Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 34. Volumen XXX - 1993 - editado en 1995

 

Medellín bioclimático:
su edificio de oficinas a través del siglo *

 

SMECANO
Fotografías: SmeCano y Centro de Memoria Visual – Faes - .

 

Edificio Henry construido en 1928 por G. Herrera, Boyacá con Bolívar. Primer rascacielos de Medellín, actualmente afectado por el deterioro de su entorno a causa de los vendedores ambulantes y por la construcción de la estación Parque Berrío del metropolitano.

TABLA DE CONTENIDO

INTRODUCCIÓN
EL EDIFICIO DE OFICINAS
ENTRE 1900 Y 1930
ENTRE 1930 Y 1960
EL PERÍODO ENTRE 1960 Y 1980
DE 1980 EN ADELANTE
EL EMPUJE PAISA
A MANERA DE CONCLUSIÓN

La situación económica y ecológica actual en Colombia y las condiciones de bienestar psicológico y fisiológico de los habitantes de su arquitectura hacen pensar en la necesidad de implementar la arquitectura bioclimática en nuestro medio, como componente arquitectónico fundamental para lograr avances significativos en la obtención de ahorro energético por medio del uso racional de las energías tradicionales y de la utilización de energías alternativas cuyas fuentes sean abundantes, en la conservación de nuestro deteriorado medio ambiente y en el mejoramiento de las condiciones de habitabilidad de nuestras edificaciones.

El centro de Medellín en 1994

 

Aunque este texto no discurre exclusivamente sobre arquitectura bioclimática, tiene como propósito interesar al lector en ella y contribuir a la formación de una conciencia colectiva acerca de la necesidad de incorporarla en el quehacer arquitectónico colombiano.

La metodología que se empleará consistirá en hacer notar, de manera un tanto general, la presencia de elementos de la arquitectura bioclimática dentro de la arquitectura de una tipología, un lugar y un tiempo específicos: el edificio de oficinas en Medellín en el siglo XX, razón por la cual se dará un vistazo a la incursión y desarrollo de este tipo de edificaciones en la historia reciente de la ciudad. Por último, se hablará sobre el desarrollo físico de Medellín en función de su patrimonio arquitectónico y cultural.

Edificio Naviera Colombiana (1946) en Palacé con la avenida 1º de Mayo, Vieira Vásquez Dothee. Edificio Miguel de Aguinaga (1956), Carabobo con avenida De Greiff, A. González. Protecciones solares verticales en concreto en la fachada sur y ventanas profundas en la fachada oriental.



EL EDIFICIO DE OFICINAS

La siguiente es una lectura del edificio de oficinas en Medellín en el siglo XX. De cómo va apareciendo en el panorama arquitectónico de Medellín, cómo evoluciona su presencia física, en dónde se va ubicando en el tiempo según el desarrollo urbano de la ciudad, y algunos detalles generales del manejo de su espacio interior y de los arquitectos que se han encargado de darle una imagen tangible a la idea de edificio de oficinas.

Al notarse claramente momentos de unificación de conceptos en el diseño y construcción de estos edificios, la descripción se hace a partir de períodos específicamente definidos en el tiempo.

ENTRE 1900 Y 1930

En este periodo, la ciudad es pequeña y muy concentrada. El desarrollo urbano se propaga concéntricamente. Los edificios de oficinas se localizan en las inmediaciones del parque de Berrío, sobre las calles Bolívar, Boyacá, Palacé, Colombia, y sobre Carabobo, como nexo con el foco de la plaza de mercado y la estación del ferrocarril.

Edificio Beneficencia de Antioquia (1967), Sucre con Ayacucho, J.J. Posada. Los balcones y las ventanas retrasadas sirven de protección solar al interior.

 

La altura promedio de estos edificios está entre los dos y los cuatro pisos, a excepción del edificio Henry, un rascacielos para su época, que cuenta con seis pisos y un pequeño séptimo piso que sobresale como remate sobre la cubierta. En cuestión de volumetría, los edificios están contenidos por volúmenes puros con fachadas muy planas, en las que en ocasiones se destacan pequeños balcones. Se encuentran entre muros medianeros y se ciñen a ellos. Las cubiertas surgen detrás de altas cornisas, que no se ven, por lo cual la imagen del edificio tiene una unidad volumétrica impecable.

Podría hablarse de una unidad estilística. Los edificios se inscriben dentro de un estilo influenciado por la estética europea de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. La ornamentación de sus fachadas es espléndida, con una factura magistral en revoques y acabados.

