Cuando
Bogotá terminaba en la 72
Armario de solterones
Miguel de Francisco
Ediciones Colcultura, Escritores colombianos en la Diáspora, Santafé de
Bogotá, 1993, 117 págs.
A partir de 1993 el Instituto Colombiano de Cultura se dio a la tarea de
recuperar y editar el trabajo de los escritores en el exilio. Armario de solterones,
escrito por Miguel de Francisco, es uno de los títulos que a través de la letra impresa
intenta redescubrir la nostalgia de aquellos que han abandonado su lugar de origen y han
sido abandonados por él.
"Colombianos en la Diáspora" se titula la colección que reúne
escritores de diversos géneros y los recupera ya dentro de su propio ámbito cultural,
presentándolos como eslabones necesarios dentro de la cadena de olvidos a la que se han
sometido.
La novela transcurre en la lluviosa y fría Bogotá de los años cincuenta. Es
una novela corta que narra la vida de unos cuantos solterones viejos y olvidados entre la
rutina. Don Ernesto Pulido Rosas es un corredor de bienes raíces, meticuloso, vestido con
trajes de paño oscuro y zapatos relucientes, de uñas pulidas y pelo al rapé. Atiende en
su oficina del centro de Bogotá pequeños negocios que le permiten vivir sin incomodarse
del todo, en una pequeña pensión de solterones. Doña Betsabé Mantilla, señorita
octogenaria, vive de la caridad en un oscuro y frío albergue del barrio de la Candelaria,
y su vida transcurre entre el duro sobrevivir entre las ratas, la envidia de las demás
viejecitas y la ilusión de vender una pequeña parcela rural, para vivir decentemente.
Éstos son los personajes centrales, y sus aventuras la espina dorsal de la historia.
Entre recuerdos que a punta de ser evocados se han desdibujado, viven estos
solterones, cada uno en su propio armario, intentando sin lograrlo tener cabida en el
armario del siguiente.
Aparecen entonces las típicas pensiones de los años cuarenta y cincuenta de la
fría y lluviosa Bogotá, mohosas, organizadas, administradas bien sea por campesinos
ricos inmigrantes de la violencia, bien sea por viudas a solteronas respetables que
mantienen su ruina entre la ruina ajena, con el honor en alto.
El asilo de caridad, mantenido por un cura fantasmagórico, desaparece
cuando la posibilidad de negocio aparece en la primera esquina, y las viejecitas son
echadas a la calle con su asma, sus dolores, sus camándulas y sus envidias, y la casa de
tres patios y celosías de madera es incendiada. Betsabé, la solterona astuta, se refugia
en la pensión de una viuda abocada a la ruina, y por allí empiezan a desfilar otro
sinnúmero de personajes. Inmigrantes, estudiantes, solteronas, que van llenando la
pensión con sus maneras chabacanas, cerrando el círculo de dolor de la gran familia de
las pensiones.
El corredor de bienes raíces, el señor
Pulido Rosas, distribuye su tiempo entre negocios imaginarios y el café rutinario con sus
colegas en el café central, rutina que mantiene la esperanza de recibir correspondencia
de Nueva York, lugar donde transcurrió su juventud, testigo de un amor, misterioso en
alguna trastienda.
Amor del que ya nada se sabe y se recuerda poco.
Los demonios de la soltería, la beatitud de los habitantes del Bogotá de
entonces, el frío y la amenaza de una ciudad capital que empieza a crecer desmedidamente,
son el sostén de esta novela y la disculpa para recrear, una época. A través de los
personajes perfilados de un solo trazo, las historias paralelas son apenas una disculpa,
una herramienta de narración que permite recopilar y construir con cautela un mundo que
ahora parece ajeno. Esta novela no posee técnicas narrativas sorprendentes, ni giros que
a la hagan novedosa; es una novela un tanto lisa, a la cual le sucede lo mismo que a los
solterones: de tanto evocar los recuerdos estos se han desdibujado y lo que queda es una
ilusión confusa.
JIMENA MONTAÑA CUÉLLAR