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Trayendo
a cuento la Alemania prenazi
Expresionismo
Rubén Jaramillo Vélez
Revista Argumentos
núms. 8-9, agosto de 1984
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El expresionismo fue un movimiento
complejo y contradictorio surgido en un momento así mismo contradictorio y problemático
de la Europa contemporánea. Abarcó, como es sabido, diversos campos de la cultura:
hay un expresionismo en poesía, en pintura, en escultura, sin contar su influencia en la
novela, e incluso existió una actitud expresionista en hombres anteriores al
expresionismo propiamente dicho, como Friedrich Nietzsche, en razón de sus críticas al,
capitalismo y al positivismo como filosofía del optimismo burgués. En este sentido, como
ha señalado hace tiempos Mario de Michelli en su ya clásico libro sobre el tema, Las
vanguardias artísticas del siglo xx, en su conjunto el expresionismo fue un
movimiento diverso, a veces ambiguo y con puntos de partida personales diferentes, pero
ciertamente unificado en su general actitud de oposición y de señalamiento del fracaso y
las falacias de la mentalidad pragmática con la cual la burguesía europea pretendía
ocultar tanto su política expansionista como su acelerada marcha hacia la primera guerra
mundial, conflicto en el que naufragaron definitivamente sus ideales de racionalismo,
progreso indefinido, estabilidad social y política y, en general, de felicidad humana.
Anotamos todo esto a propósito de las reflexiones que sobre el tema en cuestión ha
consagrado la revista Argumentos, que viene dedicada a "desparroquializar" la
cultura en Colombia al ligarla a sus orígenes europeos en el contexto de una madura
reflexión donde lo nacional adquiera un sentido, y que ha cumplido una labor de análisis
filosófico e histórico en el afán de contribuir a una mediación crítica en torno a la
cultura mundial.
Veamos un poco más en detalle y más de cerca la gestación y las particularidades que
diferencian el expresionismo de otros importantes movimientos de la cultura europea con
temporánea.
Ya hemos señalado cómo la conciencia europea llevó a imaginar la realización de las
utopías sociales soñadas por los filósofos a partir, del progreso de la ciencia y de la
técnica. En términos precisos y orgullosos, la utopía contemporánea que sucede al
sueño de Moro, Campanella y Bacon -y que invade con su alegre mensaje a los espíritus
más esclarecidos, y a las masas con su optimismo aparentemente imbatible-, tomó el
nombre de positivismo, panacea de los males sociales. Mas la crisis subsiguiente del
racionalismo positivista dejó un vacío en el alma europea, ya que en lugar de la
felicidad y de un orden social justo y equilibrado, trajo como secuela el imperio de la
mercancía y la cosificación de los seres humanos, particularmente para aquellos sectores
sociales que tenían a su cargo la producción social, es decir, las clases trabajadoras.
Esta temática fue brillantemente expuesta por György Lukács en su Historia y
conciencia de clase, de 1919-1923, como problema de la alienación del proletariado en
la sociedad moderna. También otro brillante crítico de la cultura, Federico Nietzsche,
había formulado las bases de una concepción de la cultura que comprendiera al hombre
desde su más honda integridad, como rechazo al instrumentalismo capitalista. El
desenvolvimiento objetivo de la historia europea en los primeros treinta años del siglo
XX mostrará los contradictorios e irracionales cimientos en que se asienta este largo
ciclo cultural, pues la Gran Guerra canceló todos aquellos sueños tan bien resumidos en
el concepto de belle époque y tan magníficamente captados en la visión
conservadora de Stefan Zweig en El mundo de ayer.
El expresionismo evidenció la crisis de valores morales e intelectuales de la Europa del
período -su equivalente en filosofía, el grupo que se conocería posteriormente como
Escuela de Francfort- que le permitiese al hombre europeo superar las contradicciones que
enfrenta, que irrumpe en su alma, enajenándose su libertad y convirtiéndolo en una
mezquina parte de la Gran Maquinaria y de la ideología del progreso material. Como es
sabido, el problema de la alienación del hombre sería sintetizado de manera magistral en
la alegoría kafkiana en donde el individuo, convertido en figura liliputiense, es
transformado en objeto manipulado por el estado autoritario, alegoría vuelta realidad con
el ascenso del partido nazi al poder. Ya en su Metamorfosis, Kafka presenta su
oscura alegoría del hombre cosificado en los valores de la familia burguesa. Al mismo
tiempo, aunque por motivos distintos, en la Rusia posterior a la muerte de Lenin se
constituyó un estado autoritario, legitimado en sus comienzos por un proceso de
transformaciones sociales apoyado y llevado a cabo por las masas rusas. Estado autoritario
que manipularía instrumentalmente al individuo, quebrantando por largo tiempo la
creatividad artística e intelectual, al romper el estalinismo la oposición democrática.
Es este escenario mundial el que puede explicar el tono desesperado y angustioso, de
crítica y oposición con que el expresionisrno anticipa tanto la situación que
desembocará en el fenómeno fascista y el movimiento histórico que, en Rusia, tergiversa
al movimiento bolchevique. Signos de tal desviación se habían dado en Hungría en 1919
al asumir Bela Kun el poder en el contexto de una estrecha concepción dogmática de la
revolución social, y del papel de la intelectualidad en tal proceso. Desde entonces viene
el pensamiento crítico de György Lukács. En términos artísticos, Arnold Schönberg
pudo dar una imagen honda y trágica de lo aquí expuesto en su cuadro La mirada roja, de
1910, es decir, cuatro años antes del inicio de la Gran Guerra, siete antes de la
revolución bolchevique y quince antes del triunfo de Stalin sobre la oposición.
