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Nadie
sabe de toros
Toros, toreros y públicos
Antonio Caballero
El Ancora Editores, Santafé de Bogotá, 1992, 297 págs.
Acepto de antemano que las opiniones de
un profano puedan no ser de buen recibo entre tan quisquillosos obsesivos como son los
taurófilos. Así mismo, debo reconocer que hacia la mitad de este libro se me iba
contagiando el entusiasmo y empecé a comprender algunas de las razones por las cuales
aquéllos nos miran con tanto desprecio a los demás mortales. Porque hablar de toros no
es ya referirse al viejo "arte de Cúchares" , "ese tosco matador de fieras
de antes de que el toreo fuera inventado" , sino penetrar en el recinto sagrado de
una verdadera religión que cuenta con su propia eucaristía, amén de santoral y
martirologio.
Mi lectura ha sido la de un neófito. Lo
único que me interesaba era indagar si los no iniciados ganábamos algo al leer este
libro y, por ende, buscar el tipo de su eventual lector. ¿A quién recomendarlo? A los
aficionados, los taurinos, los taurófilos, los cornudos, etcétera, desde luego que sí;
y sin vacilar. A la hora de pensar si vale para los simples lectores, si es posible que
sea una lectura grata para los desprevenidos, que leen toda la prensa diaria, o para
aquellos que sienten exaltado el patriotismo con César Rincón, o para los que compran un
libro para entretener el mes, ya la cosa es más dudosa. Y no porque a éste le falten
calidades. Es que, de cualquier modo, el de Caballero no deja de ser un texto
especializado. Altamente especializado, diríamos. La maravillosa precisión de la
terminología taurina, sólo comparable a la de la filosofía alemana, no es cosa de
neófitos" pocos saben qué es un eral o un utrero, o un toro badanudo. Pero en
realidad, como dice Caballero, nadie sabe de toros. Apelando al proverbio gnóstico,
sentencia: " El que sabe, no habla; el que habla, es porque no sabe", entonces,
si el propio autor confiesa no saber, el libro, en últimas, resiste cualquier lectura:
"A los intelectuales les gustan los toros porque se prestan, como casi nada en la
vida" a la especulación irresponsable. No es necesario saber nada de nada: basta con
hacer comparaciones, rebotes, carambolas, con la feliz inocencia del niño que por primera
vez juega al billar" . Algo semejante me digo a lo que sucede con la
pintura o con la música. Todo el que medio sepa escribir se siente autorizado a estampar
tonterías sobre lo que es, por esencia, incomunicable por fuera del ámbito de su propio
lenguaje. Claro está que el de los toros es por lo menos un arte dinámico, que permite
alguna descripción, por parca que sea, pero en todo caso no deja de ser un lenguaje
cenado que sólo guarda sentido en sí mismo.
Es curioso comprobar cómo los taurinos
narran las corridas en crónicas que sólo puede comprenderlas si acaso
quien haya estado en las corridas mismas. Porque el taurófilo traduce en palabras lo que
vio, y quiere contarlo a todo el mundo. Cada cronista, reconoce Caballero, ha visto una
corrida distinta, y ninguna coincide con la que hemos visto nosotros.
Antonio Caballero ha otorgado un descanso
a su pluma; acaso, fatigado de decir en solitario la verdad sobre la situación
colombiana; hace un alto en el camino, marcha a España y, como cualquier vagabundo, se va
de corrida en corrida, de pueblo en pueblo. Vierte su prosa poética en lo que no tiene
compromiso ninguno; aquí se explaya en lo que le gusta y en nada más. Con el mayor
desparpajo, en plena digresión confiesa que se perdió y que no sabe de qué diablos
estaba hablando. Su primera premisa es: el toreo es lo más bello del mundo. " Sí,
un caballo es muy bello, o un tigre, o un gato que se despereza. Pero un toro es un
toro". "No hay nada comparable no sé: tal vez el armisticio de una
guerra civil a la felicidad que da saber que hay toros esa tarde". Es la
consignación de una dicha, y no hay nada a lo que tenga mayor derecho un hombre.
Se conduele el autor por esta pobre
América, donde los pobres indios tenían que conformarse para sus mitos con el jaguar y
la serpiente; nos enseña que lo de Cnossos no tiene nada que ver con los toros de verdad,
y que el minotauro "nanay"..., que en España, y sólo en España, hay toros
bravos, desde las cuevas de Altamira y de Albarracín hasta los de la Maestranza, y que,
como decía Ortega y Gasset, es imposible comprender la historia de España sin conocer la
de las corridas. Los toros de Miura, armados de largo costillar de tigre, altas agujas de
dromedario y patas y pezuñas de jirafa, serían, si hemos de creerle, uno de los
híbridos imposibles del libro de los seres imaginarios.
