El deber de
ser morales y profundos, atroces y simbólicos
Concurso anual de cuento 1987-1988
Universidad de Antioquia
Universidad de Antioquia, Medellín, 1989, 131 págs.
¿Qué fue de aquellos jóvenes escritores? En el desorden de una mudanza me
saltan a la mano los cuentos que escribieron uno, dos años antes que la Universidad de
Antioquia los premiara y publicara. Han pasado cuatro años ya, y en ninguna parte escucho
sus nombres, y es obvio que el concurso no cumplió su promesa de descubrir, de honrar,
como dice el prologuista, a los "escritores que se inician" (pág. 9).
Pero a un concurso no se le puede exigir esa promesa. Un concurso no tiene el
deber de descubrir talentos ni de consagrarlos; basta con que despierte el entusiasmo
literario un día, con que promueva ese mismo día la fraternidad de una institución con
sus asociados. Y cuando se entiende que el concurso literario no es sino un evento más en
la política de buena voluntad de una institución, un económico mecenazgo con que la
institución publicita su propia imagen, pasa entonces a segundo plano la cuestión acerca
del valor literario o de la trascendencia de los cuentos que concursan.
Hace ya varios años, escuché a un
escritor lamentarse de su oficio como jurado-lector en los concursos literarios. Decía
que de nada valía pasar de un concurso de cuentos en Barranquilla a un concurso de
cuentos en Cali: había cuentos que le seguían los pasos, que viajaban de concurso en
concurso persiguiendo un momento de gloria. A primera vista, la experiencia de aquel
jurado-lector parece más convincente que la opinión del prologuista, cuando afirma que
"[contra] lo que suele creerse, un concurso de cuento no mueve a la gente a escribir
para ganarlo [...] Los concursos destacan sí [...] a quienes han venido cumpliendo una
labor callada y han logrado merecimientos en ella" (pág. 8).
Tanto el escritor como el prologuista tienen su parte de verdad: hay cuentistas
que escriben para ganar un concurso, hay concursos que ofrecen una oportunidad de
reconocimiento a un cuentista. Este es el caso de Gustavo Alonso Henao Chica, estudiante
en ese entonces de la facultad de Educación y quien participó en el concurso de 1987 con
cuatro cuentos; tres fueron finalistas y uno mereció el primer premio: Es hasta el
poste, mamá. También puede ser el caso del joven Gildardo Castaño Duque, ganador en
el concurso del año siguiente con el cuento Por fortuna te has muerto, mamá.
Resulta imposible no sonreír ante la ingenuidad de esos títulos que
interpelan dos veces a la "mamá". Después de todo, ¿quiénes son estos
jóvenes que escriben?, ¿por qué escriben? Sus historias refieren un reclamo, una
rebeldía contra ciertas figuras de autoridad: la historia de la muchacha que sale a la
calle en busca de su amante pero se detiene al llegar al poste, la del niño a quienes sus
padres no escuchan y dejan solo, la de los gatos amantes condenados por una anciana
enajenada, la de la niña que no entiende por qué los adultos se comen a los conejos.
Al tiempo que lamentan una represión, estos jóvenes parecen exigir de sus
mayores una confirmación, una legitimación de sus historias. Suponen que la mejor
historia es aquella que logra conmover al lector (al jurado-lector), y queriendo ganar su
simpatía y quizá su admiración, se proponen obedecer en pocas páginas alguna regla de
la preceptiva literaria. Se imponen el deber de ser simbólicos y entonces un poste
señala un límite al deseo; el deber de ser morales y profundos, y entonces un niño
declara su amor de niño por una loca; el deber de ser atroces, y entonces un Pedro N.
dispara a boca de jarro contra un Mario; y siempre la tarea de conmover al lector, de tal
manera que un cuento concluya cuando "[una] lágrima sale de los ojos silenciosos de
José" (pág. 47), y otro cuando la niña que entierra a su conejo observa en ese
instante que "una nube gris [cruza] el firmamento..." (pág. 98).
Abundar en estos gestos desmesurados no es justo. Baste saber que existen y que
son fruto de un entusiasmo que no gobierna todavía la economía de la expresión. Para el
joven, escribir es una tarea urgente y trascendental que no se detiene en matices, que no
empaña su transparencia con la ironía, que no se compromete con esas "trivialidades
desbordantes de interés" de que habla Teresa de la Parra en sus Memorias de Mamá
Blanca. Por razones que la literatura no comprende y que caracterizan a estos eventos
en los que ella es un pretexto, hubiese sido una afrenta declarar el concurso desierto
J. EDUARDO JARAMILLO - ZULUAGA