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La
dimensión estremecida
Llanto de la espada
Eduardo García Aguilar
Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1992.
16 textos / Falso diario
Santiago Mutis Durán
Universidad del Valle, Colección "La Cierva Blanca", Cali, 1993, 72 págs.
En alabanza del tiempo
Alvaro Rodríguez Torres
Universidad del Valle, Colección "La Cierva Blanca", Cali. 1993, 51 págs.
El rey de los espantos
Víctor Manuel Gaviria
Universidad del Valle, Colección "La Cierva Blanca", Cali, 1993, 69 págs.
La luna del dragón
William Ospina
Universidad del Valle, Colección "La Cierva Blanca", Cali, 1993, 107 págs.
En la posada del mundo
Fernando Herrera Gómez
Universidad del Valle, Colección " La Cierva Blanca", Cali, 1993, 81 págs.
Piezas para la mano izquierda
Jaime Alberto Vélez
Universidad de Antioquia, Medellín, 1992.
El siguiente popurrí de libros no tiene
otra razón que la de un fortuito encuentro. Sus siete autores pertenecen a una misma
promoción literaria (cronológica, en todo caso) o diremos que comparten, en lo que
atañe a la escritura, la incertidumbre señera de nuestro fin de siglo
1
.
Cada quien, por su lado, se plantea el oficio con la exigencia que hemos de esperar de
escritores que saben lo suyo y lo de más allá. Pero en algunos se nota, si no el
cansancio anticipado, una resonancia que discretamente se despide y de paso acorta las que
fueron sus verdades. ¿Abrirse paso, palabras en ristre, por terreno minado? ¿O
desactivar los lenguajes ajenos para hacerlos que suenen a nosotros? ¿Por qué se habría
de afanar un decir cuando en un pozo nos hallamos y con suerte compartimos las
gastadas proezas? Y sin embargo, pese a los pronósticos, el tiempo reclama otras semillas
que siempre han estado allí, al alcance de una disposición.
Esta supuesta fe, veremos, será
desmentida en varias ocasiones; la ronda de optimismo, en tremendo fondo, no da para
mucho. A veces el énfasis con que se rechaza la sola idea de conseguir aquello que en
algún momento se llamó la voz propia, resulta hasta convincente. Tratemos de
establecer, pues, qué concepto tienen nuestros autores de lo que es escribir, en el
sentido de la composición de un poema o de los textos en prosa. ¿Y en qué medida sería
posible detectar las alusiones que organizan semánticamente una displicencia expresiva?
Empecemos con Eduardo García Aguilar
(1953), narrador experimentado que ha publicado tres novelas: Tierra de leones
(1986), Boulevard de los héroes (1987) y Viaje triunfal (premio Ernesto
Sábato para escritores colombianos, 1989)
2
. El título del
libro de poemas resulta elocuente: Llanto de la espada denota imposibilidad, o
quizá nostalgia, de un poder creador y destructor (guerrero o poético, en caso que
asociemos llanto y espada a tinta y pluma). Toda partida ha de proponerse un destino y
esta obra anuncia, a manera de augurio, un territorio mítico: "la tierra
prometida" (pág. 61). Pero al final la intención del viaje consistiría en "
vivir/ en la nave cautiva del relámpago!" (pág. 71), pues con la debida precaución
se nos advierte: " quien llega no podrá volver al sitio de partida" (pág. 8).
Así, el viaje adquiere su inequívoca señal y "un raro júbilo/ nos anuncia el
muelle y la nave que nos llevará/ hacia la lenta agonía" (pág. 11). Por un lado,
el viajero sólo alcanzará a rozar sus sueños:
Cruzo definitivamente el puente y
desciendo en la más absoluta oscuridad hacia la carretea destapada. ¿Dónde está ella?
¿Vendrá? Cierro mis ojos y me dejo llevar por la noche. Ciertos insectos cantan bajo las
hojas. Siento pasos sobre la maleza. Es ella, mi ciudad, de nuevo, como cada noche,
acogiéndome con sus infantiles olores y recuerdos [pág. 28]
Por otro, el tránsito es leve porque se
trata de un viaje interior o exclusivamente literario: "Afuera es suficiente para
saberse adentro/ El medio del camino te muestra otros paisajes/ cuya tierra es el alma de
los libros" (pág. 47). En ambos, y esto será indudable desde el comienzo, la
sensación de peligro (tal vez voluntario) es inminente:
y van hacia el abismo que el viajero
ha buscado
mientras su sombra se alarga [pág. 7]
Un fulgor en los aires
luces
abismos
Nada bajo la sombra [pág. 29]
La estrella de la tarde
el sinigual lucero
no aparece por lado alguno
para sentarme a divagar en el
abismo [pág. 65]
cuántas veces beodo en el puente
intenté despertarme
hacia las aguas traicioneras
para llegar a ti [pág. 69]
Este "descendimiento", además
de insinuar su calidad mitológica o espiritual, puede tomarse como fatalidad poética,
predestinación del callejón sin salida: "para hundirse en el silencio/ y no saber
al fin si el rumbo merecía/ el vano recoveco del veneno" (pág. 37). El poema
Ovillo nos muestra una lectura muy provechosa de la obra de Giovanni Quessep al tiempo
que instala, con sus cuartetos heptasílabos, la imagen de cada lectura como una odisea:
" Recorrer: vano ruego/ repetición herida/ memoria sin regreso/ canto soso del
hielo" (pág. 23). Será, pues, "el viaje del poema" (pág. 13) y cada
itinerario "es la muerte vestida de alegría" (pág. 17). ¿Es pura casualidad
que un narrador se interne en estas tierras? Aclaremos que Llanto de la espada dista
mucho de ser el libro de poemas de un novelista, es decir, un libro "menor",
poco exigente. Todo lo contrario. Creo que García Aguilar juega a conciencia con tales
estereotipos porque sabe que "la verdad de la poesía" (pág. 62), perseguida
por los soñadores, habita el filo de la hoja. Y de ahí la increpación: " Perro,
poeta, ¿dónde están tus espadas?/ Muéstrame tu tesoro..." (pág. 39). De ese
cortante camino nacen las heridas o las palabras. O una misma cicatriz.