Dice Caballero que no existen grandes
obras literarias taurinas, ni en verso ni en prosa (autor in fábula incluso),
"porque las coge el toro" o "porque hasta los mejores, cuando hacen poesía
taurina, tienden al pasodoble, sin quererlo". Luego se retracta, con evidentes
exageraciones: "En ese género desdeñado y humilde que son las reseñas de corridas
se encuentra la mejor prosa castellana de este siglo...". Dice que hay sólo cuatro o
cinco libros importantes sobre el tema: la Tauromaquia, ese tratado que dictara
Pope - Hillo en 1800, poco antes de que lo matara un toro; el Juan Belmonte, matador de
toros, presuntamente autobiográfico; Lo que confiesan los toreros, de Parmeno (h.
1915), o los de Dominguín y Paquiro, por no mencionar un libro tan extraño como el de
Cossío, edificado generación tras generación, por el que han pasado como redactores
genios de la talla de Miguel Hernández o el admirable Gran diccionario tauromáquico,
de Sánchez Neira, que incurre en cándidas sencilleces: "Siempre se ha tenido como
axioma evidente que no debe ser dueño de torada el que no sea rico"; o aquel
diccionario que incluye esta definición de maravillosa precisión: "Peso: el que
tiene el toro".
El antitaurinismo es un género
literario, como el taurinismo. Lo atestiguan libros como La vergüenza nacional, de
Luis Gilpérez Fraile o el poema de Heredia: "¡Espectáculo atroz, mengua de
España!..." Este libro no elude las consabidas divagaciones acerca del manido tema
de la barbarie en los toros. He observado que a menudo los historiadores taurinos ocultan
escrupulosamente lo que era el espectáculo hace un siglo: una hecatombe, ese sacrificio
ritual de cien toros, que inventaran los griegos, solo que, como puede apreciarse en
cualquier libro costumbrista de la época, La gaviota de Fernán Caballero,
por ejemplo , la hecatombe ocurría con el sacrificio, en cada corrida, de decenas
de caballos, embestidos atrozmente por el toro. " La Iglesia, que es muy sabia
sentencia el autor , ha intentado muchas veces prohibir las corridas: le parece que
tanta dicha tiene que ser pecado". Añade que, con excepción del santo sacrificio de
la misa, son el único sacrificio que queda en Occidente; y abunda: " No hay duda de
que un toro, como toro, muere mejor en la plaza que en el matadero" (también, digo
yo, el torero). "De todos modos, no se trata de eso: el sufrimiento del toro, que sin
duda es real, no es el propósito de la corrida. Su propósito es el sacrificio
ritual". Podríamos argüir, igualmente, que el propósito de Auschwitz tampoco era
infligir dolor sino eliminar con eficacia a seis millones de judíos...
Personalmente, me agradaría más que se
equilibraran las cargas, y se trocara esa vaga comunicación de amenaza mortal, por una
amenaza real. En esto, como en muchas otras cosas, soy devoto del "ojo por ojo".
Me parecería más justo que las estadísticas mostraran: toros muertos: 518;
toreros muertos: 442, o algo semejante. Con estirpes de grandes asesinos y todo eso. Ahí
sí la cosa sería a otro precio... Pues con sólo 63 matadores muertos en dos
siglos" la posibilidad de morir en una corrida, diga lo que diga Caballero, es
remota... Claro está que en el ruedo han quedado algunos de los mejores: Gallito, Manuel
Granero, Manolete, el Yiyo, Paquirri, Pepe Cáceres, más unos 350 subalternos. Cornadas
sí se han repartido, y por montones; tanto que sólo uno, que se recuerde, Pedro Romero
(el de Goya), se retiró sin haber sufrido nunca una cornada, mientras que el Tigre de
Guanajuato, que andaba siempre de charro y con sombrero de calaveras, recibió 32
cornadas, cuatro balazos y dos puñaladas.
El libro contiene artículos a
montones, unos mejores que otros, desde luego. A lo largo de ellos se repiten las
frecuentes quejas: "Nada hay más aburrido que los toros cuando son aburridos, y
últimamente lo son siempre[...] no hay nada más aburrido, ni el desierto de Kalahari, ni
una función de teatro Nô japonés, ni una película de Wim Wenders, ni una visita guiada
a una fábrica de tractores en un país socialista..."; repite que al toro bravo se
le está acabando la bravura, que la culpa la tienen los toreros, que "los
aficionados a los toros vivimos de recuerdos, añorando toros de otros tiempos como nieves
de antaño de Villon", aunque, cuando las cosas salen bien, " se llora a
mares".
Por momentos nos asalta el deseo
permanente de glosar el texto, de gozarlo con minucia, cuando no de contradecirlo.
"Los aficionados a los toros somos muy dados a la hipérbole". Como todo
catecismo de un fanático, el libro abunda en afirmaciones gratuitas: "Nadie que haya
ido a los toros a una corrida buena; o incluso a una mala puede volver ya
con entusiasmo a la ópera...". El torero que es verdadero artista se
caracterizaría, en audaz corolario del principio de Peter, por hacer siempre la mejor
faena donde uno no está presente. Aquí abundan los elogios dictados por el amor. Bueno.
