Aprender a
leer
Aventura de la luna traviesa
Robinson Nájera Galvis
Gráficas Urrá, Montería, 1993, 109 págs.
La vendedora de claveles
Andrés Elías Flórez Brum
Educar, Santafé de Bogotá, 1993, 86 págs.
Según los resultados de las pruebas de lenguaje aplicadas por el Sistema
Nacional de Evaluación, SABER
1
, del Ministerio de
Educación, los niños colombianos no saben leer. Cuando se enfrentan a un texto sólo
pueden responder preguntas que tienen que ver con aspectos meramente literales. En cambio,
cuando se trata de comprensión inferencial a crítica del texto, se quedan demasiado
cortos! Dicho en otras palabras, los niños "repiten como loros" pero no pueden
interpretar las lecturas que hacen y, por lo tanto, la calidad de su aprendizaje es mala.
Ante un panorama tan desolador como éste, nos preguntamos qué se podría hacer
para que los niños y niñas de nuestro país aprendieran a leer. De sobra sabemos que la
comprensión lectora es la base para poder lograr cualquier otro aprendizaje, trátese del
campo del conocimiento que se trate. No es posible tener un buen desempeño en
matemáticas si no entendemos los enunciados de los problemas que se nos pide que
resolvamos. De igual forma, nuestro logro en ciencias sociales tampoco será satisfactorio
si no accedemos a un diálogo con los autores que nos permita una reinterpretación
crítica de la historia, por ejemplo. Y qué decir de la literatura (una de las pocas
características que, junto con la risa, diferencia a los humanos de los animales): su
disfrute sólo es posible en la medida en que logramos recorrer comprensivamente los
laberintos lingüísticos a los que nos arroja. Esta enumeración podría volverse casi
infinita, y la pregunta permanece: ¿Qué hacer para que los niños y niñas colombianos
aprendan a leer? Quizá éste es el interrogante al que tratan de encontrar respuesta los
autores de los dos textos que nos ocupan.
El primero de los textos, Aventura de la luna traviesa, es una colección
de cuentos caracterizada por una gran profusión de imágenes, en la mayoría de los casos
bastante poéticas. Sin embargo, también en la mayoría de los casos, los cuentos carecen
de una trama, con puntos de tensión, que logren despertar ese interés acusado de los
niños por el misterio. Por la demás, los cuentos de Robinson Nájera resuman ternura y
buenos sentimientos y seguramente van a contribuir a la formación de valores
humanitarios, en los educandos, tarea en la que nuestra educación colombiana también se
queda corta. En el autor costeño, educador de profesión y ejercicio, se nota la
preocupación por atraer a los niños hacia el mágico mundo de la literatura, y esta
intención se hace evidente en los títulos de los cuentos, tan provocativos e invitadores
como el que da título a la colección. Baste poner de ejemplo tres de los títulos de
estos cuentos, los cuales, así mismo, son unos de los mejor logrados; Pasos para
inventar un mar, Vocación de ratón y La niña de los dos rostros. En lo que tiene
que ver con el diseño del libro, vale la pena rescatar la tipografía, en un tamaño apto
para menores de 10 años. No obstante, la diagramación y la ilustración poco tienen que
ofrecer, y esto resulta preocupante en un libro dirigido a menores, el cual se ve obligado
a competir con imágenes tan poderosas como las de la televisión, los juegos de video y
las revistas de historietas.
La vendedora de claveles, novela de corte realista, segundo puesto
en el concurso Enka de literatura infantil, 1989, es una propuesta interesante para
acercar a los niños a dos mundos: por un lado, al fascinante mundo de la novela y, por
otro, a la realidad urbana, con sus gamines que venden productos en las esquinas de los
semáforos. Andrés Elías Flórez, también costeño e interesado en la enseñanza de la
lecto - escritura (es coautor de libros de texto) muestra, al igual que Robinson Nájera,
una aguda preocupación por motivar a los niños hacia una de las actividades más útiles
y placenteras para los humanos. Tal vez la historia de la familia de la vendedora de
claveles, compuesta por "dos varones, tres mujeres y un perro llamado Happy"
(pág. 1), en honor del Happy Lora, resulte a ratos un poco manida, dados los lugares
comunes que maneja. Sin embargo, al mismo tiempo, resulta conmovedora y convincente y,
como ya se ha sugerido antes, puede llegar a ser una buena contribución para comenzar a
enseñarles a nuestros niños a leer. Por lo demás, como en el caso de los cuentos de
Nájera, el libro poco tiene que ofrecer en términos de ilustración y diagramación
(sigue manejando la vieja fórmula de texto, recuadro con ilustración, texto, recuadro
con ilustración ad infinitum, lo cual lo hace demasiado plano), aunque unas
cuantas viñetas arrojadas aquí y allá (lástima que siempre sea el mismo clavel), le
dan cierto dinamismo a su diseño. Sería interesante que en el país se siguieran
produciendo textos como éstos, con las mejoras del caso, y algún día pudiéramos decir
que tenemos un país de niños lectores, dispuestos a impulsar el ingreso de Colombia al
universo de la modernidad.