugos. Todo ello es presentado
por Guaneme en estilo compungido y mortalmente serio y en tono reverencial y solemne.
Esto último hace que la novela sea tan impotente como su personaje y que para
el lector todo el provecho que puede sacar de ella termine prácticamente antes que
empiece. La pena de Juan Tanamera y la lástima de Guaneme aplastan la obra. Ni aun en
momentos en que Guaneme excepcionalmente intenta ser irónico, alcanza la ironía. Prueba
de esto es que cuando uno de los personajes dice algo irónicamente como en el
largo pasaje en que los actores recorren la catedral buscando una imagen que no sea de
dolor sobre el que se volverá enseguida el narrador tiene que agregar un "
dijo irónicamente" que ya empieza a resultar tan serio como el resto del texto.
Todo eso lleva a una relación con el texto que se parece mucho a la que se
puede tener con personas impertinentes que siempre quieren arruinarle la vida a los otros
contándoles sus penas y cuyo argumento, para conseguir que los otros los oigan, es la
lástima que sus penas inspiran y quizá el sentimiento de culpa con el que
saben que pueden contar en el otro.
La máscara y el espejo al
igual que las personas arriba mencionadas nos cuenta cosas tremendas y
tristísimas. Pero también lo mismo que aquellas personas no logra
interesarnos por ellas, no alcanza a seducirnos para que lo oigamos. Sólo el saber que
algunas de esas cosas terribles que cuenta la tortura y la represión política,
por ejemplo forman parte de una realidad reciente puede llevar a nuestra mala
conciencia a leer hasta el final lo mismo que la mala conciencia puede llevarnos a
conversar dos horas y media con un tipo que nos para en la calle para contarnos sus
tristezas personales y al que luego dejamos aliviados pensando que, por fortuna, no nos
tocó en suerte un destino así.
Sólo una dosis adecuada de ironía por parte del que cuenta sus propias penas
o del que escribe una novela como La máscara y el espejo podría
convertir en algo agradable e ilustrativo una conversación o una lectura de semejante
naturaleza, ya que la ironía puede llevar a considerar las penas individuales con una
sonriente melancolía, que podría ser llamada filosófica, desde la cual, por lo demás,
estas penas se superarían estéticamente a sí mismas, con lo que la novela o la
conversación, más que un lamento, se convertiría en una salida y una solución. Con
esto una novela aunque hablara de la impotencia no sería una novela
impotente sino capaz de enfrentarse sin complejos al mundo.
En contra de lo anterior podría aducirse que lo que cuenta La máscara y el
espejo es demasiado serio y demasiado grave como para que se hable de ello
irónicamente. El argumento es tramposo. Nada más serio y nada más grave
ha ocurrido en este siglo que el ascenso del nacionalsocialismo al poder. Sin embargo,
Klaus Mann por ejemplo logró tematizar ese fenómeno en Mephisto sin
prescindir de la ironía y, sobre todo, sin dejar que la gravedad del fenómeno aplastara
la novela y logrando que ésta se convirtiera en una radiografía precisa y lúcida de lo
que estaba ocurriendo. Mucho más seria que cualquier represión en Colombia fue la
represión de la dictadura militar argentina. Y ahí está la novela reciente de Mario
Paoletti El fuego lento (Madrid, 1993) , en la que se describe el
ambiente de una cárcel durante los años de represión y en la que el protagonista, en
lugar de lamentarse por su condición de víctima e incurrir en ataques de
autoconmiseración al estilo de Juan Tanamera, se empeña en, como lo señala Cristina
Peri Rossi, "su decisión de no sentirse víctima", que a la postre termina por
salvarlo del hundimiento.
De manera que, como podría verse en muchos otros ejemplos el tratamiento de un
tema grave no exige la seriedad ni mucho menos la autoconmiseración de los personajes.
Más aún: en un tema como el de la represión tanto religiosa como política- el
victimarismo literario termina por reproducir el modelo represivo de víctimas y
victimarios. La imposibilidad de reír siquiera de sonreír refleja el
horror sin superarlo, sin ir más allá de él, sin entenderlo para poder anularlo. En un
largo pasaje de la novela, los personajes de Guaneme se pasean por una catedral buscando
una expresión que no sea de dolor, para demostrar que el cristianismo es una religión
del dolor. Sin embargo, es mucho más fácil encontrar una expresión que no sea de dolor
en la iconografía cristiana que en la novela de Guaneme, lo que finalmente lleva a la
idea de la humanidad doliente y del valle de lágrimas del catecismo que suele hacer
aparecer toda alegría como sospechosa.
Sin duda alguna, en La máscara y el espejo Guaneme quiso atreverse con sus
fantasmas. Pero es claro que sus fantasmas pudieron más que él y acabaron con la novela.
Si se tratara de una obra de un escritor en plena producción, que archivara un libro para
pasar al siguiente, podría pensarse que la novela fuera sólo un paso en falso de
Guaneme. Pero La máscara y el espejo no es sólo una obra de Guaneme que, por lo
demás, ya está próximo a cumplir cincuenta años sino la obra de Guaneme. No
sólo en el sentido de que es su única novela sino, ante todo, en la relación que parece
tener él con ella. Es conocido que la novela tiene ya varios años y que Guaneme anduvo
con el manuscrito debajo del brazo buscando un editor durante mucho tiempo. Durante el
tiempo que Guaneme se dedicó a tan ingrata tarea, ¿qué hizo como escritor? Si hubiera
seguido escribiendo, seguramente hubiera tomado cierta distancia con respecto a su novela,
y ésta lo que es normal con las obras que no se publican poco después de
escritas, cuando no se tratan de auténticas obras maestras habría terminado
formando parte de los recuerdos personales del autor. O la hubiera publicado quizá algún
día como una curiosidad al lado de otras obras con las que se sentiría más a gusto.
Pero no. Hace con ella su tardío debut literario con bombos y platillos, lo cual hace
pensar que lo que hay en La máscara y el espejo resume las aspiraciones literarias
de Guaneme. Es decir que, para él, su novela tiene el carácter de una obra maestra, lo
cual justifica el juzgarla con dureza critica.
Además, el hecho de que la novela haya recibido el premio Plaza & Janés la
hace inevitablemente objeto de discusión pública. Una publicación discreta hubiera
librado quizá a Guaneme de esto. Pero ha recibido un premio que, al leer la novela
que durante tanto tiempo estuvo sin editor , puede hacer creer que le ha sido
concedido por sus enemigos, si no se quiere pensar mal del criterio literario de los
miembros del jurado ni de las otras novelas que estuvieron en concurso.
RODRIGO ZULETA