Santiago Mutis Durán (1951) publicó en Soñadores
de pájaros (1987) textos en verso y en prosa que trazan, o intentan hacerlo, nexos
entre la imagen y la palabra, la descripción de un cuadro y la búsqueda de una
expresión que se niegue a ser reclutada por la materia
3
. En
16 textos / Falso diario hallamos su definición:
Gran parte, en la mayoría de la
poesía actual que se escribe entre nosotros, podría ponerse en prosa: así haríamos
evidente su pobreza, su lánguido morir en manos de quienes han ahogado la voz de lo
invisible, de la naturaleza, del misterio...y de lo trascendente. [pág. 16]
Éste es el final de un texto
titulado "¿Por qué escribo?" en el que "ahondarse en el alma de las
cosas" (pág. 14) y trasmitir "momentos del alma" (pág. 15) valen también
como definiciones de lo poético
4
. Ahora bien, si lo poético
parece ligado indisolublemente a lo inefable, ¿qué sería entonces el acto de escribir
poesía? Al margen de la oposición a la modernidad, al margen de la noble resistencia
respecto a una Bogotá en las fauces de quien "no ha dejado de violar bosques ni
sueños, arrancando secretos y uniformando culturas" (pág. 63), la escritura para
Mutis Durán implicaría una disociación entre el oído, la voz y la pertenencia a un
lugar privilegiado
5
. La mejor poesía de Mutis Durán está,
definitivamente, en su prosa, sobre todo en los momentos en que no habla desde un asombro
ultramundano sino desde la simple terrenalidad:
Las ciudades deberían ser como la
naturaleza, y crear "ecosistemas", núcleos en donde la vida tiene sus propias
fuentes, sus trampas, sus oscuridades, sus azares, sus milagros y su propio infierno, y
también su paraíso: " ojalá te cases si te casas con una mujer de tu
mismo país, que ojalá sea de tu misma ciudad, que ojalá sea de tu mismo barrio, y que
ojalá sea de tu misma calle". ¿Será válido este consejo? Al menos así habría
pintores. [pág. 57]
En esta realidad sencilla que
ciudad sí, ciudad no, diría Evtuchenko será el poema aún no emprendido, Mutis
Durán pulsa el aire en busca de "la oscura y misteriosa voz" que ha de llegar
hasta nuestro oído// desde lo Imposible" (pág. 9). Pero en fin de cuentas, la
empresa estaría siempre condenada al fracaso, porque sólo alcanzamos a reconocer
sensaciones y confundir anhelos
6
. La palabra termina
desplazándose de su labor primordial de creación de un objeto verbal a la comprobación
de límites ajenos:
Diez años después de persistir, no
sé por qué, en ese extrañamiento (que sólo se siente ante la obra de arte), descubrí
en aquel cuadro la voz de la belleza, con la que están relacionados nuestra inocencia y
nuestros momentos de gracia. ¡Qué poder tiene la visión! En ese momento, todo lo demás
me pareció inhumano. [pág. 36]
No ha de sorprender que el propio autor
señale que Picasso "no quiso oír voces que no pudiera tocar" (pág. 35) cuando
en el caso de Wilfredo Lam dice que "oye los silencios poblados de sangre, atiende
sus ecos, sin asombro, escucha el dombo curvado de la brillante oscuridad..." (pág.
23, subrayados míos). No hay contradicción en la palabra que se propone asir lo que
supuestamente está detrás del lienzo. La pintura es el principio de una excitación que
después se frustra porque aquello que desea es la imprecisión misma, una pantalla que
puede nublarse o semejar la transparencia. En las " texturas" de unas fotos de
Bill Brandt menciona el "caracol del oído" (pág. 26), para indicar el apetito
de un tacto de imposible consumación. En tal encrucijada, la escritura de Santiago Mutis
Durán adquiere la piel de la lejanía y lo difuso, un orden deseado y deseante que se
ubica más allá de todo para que "nos permita seguir viviendo" (pág. 13).
Supongo que no exageramos al presentir, en este punto, un lazo fundamental con Alvaro
Mutis: la vida de El Gaviero es una cadena de instantes excepcionales frente a continuas
decepciones en inversa navegación
7
.
En este sentido, 16 textos / Falso
diario, con la ironía o el "distanciamiento" del título (¿por qué lo de
"falso" ?), se postula como una deuda que no se ha terminado de pagar. La
escritura supondría una condena, y dejar de hacerlo, por más paradójico que parezca,
sería una liberación. Pero la vehemencia, cuando es auténtica, asume otros rostros. Los
románticos lo sabían de sobra y ahora lo atestigua Mutis Durán, quien
"dibuja" esa voluntad de silencio: pronunciaciones que aguardan.