¿Y por qué no? Cualquier lector taurófilo los va a pasar como un trago de ambrosía.
Desde luego, como recopilación que es,
el libro está sometido a multitud de repeticiones y a infinitas variaciones sobre el
mismo tema. Esto no es culpa del autor y dudo que los entendidos no lo perdonen. Están
sometidos a beber cuantas cucharadas del mismo jarabe se les den. Hay algunas
descripciones bucólicas; otras, muy realistas, que prodigan esas imágenes tan suyas,
semejantes a aquellas con las que construyó ese andamiaje de poesía involuntaria que es
Sin remedio: "bebiéndose su agonía a largos tragos de sangre mientras el puño
del estoque asoma de la cruz como el timón de un barco y sólo rompe el silencio de
piedra de la plaza el paso irrespetuoso de un F 16 de la OTAN por el azul del
cielo", o faenas "que se fueron abriendo en la tarde, como flores de documental
científico en la televisión", o ésta sobre César Rincón: "Se le ocurrió
llevarse la ferocidad del animal hasta la mitad del ruedo tirando de él con la muleta,
arrastrándolo a la carrera arena dentro como quien hace rodar en un aeropuerto el peso de
un baúl".
Algunas crónicas son excelentes: la de
la semblanza de Belmonte, aquel ser contrahecho a quien se pudo aplicar la paradoja
única: era un diestro zurdo... Un cronista lo comparó a un cantante afónico o a un
gimnasta artrítico. "Lo hecho por Belmonte no se había hecho nunca; es más: nadie
creía que se pudiera hacer". No es menos interesante el relato de la muerte de
Paquirri en Pozoblanco, esa crónica angustiosa de la carrera entre Córdoba y la muerte,
de la cual se guarda un doloroso testimonio fílmico.
Los toreros, empezando por César
Rincón, con su seriedad y espíritu de rigor obstinado de los grandes artistas, que no
consiste en gustar, sino en gustarse a sí mismos, despiertan la magia de la hipérbole en
el autor. Es de notar la admiración encendida por el extraño arte del milagrero Rafael
de Paula: "Cuando vamos a verlo nunca sabemos qué nos va a dar esa vez: la belleza,
el miedo, la impotencia. La otra tarde, en Las Ventas, nos dio la dignidad". Elogia
Caballero las ganas de Manzanares, el arte de Ortega Cano, "resabido y
resabiado"; la sobrehumana quietud, barroca, de gárgola, de Paco Ojeda; el toreo
dodecafónico de Julio Aparicio... Los diestros le dan pie a multitud de afirmaciones
sentenciosas ó aforísticas: "Los toros con sangre entran", "A Espartaco
le pasa lo mismo que a los Estados Unidos: tiene demasiado poder", "ese capote
que Joselito maneja como una ancha mantarraya que aletea parsimoniosamente en el fondo del
mar".
De los públicos, el más digno de la
pluma es el de Madrid, "el más cruel del mundo", y en especial, el tendido
siete de Las Ventas, enemigo declarado de los tendidos restantes, de los toreros, de los
ganaderos, del presidente, del empresario..., experto en "bramar algún insulto
especialmente bien estructurado", siempre feliz de que todo salga mal. Anota que debe
de ser un eufemismo que al público lo llamen "el respetable". "El colmo de
la felicidad, en los toros, consiste en denunciar inútilmente la injusticia, que es la
esencia de la autoridad". Se detiene, eso sí, con morosa delectación, en la
descripción de ese espécimen que es el taurino: gordo, arcaico, propenso al tópico,
monotemático. "Un taurino lo sabe todo, y todo lo recuerda, incluso lo que no ha
visto". Por el otro lado, no olvida la belleza femenina, en ese hermoso ondular de
ombligos desnudos que es la Feria de Cali.
Por momentos trata de ser instructivo o
de repasarnos todo lo que ha aprendido en estos últimos años. Quien quiera hallar el
humor, lo encontrará en aquel artículo en el que se pregunta quiénes son los cánones y
qué diablos es lo que mandan, o en "Toros para principiantes" , en donde con
increíble rapidez ha asimilado hasta el estilo digresivo de Larra, o acaso de los viejos
cronistas taurinos, pero no lo sé, porque desconozco a los viejos cronistas taurinos... y
a Larra.
Una de las últimas crónicas se refiere
a la exposición "taurina" de Fernando Botero que presentó el Banco de la
República en la Casa Luis López de Mesa: "¿Sabe Botero de toros? La verdad es que,
a juzgar por los que pinta, parece que no". Pero en fin, dice, no son toros, sino
boteros. "Si en determinado momento los fines pictóricos [...] exigen en tal ó cual
lugar del lienzo una mancha de color, Botero clava tranquilamente una banderilla, aunque
sea en el rabo del toro ...".
Sólo tengo que agregar que la edición
es bella y cuidadosa. Detrás de las pocas fotografías interiores hay ayudas didácticas
para los no entendidos. Echamos de menos, eso sí, las fechas de las crónicas.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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