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Boletín Cultural y
Bibliográfico
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Número 34.
Volumen XXX - 1993 - editado en 1995
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Cuando
Colombia era un país de alegorías
Toá y Mancha de aceite
César Uribe Piedrahíta (Prólogo de Darío Ruiz Gómez. Apéndice e
Iconografía seleccionada por Luis Carlos Rodríguez)
Colección de Autores Antioqueños, Medellín, 1992, 363 págs.
Los espejos alegóricos suelen ser apacibles y, conocida su clave, no hay
mayor esfuerzo en cifrarlos ni en descifrarlos. ¿Qué ocurre entonces con César Uribe
Piedrahíta? Cuando se mira en ellos algo sucede, que no halla en su rostro vestigios de
una nación. En aquella época, y aun mucho antes, Colombia era un país de alegorías.
Frente al largo hocico de las cámaras fotográficas, los objetos y los seres se
transformaban mágicamente en una idea, un paisaje idílico o un inolvidable momento
histórico. A comienzos de siglo una muchacha que posaba frente a la cámara con sus
hombros desnudos y sus cabellos ensortijados, era la poesía misma: un tocado de flores,
una túnica y una lira de cartón evitaban otras interpretaciones. A mediados de 1910 otra
muchacha, con su tocado y su túnica y sus hombros desnudos, era el hada del tiempo que
celebraba con flores el primer siglo de la república. Y todavía a fines de 1932, cuando
Colombia entera se aprestaba para la guerra contra el Perú, una tercera muchacha sonreía
a la cámara sosteniendo una bandera de seda mientras el cóndor del escudo le guardaba
las espaldas: ella era ciertamente la patria; la túnica de otras veces había sido
substituida ahora por un traje campesino de tela más burda y la muchacha exhibía con
orgullo unas alpargatas. Al paso del tiempo, a las necesidades del momento, pueden
atribuirse estos cambios de vestuario; también quizá a una manera distinta de concebir
la patria, una concepción que se hallaba por encima de las escaramuzas entre los partidos
políticos (a los que la guerra contra el Perú obligaba a una tregua), y que se ajustaba
por fin al designio de Enrique Olaya Herrera: "La concentración nacional".
Los decenios de la Violencia que vinieron después nos obligan a contemplar
estas alegorías de la nación con cierta piedad. Ya no las compartimos. Pertenecen a una
estética que gobierna sus propias interpretaciones y desconoce el escepticismo incluso en
momentos de ira y cuando se ocupa con representaciones más trágicas de la nacionalidad.
Su insignia es siempre la fe en la patria y el sacrificio de la vida por ella, como se
infiere de la imitada sentencia de Antonio García en su prólogo a Toá (1933), la
primera novela del Uribe Piedrahíta:
Aquí están Arana y Rabuchón [sic] y también los caucheros colombianos que
creyeron en el honor patrio y murieron convencidos de que la muerte es el camino recto de
la inmortalidad. Ésta es la historia de la utilidad de los gobiernos patrióticos y la de
los esfuerzos aislados. [pág. 27]
Así como en las alegorías poco importaban los nombres de las muchachas que
posaban ante la cámara, así también en la vehemencia del prólogo los caucheros
colombianos se pierden de vista, son un pretexto: ilustran simplemente el despecho, el
honor patrio y el camino hacia la gloria.
García es el primero en asociar la novela de Uribe Piedrahíta con La
vorágine(1924), de José Eustasio Rivera. Es una asociación que el mismo Uribe
había buscado al dedicarle sus páginas a Rivera.
Es, también, una asociación inevitable y desafortunada. Si ambas novelas
comparten un mismo escenario y una misma historia un joven intelectual bogotano se
interna en las caucherías del Amazonas persiguiendo una energía vital y un ideal de
justicia , en cambio difieren por su destreza expresiva. Mientras la obra de Rivera
es ocasión de una rica hermenéutica, la de Uribe Piedrahíta pretende imponer, como en
las alegorías y los estereotipos, sus propias interpretaciones. Para el prologuista esto
es una virtud: la obra de Rivera acusa una fiebre poética " enemiga de la verdad que
ocultan las escenas míticas" (pág. 126), mientras la de Uribe Piedrahíta presenta
cada personaje novelesco " como una categoría [...] que vive lealmente su
fátum" (pág. 25). Y así es, en verdad: Antonio de Orrantia es el rubio
intelectual, el héroe civilizador; Toá es el fuego, la mujer imposible; Faustino es el
indio leal y bueno, y también hay indios y hombres blancos malos, y una naturaleza
misteriosa, monstruosa e infernal, y por esto, según García, " César Uribe es, sin
duda, más novelista que Rivera. Capta con mayor justeza y mayor intensidad" (pág.