Para mediados de la década de los veinte, comienza a aparecer en ellas un accesorio que transforma un poco su imagen. Se trata del parasol móvil con mecanismos retráctiles escualizables, o bien enrollables que protege el interior de la incursión solar no deseada y proporciona una sombra fresca, además de tamizar la iluminación natural intensa y a veces deslumbrante. Adicionalmente, tiene la ventaja de poder recogerse si no se requiere en algunos momentos del día o épocas del año. Este elemento desaparece, sin explicación aparente, antes de la mitad del siglo.

Edificio Vicente Uribe Rendón (1978), avenida Oriental de La Playa, A. González. Integra el espacio público al edificio, posee un volumen que sirve de protección solar a la fachada retrasada, el que, a su vez, contiene parasoles verticales en concreto adosados a su fachada flotante.

 

 

 

 

Los usos que generalmente se les dan a estas edificaciones, además del de oficinas, son el comercio o la atención al público (cuando se trata de bancos, se utiliza el primer piso). Los interiores de las oficinas son amplios, con una altura libre de 3,5 metros, con abundante iluminación y ventilación natural gracias a las grandes ventanas; la iluminación artificial llega por medio de lámparas eléctricas incandescentes. Las oficinas, usualmente individuales, tienen en su interior una amplia sala de recibo, ya que cuentan con un área generosa no menor a los 30 metros cuadrados.

En la actualidad el sistema de ventilación natural en estos edificios, a través de las ventanas, comienza a ser poco funcional, por cuanto la contaminación atmosférica del entorno no permite un intercambio sano entre el aire interior y el exterior. Sucede, entonces, que los alergenos y las partículas de arena y polvo y demás contaminantes viajan con el viento que entra por las ventanas, contaminando el aire en el interior del edificio.

El registro de contaminación del aire en el centro de Medellín, según reportes del Estado de los recursos naturales y del medio ambiente (Contraloría General de Medellín, 1992), se encuentra en las siguientes condiciones: material particulado 246 Ugm3 – el límite permisible es de 84 ugm3 – ; monóxido de carbono, 30,3 partes por millón – el límite permisible es de 13 partes por millón – ; dióxido de azufre: 58 partes por millón, y dióxido de nitrógeno: 46 partes por millón, sin que se tenga el dato de la cantidad máxima permisible de estos dos últimos. También se presentan otros elementos contaminantes, de cuya identificación y medición no se tienen datos oficiales.

 

Edificio Grupo Colombia de 1980, avenida Oriental con la Playa, Fajardo Vélez. Combinación de diferentes vidrios en su fachada flotante. Edificio la Compañía (1990), avenida El Poblado, L. Forero: En el diseño de su entorno inmediato se incluye vegetación.

Para principios de la década de los veinte, con el edificio Olano llega el primer ascensor, lo que permite pensar en aumentar la altura de los edificios de oficinas.

Entre los arquitectos y oficinas de arquitectura que diseñan y construyen edificios de oficinas en este período están: Antonio Duque y Dionisio Lalinde, Enrique Olarte, Agustín Goovaerts, H.M. Rodríguez e Hijos y Guillermo Herrera Carrizosa.

Calle Boyacá, Medellín, fotografía de Francisco Mejía, Centro de Memoria Visual – Faes –. Nótese al fondo la iglesia de La Candelaria y el parque Berrío (ca 1919).


Es importante anotar que gran parte de estos edificios (once entre los diecisiete registrados por esta investigación) han sido demolidos en años posteriores, por la creación o ensanchamiento de algunos ejes viales, o por la necesidad de utilizar su terreno para construir edificaciones de mayor altura. Entre los pocos que han sobrevivido, algunos han sido reformados y reciclados, después de ser sometidos a un proceso de restauración (es difícil hablar de restauración en edificaciones que tienen menos de cien años, pero su nulo o casi nulo mantenimiento causa un deterioro tan extremo que hace necesaria su "restauración" ), y sólo el Henry permanece en su estado original, aunque actualmente se esté cambiando el piso de sus corredores comunes.


ENTRE 1930 Y 1960

Durante estos años, el crecimiento de la ciudad favorece la extensión del centro y su prolongación hacia el occidente. Por esto, el emplazamiento de los edificios de oficinas se extiende desde la calle Colombia hasta el río, y sobre Junín hacia la avenida 10 de Mayo. Es la época de la profusión de construcciones bancarias.