Para Álvaro Rodríguez Torres (1948), la
poesía es ejercicio de reconocimiento y reticencia. En alabanza del tiempo
consigue que la mirada dispense la tarea de tocar el mundo o la realidad, para
tales efectos y que "el lugar de lo más próximo" (pág. 47) sea
transfigurado en pequeñas relaciones "en el oscuro relámpago de lo visible"
(pág. 25). Las imágenes se necesitan mutuamente al dejar en vilo la tensión que las
seduce al final de un poema" así, en este suspenso, el libro se somete al dictado de
"lo que no se dice" (pág. 19) y los versos empiezan a llamarse, comunicarse,
revelarse en conjunto. Rodríguez Torres sugiere" sin proclamarlo a los cuatro
huracanes, que la estructura del poema es inseparable de aquello que la insta a un
sin-decir. Detrás o adelante se localiza un silencio que debemos " devorar"
(pág. 19). La existencia de tal silencio es advertida como la noche "en el ala
quieta del pájaro" y será quien devuelva una certidumbre: "Cómo ignorar que
lejos del mundo/ Incluso el Logos se pierde en lo conocido,/ En la destreza de lo
únicamente imaginado" (pág. 23). Esta poética, cultivada desde ciertos maestros
anglosajones (citas de Francis Bacon, T.S. Eliot, Auden; un poema sobre William Blake
apuntalaría la "visión", ya que no el lenguaje poético) y escondida en
epígrafes de autores señalados nada más que por siglas, induce a pensar en una
constante traducción de la realidad a lo invisible (o viceversa), de la cita al poema (y
viceversa), de un director de cine (A. Tarkovsky) a unas imágenes desconocidas. En
nuestra lengua serían decisivos los nombres de Roberto Juarroz, cercano a los versos del
poema En el mundo interpretado I ("Cuerpo cierto y sombra equivocada,/
La luz es también la soledad del ojo/ Y lo contemplado..." (pág. 17), y Jorge Luis
Borges, tocado de carambola en otro texto (vale decir un " poema borgesiano" )
sobre Jonathan Swif (¿Swift?)
8
. Pero Álvaro Rodríguez no
se propone relevar de sus funciones a esta poética. Al contrario, la noción de
permanencia la expresará no sólo en la artesanía con que depura su lenguaje, sino
también en el empleo de una palabra-imagen que estaría ligada a espejo. Aquí recordemos
que Rodríguez es traductor y que su otro libro de poemas se llama Recordándole a
Carroll (1982). A esta poética le es consubstancial la tradición, lo que pervive
entre el azogue y la absorción de la luz:
La noche recrea en la mente
Un silencio de estrellas, solitario;
Demasiado mortal
Para lo que no sea eterno,
¿Qué otra cosa podría ser el alma
Sino la parte más sola
De lo manifiesto y de lo secreto?
[Lo que sólo es así, III, pág. 27]
El alma, entonces, se convierte en marca
de lo soñado y lo vivido, imperturbable ofrenda para quien la perciba
9
.
Y el poema, así mismo, ha de instituir su complicidad, permitiendo a través de la lengua
una manifestación de cuerpo inefable. En alabanza del tiempo (título no tan
ingenioso como el de 1982, o más "formalito") es un libro de "poesía para
poetas" , en el buenísimo sentido de la palabra. Sin embargo, nunca cae en el
regodeo intelectualista y por ello reclama, con justicia, su lugar en la escena. El que le
corresponde.
Víctor Manuel Gaviria (1955) es un poeta
verdad de perogrullo de ojo cinematográfico (su película Rodrigo D. no
futuro, de 1988, pertenece a la vena testimonial y allí adquiere, como obra de arte,
su sentido preciso). Pero en poesía las imágenes y la narración están al servicio de
otra pugna, por más vitalismo que se exija. "La vida cotidiana y el poema que la
recrea llegan a ser lo mismo", explica y con razón Cobo Borda,
refiriéndose a los libros anteriores de Gaviria
10
. Y
agrega:
"La simulación es
parlanchina", dice, y esto, que es válido, lo lleva, en muchos casos, a fijarse
demasiado en incidentes nimios, en sensaciones a veces anodinas. Al no querer ser
trascendentales poetas como éste se contentan con ser banales. Sólo que en ocasiones
acierta, plenamente...
11
.
El rey de los espantos puede no ser una
excepción a este reclamo de Cobo Borda. El acto de contar pesa más que la composición,
y su palabra poética tiene características muy definidas: población de voces,
escenarios, compromisos (filiales, amicales, malignos).
12
Estos poemas, de estar en prosa, habrían podido ser cuentos; algunos títulos consignan
una cualidad comunicativa (Parábola de dos hermanos, En la pieza de la pensión,
Historia de familia, Relato de una niña, Las últimas noticias). Se trata de una
opción tan válida como las demás, pero nos preguntaríamos si en Gaviria tal decisión
responde o no a una voluntad de estilo. Por ejemplo, en Historia de mi familia (en
el índice aparece el título sin el posesivo) la crueldad genealógica se acerca mucho al
Horacio Quiroga que todos conocemos, el de Cuentos de amor, de locura y de muerte,
y con ello no insinúo más parentesco que el de una circunstancia y una atmósfera
literaria sustentada o no en la realidad:
No hemos obrado en consecuencia,
como se dice,
porque el fin es el único que conserva la pasión entre nosotros,
es una tradición de la cual cuento retazos,
una tradición que no inventamos...
en el verano, cuando observamos en el cielo signos,
nubecillas de buen humor,
vamos durante cortos días a la casa cercana.
