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Boletín Cultural y
Bibliográfico
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Número 34.
Volumen XXX - 1993 - editado en 1995
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Mirando los
huequitos de las aceras
Medias nonas
Anabel Torres
Universidad de Antioquia, Medellín, 1993, 242 págs.
En el primer libro de Anabel Torres (Bogotá, 1948) titulado Casi poesía
(Editorial, Universidad de Antioquia, 1975), se lee un poema (pág. 57) que dice: "Si
quieres conocer un poema/ camina por el parque después de la lluvia mirando los/
huequitos de la acera, llenos de agua que brilla,/mira el atrio de la iglesia ensartado de
rodillas,/ el vendedor de flores, en cuclillas, taciturno, vendiendo/ pedazos de su
parcela,/contempla la cebolla dorada sobre los costales,/ huele la manzanilla, el aire de
las seis de la mañana,/ escucha la música de Mozart y la música toda,/toca la tierra
floja,/siente el agujero diminuto/ de lluvia sobre tu rostro,/ detente a mirar los tenis
que venden en las vitrinas,/recorre los pasillos de las clínicas donde todos se miran/
entre sí/ con ojos muertos" .
Lo cito completo porque me ronda el convencimiento de que este poema, de un
libro que ofrece muy pocos atractivos en materia de buena poesía, prefigura lo que va a
ser la poesía decantada y bella del último libro de esta autora: Medias nonas
(Editorial Universidad de Antioquia, 1993).
El caso que traigo es, además, uno de aquellos pocos donde queda justificada la
publicación de un libro malo ahora, de un buen poeta después. Quizá ese primer libro,
siendo su autor aún muy joven, es un compromiso con el tiempo. Y hay quienes, como Anabel
Torres, cumplen con la cita.
En aquel bello poema hay las huellas de una poética de lo elemental, un
interés en señalar las cosas por su nombre y lograr con ello, de paso, nombrar la
poesía. Después la autora de Casi poesía, ganó el segundo puesto en el Premio
Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, en 1980, con el libro La mujer del
esquimal. Iba creciendo una voz. Iba despojándose de las hojarascas de la retórica
que enumera demasiado y dice poco. Asume en este libro un tono más personal, las palabras
se van soltando a caminar solas y van configurando un corpus coherente. Un libro parejo,
de pocos descensos. Cierto desenfado y crudeza colocan su escritura en un lugar distinto
del que comúnmente ocupa la poesía escrita por mujeres en nuestro país. Aunque con esto
toco un aspecto muy discutido y quizá inútil, creo que dicha poesía está casi siempre
marcada por una infatigable fila de lugares comunes, como la nostalgia (aquella que sólo
gimotea sobre lo que pudo haber sido y no fue), una superficial y tímida eroticidad,
derrotas anticipadas que palpan las fronteras de una visión existencialista pero
desvitalizada, etc. Una escritura que no podría decirse que proviene de la levedad, sino
de la fragilidad (literaria).
Hay en los poemas de Medias nonas una permanente alusión a los lugares
que la rodean, porque de allí bebe las aguas fundamentales de sus temas. Pero estas
alusiones son reflexiones que tienen que ver más con las observaciones del poeta que con
las anotaciones de un varado: " En un país/ de menos sol/ donde vivo hace cuatro
años/ una noche/ reciente/ en un andén/ iluminado con neón/ yo conocí/ sombras de
nieve" (Sombras de nieve, Medias nonas, pág. 109). Todo el relato del poema
nos conduce a la última línea, imagen simple y clara de una visión que parecía
imposible. En esa levedad hay una gran carga de poesía.
Todo este libro está bañado por una tenue luz amorosa que no se diluye, sin
embargo, en la ramplonería de tratar de definir ese sentimiento o de colocarlo como
escudo de nada. Se ve, simplemente, un espíritu nervioso, tocado por una gran
sensibilidad y trocado, a su vez, en el escueto lenguaje de mundos cotidianos, en ciertas
ceremonias de las pequeñas cosas, de la fría realidad: "Sueño poemas/ y despierto
con su olor mudo en los dedos./ Sola reina sin súbditos/ mi capa de armiño
empequeñece,/ en el armario/ y en el desierto/ de las palabras/ mi útero/ me ha
declarado la guerra./Estoy sitiada./ Yo, reina inútil, he comenzado a morir/ y no me
engaño" (Reina inútil, pág. 223).
No hay falacia en esta poesía, no hay artificios. En ciertos poetas que hablan
feo, uno siente que hay mucha poesía. Rupturas, conscientes o no, más parecidas a la
existencia, a sus peñascos y caídas.
Anabel Torres había escrito, en La mujer del esquimal, un bellísimo
poema con un tema "intrascendente": "Si tan sólo ocurriera un
milagro/pequeño,/ si la cocinera se deslizara fuera de su horrible traje/ como una
gotera/ cansada/ escapada de un grifo,/ y en el andén/ a medianoche/ la esperara un
taxi" (Un milagro pequeño, Medias nonas, pág. 37).