Calle Boyacá (1994). En primer plano la estación de Berrio del metropolitano.

La altura de estos edificios oscila entre los siete y los quince pisos, con muy pocas excepciones de menos de siete pisos. En el volumen, aunque permanece muy macizo, se generaliza el concepto de rascacielos "clásico": basamento, cuerpo y remate, interpretado de una manera particular, con materiales de construcción macizos y recubrimientos con piedras de enchape en las fachadas. Se tiene en cuenta el sol y se diseñan fachadas con quiebrasoles fijos o móviles sobre un eje, de materiales pesados, algunos sin contar con mucha fortuna en el resultado esperado, por su equivocada orientación.

En algunos casos, aunque se sitúan entre muros medianeros, se piensa en quebrar el paramento y, al montar el cuerpo central del edificio sobre una plataforma en el segundo piso, existe la libertad de obtener mayor número de fachadas al despegarse de la medianería, o de zigzaguear la fachada en función de su orientación más favorable con respecto al asoleamiento. En otros casos se utiliza la ventana retrasada o el balcón, como elementos formales y funcionales (para controlar la incursión solar) importantes en la imagen del edificio.

Fachada del Edificio Olano en 1932, fotografía de Francisco Mejía, Centro de Memoria Visual – Faes –. Diseñado por E. Olarte y construido en 1919. Unidad estilística de las fachadas con la red del tranvía. Parque Berrío al norte; bajo la estructura del metropolitano estará ubicado el edificio Olano.

El uso del primer piso, a excepción de los bancos, se privatiza o se abre al comercio con locales consecutivos. Aparecen con mucha fuerza simbólica elementos espaciales y decorativos, como el vestíbulo de acceso a escaleras y ascensores, con rica ornamentación representativa de la compañía a la que pertenece el edificio.

Parque Berrío, Censos Nacionales, Medellín. Fotografías de Carlos Rodríguez, Centro de Memoria Visual – Faes –. Calle Colombia hacia el río, 1994.

 

El interior de las oficinas sigue conservando una altura generosa, 3 m en promedio, pero crecen en área y dejan de ser individuales a consecuencia del crecimiento de las compañías, lo que hace necesaria la combinación de iluminación natural y artificial (es en esta época cuando se generaliza el concepto de "empleado"). Los espacios de trabajo se convierten en salones comunes (con el consiguiente incremento de ruido en el lugar de trabajo que a veces supera el nivel admisible, causando contaminación auditiva), con mobiliario variado: escritorios, mesas de mecanografía, archivadores, guardarropas, que ordenan y diferencian el espacio de trabajo y el de circulación.

La ventilación sigue produciéndose por corrientes de aire captadas desde el exterior a través de las ventanas (solución que en la actualidad, y como se decía con respecto al período anterior, resulta inconveniente por la ubicación de estos edificios en el centro de la ciudad).

Calle Colombia hacia el río (1994), desde el mismo ángulo.

La mayoría de los edificios de este período se conservan aún; algunos de ellos en un estado de deterioro que evidencia su deficiente mantenimiento. Sin embargo, funcionan para el mismo uso que fueron diseñados. Sólo el edificio de la Compañía Colombiana de Tabaco situado en el costado occidental del parque de Berrío (recuérdese que su construcción se realizó en este período y que por lo tanto, en este mismo siglo y previo a él existía otra edificación), se derribó para erigir sobre su terreno y el aledaño el nuevo edificio de la compañía.

Entre los arquitectos y oficinas de arquitectura que más se destacan en el diseño y construcción de edificios de oficinas entre 1930 y 1960 están: H.M. Rodríguez e Hijos, Vieira Vásquez Dothee, Tulio Ospina y Compañía, Arquitectura y Construcciones, Alberto Mesa Jaramillo, Augusto González, Ingeniería y Construcciones.

EL PERIODO ENTRE 1960 Y 1980

Tras el caos que produce la alta concentración de actividades en el centro de Medellín, la congestión peatonal y vehicular y la contaminación ambiental, se crea la necesidad de expandir el centro.

Los edificios de oficinas de este período comienzan a aparecer como tensores que colaboran con la ampliación del radio del centro y con su final explosión. Se ubican sobre la avenida La Playa y Colombia hacia la avenida Oriental, sobre Sucre hacia Ayacucho y, un hecho de expansión importante, se traspasa el río.

Éste es un período de transición estilística, pues, al igual que se encuentran edificios con características del período inmediatamente anterior, se encuentran también edificios con propuestas volumétricas audaces, y otros cuya estética se inscribe dentro de las tendencias de moda en otras latitudes.

