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Álbum
de asombros
Colombia mágica
Diego Samper Martínez
Editorial Colina, Medellín, 1993, 222 págs., ilus.
Entre las publicaciones dedicadas a
Colombia ya previsibles cada año, llenas de imágenes comunes, títulos similares
intercambiables y textos triviales, una más tiende a producir inevitable escepticismo. La
bibliografía colombiana se empobrece periódicamente con coffee table books
insulsos y oportunistas. Un generoso patrocinador, un editor astuto y algún segmento del
mercado insatisfecho son los actores de los despropósitos impresos.
Al adentrarse en el libro de Diego
Samper, todos estos prejuicios se disuelven y desaparecen. No se trata de otra pieza más
del género, ni de una impostura comercial. Más aún, para la casa editora es un libro
renovador en su colección turística iniciada con dispareja fortuna años atrás. De ella
se pueden recordar en especial el libro de León Ruiz dedicado al río Magdalena y el de
Patrick Rouillard sobre San Agustín, ambos con excelentes fotografías y buena calidad
editorial, pero con textos dudosos.
Colombia mágica es un álbum de
asombros, recolectados de la Guajira al Amazonas y de Utría al Vichada, sin los afanes
del improvisador y con el lento amor del coleccionista de maravillas. Tal vez con acierto,
la Colombia urbana no existe en esta obra; acaso bajo el horizonte de antenas parabólicas
y entre los vapores del monóxido de carbono y los semáforos quede alguna magia, pero por
ahora seguirá inédita.
"Los espíritus de la tierra",
"Maravilloso cotidiano" y "De santos y carnavales" son las tres
secciones centrales, precedidas de dos textos introductorios. Completan el volumen un
glosario y un índice fotográfico donde se identifica cada fotografía. El diseño es
sobrio y sin aspavientos: la longitud de los textos transitable, tratándose de una obra
para ser vista; la separación de color y la impresión es impecable.
Los textos, prosas poéticas
escritas por el propio fotógrafo, a veces están tocados por cierto velo hermético o
místico subido de tono, pero en su conjunto son buena compañía para las imágenes. Bien
cabe tener en cuenta la versión que da Samper de su oficio: "la fotografía es gota
de tiempo suspendido, palabra al borde del silencio, lenguaje del instante. Como palabra,
puede ser conjuro, invocación que abre el libro de los secretos. Como lenguaje, puede
transformar nuestra visión de lo real. La fotografía es el asombro del instante, es
huella de luz" (pág. 19).
En "Los espíritus de la
tierra" , se agrupa un conjunto de imágenes que presentan aspectos inadvertidos o
ignorados del medio natural, con especial predilección por regiones geográficas como la
Guajira y el Amazonas, aunque en esta variada galería también están Chocó, Quindío,
Cundinamarca, Tolima, Caldas, Magdalena, Cauca y Vaupés.
La cámara se acerca a corta distancia,
detectando formas, colores y detalles; se aleja y encuentra panorámicas de la inmensidad,
alboradas y crepúsculos, ángulos inéditos como en el caso de las palmas de cera. La luz
que dibuja, refleja y refracta, rayos, nieblas, lluvia como cortina de sueños, humedades.
Las huellas de los elementos en las rocas, en la espuma, en la arena, en el reseco pantano
desconchado, en el aire detenido en una maloca del Amazonas, en un muro hecho de sombra,
cielo y carcoma en Puerto López. Fotografías pictóricas que parecen demostrar que la
naturaleza imita al arte.
La sección dedicada a lo
"Maravilloso cotidiano" se inicia con alusiones a la navegación y a la pesca
con encuadres de fino diseño. Fachadas pintadas, fachadas descubiertas por el tiempo,
grabadas por la sombra, paisajes y retratos de hombres que parecen contradecir la
maravilla diaria, entretenida en el tableteo de un azarozo juego de dominó.
"De santos y carnavales" es un
recorrido por la Guajira, Atlántico, Chocó y el centro del país, hasta llegar al
Putumayo. Cementerios guajiros vigilados por ángeles como de arena, lápidas del viejo
Caldas con vivas orquídeas sintéticas, estampas tutelares, bóvedas perfectas y vacías,
y en oposición a la cuaresma de la muerte, el estallido del carnaval. Enjaezados caballos
y complicados atuendos, mientras el bombardino y la tambora aseguran el baile del diablo,
el leopardo, el torito y la mismísima muerte. Las últimas páginas están dedicadas a la
fiesta de los camentzá y los ingano del valle del Sibundoy, un ritual "de
renovación, fiesta de perdón y reconciliación" (pág. 200), en el que sorprenden
los ricos adornos y tocados de los protagonistas.
A lo largo del libro, la mirada
fotográfica opera mediante la escogencia de la fragmentación. El punto de vista del
fotógrafo, que es también el que le concede al observador, es el de la sensibilidad
atenta. El momento justo del disparo es el instante detenido en la feliz conjunción de la
luz con la cámara vuelta ojo. La fotografía necesaria es la que detiene lo irrepetible y
hace ver por primera vez. Un cierto ritmo musical parece escucharse, y una calidad y
calidez pictórica están presentes de manera contundente.
Las fotografías de Diego Samper
Martínez, al congelar la magia de lo real, al constituir lo mágico en fenómeno óptico,
disuelven, como lo afirma el artista, "la dualidad aparente entre lo real y lo
ilusorio. El mundo se presenta de tal manera que, al contemplarlo, el hombre descubre los
múltiples modos de lo sagrado y el ser" (pág. 16).
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ
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