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¿Mansa
reproducción de objetos llamativos?
El bodegón en
Colombia
Eduardo Serrano
Museo de Arte Moderno de Bogotá y Ediciones Alfred Wild, Cali, 1992, 238 págs.
Para apreciar la historia del bodegón en
Colombia era indispensable contar con un investigador que fuera capaz de realizar un
minucioso trabajo de localización y estudio de un amplio material desperdigado a todo lo
largo y ancho de nuestra geografía, con el firme propósito de dotar a los cuadros
escogidos con una valiosa valoración histórica y estética. Sin las prevenciones o
exageraciones historiográficas con las cuales hasta el momento se había enfocado el
tema, El bodegón en Colombia va mostrando la evolución de este género en
nuestras tierras a partir de siete capítulos que corresponden a determinados momentos
históricos bien definidos, contando para su apreciación con valiosos testimonios de la
época, donde se analizan las técnicas empleadas y, a su vez, se señalan los puntos de
contacto que estas obras tienen con movimientos o tendencias del momento.
Separándolo de otros temas, como
podrían ser el retrato o el paisaje, el que se refiere específicamente al bodegón ha
sido con frecuencia tratado desde una óptica obtusa, regida por las leyes de la
condescendencia, como si éste fuera una consecuencia natural de la educación femenina,
minimizando cualquier posibilidad de trascendencia artística y aumentando, por otra
parte, la cortesía de los caballeros.
Por lo tanto, le ha tocado a Eduardo
Serrano suplir estas arraigadas prevenciones sociales para acometer una seria labor
histórica y analítica, colocando al bodegón en el lugar que se merece, fuera ya de las
clasificaciones superficiales y vagamente peyorativas con las que siempre se le ha
tratado, sean éstas las que lo señalan como una mansa reproducción de objetos
llamativos, o aquéllas que lo catalogan bajo el rótulo despectivo de ejercicio
pictórico. "La consideración de asociar los bodegones con las mujeres trajo consigo
un retraso y, también una clasificación sesgada de sus trabajos", afirma el autor.
A los ambiciosos proyectos de
recopilación y análisis del arte nacional, regidos tanto por criterios faraónicos como
por apresuradas calificaciones que redundan en una inmediata valoración comercial, se le
opone este singular libro que abre un nuevo campo de estudio y, a la vez, construye con
solidez la evolución del bodegón en nuestro país.
Ha sido Eduardo Serrano muy cuidadoso en
acompañar las descripciones de los cuadros con testimonios de la época escritos en los
medios impresos, con lo cual establece un interesante paralelismo entre la pintura y la
literatura, lo que permite al lector aproximarse con fidelidad al gusto predominante del
momento.
El autor, quien fue curador del Museo de
Arte Moderno de Bogotá y es una de las máximas autoridades en el arte colombiano, sabe
detener su propio hilo argumental para dar cabida a las apreciaciones de los críticos del
momento, que si bien en algunos casos son dictadas por el arrebato lírico sobre
todo las del siglo pasado y principios de éste , nos permiten constatar la
importancia que produjeron en el instante de su aparición y el particular trato recibido
por parte de los interesados.
Para erradicar de una vez por todas la
arraigada creencia según la cual el bodegón es una manifestación lateral dentro de la
pintura, Serrano se ve en la obligación de recordar su importancia en la historia del
arte; importancia que va más allá de su primitiva función decorativa, así como
también la de señalar la impresionante variedad de representaciones que, basándose en
la sencilla disposición y representación de las frutas, ha logrado escapar de su
estricto margen mural desde su implantación en el siglo XVII en tierras americanas, para
invadir con una voracidad y una creatividad envidiable otros campos, como son los
artesonados de los techos, los altares, retablos y púlpitos de las iglesias, los marcos
de los cuadros, los muebles de las casas y un largo etcétera. Por lo tanto, se advierten
desde un primer momento la movilidad y la imaginación de nuestros artistas de la colonia
que, sin lugar a dudas, dejan atrás, en lo que a Colombia se refiere, en cuanto a
proliferación, calidad y perdurabilidad, a cualquier otro género pictórico.
No podemos caer en la simplificación,
como en algunos momentos el autor lo plantea, de considerar al sencillo hecho de incluir
frutas del Nuevo Mundo en las representaciones y rechazar las de origen europeo, como
argumento suficiente para concluir que sean obras plenamente americanas. Es cierto que
este gesto es indicativo del interés de los artistas hacia los productos nativos, pero no
se puede deducir que sea una clara señal de desprendimiento. Lo que esta actitud indica,
por otra parte natural, señala a nuestro parecer una tácita advertencia del desarrollo
que se va a llevar a cabo.
El análisis que realiza el autor
llega hasta la actualidad. Tal como lo demuestra ampliamente Eduardo Serrano, en la
historia de la pintura colombiana el tema del bodegón ha sido, si no uno de los más
recurrentes, al menos uno de los más afortunados en cuanto a resultados se refiere.
Pensando en nuestra historia reciente, no
podríamos realizar bajo ningún concepto una selección de la obra de Fernando Botero sin
dejar de incluir alguno de sus opulentos bodegones, como tampoco desdeñar las obras de
Carlos Rojas que hacen referencia, de manera magistral, a este tema. La amplia
diversificación de los estilos entre nuestros pintores contemporáneos no ha impedido que
el bodegón haya sido olvidado o que se catalogue como un mero divertimento. Por el
contrario, es el eje cardinal de algunos pintores, como lo demuestran, por poner dos
ejemplos, Teresa Cuéllar (Teyé) o Lorenzo Jaramillo, el pintor más joven que con
justicia aquí se incluye.
El bodegón en Colombia hace un
recorrido minucioso y certero por toda la historia de la plástica nacional, contando para
su apreciación con reproducciones y con una disposición en las páginas, de una
admirable calidad. Cabe destacar, a modo de confesión no pedida, las magníficas obras de
Roberto Páramo escogidas para este volumen, como también la serie de los grandiosos
bodegones de Ignacio Gómez Jaramillo realizados en la década del 50.
RAMÓN COTE BARAIBAR
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