Parque Berrío, Medellín (1950), fotografía de Carlos Rodríguez, Centro de Memoria Visual – Faes–. Costado occidental del parque, carrera Bolívar.



En su gran mayoría se sitúan entre muros medianeros, con dos excepciones que vale la pena mencionar por el especial tratamiento de su entorno: el edificio de Camacol y su vecino, el edificio de Suramericana de Seguros.

El vidrio, la fachada flotante y las grandes áreas de oficinas hacen necesario tanto la iluminación como la climatización (por medio de aire acondicionado central). La iluminación artificial es de ubicación estandarizada e indiscriminada dentro del espacio, sin tener en cuenta los lugares específicos de trabajo, respondiendo a un diseño de instalaciones eléctricas uniforme, razón por la cual no es controlada la cantidad de luz que llega a la zona de trabajo, afectando en ocasiones la salud, por contaminación visual.

Generalmente los espacios son alfombrados y como consecuencia de esto, hay una mayor producción de alergenos y de partículas contaminantes del aire que, sumadas al aire viciado que producen los fumadores, pueden originar afecciones respiratorias entre los habitantes del edificio.

Costado occidental del parque Berrío, carrera Bolívar, 1994.


 

Las alturas interiores se reducen y, siguiendo el concepto de oficina como gran espacio único, se introduce la propuesta de modulación del espacio con paneles bajos, de materiales ligeros, que amortiguan un poco el ruido en el área de trabajo. Todos los edificios construidos en este período existen en la actualidad.

Entre los arquitectos y las oficinas de arquitectura que más se destacan en el diseño y la construcción de edificios de oficinas en este período están: Juan José Posada, Suárez Ramírez Arango, AIA, Ingeniería y Construcciones, Jaramillo y Uribe, Hernán Vieira y Asociados, Germán Samper, Fajardo Vélez, Londoño y Vayda, Augusto González.

Teatro Junín, Medellín, 1960. Fotografía de Carlos Rodríguez, Centro de Memoria Visual – Faes -. Además, Hotel Europa, avenida La Playa con Junín, diseñado por A. Goovaerts y construido en 1924.

 

DE 1980 EN ADELANTE

Durante este período el centro de gravedad del centro urbano se desplaza, y la avenida Oriental cobra singular importancia. Sobre su eje, pero completamente hacia el sur, se genera otro centro con características físicas y de uso diferentes. Este nuevo centro se extiende linealmente sobre la avenida El Poblado y se constituye en foco empresarial y financiero.

En términos generales, los edificios de oficinas en la década de los 80 se sitúan sobre la avenida Oriental o la sobrepasan o, los más recientes, se sitúan sobre la avenida El Poblado.

Se unifica el estilo; los volúmenes son puros, las fachadas absolutamente planas o con tímidas insinuaciones de volumen y algunas con volúmenes que se entrecruzan. Se generaliza el vidrio como casi exclusivo recubrimiento de la fachada – con la subsecuente rerradiación de la radiación solar a los edificios y demás elementos vecinos –, lo cual significa un aporte extra de luz y calor solar al vecindario.

El edificio, en el caso de los de la avenida El Poblado, ya no se encuentra entre muros medianeros; cuenta con fachadas por todos sus costados y el entorno inmediato comienza a ser diseñado.

Edificio Erlinda ca.1905, Palacé entre Boyacá y Colombia. Remodelado por A. Duque y D. Lalinde. Los voladizos sobre el andén protegen al peatón de la intemperie.

 

 

En el interior de las oficinas, como consecuencia del uso del vidrio (pero con una mejor elección de éste y una mayor sofisticación en su puesta en obra), que comienza a ser coloreado con tonos oscuros, y de las grandes áreas de oficinas, como se observa en el período anterior, se hace indispensable el uso de iluminación artificial, con el inconveniente mencionado acerca de su ubicación. La demanda de climatización artificial se ve reducida, como resultado del uso de vidrios con coeficientes de sombra altos, trayendo como efecto el aporte de radiación extra a las superficies que circundan la edificación. También se desarrolla un mayor refinamiento al encontrarse la zona de aparcamiento de vehículos en el sótano, lo que ocasiona la necesidad de mecanismos de medición y control sobre las cantidades de monóxido de carbono presentes en el aire interior del edificio.

Los espacios de oficinas también son alfombrados – con las dificultades anotadas anteriormente – y modulados con paneles bajos.