Semejante perspectiva sin salidas progresistas viables arrincona a los representantes más
esclarecidos de la cultura europea en un intimismo trágico o en la transición de un
espíritu crítico y juvenil a formas conformistas y decorativistas en, la expresión
artística, como sucede en Viena con Gustav Klimt como cabeza del movimiento de la
Secesión. Piénsese si no en hombres como Arthur Schnitzler o el mismo Klimt, con su
cosmopolitismo angustiado y un espíritu de enervación como motor individual de su élan
creador.
Por todas esas razones, la juventud de fines de siglo, cuya madurez intelectual será
frustrada por la guerra, decide abandonar el mundo de sus padres, como señala Rubén
Jaramillo en su trabajo en la revista Argumentos, y como lo indica a su vez Carl Schorske
en la serie de brillantes ensayos agrupados en su notable libro Fin de Siécle
Vienne (Vintage Books, Nueva York, 1981) al retomar el asesinato simbólico del padre
(autoridad-familia) en términos del análisis freudiano. Como lo señala el profesor
Jaramillo, los expresionistas, "hijos de la burguesía casi todos ellos, se sienten
amargados por la conducta de sus 'padres'". En Viena, por ejemplo, el jefe del clan
Wittgenstein aspiró a que sus hijos, que eran esencialmente intelectuales, se ocuparan en
los negocios de la familia y se destacaran como cuadros de la burguesía vienesa. Sabemos
ya del trágico destino de algunos de ellos como expresión de ese conflicto con el padre.
La marcha de la historia habría de resolver de manera trágica la contradicción entre la
vieja generación y la nueva, manifestación contradictoria de maneras de concebir la
vida, tal vez dionisíaca la una y pragmática y utilitarista la otra.
Esta realidad se aprecia con mayor claridad, en los poetas expresionistas: heraldos de un
mundo que intenta nacer en el seno de otro que está en trance de perecer. Nostalgia de un
pasado a veces idealizado por quien se debate en un mundo impregnado de la filosofía del
lucro y el interés, Pero al mismo tiempo regreso a la experiencia psicológica que, en su
momento, Klimt había tomado como punto de partida de la creación artística y que los
expresionistas alemanes habrían de llevar a mayor profundidad en sus exploraciones
estéticas, en la pintura tanto como en la poesía. Pero dicha experiencia se nos da en el
encuadramiento de la urbe capitalista, violenta, abigarrada, feísta, cuyas manchas
son las de la urbanización y los guetos en los cuales perece el proletariado alemán, o
se desintegra la clase media vienesa. Al igual que Arnold Schönberg en su Mirada roja,
hay asombro y al mismo tiempo protesta en la lírica expresionista. Georg Heym es uno
de estos poetas para quienes la vida en la época guillermina es como un pantano nacional
que asfixia el impulso espontáneo de los sentimientos básicos del hombre: amistad, amor,
erotismo libre, etc., ahogados estos últimos por el filisteísmo de una sociedad,
interesada y oportunista. "Si yo fuese consecuente en estas circunstancias tendría
que suicidarme", recuerda Jaramillo Vélez a propósito de la situación de Heym. En
1912 el joven Heym -simbólicamente- moriría ahogado en Berlín.
El lirismo es la expresión intelectual-emocional que busca la recuperación de los
valores esenciales del individuo dentro de una sociedad clausurado y fuertemente
estratificada. Tal vez sea Georg Trakl, muerto a los veintisiete años de edad, durante el
primer año de la guerra, quien simbolice el trágico destino de la generación
expresionista que oscila entre una bohemia aniquiladora y una oscura trinchera de la
primera guerra mundial. Poesía y guerra. Pese a todo, puede el poeta escribir:
"termina así el año majestuoso / con uvas doradas y fruto de las huertas", en
medio de la hecatombe, ya que la transfiguración de la poesía para Trakl "es el
tiempo dulce del amor" . En realidad, se trata de la esperanza voluntarista del
poeta. De todos modos, atrás quedaban el cosmopolitismo y las nociones aristocráticas.
Tal vez sucedía realmente lo descrito por Else Lasker-Schüler, muerta a los setenta y
seis años en 1945 en Jerusalén: "Hay un llanto en el mundo / como si el buen Dios
hubiera muerto", o aún más crudamente, como escribe el médico-poeta Gottfried
Benn: "Fragmentos, /esputos del alma, /coágulos del siglo veinte", a manera de
una radiografía espeluznante de los elementos esenciales de la pesadilla vivida por
Europa entre la primera y la segunda guerra mundiales. Todas aquellas ilusiones que
constituían para algunos intelectuales europeos, como Stefan Zweig, la síntesis de una
fina cultura racional y civilizada caían deshechas justamente por aquellas fuerzas que
los pintores expresionistas supieron hacer visibles aunque la sociedad no se hallaba
suficientemente preparada para verlas y aunque Karl Kraus desde Die Fackel (La Antorcha),
revista fundada en 1899, el filisteísmo, la mala fe, el antisemitismo naciente en una
Viena con una cara brillante (la mínima, tal vez) pero con otra convulsa, contradictoria
y albergando detrás el extremismo de la derecha antisemita (recuérdese a Schönerer) que
habría de cubrir con su oscuro manto todo un doloroso trecho de la historia moderna del
hombre.
JORGE CASTILLEJO
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