27).
La persistencia de Toá a lo largo de los años, sus sucesivas ediciones
y su mención en los manuales literarios, se deben menos a la riqueza de su simbolismo,
que a la subsistencia de ciertos presupuestos en nuestra historiografía literaria: el
genio del autor, su buena intención, el reflejo en sus páginas de una exótica realidad
nacional. Son presupuestos que reitera la presente edición, tan enriquecida de erratas.
De acuerdo con la apresurada nota biográfica, Uribe Piedrahíta es " un ser
arquetípico" (pág. 324); de acuerdo con el prólogo, su novela enseña " como
exigencia ética el espacio crítico de la cultura recuperada" (pág. 19).
Comentaristas de otras épocas abundan en consideraciones semejantes; ninguno de ellos,
con la excepción quizá de Bogdan Piotrowski, sospecha que el asunto de Toá, la
explotación de las caucherías amazónicas a comienzos de siglo, es una suerte de
justificación ideológica similar a la que promovían las alegorías de la época y, como
ellas, comunica la urgencia de una " concentración nacional" frente a las
ambiciones territoriales del Perú.
Según reza la dedicatoria, Uribe Piedrahíta concluye su obra en 1933, en las
cercanías de la ciudad de Popayán, a donde el gobierno de Olaya Herrera lo había
enviado como rector de la Universidad del Cauca. Era el año de la guerra y, sin duda, el
autor participó del entusiasmo nacionalista que entonces se vivía. Los peruanos aparecen
en su novela con rasgos negativos: están dispuestos a convertir la selva en un desierto
(pág. 80); son violentos, ladrones y cazadores de indios (págs. 165; 124; 117), y sus
acciones se hallan siempre respaldadas por el gobierno de su país (pág. 37). No hace lo
mismo el gobierno de los colombianos, y de aquí procede la irritación del autor y la
desventura del protagonista. El doctor Antonio del Orrantia es un joven médico "
rubio con matices castaños" (pág. 34), cuyo deseo de libertad lo ha llevado a la
selva. El gobierno le ha asignado el puesto de visitador de las caucherías, y a esa tarea
política el médico agrega un proyecto civilizador: "estudiar la flora fantástica y
la fauna monstruosa de los ríos embrujados y conocer las tribus indígenas, sus
costumbres, lenguas, ritos y ceremonias mágicas" (págs. 33). A lo largo de sus
andanzas estos dos propósitos se confunden en uno solo, y De Orrantia acaba por escribir
una Memoria, dirigida al gobierno central, en la que da cuenta de las injusticias que se
cometen contra los caucheros (pág. 80) y a la que adjunta los apuntes del naturalista
francés Eugenio Robuchon [Rabuchon en la novela, pág. 108].
Robuchon, un personaje histórico que
también figura en La vorágine, desapareció misteriosamente en el laberinto de
las caucherías dejando un libro en que reunía sus observaciones y que fue utilizado con
fines políticos por el gobierno peruano. Uribe Piedrahíta menciona el convenio que
había firmado con la Casa Arana y de acuerdo con el cual el naturalista se comprometía a
poner "al día los censos de todos los indígenas y trabajadores que nos pertenecen,
y estudiará las riquezas de nuestros bosques" (pág. 130). Sólo De Orrantia
comprende la importancia de tales estudios y documentos y en vano intenta convencer de
ello a su compañero de aventuras: " ¿No ve dice que esos datos irán
a Bogotá con mi informe y le darán un valor extraordinario?" (pág. 108). De
Orrantia no explica en qué consiste ese valor, pero sus conversaciones con otros
personajes no dejan lugar a dudas: su informe abrirá los ojos del gobierno central a las
injusticias y, más aún, a las riquezas que existen en las selvas amazónicas. "Los
colombianos le dice alguien perdemos los territorios sin darnos cuenta. Así
es como se pierde todo entre nosotros: sin darnos cuenta" (pág. 38).
