Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 3,  Volumen XXII , 1985
 

La vida cotidiana vuelta cuentos


Historia de vecinos
Sergio Viera
Editorial JJW. Medellín, 1984

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Son cuentos divididos en tres partes claramente diferentes y con un elemento común: se deben leer de una sentada, porque son sencillos, porque nos son familiares, porque tienen vida, hasta en su diversidad misma, pues por momentos llega uno a preguntarse como un mismo autor pudo haber escrito materiales tan distintos. Eso sólo los une: el autor.
El primer bloque, Historia de vecinos, lo componen ocho cuentos que se meten sin pudor en la cama, en el mal aliento, en el camisón roto, en un amor de buseta, en un deseo inconfeso. Son relatos donde no hay superhombres vencedores de batallas, ni héroes enigmáticos que son por sí solos una novela. Aquí los personajes son hijos de vecinos. Cualquier Pedro Pérez que protagoniza el drama más universal y más encarnado: librar la batalla cotidiana del afecto y el miedo.
Con precisión milimétrica, Sergio Viera, logra detenerse en esos resquicios de la realidad que permiten ver en su dimensión exacta los oscuros y revueltos personajes que la protagonizan.  Y lo hace sin pretensiones. Con la seguridad que da el hablar en términos conocidos, moviéndose en el espacio urbano con la experiencia de quien lo maneja. Descubriendo aquí una historia de amor que duró diez minutos y allá un en cuentro inesperado, montar en bus y comer hamburguesas o reírse de estupideces o hacer declaraciones amorosas. Todo como sucede de verdad, sin quitarle ni ponerle. Eso es justamente lo que se roba al lector en esos ocho cuentos que empiezan de pronto y terminan un ratico después, sin que pase nada grave, pero dejando el sabor entre dulce y amargo de las cosas conocidas.
En las Fábulas y alegorías el tono cambia y uno salta de la alcoba al castillo. Los ambientes se tapizan de turquesas, los espacios se llenan de emperadores y los diálogos se vuelven contundentes como enseñanzas del Corán. Y si el espacio vuelve a ser la ciudad, los argumentos se tornan oscuros, los personajes silenciosos y extraños. Se encuentran saurios recorriendo las venas, reflexiones sobre los edificios, biografías fantásticas y niños solitarios.
Sergio Viera se vale de los espacios físicos del texto y los utiliza como significantes. Intercala poemas, se detiene en particularidades como retractando las escenas. Dejando escurrir por las rendijas de lo descrito reflexiones interiores hechas con "minucioso bisturí", diálogos solitarios y recurrentes que hacen al lector encontrarse de frente, otra vez, con la propia historia. De nuevo verse ahí, en esa fantasía que empieza teniendo visos de situación conocida y termina pareciéndose con impudor a la cotidianidad.

Hablar ahora de mi sueño vivo en un lugar sin vivos regresando a la noche para perseguir una substancia que caliente mi sangre, que alimente un músculo, que se niegue a caminar en esta ciudad, que presione los nervios a excitarse, a recordar un lugar menos quemado (pág. 132).

Cuando se termina esta serie de otros ocho cuentos, uno pasa la hoja y se encuentra una cita de Octavio Paz y cuatro frases una debajo de la otra que dicen: Oh Freud - Oh Freud - Oh Freud- Oh Freud, y lo que sigue es justamente eso, un lamento, un ay por un interior atormentado, un quejido por cada cosa que define la precariedad de lo humano, por cada situación que nos recuerda nuestra circunstancia. Con expresiones finas, se habla del amor, del odio y de la muerte. Se evocan los olores, los recuerdos, las infantiles nostalgias. En cada página hay tres o cuatro renglones que empiezan sin mayúscula y terminan sin punto. Tan redondas, tan perfectas, tan universales como esta:

amor
soñé que te asesinaba amor (pág. 158)

Tal vez lo más revelador para reseñar, no es que el escritor sea un estudiante de medicina, que participó en el taller de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y que con sólo 25 años tiene tres premios a cuestas y un segundo libro en la imprenta, y que Historias de vecinos fue premio nacional de libros de cuentos Jorge Gaitán Durán en 1983. Lo que realmente lo define es lo que alguien anotaba como el secreto para escribir: Sergio Viera ha conseguido un tono para contar hasta aquello de lo que uno se avergüenza.

ÁNGELA MARÍA PÉREZ