Los sobrinos crecen con furor sobre los prados,
y son animales tan pequeños e irascibles que amanecen con
hacer añicos la continuidad de la familia.
Pero no es más que un temor,
y a distintas horas,
como guardianes cambiantes,
distraídos,
nos turnamos para celebrar con ellos los vínculos v enseñarles
los incurables sentimientos. [pág. 27]
Aquí, en este libro, el poeta está
lejos de plantearse el dilema, sencillo o no, de la representación. Narra sin conflictos
y no le angustia en lo mínimo la constitución del "Otro", de aquel que asoma
de repente para cerciorarse de las fallas intrínsecas de la lengua cotidiana. La
existencia del " Otro" no será puesta en duda: " A veces me emociono y
digo,/ con voz distinta y grave, / la palabra "misterio" , que hace brillar mis
ojos/ con un deseo resucitado" (El poeta vuelve a su casa, pág. 25). Sin
embargo, es el final del poema el que nos advierte que hendiduras de la certeza
la decisión fue tomada:
El poeta no debe dar ejemplo, lo sé
Es conveniente que apenas tenga
vocecita
Que toque la puerta de su madre y
nadie abra,
que no haga habitable su apartamento para siempre,
que no tenga gatos ni perros,
que no haga fértil su jardín
No sé qué pensar de esto.
[pág. 25]
Seguramente varios lectores observarán
que, en medio de las urgencias que estas palabras recrean, hay espacios que solicitan lo
recóndito: "El Tiempo arremolina los arbustos/ y empuja las hojas muy lejos de sus
familias,/ en tierras extrañas en donde es reina el agua,/ y el lodo de la ciénaga
enamora/ con engaños y astucias" (pág. 67). Los versos, pertenecientes a El rey
de las costumbres curiosa variación del título que da nombre al libro ,
sobrevuelan ciertas trampas, maneras de poetizar. Incursión tímida en costumbres ajenas,
allí donde el peligro puede ser el lenguaje, agazapado en nombre del poema y al acecho
incomparable de una respiración. La poesía de V.M. Gaviria sabe de muertes en el filo de
una frontera. Y quizá le parezca un lujo la falta de aire, esa penuria inquieta de otros
extravíos en la página. Algún día nos serán propicios.
De William Ospina (1954), traductor y
ensayista, leí hace unos años Hilo de arena (1986) y debo decir que el presente
libro, La luna del dragón, confirma varias de aquellas apreciaciones preliminares
13
. Sus poemas, que suelen girar en la órbita de modelos
predilectos, evitan cualesquiera riesgos que atenten contra el imperio de la imagen,
incluida en las poéticas de autores de una tradición mítico - occidental, como veremos
14
. Así, en la contraportada de este nuevo libro se nos explica
que el título "alude a la famosa Dragon Moon del poema Celta". Haberlo sabido,
entonces. Ahora sí, con el dato a la luz de esa luna, ¿ha de sernos factible entrar en
el poema por la puerta grande? Toda esperanza nos defraudará.
Y es que su palabra ejerce un
internacionalismo poético (ya quisiera ser proletario, pero se queda en crepuscular
tardío) para un protagonista que se da a conocer con sobriedad y residuos de alma
decimonónica. Pero es un Pierre Loti menos apasionado y exótico, o quizá un Paul Morand
sin pretensiones de aventurero. Lo que los une podría ser el punto de vista melancólico
y por supuesto el decoro (en este sentido la poética de W. Ospina se opone a la de V.M.
Gaviria como una flor sintética a una tienda de plantas carnívoras). El personaje de
estos poemas se dedica a añorar (lo cual le viene de perilla), pero no encamina su decir
a una propuesta que taje distintos ángulos. Más bien constata, solitario, el valor de
sus lecturas: "Morosamente busco lo que conozco y amo" (pág. 31); "ya
sólo aquellas ruinas parecen estar vivas" (pág. 45); "Muchas cosas destinadas
a perdurar se hacen imprecisas" (pág. 53).
Esta actitud de acatamiento de un destino
supremo (y en controlada pasión) parecería definirse de manera indirecta en varios
poemas. El paisaje (del recuerdo, de las lecturas) excita al protagonista: "En la
memoria avanzo de nuevo por tu calma,/ Se ennoblece otra vez mi conciencia en tu música,/
Algo interior a mí tiembla en mí contemplándote" (pág. 31); "Persigo esta
memoria de un don incalculable/ Me resigno al poema/ Y pido al Dios que quiso dar zozobra
a mi día/ Que estas pobres palabras puedan ser su elegía" (pág. 61).
Al mismo tiempo, y de manera
también indirecta, parecerían regirse los poemas desde una zona imprecisa que, pese al
anacronismo (respecto al presente, acaso mítico, de la evocación), constituye un
sostén:
Sólo entonces supimos dónde
estábamos.
En aquel sitio abierto, frente al mar; sobre siglos
De cobalto y de viento. [pág. 67]
Y yo, sujeto al tiempo que prodiga y
desgasta,
Destinado a morir,
puedo soñarme
La morada fugaz de algo inmortal... [pág. 79]
¿Conquista de qué? El poema
Alejandro (31 cuartetos, en versículos) nos facilitaría la clave: el viaje
espiritual del guerrero de la estética es, paralelamente, el propio poema (la mirada que
ausculta la atmósfera invade la geografía). Sin embargo, para terminar de leerlo hay que
tener más paciencia que un domesticador de pirañas. El problema no es de elección
(Cavafis salta a la vista) sino de control del material; para el caso, el modelo podría
haber sido Funeral en Viana de Alvaro Mutis
15
. La
monotonía de Alejandro proviene de una constatación simplísima en el caso del otro
poema: la biografía de César Borgia, escrita por quien sea, resulta insuficiente cuando
lo que se busca es sentir la atmósfera tan peculiar, con palabras que siendo de Mutis nos
otorgan, al mismo tiempo, una realidad verbal que no necesita el acompañamiento de los
datos históricos.