Ante tales convicciones, la vocación nacionalista de De Orrantia se desarticula
en la desesperación. ¿Cómo establecer la idea de nacionalidad en las márgenes mismas
de la nación?, ¿cómo cobijar bajo el concepto de nación a esas gentes tan extrañas,
los indígenas y los colonos rudimentarios? Ni el título de visitador que ha recibido del
gobierno central ni la obstinación con que lleva en su Memoria un inventario de
injusticias, bastan para legitimar su presencia en las caucherías. Mientras algunos
personajes admiten "que no conoce esta vida y le falta mucho pa sazonarse y echar
cuero duro, pero aguanta y echa palante" (pág. 61), otros lo consideran como "
un jovencito" que ha llegado al Amazonas "a morirse de la picadura de una
avispa" (pág. 61). El veredicto de quienes lo rodean parece inapelable: "Con
inspectores, visitadores y poetas no se reconquista la tierra" (pág. 65). En
consecuencia, en ese mundo de machos, como se describe tantas veces en la novela, De
Orrantia debe probar a cada paso su hombría, su carácter práctico, la autenticidad de
su espíritu aventurero. Sus contradicciones son vastas: a periodos en que manifiesta
alguna iniciativa, siguen otros de un completo ensimismamiento. Su apellido parece una
insignia de la desorientación, de la errancia.
La misma desorientación de la mano que escribe su historia.
Uribe Piedrahíta escribió la novela en quince días. En su prisa, en su
impaciencia, las acciones aparecen narradas de manera esquemática; los párrafos son
breves y los diálogos rápidos; anochece y amanece entre un párrafo y otro, y si en
muchas ocasiones los personajes intentan narraciones extensas "Cuénteme algo
de su vida por aquí, alguna aventura" (pág. 48) , nadie se detiene en
pormenores, los relatos se abrevian, se dejan para más adelante o se hacen constar
simplemente como si fueran " [siempre] las mismas historias de violencia" (pág.
79). No hay un sentido de composición: el único orden de los acontecimientos es el de su
propia sucesividad, el itinerario del protagonista, pero incluso la geografía que
atraviesa acaba por ser difusa; De Orrantia no logra "ordenar sus ideas" (pág.
43), ni "concretar sus planes" (pág. 119), y un buen día decide que "su
estancia en las caucherías no [tiene] otro objeto que el de resolver el misterio de la
muchacha y el naturalista" (pág. 81), pero la muchacha Toá no aparece
hasta el capítulo IX, y a la Memoria que preparaba De Orrantia le perdemos el rastro en
el XI: una y otra son procedimientos poco convincentes, soluciones temporales e
improvisadas a la necesidad que Uribe Piedrahíta tiene de darle un destino a su
personaje. En su prisa, en su impaciencia, él mismo no logra orientarse mejor en los
términos de esa pregunta que tanto lo obsesiona acerca de la nación. Esa pregunta lo
desborda; confusamente, apenas sí entiende que no se trata de la pertenencia de otros a
la nación sino de la suya propia. La novela concluye, si concluye, en la informidad y la
exasperación: " «¡Ah! «¡Ah!... «¡Araracuara! «¡Araracuara! «¡Turute!"
(pág. 173).
Su segunda novela, Mancha de aceite (1935), tiene también un final
desesperado: el incendio apocalíptico que parece acabar por igual con el petróleo y con
las compañías extranjeras que lo explotan. En la advertencia preliminar, el autor
confiesa que ha escrito su novela " muy lejanas ya las emociones inmediatas"
(pág. 183) y, ciertamente, lo hace diez años después de haber trabajado en Venezuela
para la Sun Oil, una de las compañías petroleras inglesas que explotaban las concesiones
venezolanas. Si Toá había sido escrita en medio del entusiasmo nacionalista que
despertaba la guerra contra el Perú, la circunstancia que mueve a Uribe Piedrahíta a
escribir Mancha de aceite es, según dice él mismo en la advertencia, Mi
compadre (1934), obra que el pensador antioqueño Fernando González había dedicado
al dictador venezolano Juan Vicente Gómez, el " Benemérito" , cuyas suculentas
comisiones personales por la venta de las concesiones petroleras le dejaron una fortuna de
200 millones de dólares y más de 20 millones de acres en tierras. Es sólo una
coincidencia que Gómez falleciera en aquel mismo año de 1935, el 17 de diciembre. De
haberlo previsto, de haber conocido las celebraciones del pueblo venezolano a la muerte
del dictador, es probable que Uribe hubiese agregado ese júbilo a la indignación
nacionalista que atraviesa sus páginas.