Entre las firmas arquitectónicas y los arquitectos más destacados en el diseño y construcción de edificios de oficinas en este período están: Fajardo Vélez, Londoño y Vayda, Augusto González, Laureano Forero, Conconcreto, AIA, Coninsa, Convel, Carlos Julio Calle, Juan B. Castrillón, Sergio Gómez, Oscar Mesa, entre otros.

EL EMPUJE PAISA

Yo me he propuesto salir de la rutina; me formé un propósito de hacer a un lado la tradición y empezar nuevamente de cero. Tengo fe y estoy casi convencido de que algún día no muy lejano veremos a Medellín sobre un plan de desarrollo moderno.

Edificio Palacio Municipal (1931), carrera Carabobo con la avenida de Greiff, H. M. Rodríguez e Hijos. Elementos macizos en las fachadas como protecciones solares de las ventanas. Se ve afectado por la alta congestión peatonal y vehicular de la carrera Carabobo.

El descubrimiento de cementos más duros que la piedra es suficiente por sí solo para transformar todo el sistema de construcción; los arcos quedan prácticamente eliminados, los techos cambian por terrazas, siendo esta una reforma sustancial; ya los muros no tienen la función de antes, es decir, no soportan la cubierta.

El método, el problema de estética, está resuelto; falta aceptar como estético el resultado directo sin tapadijos ni a aditamentos de dicho sistema.

¿Para qué criticar la mayor o menor pureza de estilo? Sería como si nos pusiéramos a discutir si instalamos en la nueva casa el alumbrado con candil de aceite o con lámparas de petróleo.

No aceptar el arte nuevo, hacer a un lado el confort que nos da una construcción moderna, por seguir la rutina, por el solo hecho de que así lo hicieron nuestros antepasados, sería denigrar y rehusar al más grande de los sentidos, el que nos diferencia del resto de los animales: el sentido del progreso 1 .

Edificio Constain de 1915, Palacé con Boyacá. Remodelado por H.M. Rodríguez e Hijos. Sus andenes se encuentran invadidos por vendedores ambulantes.

He aquí lo que en 1929 decía Nel Rodríguez a propósito del progreso.

El "empuje paisa" no sólo es una frase que nos llena de identidad.

Esta realidad, de la que nos sentimos ciegamente orgullosos, a la cual rendimos culto, que adoramos y practicamos a como dé lugar, nos ha hecho irracionalmente competitivos, provocando que organicemos una escala de valores con la cantidad a la cabeza y la calidad en los pies. "El empuje paisa", entendido a la manera de don Nel Rodríguez, es una de las realidades responsables del frenesí con que ha crecido y se ha desarrollado esta ciudad en todos sus ámbitos.

En menos de cien años Medellín ha alcanzado a colmar hasta el agotamiento, el espacio físico del valle (de Aburrá) y cada vez trepa con más velocidad y desconsideración la montaña. Ha levantado y derribado testimonios físicos de su paso por la historia, con una simultaneidad sorprendente.

Ante la encrucijada entre la tradición y el progreso, la elección está hecha y la suerte está echada. En lo que va corrido de este anciano siglo, y probablemente suponiendo que de otra manera nos estaríamos perdiendo de algo interesante de la vida actual, hemos elegido ser "progresistas", decidiendo desconocer, no que todo tiempo pasado fue mejor, sino más bien que de todo tiempo pasado se aprenden lecciones.

Hemos confundido el significado real del progreso con la asimilación acrítica de elementos foráneos (arquitectónicamente hablando, lenguajes formales, elementos técnicos, soluciones espaciales), que funcionan muy bien en sus lugares de origen, pero que a la hora de establecerlos aquí, no sólo funcionan mal o no funcionan, sino que también el precio por instalarlos se le cobra a la memoria urbana, a la historia y a la cultura de la sociedad que ha fallado en el intento de ir componiendo el patrimonio al cual pertenecen las señales que han sido borradas en aras del " progreso".

Avenida La Playa con Junín (1994), edificio Coltejer diseñado por G. Samper y construido a finales del decenio del 60.

 

Estamos sufriendo de amnesia total colectiva. Nos estamos quedando sin memoria. Esta sociedad, ante el juego de olvido que imponen quienes determinan el curso físico de la ciudad, se está cansando de trabajar por la infructuosa empresa de tratar de dejar huella y de consolidar un patrimonio arquitectónico, urbano, cultural.