El tema es salvado por un sentimiento sin lágrimas y por un agudo y corrosivo
humor, otro surtidor innegable en estos poemas. La risa como ese gesto a veces casi
imperceptible que tiene la poesía y que desnuda con precisión a la fútil solemnidad, a
la sorda tonada de la rutina. Ese gesto que es, en el decir de Bataille:
"El hecho de captar claramente la
comedia no altera el asunto. Las escapatorias (la humildad, la muerte para sí mismo, la
creencia en el poder de la razón) no son sino otras tantas vías por las que aún nos
hundimos más" (La experiencia interior, Taurus, pág. 100).
No hay, pues, desgarraduras en esta poesía. Ningún grito que delate la
presencia de una mujer, ni el lloriqueo que en mucha de nuestra escritura viene precedido
de derrotas y autoflagelaciones. Esta poesía trabaja sobre la trama de una nobleza
interior. Sobre la trama de su propia levedad. Tejido lento de observaciones y
sensaciones. Detalles para la memoria de los amigos, de la madre, de los hijos. Evocación
del mundo en una ciudad europea, fría, bella, lenta ella misma. Concentración de la
poesía que fluye, gráficamente, en pequeñas dosis, en poemas muy cortos muchas veces. O
poemas largos que no buscan, en todo caso, nombrar demasiadas cosas, sino merodear una
sola, puliéndola. Las palabras en este libro tienen un sensible eco de soledad. He dicho
que un cálido sol amoroso baña estas páginas. Ahora digo que ese amor no está exento
de su soledad, la que le corresponde en su estatura. Ella aparece como una presencia
tenue, no disimulada, sino sutil.
La imagen se hace fuerte, transita con libertad pero también con firmeza:
"He llegado inconclusa/ la hora de la rima /mi cayado sin pastos/ mis ovejas sin ojos
y tres patas/ y yo no sé ni aprendo a tocar/ flauta/ pero yo fui enseñada/ también para
añorar el terciopelo/ desde mi burda cárcel /de otomana" (He llegado, Medias
nonas, pág. 81).
Amor y soledad estrechados en el campo (¿ilimitado?) del poema. Allí
sobrevuelan las imágenes que configuran el espacio de cielos posibles. Aunque ellos
contengan la derrota del olvido, de la ausencia, del dolor, que toman de la mano a la
palabra: " Me encontrará algún día el amor/ aquí /plegada como una silla sin
usar?/ Yo parezco siempre/ estar hallándolo/ y perdiéndolo" (Plegable, Medias
nonas, pág. 73).
Esta poesía, no cabe duda, se complace largamente en su gusto por la imagen.
Desde muy breves descripciones de una sola puntada, que nos entregan la ruptura de un
amor: " Lo último/ que vio el dolor/ fue su camisa amarilla que se alejaba" (Lo
último, Medias nonas, pág. 35).
Hasta los poemas largos (muy pocos), donde las imágenes se suceden, se
deslizan, acariciando apenas la página en blanco: "No soy tan importante/sin
embargo/ así y todo/ soy el centro del universo/ su sexta dimensión/ me has recorrido en
los pasillos de los hospitales/ y he estado contigo entre la noche que nunca/ se anota en
las luces de un bar/ la mano de la mesa sosteniéndote/ hemos estado tambaleantes en la
radio patrulla así/como debajo/ de la bota/ de aquellos a quienes más les valiera
sentir/ vergüenza/ escondida en el botón más tierno de un ramillete de novia/ parte soy
de la rosa/ que apenas/ se abre/ como una promesa recién hecha/ y me visitan en las
prisiones/ en los teatros cuando termina la función y entran/ los barrenderos,/ y en el
cuarto desnudo donde se encierra a las/ siete la soledad de la monja/ donde el silencio se
suelta la cofia y caen/ abatidas las cuentas de su rosario/ sobre la mesa/ yo duelo por el
hombre que recuerda/ la fecha cuando ingresó a la fábrica nueve meses/ atrás/ y duelo
por la herida/por donde lentamente se desangra y no nota/ estoy en la canción que salta
entre las ramas/ en el último estuche de la muerte/ yo soy/ la poesía/ pero cómo
decirlo si siempre he sido muda" (No soy tan importante, Medias nonas, págs.
127-128).
En los poemas de Medias nonas (y en la escritura de Anabel Torres) uno
comprueba el destino que Octavio Paz sentencia a la poesía: " Un poema no tiene más
sentido que sus imágenes". Ellas son, en verdad, su sustancia primordial. Ellas
hablan y " explican" por sí mismas la viva materia que señalan. Por eso en el
poema no cabe preguntarse por el sentido del discurso, por la autenticidad de la historia.
Las imágenes son su realidad. La poesía es muda, como en el poema que acabo de citar. Y
esto lo puede decir, con imágenes, la poesía misma.
Esas imágenes, en su sentido último, nos muestran que todo (el universo) es
silencio.
Este libro, en muchas ocasiones, es un grito, un reclamo, una increpación, pero
sin renunciar jamás a la dignidad que el silencio confiere a la poesía. El silencio que
hace sombra a la palabra y la esclarece, la limpia de las polillas de la retórica.
Medias nonas es un paseo, lento, por muchos lugares, por muchos rostros, por las
historias nunca repetidas de la larga experiencia de un poeta en su madura soledad.
LUIS GERMÁN SIERRA J.
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