Mancha de aceite comparte la misma irritación de Toá y, guardadas
las proporciones, esboza una análoga línea argumental. Incluye, también, cartas y
documentos cuya disposición tipográfica, en columnas paralelas al texto narrativo, es
substituida en esta edición por recuadros que no consiguen el efecto original de
simultaneidad o de secreto. Gustavo Echegorri, el protagonista, es un médico joven y
rubio que trabaja para la Mun Oil, una compañía petrolera inglesa. Su prestigio como
médico se extiende a otras compañías, especialmente a una norteamericana que le hace
una mejor oferta de trabajo. Echegorri no sólo rechaza la oferta, sino que además
enseña un carácter íntegro y retraído hasta la descortesía. Su comportamiento
despierta sospechas. Al mismo tiempo que evita la amistad de los ingleses y los
norteamericanos, entiende que su aspecto y su educación lo diferencian de los obreros
venezolanos. Sus dilemas, sus vacilaciones, son semejantes a los que hunden a Antonio de
Orrantia en el delirio; Echegorri, no más lúcido, intenta conjurarlos con el licor.
A propósito de Arturo Cova, Randolph D.
Pope ha señalado que se trata de un intelectual, de una persona que está "siempre
poniendo en duda las definiciones establecidas de la realidad" y, en consecuencia,
aunque "desea ardientemente pertenecer a un grupo, es siempre un advenedizo, un
afuerino". De Orrantia y Echegorri experimentan un mal semejante; es verdad que la
realidad no es una cuestión para ellos y que no hay situación que no reduzcan al blanco
y el negro de su maniqueísmo social pero, por otra parte, ambos son víctimas de ese
mismo maniqueísmo que los convierte en el fiel de una balanza y los pone a vivir entre
gentes que no se les parecen. Si De Orrantia deriva entre el gobierno central de Bogotá,
irreal de tan lejano, y una multitud de indígenas misteriosos y de caucheros que no
comprende; Echegorri desprecia a los extranjeros para quienes trabaja sin que por ello
logre desprenderse de la investidura de autoridad que le atribuyen los obreros. Asediados
de extraños, ellos mismos son los extraños, los extranjeros, los diferentes. En este
sentido, la segunda novela de Uribe Piedrahíta precisa mejor los términos de esa
pregunta que la primera no acaba de formular y que le espetan a Echegorri en un bar:
" Usted, doc, tiene una educación, es rubio y habla inglés. ¿Cómo puede llamarse
latinoamericano?" (pág. 213).
Algunos bellos y toscos grabados de Gonzalo Ariza ilustran la novela. En el
capítulo titulado "Los libertadores", uno de ellos representa la conversación
de Echegorri con cuatro generales que planean un golpe de Estado. Una ventana deja ver a
contraluz el perfil del médico: la frente amplia, la nariz curva, la frondosidad del
bigote y de la barba, rasgos todos que comparte con el autor.
Pelirrojo en un país de mestizos, graduado por la Universidad de Harvard
en medicina tropical, Uribe Piedrahíta no podía no sentir la exasperación de las
preguntas que sus novelas sólo articulan en la precariedad de los estereotipos o de las
oposiciones irreconciliables y que sólo resuelve en la furia del río infernal o del
fuego apocalíptico. "Me indigno confesaba a Manuel Zapata Olivella en una
entrevista de 1948 cuando por mis cabellos y mi albinismo me llaman
extranjero". En la apreciable sección iconográfica de la presente edición se
incluye un dibujo que Max Henríquez hizo para la revista Semana y en el que aparece el
rostro del escritor enmarcado por la alegoría de los pinceles, los libros y el
microscopio, y un título indudable: "César Uribe Piedrahíta, la Ciencia, las Artes
y las Letras" . Javier Arango Ferrer, más aventurado que el dibujante, transformó
las barbas y el cabello de su amigo en una verdadera alegoría: " Uribe Piedrahíta
era un hombre en ascuas, pelirrojo, urgido de inquietudes. El espíritu del fuego ardía
en su cabeza y en sus barbas: médico, bacteriólogo, pintor, escritor, antropólogo, era
uno de los muy variados tipos humanos de excepción que produce Antioquia, y tanto, que
murió joven, quemado por sus propias combustiones..."
J. EDUARDO JARAMILLO - ZULUAGA
Denison University, Ohio
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