En Alejandro éstos se tornan imprescindibles,
precisamente porque la intensidad de la expresión no emana del poema sino de la fuente
que le da vida, sea una biografía o la enciclopedia; paradójica situación, porque el
poema de Ospina intenta ser lo que el de Mutis: recrear la pasión sensorial,
"impermeable" a las buenas maneras del discurso histórico. Pero este poema se
desbanda, se exige demasiado, se propone (como Alejandro) la conquista de un
Oriente que acabará en aniquilación. En la séptima estrofa, el lector adivina que el
poema bien podría tener 31 como 40 secciones. Esto, por cierto, no significa que
Alejandro sea un mal poema, ni mucho menos. Todo lo que digo sería fácilmente negado
por otro tipo de lector y otra lectura, circunstancial como todas. De eso se trata
también la poesía; de eso se trata, esencialmente. Pero desde una experiencia de lector,
desde el ángulo diferencial que proporcionan textos como los de Mutis (incluyamos, pues,
El último rostro, de La mansión de Araucaíma), leemos Alejandro como una
exhibición de impecabilidad expresiva que nos recuerda al Valencia de Leyendo a Silva,
sólo que el poeta de Ritos quiere ser friolento (adjetivémoslo así) por estética y
nunca por olvido.
El de Fernando Herrera Gómez,
autor de En la posada del mundo, es el caso contrario. Sus poemas ubican de
inmediato al lector en ese mundo, posada de sonidos y anécdotas de todos los días
16
. El objetivo es volvernos conscientes de cómo unas pocas
palabras cuentan, se quejan o cantan. Y bien lo consigue a través de un control de
calidad de la lengua qué se dice, qué se ha de restringir y una constante
anticipación a las probables preguntas del lector. El poema, para tal efecto, constituye
un ambiente de dislocaciones de gestos humanos por extrañas apariencias; la voz que ha de
nombrar se halla interrumpida siempre por actos ajenos. Así, el proferir se torna "
rugidos, gorjeos o relinchos" (pág. 71); las "antiguas palabras españolas,/
impregnadas de tosca cordillera" en los labios de Elisa, Clarisa, Laura y María, se
confunden con el recuerdo de la "lenta voz de las gallinas,/ removiendo los guijarros
del solar" (pág. 33). Estamos, entonces, en medio de unos "raros
elementos" (pág. 17) que, al igual que las palabras, pueden provocar el poema
17
. O hacerlo partícipe del lado instintivo de su protagonista,
quien exclama: "Desnudo, tendido sobre la arena,/ humildemente,/ como otro animal
cualquiera,/ también yo festejo el verano" (pág. 15). Esta animalidad nos habla,
analógicamente acaso, del olfato necesario para descubrir un efecto poético, gracia
final de toda escritura. El ascendiente de José Emilio Pacheco y sus continuos bestiarios
de humanidad (o deshumanización de las prácticas "no - animales" ), en nada
disminuye la fuerza personal de Herrera Gómez; es más, el contrapunto aquí se da, creo
advertir, entre la irracionalidad (lo inconsciente) y el usufructo literario a cargo de
una sutil disposición de las palabras en la página. Sin embargo es interesante observar
cómo ese mundo silencioso desde el punto de vista de la comunicación
comienza a compartir los espacios humanos: "Nadie podrá usurpar jamás sin embargo/
su vasta morada a los reptiles" (pág. 13); "Aquí los grillos y las cigarras
crecen en los matorrales/ y alborotan a su antojo en el día y en la noche..." (pág.
15); "las soleadas praderas/ donde las salvajes manadas/ son pastoreadas por los
astros" (pág. 49). Y compartirá los gestos de un lenguaje natural todavía no
descifrado, como el rugido del tigre que precede al " zarpazo/ que conmueve el arpa
vacía del aire" (pág. 79), o el agua "misteriosa y clara" (pág. 15) pero
sobre todo "viva" en el salto de la trucha que caza un insecto. De modo
semejante vemos que los niños que van a cazar pájaros son ágiles cachorros que
ejercitan las garras y con sus " agudas voces/ hacían que rugían/ como fieras"
(pág. 65). Preparación para nuestra humanidad, la que confina al tigre a un zoológico y
a unos "andrajosos caballos" (pág. 61) al baldío vecino a esperar la hora en
que sean alimento de las fieras. En esta posada peculiar, ¿qué función cumpliría el
lenguaje"? La metáfora de las rejas de una jaula, que dejan pasar el aire pero no
escapar al cautivo (animal o "humano" prisioneros del mundo), se toma pertinente
para la poesía porque en este pedazo de claustro verbal descansan, pero no se aquietan,
las referencias directas, crípticas, elusivas, espesas de cada poema. Fernando Herrera
Gómez les presta atención aun antes de escribir una línea.
