Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 34. Volumen XXX - 1993 - editado en 1995

 

¿Mansa reproducción de objetos llamativos?


El bodegón en Colombia
Eduardo Serrano
Museo de Arte Moderno de Bogotá y Ediciones Alfred Wild, Cali, 1992, 238 págs.


Para apreciar la historia del bodegón en Colombia era indispensable contar con un investigador que fuera capaz de realizar un minucioso trabajo de localización y estudio de un amplio material desperdigado a todo lo largo y ancho de nuestra geografía, con el firme propósito de dotar a los cuadros escogidos con una valiosa valoración histórica y estética. Sin las prevenciones o exageraciones historiográficas con las cuales hasta el momento se había enfocado el tema, El bodegón en Colombia va mostrando la evolución de este género en nuestras tierras a partir de siete capítulos que corresponden a determinados momentos históricos bien definidos, contando para su apreciación con valiosos testimonios de la época, donde se analizan las técnicas empleadas y, a su vez, se señalan los puntos de contacto que estas obras tienen con movimientos o tendencias del momento.

Separándolo de otros temas, como podrían ser el retrato o el paisaje, el que se refiere específicamente al bodegón ha sido con frecuencia tratado desde una óptica obtusa, regida por las leyes de la condescendencia, como si éste fuera una consecuencia natural de la educación femenina, minimizando cualquier posibilidad de trascendencia artística y aumentando, por otra parte, la cortesía de los caballeros.

Por lo tanto, le ha tocado a Eduardo Serrano suplir estas arraigadas prevenciones sociales para acometer una seria labor histórica y analítica, colocando al bodegón en el lugar que se merece, fuera ya de las clasificaciones superficiales y vagamente peyorativas con las que siempre se le ha tratado, sean éstas las que lo señalan como una mansa reproducción de objetos llamativos, o aquéllas que lo catalogan bajo el rótulo despectivo de ejercicio pictórico. "La consideración de asociar los bodegones con las mujeres trajo consigo un retraso y, también una clasificación sesgada de sus trabajos", afirma el autor.

A los ambiciosos proyectos de recopilación y análisis del arte nacional, regidos tanto por criterios faraónicos como por apresuradas calificaciones que redundan en una inmediata valoración comercial, se le opone este singular libro que abre un nuevo campo de estudio y, a la vez, construye con solidez la evolución del bodegón en nuestro país.

Ha sido Eduardo Serrano muy cuidadoso en acompañar las descripciones de los cuadros con testimonios de la época escritos en los medios impresos, con lo cual establece un interesante paralelismo entre la pintura y la literatura, lo que permite al lector aproximarse con fidelidad al gusto predominante del momento.

El autor, quien fue curador del Museo de Arte Moderno de Bogotá y es una de las máximas autoridades en el arte colombiano, sabe detener su propio hilo argumental para dar cabida a las apreciaciones de los críticos del momento, que si bien en algunos casos son dictadas por el arrebato lírico – sobre todo las del siglo pasado y principios de éste –, nos permiten constatar la importancia que produjeron en el instante de su aparición y el particular trato recibido por parte de los interesados.

Para erradicar de una vez por todas la arraigada creencia según la cual el bodegón es una manifestación lateral dentro de la pintura, Serrano se ve en la obligación de recordar su importancia en la historia del arte; importancia que va más allá de su primitiva función decorativa, así como también la de señalar la impresionante variedad de representaciones que, basándose en la sencilla disposición y representación de las frutas, ha logrado escapar de su estricto margen mural desde su implantación en el siglo XVII en tierras americanas, para invadir con una voracidad y una creatividad envidiable otros campos, como son los artesonados de los techos, los altares, retablos y púlpitos de las iglesias, los marcos de los cuadros, los muebles de las casas y un largo etcétera. Por lo tanto, se advierten desde un primer momento la movilidad y la imaginación de nuestros artistas de la colonia que, sin lugar a dudas, dejan atrás, en lo que a Colombia se refiere, en cuanto a proliferación, calidad y perdurabilidad, a cualquier otro género pictórico.

No podemos caer en la simplificación, como en algunos momentos el autor lo plantea, de considerar al sencillo hecho de incluir frutas del Nuevo Mundo en las representaciones y rechazar las de origen europeo, como argumento suficiente para concluir que sean obras plenamente americanas. Es cierto que este gesto es indicativo del interés de los artistas hacia los productos nativos, pero no se puede deducir que sea una clara señal de desprendimiento. Lo que esta actitud indica, por otra parte natural, señala a nuestro parecer una tácita advertencia del desarrollo que se va a llevar a cabo.

El análisis que realiza el autor llega hasta la actualidad. Tal como lo demuestra ampliamente Eduardo Serrano, en la historia de la pintura colombiana el tema del bodegón ha sido, si no uno de los más recurrentes, al menos uno de los más afortunados en cuanto a resultados se refiere.

Pensando en nuestra historia reciente, no podríamos realizar bajo ningún concepto una selección de la obra de Fernando Botero sin dejar de incluir alguno de sus opulentos bodegones, como tampoco desdeñar las obras de Carlos Rojas que hacen referencia, de manera magistral, a este tema. La amplia diversificación de los estilos entre nuestros pintores contemporáneos no ha impedido que el bodegón haya sido olvidado o que se catalogue como un mero divertimento. Por el contrario, es el eje cardinal de algunos pintores, como lo demuestran, por poner dos ejemplos, Teresa Cuéllar (Teyé) o Lorenzo Jaramillo, el pintor más joven que con justicia aquí se incluye.

El bodegón en Colombia hace un recorrido minucioso y certero por toda la historia de la plástica nacional, contando para su apreciación con reproducciones y con una disposición en las páginas, de una admirable calidad. Cabe destacar, a modo de confesión no pedida, las magníficas obras de Roberto Páramo escogidas para este volumen, como también la serie de los grandiosos bodegones de Ignacio Gómez Jaramillo realizados en la década del 50.

RAMÓN COTE BARAIBAR