El panorama es ahora advenedizo, anónimo, desconocido, no identificado. Vivimos en una ciudad que hay que estar revisando constantemente para no perdernos en algún sector que hace cinco años no visitamos, porque está lleno de imágenes distintas: edificios nuevos, calles nuevas, aromas a escombro y a revoque físico.

Este fin de milenio, en el que se acusan la escasez de recursos y las deplorables condiciones de nuestro medio ambiente, es buen momento para replantear los términos en que asumiremos el hasta ahora desenfrenado concepto de "empuje paisa", no para dejar de avanzar en el tiempo, sino para avanzar con una idea más clara de progreso que tenga en cuenta tanto el pasado como el medio físico, para encontrar puntos de partida que nos ayuden a recomponer la imagen de esta ciudad tan desdibujada y turbia, en la que ya desde principios de siglo se evidenciaba la miopía con que se miraba a la ciudad y al progreso. Es necesario revisar el pasado para que su lectura conduzca a enriquecer el conocimiento que crea y desarrolla hechos físicos; es necesario considerar el medio físico donde se producen generadores de ese avance, no sólo por respeto al entorno, sino también por estrategia de progreso.

Edificio nueva sede Empresas Públicas de Medellín, 1994. Avenida del Río, C. Calle, C.E. Calle, M. Baquero


A MANERA DE CONCLUSIÓN

El futuro del edificio de oficinas en Medellín con el edificio de la nueva sede de Empresas Públicas Municipales a la cabeza de una nueva manera de llevar a cabo esta tipología arquitectónica – parece estar signado por algunas de las siguientes características: autosuficiencia con respecto al lugar donde se emplaza; automatización de los sistemas de control de las condiciones climáticas interiores (mediante consolas que regulen el aire acondicionado, detecten cambios bruscos de temperatura, escapes de gas, variaciones del voltaje, fallas en el suministro de energía eléctrica o de otro tipo), que buscan contribuir con el ahorro de energía, pero que, contradictoriamente, generan un consumo exagerado de la misma; especificaciones técnicas de construcción, de instalación, y de sostenimiento de estos sistemas que demandan un consumo enorme de energías no renovables, tanto por el aumento en la capacidad de albergar gente (en el caso que se menciona, el edificio de la nueva sede de EPM tendrá dieciséis ascensores para transportar 320 personas a una velocidad de 150 metros por minuto), como por la necesidad creada de exigencias técnicas que demandan mayores esfuerzos a la artesanal tecnología constructiva existente en Medellín; automatización de los sistemas de seguridad, cada vez más necesarios en esta ciudad y en este tiempo (de un lado por razones de orden público, y de otro lado, por los fenómenos naturales excepcionales y extremos); incorporación de espacios públicos al edificio; sofisticación de la conocida propuesta de espacio interior de oficina como gran salón común; conservación del concepto de flexibilidad espacial, que permite que el edificio crezca o se transforme según las necesidades espaciales que vayan apareciendo.

Es necesario que quienes tengan la expectativa y la capacidad económica de encargar a un arquitecto el diseño de un edificio de oficinas, así como el de cualquier otro tipo de edificación, piensen antes que nada en la responsabilidad del arquitecto frente a la arquitectura, al medio físico y a los futuros habitantes de esa edificación.

Es responsabilidad del arquitecto que diseña estos lugares de trabajo brindar ambientes agradables, confortables, pero sobre todo sanos, a quienes los habitan por períodos de tiempo significativos cada día.

Es también su responsabilidad, y no menos importante, tender a que sus creaciones procuren el uso más racionalmente posible de los recursos energéticos que demanden. En caso de utilizar nuevas tecnologías, se trata entonces de procurar establecerlas teniendo en cuenta que se deben utilizar primero los recursos de que se disponga más inmediatamente, además de apropiar coherente y sensatamente estas nuevas tecnologías. Finalmente, el arquitecto debe buscar que, lejos de violentar el entorno, sus edificaciones se comuniquen armónicamente con las edificaciones vecinas, al igual que con el clima y la naturaleza del lugar donde se encuentran.

Conociendo la situación puede ser nuestra la elección o, por lo menos, la conciencia responsable de lo que sucede a nuestro alrededor.

 

 

NOTAS:

* Este artículo contiene apartes del tercer capítulo del trabajo de la tesis de grado realizado por Marcela Estrada Cano para obtener el título de arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. La tesis será publicada por la Universidad Nacional de Colombia.

1 Nel Rodríguez, Letras y Encajes. Medellín, núm. 35, junio de 1929.