Jaime Alberto Vélez ha publicado
Reflejos (1980) y Biografías (1981), conjuntos de poemas premiados por la
Universidad de Antioquia. El presente libro, Piezas para la mano izquierda, se
compone de "algunas prosas inéditas y de otras aparecidas en distintas publicaciones
nacionales en los últimos quince años". Bien se puede afirmar que su cordón
umbilical con la literatura lo es con los autores que más autoridad ostentan en el arte
como juego difícil (o para el difícil juego del arte, o por un arte difícil de jugar, y
así). Estas pequeñas escenas literarias insisto en el término porque todas se
nutren de libros acompañan en el buen sentido a la obra de Vélez en la medida en
que proyectan una concepción, vía la ironía, de la escritura: un volver a lo ya visto
(o descubierto) desde lo irrisorio, como en América (pág. 47). Aspirar a la palabra
virgen, si tal fuese posible a través de la condena, en El verdadero infierno:
El infierno es individual. Para el
condenado, por tanto, el problema consiste en descubrir, dentro de una serie casi
interminable de infiernos, aquel que en realidad le corresponde. Sobra añadir que ningún
condenado llega jamás a su destino, circunstancia que entre muchas otras se
convierte en causa de tormentos eternos. Si el condenado llegara a su infierno, se
sentiría en la gloria. [pág. 53]
Pero el verdadero contenido del infierno
literario es una búsqueda inconclusa, porque ambos cabos (comienzo y fin) están
incluidos en la continua extrañeza, en el instante que no llega a consagrarse. La opción
más honesta sería aceptar este valor abierto, someterse a su capricho, contentarse
"con un final a secas" (pág. 89). ¿Por qué angustiarse con la originalidad?
Para Idelfonso Flórez Cuervo, protagonista en Del obituario, la tarea sigue siendo
"la creación de una minuciosa y original obra poética" (pág. 72) avalada con
su vida, pues "no se trataba de un trabajo en superficie, sino de una búsqueda en
profundidad" (pág. 73). Y la voz de Obras completas confiesa que en alguna
parte ha de estar un pedazo de papel "donde he borroneado un verso, el comienzo de un
relato, una anotación inesperada y original" (pág. 77). Hasta este punto, J.A.
Vélez podría haber maniobrado con sapiencia entre las taras de la modernidad, y por
momentos lo hace con una voz que nadie identificaría con las de sus modelos. Sin embargo,
esta burla de lo académicamente aceptado como literatura pasa por las instancias
supremas, digamos, de autoridades como Borges, Monterroso y Cortázar. Las
"recreaciones" de Vélez cumplirían el cometido de la treta posmoderna de no
ser por otros textos en los que una despedida o los regresos (cruzar el umbral en La
felicidad o algo así (pág. 11) y los regresos cumplen función premonitoria respecto
de las expectativas de esta crucial representación: "...con precipitación a ponerse
de nuevo a órdenes del tiempo presente" (pág. 19); "...una bala sale
disparada, recorre un buen trecho en línea recta y cuando decide regresar a su punto de
partida se encuentra con que carece de fuerzas..." (pág. 20). La imagen de la
escritura, en La bala perdida, que "va y viene irresponsablemente, con la
excusa de no encontrar la salida" (pág. 20), es ilustrativa en extremo. Así mismo
la de la moda:
Una de esas viejas y tradicionales
ideas de la cultura occidental, abatida por el desconocimiento y la soledad, decidió un
día cualquiera remozarse, revivir su perdido esplendor. Entonces adoptó los ademanes, el
ropaje y el vocabulario de las ideas más jóvenes, y desde ese instante fue solicitada en
todas las universidades y demás sitios de actualidad. Como empezó a ser citada con
insistencia por los intelectuales, resultó luego imposible encontrar a alguien que no se
sintiera atraído por ese aroma de hembra en celo que exhala una idea de moda... [pág.
16]
El problema vuelvo a la máscara
posmoderna, si acaso es que la parodia o reverencia de un texto canónico
El mono que quiso ser escritor satírico, de Augusto Monterroso impide
establecer una distancia deseada
18
. ¿O es que se pretende
eso, vale decir, anular esa distancia? El concepto de "página en blanco" no
tendría función alguna en tales canibalismos literarios:
Hubo cierta vez una página que nadie
antes había escrito. Por esta razón, carecía de esas palabras habituales con que
comienzan las páginas conocidas y que permiten saber, de inmediato, a qué género
pertenece... [pág. 24]
Ésta es la infaltable página en
blanco que, como se sabe, se ha constituido en la esencia de la literatura contemporánea
y en el más perfecto hallazgo del siglo XX porque ha permitido que todos seamos poetas
silenciosos... [pág. 49]
Este tipo de confrontación le
habría dado a J.A. Vélez la oportunidad de inscribir Piezas para la mano izquierda en
esa línea de trabajos que socavan la veracidad del objeto representado, sea o no el
mismísimo acto de escribir. Pero son otras piezas las que modulan el sentido general de
la propuesta. Por ejemplo, Espejos (pág. 44) puede estar siendo reflejado, en su
constitución, por dos textos específicos: El espejo que no podía dormir (de
Monterroso) y Conducta de los espejos en la isla de Pascua (de Cortázar)
19
. Quien esté dispuesto a rastrear más similitudes, que se
interne en otros "reflejos". Para el caso de la afinidad con Cortázar
bastarían la atmósfera de Explicación (pág. 30) anécdota de
ultracronopio y sobre todo Sitio, que citaré por completo:
El prudente general, al mando de diez
mil soldados, sitió una ciudad defendida por sus dos mil habitantes, y recordando un
presagio reciente sobre los peligros de tal expedición, lanzó una proclama para exigir
una rendición pacífica. Cuando los enemigos se pasaron a su lado, los diez mil soldados,
ávidos, se apoderaron de la ciudad sitiada. El general, entonces, optó por retirarse,
considerando suficiente desgracia la pérdida de tan elevado número de soldados. [pág.
59]
El texto de Cortázar se titula
Tema para un tapiz, también de Historias de Cronopios y de Famas, y
convendría recordar sus primeras oraciones:
El general tiene sólo ochenta
hombres, y el enemigo cinco mil. En su tienda el general blasfema y llora. Entonces
escribe una proclama inspirada, que palomas mensajeras derraman sobre el campamento
enemigo. Doscientos infantes se pasan al general..
Tanto Monterroso como Cortázar
aprendieron en Borges esa disposición a desplazar de una realidad (literaria o no)
ciertos elementos (o incorporarle unos diferentes) para provocar una reacción en el
lector. En ciertos casos, aclararía T. Todorov, entraríamos en el reino de lo
fantástico por la "vacilación del lector referida a la naturaleza de un
acontecimiento extraño"
20
. Pero no siempre tales
desplazamientos buscarían una incursión de ese tipo, sino más bien amortizar el peso de
lo verosímil, como ocurre en Vidas imaginarias (1896), de Marcel Schwob, o en
aquellos ilustres parientes hispanoamericanos, Historia universal de la infamia
(1935) y El libro de los seres imaginarios (1967, con la colaboración de Margarita
Guerrero), de J.L. Borges. Esa práctica se muestra en La verdad sobre Ulises
(págs. 39-40), y Vélez la repetirá luego en El origen de las especies (pág.
41), Regreso a Itaca (pág. 45) y hasta en Luisa Lane (pág. 65), para no
citar sino algunos textos que apalean el recurso.
Piezas para la mano izquierda se
define como " búsqueda de lo inesperado" (cf. contraportada) y graciosamente se
justifica vía la distinción entre la mano derecha "lo establecido, recto,
convencional" y la mano izquierda "lo ilícito, siniestro,
torcido" . Y pudo, lo repito, ser un libro magnífico si el autor, limitándose
tal vez a las burlas más veraces de una escritura que se busca a sí misma, hubiese
acatado ese único desafío. Al apostar por un libro mucho más ambicioso, ganó en textos
pero se le escurrió la posibilidad de conquistar un ejercicio tajante, a manos llenas de
astucia.
EDGAR O HARA
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NOTAS:
1
Tres de
ellos V.M. Gaviria, J.A. Vélez y Fernando Herrera aparecen en el volumen
conmemorativo Diez años: Premio Nacional de poesía / Universidad de Antioquia,
(Medellín, Universidad de Antioquia, 1990).
2
También un
libro de crónicas: Urbes luminosas (1991).
3
Sobre los
primeros libros de Mutis Durán, cf. " Pintar las palabras", Agua de Colombia,
Bogotá, Fundación Simón y Lola Guberek, 1988, págs. 167-173.
4
Ciertamente,
este lenguaje no permite fisuras en su tenaz romanticismo, como lo prueba el comienzo de
Cuando Bogotá surgió: "La infancia es una forma de ver, y en un niño ver es
sentir, porque al mirar nace su alma, y se alimenta de cuanto contempla" (pág. 59).
5
Por ejemplo,
el enemigo principal sería la tecnología, brazo armado de la modernidad, contra la que
el autor encamina sus dardos. Bogotá es ahora un "enorme suburbio de los imperios
tecnológicos" (pág. 60). O los bichos de los cuadros de Francisco Toledo, según el
texto de Carlos Monsiváis que cita Mutis Durán, bien pueden encarnar el islote que se
despide de su inconsciente condición de paraíso, la "especie que mira con
melancolía la llegada de la modernidad y el fin de sus días" (pág. 63).
Finalmente, la metáfora se vuelve deformación antropomórfica: " la modernidad
aparece como un gigante tonto que está acabando con todo, por torpeza, que se está
volviendo costumbre" (pág. 64).
6
Después de
todo es el propio autor quien afirma rotundamente: " Es casi absurdo que yo hable de
mi escritura. Tendría sobradas razones para no hacerlo. Primero: lo que he escrito no
puede llamarse una obra. Segundo: la poesía escrita es algo que ya casi no existe. Y
tercero: ahora no escribo poesía" (pág. 15).
7
La
intertextualidad es evidente: " Para aquel entonces ya casa no era esa lamentable
posesión en donde un hombre y una mujer se dedican a cultivar sus miserias, sino un
espacio a donde llegaban los ecos del mundo, ordenado con un instinto tan asombroso
que aportaba algo a la naturaleza [...] Un orden de vértigo en donde caen sin fin
[...] los gritos y los cantos del hombre que va en la gavia y que todo lo ve. ¿Y
la casa? Es castillo y cripta, torre y caverna, milagro y humildad, orden y
espera..." (pág. 40, subrayados míos); "Sus figuras no tienen nombre, son una
forma de estar en la naturaleza, una forma de callar, o de alumbrar en medio de la
espesura, del caos, extrayendo de lo profundo de la luz un orden de
belleza..." (pág. 45, subrayado mío). En Álvaro Mutis toda la palabra es una
invitación, un ruego y hasta una invocación por un orden (que él llamaría azar) que
sea la respuesta a nuestros presentimientos. ¿No será que esta casa, la de un lenguaje
compartido aunque no propio, lleva a Mutis Durán a un exilio que va de la lengua activa a
la contemplación solitaria de imágenes?
8
Así
Jonathan Swif aparece en el título Lágrimas tatuadas, lágrimas de Jonathan
Swif; y en el índice. Considerémoslo errata.
9
Las
menciones son insistentes: " Acompaña el silencio que nadie escucha/ y lento y
precipitado huye en el alma" (pág. 25); " El alma es la evidencia que espero/ Y
el amor que yo sé" (pág. 29); " Pero más cerca del alma incomprensible,/
Gracia y perdón" (pág. 35); " Soñar para que la visión/ Sea el alma de lo
que pido" (pág. 37); " El alma eterna/ Mira desde el segundo que asciende [...]
Soledad que es convicción/ que no se olvida del alma" (pág. 45); "Mi alma
perdida para otra soledad/ Que no sea la de su propio pensamiento" (pág. 49).
10
Juan G.
Cobo Borda: " La nueva poetadumbre colombiana (1970- 1980)" , en La otra
literatura latinoamericana. Bogotá. El Incora / Procultura / Colcultura, 1982, pág.
138. Los dos libros a los que se refiere son Con los que viajo sueño y La luna
y la ducha fría. Cobo Borda les pone como fecha de publicación el año 1980; sin
embargo en un punto modesta manía bibliográfica hay discrepancias. La
solapa de Diez años: Premio Nacional de poesía/Universidad de Antioquia señala
1979 para La luna y la ducha fría, mientras la contraportada de El rey de los
espantos de 1981.
11
Cobo
Borda, ibíd., pág. 139.
12
Estos
" compromisos" malignos con la realidad pueden verse en Parábola de dos
hermanos (pág. 17), en donde el crimen es expresión de una cadena inexorable; o en
Relato de una niña (pág. 37), en el que una violación se consuma y sólo la
invitación al juego final restaura una inocencia imaginaria; o quizá en Las últimas
noticias (pág. 51), cuando la muerte anónima confunde cuerpo y nombre: "A
muchos valles y montañas de aquí/ su hermano escucha al periodista preguntar,/ y tiembla
para que se aleje de su nombre,/ William, Wilson, Wiston,/ nadie lo sabe con certeza"
. De hecho estos relatos son imágenes vívidas, documentos gráficos.
13
" A
merced del viento", en Boletín Cultural y Bibliográfico, Bogotá, vol. XXIV, núm.
10, 1987 págs. 113 -115.
14
Robert
Graves y J.L. Borges se funden en el poema Uno, que así termina: " Mi tenue
alfarería es la anónima historia,/ sólo soy este cuerpo que vuelve sin memoria/ y otra
vez busca y busca su destino en la tierra" (pág. 95). En La amenaza, Georgie
ya es inconfundible: " Hubo aquí lentos tigres perpetuando sus normas,/ Tendió
aquí brazos ávidos la semilla hacia el aire,/ Y sólo un dolor hizo que gritaran las
piedras,/ Que el viento se cargara de rumorosas álgebras" (pág. 71). En El
huésped, el invitado sería Cafavis: " Yo sé que en la memoria nada es nuevo ni
antiguo:/ Puedo soñarlo al lado de los centauros griegos,/ Está en mí con la rosa que
vio el romano en Persia,/ Existe como existen mis sirenas, mis muertos,/ Pero no tiene
nombre, ni pasado, ni origen, / Lo hallé sólo un instante y detuve mis pasos/ Para verlo
existir y pasar y perderse" (pág. 59). La fórmula barroca se hace presente en los
versos iniciales de Polvo: " Esto que ves fue coronas fenicias,/ Fue un
ánfora de Creta, fue entre gritos/ La empuñadura de un cuchillo Persa..." (pág.
35); y en ese hipérbaton, como una gárgola, en medio de Notre Dame de París":
"La meditada oblicua de la luz en las criptas" (pág. 31).
15
Álvaro
Mutis, Los emisarios, México, F.C.E., 1984, págs. 23-27.
16
Respecto
de una primera aproximación a estos poemas, cf. " A buena poesía, pocas palabras
(pero digna fronda)", en Boletín Cultural y Bibliográfico, Bogotá, vol. XXIX,
núm. 29, 1992, págs. 113 -115.
17
Es un
lenguaje en retirada o en metamorfosis: " En estas estériles llanuras/ donde antes
el humo/ fue palabras entre los hombres/ ahora el asfalto/ el ruidoso desasosiego de las
máquinas..." (pág. 13); "la palabra que no se atreve a pronunciar tu
garganta" (pág. 27); " no tienen sentido las ambiciosas palabras que te
escribo,/ " porque tu ya no destapas botellas de cerveza..." (pág. 37); "
la parla trasnochada y risueña/ de aquellos curtidos marineros de asfalto" (pág.
47).
Y no es de extrañar que sea ejercitada otra clase de comunicación: " Alguien/ pulsa
las cuerdas del tiple/ Lajas metálicas muy finas/ caen melodiosamente/ unas sobre otras/
para que Schubert/ sea escuchado en otra lengua" (pág. 77). Las canciones que
entonan los hombres (págs. 31. 47), sirven para recuperar la confianza en la
"pasmosa certeza" de la vida.
18
"
Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en
cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.
No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con
júbilo...", Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas, Barcelona,
Seix Barral, 1981, pág. 13.
19
La
oveja negra demás fábulas, pág. 29. Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de
Famas, Buenos Aires, Minotauro, 5a. ed., 1969, pág. 67.
20
Tzvetan
Todorov, Introducción a la literatura fantástica, trad. de Silvia Delpy, México,
Premia / La Red de Jonás, 1981, pág. 122.
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